CONCLUSION


A partir de la Guerra del Golfo en el sistema mundial va instalándose una dinámica regida únicamente por la búsqueda de la maximización del beneficio capitalista individual y manifestada en la figura de la "remuneración del accionista" (Shareholder Value). En un entorno privado de cualquier poder compensador se produce la evolución del Modelo de Oferta hacia un radicalismo tal que da lugar a la acuñación del término Anarcocapitalismo.

La meta, ahora, ya no es tan solo la maximización del margen a base de incrementar la productividad substituyendo factor trabajo por factor capital y derivando hacia la exportación la producción no absorbida por el consumo interno; en este Nuevo Orden Internacional el objetivo pasa a ser la toma de todos los instrumentos de decisión por el capital, un capital que, en su evolución, abandona su papel de factor productivo convirtiéndose en rector de la toma de decisiones de forma que el capitalismo pierde la consideración histórica desempeñada durante la época de las revoluciones industriales, por lo que el ente que daba sentido a su existencia pasa a convertirse en protagonista del sistema; es decir, el Capital pasa a substituir al Capitalismo como sistema, por lo que de un sistema basado en el capital, se pasa a un sistema del capital.

Para implementar su expansión, el capital define una estrategia basada en dos premisas delimitadas anteriormente al conflicto del Golfo: globalización y pensamiento único; la diferencia con los años anteriores a 1991 radica en el ritmo fijado al proceso de implantación.

Desde su aparición, el capitalismo ha sido global: al buscar el máximo beneficio, el capitalismo ha buscado métodos lo más extensivos posibles, adecuándose a las posibilidades técnicas -de producción, de comunicación, de distribución- existentes en cada momento y forzando la construcción de otras nuevas que le permitieran alcanzar mejor su objetivo. Por ello Marx se equivocó cuando habló de las contradicciones internas del capitalismo; el capitalismo no encierra contradicciones internas que generen las crisis que periódicamente agiten su estructura; las crisis son el método utilizado por el capital para superar los límites a los que llega en su proceso expansivo.

En consecuencia, el capitalismo primero y el capital ahora han ido recorriendo un camino político que desembocó en la democracia burguesa: el capitalismo necesitó del concurso de toda la población a fin de justificar sus actuaciones, precisó de la participación general de los sujetos socioeconómicos que participaban en su expansión.

Pero hoy, la democracia vigente en los últimos cincuenta años ya no le es útil al capital; el motivo estriba en la superación de los elementos que precisaba para su existencia. La democracia instaurada por el capitalismo estaba basada en la obtención por parte de la población de una cantidad de dinero suficiente como para garantizar su sustento, lo que implicaba empleo para todos, a partir de aquí, las expectativas y el afán de superación individual harían que las personas pudiesen ganar puestos en la escala economicosocial y continuar, como sujetos activos, participando en la democracia. Hoy el capital no precisa ya de este esquema.

Desde su aparición fueron cuantiosas las críticas que tanto desde la derecha como desde la izquierda provocó el ensayo de Fukuyama, pero todas eran críticas interesadas que no entendieron el mensaje que encerraba el ensayo. En 1992 Perry Anderson publica una obra -"Los fines de la Historia"- que viene a dar la razón al autor estadounidense.

De alguna manera, Anderson vino a explicar lo que Fukuyama quiso decir: la linea evolutiva que desde la Revolución Francesa occidente lleva recorriendo ha llegado a un final con el triunfo de la democracia liberal, burguesa primero, corporativa ahora, económica en definitiva; en consecuencia, la historia en esa linea de evolución ha finalizado, por lo que, de lo que de esta idea se deriva es la arribada del capitalismo a un lugar mundialmente común, desideologizado por innecesario y punto de partida para la continuación de la evolución humana en una nueva linea evolutiva de la mano de una única forma de pensamiento global.

La implantación y expansión de un pensamiento único elimina la necesidad de la democracia y, en consecuencia, de la libertad política porque la población ha dejado de ser necesaria para sustentar al sistema; por ello, el sistema puede prescindir aceleradamente del factor trabajo eliminando empleos o precarizándolos a la vez que abandona las políticas orientadas a mejorar la redistribución de la renta.

A pesar de que entre 1977 y 1997 el Producto Interior Bruto se haya incrementado entre el 50 y el 70% en los paises miembros de la Unión Europea y el 33% en Estados Unidos entre 1973 y 1994, la distribución del ingreso ha derivado hacia las rentas más altas y hacia los beneficios del capital. Así, en Estados Unidos, en el periodo considerado, el salario medio bruto de los trabajadores sin cargos directivos -el 80% del total de trabajadores- ha sufrido una reducción del 11%, a la vez, el 20% de todos los trabajadores tenía, en 1994, un salario inferior al nivel oficial de pobreza.

Esta población en retroceso económico y social -Working Poor- configura una nueva clase en ascenso formada por personas que disponen de un empleo remunerado pero que les proporciona unos ingresos que no les permite integrarse en la sociedad por lo que derivan hacia un aislamiento político manifestado por su no participación en las periódicas consultas democráticas que son planteadas: en Estados Unidos, el 50% de los ciudadanos nunca vota.

Tampoco el capital precisa ya de la existencia de oposiciones para incentivar su expansión, lo que explica, tanto el cambio de tendencia en el tratamiento del fenómeno del cambio climático a partir de la Cumbre de Río de 1992, como la evolución de los partidos y movimientos de izquierda hacia posiciones de centro seguidoras del liberalismo.

Un ejemplo de las oscilaciones con que se abordan una serie de cuestiones sensibles es la cuestión medioambiental. El problema medioambiental no es algo que haya nacido hace unas pocas décadas. La contaminación ambiental que hoy afecta a personas y recursos nació con el mundo industrial y está unida a éste de forma indisociable, de tal modo que uno no existiría sin la otra, por ello, es tan compleja su solución.

El sistema, al tener que obtener los incrementos continuados de producción a un coste decreciente, ha ido desarrollando procesos que mejoraban la productividad pero que no consideraban los costes que representaban los subproductos contaminantes de dichos procesos, es decir, la tendencia fue externalizar el impacto de la contaminación fuera del esquema de producción y diluir en el entorno ambiental los efectos causados suponiendo que el entorno los absorbería.

A medida que la industrialización fue creciendo, fue obteniéndose un mayor incremento en el Producto Interior Bruto en función del grado de industrialización de los paises, lo que fue dando lugar a una mejora continuada en el estándar de vida de las poblaciones de los Estados industriales.

Cuando a mediados de la década de los sesenta empezaron a abordarse de forma científica los efectos negativos que sobre la salud podrían derivarse de la contaminación, con prontitud comenzaron a desarrollarse planes y programas a fin de limitar y eliminar el uso de los productos más contaminantes y de racionalizar el almacenaje de los desechos de alto riesgo ambiental; planes y programas que comenzaron a generar importantes beneficios a compañías especializadas en su desarrollo. Pero el avance que en esta linea se ha conseguido ha sido muy limitado y las perspectivas de que esta tendencia se modifique son muy reducidas.

El problema estriba en que el crecimiento económico generado ha sido obtenido, en gran medida, en función del tratamiento que se ha dado a las cuestiones medioambientales; es decir, porque el modelo industrial seguido ya fue diseñado contaminante desde su nacimiento, de forma que reducción de la contaminación implicaba reducción del crecimiento económico.

Aquí radica la enorme dificultad que encierra la resolución de los problemas medioambientales: al ser enormes los costes de su reducción significativa tras más de ciento cincuenta años de vida del modelo industrial, el abordar esta tarea implicaría un parón en el ritmo de crecimiento y un descenso en los beneficios de las compañías, mayor en función de su nivel contaminante.

La consecuencia es doble. Por un lado existe una creciente presión popular a fin de que se tomen medidas correctoras; por otro, la presión de las compañías va dirigida a frenar las iniciativas que consideran más radicales por moderadas que éstas sean. Los gobiernos de los paises industriales se están debatiendo entre ambas: a la vez que tratan de tomar iniciativas que satisfagan a sus demandantes al ser éstos posibles votantes del partido en el gobierno, saben que el poder político de las compañías es gigantesco, sobre todo si éstas amenazan con deslocalizar producciones a paises con legislaciones ambientales más permisivas, lo que desencadenaría reducciones de plantillas que también afectarían a sus preferencias electorales. Pero, a la vez, los gobiernos saben que fuertes requerimientos medioambientales darían lugar a retrocesos en el bienestar de la población, lo que también tendría un coste político.

En este decorado, el único camino sería la toma de conciencia mundial de que este problema afecta a todos los paises, pero, ni los paises industriales a los que la adecuación de una política medioambiental mundial les supondría una reducción de su poder económico -y político- (sobre todo a Estados Unidos, el país que más contamina), ni los paises subdesarrollados que esperan poder reducir la brecha que les separa de los desarrollados, se ponen de acuerdo en el camino a recorrer. En el tema medioambiental, son la discusión y el aplazamiento las políticas más consensuadas.

Podría parecer que ambos hechos -la creciente brecha entre ricos y pobres y la degradación medioambiental- configuran una situación idónea para que se generasen tendencias cercanas a la izquierda radical que tratasen de realizar una contundente oposición. La realidad ha demostrado que la tendencia política apunta hacia la adopción de posturas crecientemente de centro tras una etapa de derechización liberal. La explicación estriba en la pérdida de contenido de la institución Estado.

En 1996, el volumen de negocio de las 500 mayores compañías mundiales equivalía al 25% del PIB mundial, además, el 53% de toda la riqueza creada en el planeta en 1997 lo fue por corporaciones transnacionales; paralelamente, en 1995, 1.300 millones de personas -el 23% de la población mundial- disponía de unos ingresos diarios de un dólar estadounidense. El motivo de este desequilibrio radica en la inexistencia de un poder compensador personalizado en el Estado, porque en todo el mundo se está operando el retroceso del Estado: en la República Federal Alemana, el monto de las prestaciones sociales estaba situado en 1992 en el 33% del PIB, igual porcentaje que en 1960.

La explicación a esta situación está en la acelerada reducción de la ayuda social que el Modelo de Oferta ha implantado y en la continuidad de esa tendencia debido a que gran parte de la ayuda es financiada por el trabajo a través de los salarios, y éstos han sufrido una significativa reducción en su participación en el reparto de la producción.

A la vez, la reducción del poder de Estado se aprecia en su nula capacidad para influir en situaciones que, en muchos casos, no son más que consecuencia de decisiones tomadas por el propio Estado: en Mexico, a pesar de que entre su población el paro encubierto es un problema histórico, el gobierno mexicano acordó, en 1994, la incorporación del país al Tratado de Libre Comercio, lo que produjo, en 1997, y en gran medida debido a las consecuencias derivadas del acuerdo con Estados Unidos y Canadá, que el 50% de los mexicanos en edad de trabajar, o estuviesen desempleados o subempleados en la economía sumergida. En el otro extremo, el 33% de los niños británicos en 1996 y el 21% de los estadounidenses -el 50% de los afroamericanos- en 1995 estaba sumido en la pobreza.

Las consecuencias de proceder a una liberalización rápida de la economía y a un desmantelamiento acelerado del Estado en los paises seguidores del modelo de economía planificada, no ha podido ser más negativa para sus respectivas poblaciones. A pesar de que el pleno empleo del factor trabajo era obtenido, en muchas ocasiones, con el recurso al paro encubierto y de que la planificación estatal generaba, en otras muchas, ineficacia en la asignación de recursos, las poblaciones de estos paises no tenían, en época reciente, carencias de artículos básicos. Esa situación empezó a cambiar rápidamente después de 1991.

En Polonia, dos años después de ser desmantelado el modelo de planificación central, la tasa de desempleo ascendía al 15% de la población activa, alcanzando el 30% en las antiguas granjas estatales; en la antigua República Democrática Alemana, en las mismas fechas, el desempleo afectaba al 40% de la población activa. En 1993, en la Comunidad de Estados Independientes, la figura en la que se agruparon varias repúblicas de la URSS, el 95% de su población estaba viviendo en unas condiciones peores que en 1982, afectando la pobreza al 40% de los habitantes de la Federación Rusa, porcentaje que se había elevado al 50% en 1995.

Esta dilución del Estado, al comportar un retroceso en las políticas redistributivas, genera un proceso de retracción de la participación política de los ciudadanos, en consecuencia, de estas situaciones de pérdida continuada en el poder adquisitivo de crecientes colectivos, no nace una conciencia política de rechazo ni se mantienen las que pudieran existir, por lo que finaliza cualquier proceso discursivo que sobre la realidad economicosocial pudiera estar en marcha; este contexto acaba con el posibilismo, imposibilitando la aparición de cualquier planteamiento de izquierda radical.

Este nuevo estadío de la evolución, aunque está en la linea del darvinismo económico y social de la segunda mitad del siglo XIX comporta un paso más. En el XIX el objetivo buscado era la supremacía de los más hábiles, de los mejor adaptados, de los más fuertes, por ello la doctrina rechazaba la intervención a favor de los débiles pero reconociendo, a la vez, el papel necesario de éstos como elementos expansores de los preparados, de los capitalistas. Después de 1991, la utilización de argumentos darvinistas se hacía para justificar la eliminación del Estado del Bienestar explicando a los que habían de perder sus ayudas que ello era así porque, en términos económicosociales, su existencia ya no era necesaria, razón por la que eran prescindibles; donde más activamente se manifestó tal tendencia fue en los paises seguidores del capitalismo anglosajón, más liberal y más desregulador que el capitalismo continental europeo.

En 1993 es creada en Estados Unidos la Fundación para el Progreso y la Libertad que continúa por el camino iniciado por la Heritage Foundation en 1973. Con ocasión de las elecciones para el Congreso de 1994, Newt Gingrich, uno de los posicionados más a la derecha dentro del Partido Republicano, enuncia su Contrato por América.

El mensaje de este texto, aunque encuadrable dentro de las directrices del Modelo de Oferta, da un paso más hacia la eliminación de todas las estructuras públicas, tanto nacionales como internacionales, y a la vez que propugna la eliminación de cualquier vestigio que recuerde al Estado del Bienestar solicita el incremento de los gastos militares; su fundamentalismo también lleva a pedir, por ejemplo, la supresión del aborto en cualquier circunstancia.

El integrismo que se desarrolló durante la presidencia de Ronald Reagan -y en menor medida durante la de George Bush y que en el Reino Unido tuvo muchos seguidores dentro del ala más derechista del Partido Conservador-, buscaba la restauración del espíritu de una época que en Estados Unidos correspondería al periodo de la expansión de los trusts a finales del siglo XIX y en el Reino Unido al segundo período del reinado de la Reina Victoria.

Era el intento de reimplantar un poder capitalista sin limitaciones estatales ni institucionales, apoyado en la globalización económica y en el momento dulce en el que el crecimiento económico de Estados Unidos se había instalado, y que consideraba a los poderes públicos como frenos a su expansión.

En 1994, y coincidiendo con esta revolución conservadora, se publica la obra de Richard J. Herrnstein y Charles Murray, "The Bell Curve", su tesis es simple: la inteligencia de una persona, afirma, está en relación con la etnia a la que pertenece y con el estándar económico en el que haya crecido; en consecuencia, la pobreza no tiene solución porque los pobres, al tener un bajo nivel de inteligencia, continuarán, irremediablemente, sumidos en la miseria.

Esta tesis iba mucho más allá del simple racismo ya que entroncaba con el darvinismo económico y social buscando las raices más profundas del calvinismo. En unos momentos en que Estados Unidos mostraba un sobresaliente nivel económico en cuanto a crecimiento como país, era propicio resucitar las fórmulas que habían guiado a los primeros emigrantes europeos que, con el tiempo, se convertirían en la elite precapitalista que obtuvo la independencia y propició la Doctrina Monroe.

Las propuestas del Contrato por América retornan, por tanto, a una situación liderada por unas gentes que odian al Estado y al control estatal porque en su momento huyeron de ellos. Su objetivo era reimplantar la época en que un Estado débil convivía con los verdaderos administradores del poder en un entorno individualista y a la vez vigilante de las buenas costumbres. Por ello el Partido Republicano venció en las elecciones del 94: por el desengaño que el estadounidense medio, a sus ansias de restauración del orgullo americano, encontró en los dos primeros años de la presidencia de Bill Clinton tras abandonar éste los principios que había defendido en su programa.

La pretensión de reducir la extensión del Estado no era tan solo el objetivo de políticos e ideólogos declarados seguidores de un partido político. En 1995 aparece una obra, también de Francis Fukuyama, que razonada y documentadamente va en la misma dirección. En "Trust: The Social Virtues and the Creation of Prosperity", el autor introduce la idea no de que el Estado es intrínsecamente malo, sino la de que en la sociedad se están instalando unas formas de asociación no familiares que están revitalizando la vida social y económica, que suavizan las tensiones del capitalismo y que propician el crecimiento económico. Es decir, la profundización en una nueva tendencia asociativa por la que la sociedad civil -libre, soberana, responsable- decide voluntariamente compartir sus individualidades de modo que ésta quede potenciada en su conjunto a partir de la colaboración en intereses comunes -sociales, económicos, políticos-, ¿llegará a hacer innecesaria unas estructuras estatales como las actualmente existentes?.

A partir de 1996 los mercados de valores mundiales entran en una sucesión de máximos continuados que parecen avalar las consignas del Modelo de Oferta y las políticas de los partidos conservadores en el gobierno. En Estados Unidos muchos expertos anuncian que se ha entrado en una etapa de crecimiento sostenido sin inflación y pleno empleo del factor trabajo, a pesar de que esa inflación contenida es fruto de la combinación de los precios en retroceso de los productos industriales maduros y de los precios en ascenso de muchos servicios y de ciertos productos en expansión, y a pesar también de que muchos estadounidenses deben recurrir a las horas extras para compensar el descenso en sus salarios y a que otros muchos están realizando su trabajo en situación de subempleo. La nueva idea sobre la que se basaba este horizonte era la información, un sector en expansión exponencial desde hacía años que veía incrementar imparablemente su contribución al PIB de los paises desarrollados. Sin embargo, lentamente empezó a ser oída la palabra deflación.

También en 1995, Jeremy Rifkin publica "The End of Work. The Decline of the Global Labour Force and the Dawn of the Post-Market Era". El factor trabajo que el sector industrial está eliminando en su afán de lograr incrementos continuados de productividad, afirma Rifkin, no podrá ser absorvido por el nuevo sector de la información. Es decir, los aumentos en la productividad que llevan a la substitución de factor trabajo por factor capital -de un total de 124 millones de puestos de trabajo existentes en Estados Unidos, 90 pueden ser substituidos por capital- harán que el empleo sea un bien escaso y en descenso, con el consiguiente impacto sobre el consumo privado.

Las fórmulas que empezaron a ser debatidas partían del reparto del tiempo de trabajo, bien en forma de reducción de la jornada laboral a treinta y cinco horas -Francia-, bien fomentando el empleo a tiempo parcial -Holanda-, bien a través de políticas que compensaban la diferencia entre la percepción por desempleo y el salario recibido -Reino Unido-, fórmulas inconcebibles, tanto en el anterior Modelo de Demanda como, en principio, en el vigente de Oferta.

A la vez, en las mentes de muchos trabajadores de los paises desarrollados empezó a formarse la idea de que podía ser deseable renunciar a parte de la remuneración que obtenían a cambio de disponer de más tiempo libre.

1997 inicia un cambio de imagen política en Europa. En Francia el Partido Socialista vence en las elecciones legislativas, tendencia que se ve continuada con la victoria del Nuevo Laborismo -Social-liberalismo: mantenimiento de las recetas liberales junto a dotaciones presupuestarias en sanidad y educación- en el Reino Unido y con la del Partido Socialdemócrata -eliminando sus antiguas ideas intervencionistas- en la República Federal Alemana en 1998.

La llamada Crisis Asiática que estalló en el verano de 1997 no ha sido más que la manifestación de que el sistema, en su formulación actual, ha dado de si todo lo que de si podía dar. El Nuevo Orden Internacional -Modelo de Oferta, ultraliberalismo, pensamiento único- no se corresponde con la arquitectura de las instituciones, de la sociedad, de los modos de vida que se han estado gestando en el último siglo y medio.

El Fin de la Historia que Fukuyama tan acertada y crípticamente describió no podía darse ausente de tensiones: el inicio de una nueva linea evolutiva, debía venir acompañado de una crisis profunda que verdaderamente pusiese de manifiesto el fin de la historia.

La hiperconcentración del poder económico y político en pocas manos derivada de la total dependencia, tanto de Estados como de compañías respecto a los tenedores de capital y generada a partir de la implantación del Modelo de Oferta; la uniformización política que se ha implantado en todo el orbe mundial debido a las exigencias del pensamiento único que forzaba a los dependientes estados a adoptar cuadros presupuestarios prácticamente idénticos; la vigilancia policíaca de las agencias de valoración de riesgos que orientan y dirigen a los estados; todo ésto no es algo que pueda implantarse rápidamente sin generar tensiones.

La nueva fase iniciada en 1989 constituye el final de la fase en que nos encontramos, siendo sus consecuencias claramente identificables a finales de los años noventa, una etapa en la que el sistema ha implantado una velocidad de cambio que ha generado una oleada de efectos -especulación financiera, desempleo estructural creciente de los factores productivos, ansiedad social- que no por consecuentes el sistema ha podido asimilar.

Entre mediados y finales de los ochenta ya comenzaron a apreciarse en lo cultural tendencias de cambio. La dinámica industrial que desde finales de los setenta había invadido la producción musical, da paso al retorno a la música de los sesenta que se manifiesta en la recuperación de antiguos éxitos por parte de discográficas independientes.

A finales de los ochenta empieza a asistirse a la implantación de un espíritu minimalista como búsqueda del intimismo. La música minimalista -reminiscencias étnicas, tendencias repetitivas- se incluye en una pujante y elitista estética New Age que huye de la explosión sonora y tiende hacia la reducción de los recursos musicales y hacia el rechazo de lo innecesario.

A principios de los noventa, en Seattle, nace el Grunge. Enraizado en el Punk, canaliza el rechazo de una juventud contraria a las tendencias de los ochenta aunque sin caer en la rebeldía de aquel. Los jóvenes afroamericanos se identifican con el Rap de raices jamaicanas. El punto en común de ambas lineas es la expresión de la personalidad sin caer en la dureza de la oposición directa; la idea es el abandono tanto de la masificación de la industrialización como del exacerbado individualismo postmoderno por parte de una juventud que percibe el desempleo del factor trabajo como algo habitual: en 1995 se precisaba un solo trabajador, o menos, para obtener igual producción para la que en 1962 se necesitaban cinco. Lo que ahonda en la idea de no necesariedad, de prescindibilidad.

Entre 1997 y 1998 el cambio de imagen política acaecido en Europa se manifiesta en la Tercera Vía del primer ministro británico Tony Blair y en el Nuevo Centro del canciller alemán Gerhard Schöder. Incluso el jefe del ejecutivo francés Lionel Jospin (1997), en principio más intervencionista, está más próximo a ella que a otras posiciones del pasado. Y, aunque esta linea es marcadamente europea, también en Estados Unidos las preferencias electorales en la renovación de congresistas y senadores se decantan hacia la no profundización en un ultraliberalismo que no ha resuelto unos problemas cada vez más identificables para el ciudadano medio.

El fin de la historia supone, como afirma Anderson, la constatación de que ya no existen alternativas al capitalismo. La realidad política está hoy dirigida por Estados Unidos porque él es quien mejor representa el espíritu del modelo que se ha impuesto, por ello ha dispuesto de la legitimidad para dirigir el sistema. Pero a lo largo de este final de fase ya están siendo evidentes los parámetros que fijarán las características de la siguiente.

De la misma manera que las ideas de razón y progreso -definitorias y identificadoras de la modernidad- han sido inherentes a la Era Industrial de modo que posibilitaron el desarrollo de las Revoluciones Industriales, el brutal impacto que supusieron las crisis de la energía y la crisis provocada por el fracaso de las soluciones globales que desembocaron en un individualismo despolitizado dieron lugar a la postmodernidad, una época difusa a medio camino entre una época de avance socioeconómico y otra de superación real de las limitaciones de la modernidad.

La postmodernidad ha estado definiendo el comportamiento de la Era Postindustrial. La búsqueda de lo objetivo desde la perspectiva subjetiva ha derivado hacia el consumo de lo efímero, de lo breve, por ello el individuo postmoderno ha buscado la vuelta a lo religioso, independientemente del espíritu que subyaciese en cada una de esas religiones, sectas o movimientos, a la vez que se desprendía y rechazaba cualquier idea ideológica que pudiese poseer o encontrar.

Pero la postmodernidad tan solo está definiendo el final de una fase. La postmodernidad ha propiciado la explosión del sector de la información, pero ese potencial ha sido utilizado para seguir por una senda que no deja de reproducir esquemas conocidos: la comunicación se ha utilizado para incrementar la productividad, para desvincular oferta y demanda, para que el sistema económico no dependa de la oferta de factores productivos, pero no se ha utilizado para superar las limitaciones que subyacen en el propio sistema. En este sentido, el Modelo de Oferta profundiza en una mecánica orientada a la consecución del poder total por parte de una elite económica global que ha continuado utilizando el capitalismo como vehículo expansivo aunque sin aportar nada que supusiese un salto cualitativo en el proceso evolutivo humano.

Desde el Neolítico, la Humanidad ha trascendido por cinco fases a lo largo de las cuales ha ido avanzando en su evolución social. Entre el -8000 y el -6000 se produce el inicio de la sedentarización y principia la idea de grupo organizado. El cambio con respecto al pasado fue fundamental: el hombre asume que es parte de una estructura organizada y de que a través de esa estructura las necesidades pueden ser cubiertas de forma más satisfactoria. En esta época es cuando se produce el nacimiento de las comunidades agrícolas.

En la segunda, -6000 a -4000, esas células organizadas fueron racionalizando su existencia, descubriendo que es posible y conveniente la comunicación con otras comunidades. Es en esta fase cuando empiezan a practicarse sistemas de riego, cuando principia la elaboración de productos textiles, cuando comienza el uso de sellos identificativos.

En la tercera fase, -4000 a -2000, el hombre buscó establecimientos más sólidos a fin de conservar y mantener lo que tenía. Por ello, es a lo largo de estos dos milenios cuando se produce el nacimiento de las culturas y de la primera forma de escritura.

A lo largo de la cuarta, -2000 a 0, las diferentes culturas fueron entendiendo que, una vez lograda su cohesión interna, el paso siguiente era la expansión. Es en esta fase cuando se asiste al nacimiento y auge de los imperios y a su expansión a través de la agresividad manifestada en acciones de conquista y de dominación. El concepto de autoridad se sublima y pasa a ocupar una posición preeminente, por ello, la clase dominante -un reducido grupo de nobles y jefes militares que reconocen a una autoridad máxima- utiliza, tanto la crueldad más extrema, como el simbolismo de religiones sanguinarias a fin de infundir pavor y ostentar la propiedad y la sumisión de todos los recursos.

En la quinta, la fase en la que la Humanidad ahora se encuentra, y una vez conseguida en la anterior la aglutinación del ente cultural en el imperio, la persona ha conseguido su identificación social a través del reconocimiento del valor del individuo y con la introducción del igualitarismo entre los diferentes individuos; pero esas tendencias han estado orientadas hacia la expansión colectiva, por ello el individuo tan solo ha tenido importancia en función de su papel como parte del colectivo.

Por ello las diferentes religiones han jugado un papel básico en este proceso de colectivización y de igualitarismo, y por ello la democracia y el liberalismo han jugado un papel fundamental en la homogeneización de los conceptos, conceptos diseñados en función de escalas de valores de general aceptación.

En consecuencia, en estos dos mil años, la Humanidad ha avanzado en el diseño de procesos que permitiesen la obtención de un creciente número de bienes a fin de generalizar su disponibilidad, a la vez que se iban difuminando las fronteras y asumiendo las conclusiones derivadas de una visión crecientemente global. Por ello, el capitalismo es el estadío último adoptado en el proceso de reparto de los recursos: todos los participantes cuentan con las mismas oportunidades en el proceso de generar valor para incrementar la utilidad que los humanos deben obtener de las cosas. Este proceso quedó interrumpido en 1973 con la crisis del Modelo de Demanda, el cuestionamiento del Estado de Bienestar y la adopción del ideal del triunfo individual como un fin en si mismo.

El Modelo de Oferta, aunque, por un lado ha aportado una sofisticación de los símbolos e instrumentos capitalistas, por otro ha supuesto la introducción de un elemento nuevo no presente en la fase en curso: la desvinculación de valor y población con la introducción del concepto de prescindibilidad. Así, en el campo de operación del Modelo de Oferta es ésta la que delimita su demanda.

Por tanto, sin abandonar la idea motriz de estos dos últimos milenios, algo está empezando a cambiar en el horizonte de la evolución humana. El individuo está pasando a desempeñar un papel protagonista en el proceso evolutivo, pero no desde una perspectiva igualitarista, si no reivindicando su importancia, sus diferencias y sus habilidades personales.

Por ello, en la tendencia evolutiva iniciada hace diez mil años, la fase que ya se está anunciando será la de la potenciación del individuo con sus particularidades personales a través de la cooperación con el entorno que le rodeé. Es decir, el individuo, integrante de un grupo con unos objetivos determinados, colaborará con el resto del grupo a fin profundizar en los objetivos comunes -el bien común-. Para ello no tendrá que renunciar a sus hechos diferenciales ya que éstos serán respetados por el grupo; por su parte, el individuo, dentro de la lógica imperante, no podrá utilizar esta circunstancia en beneficio propio debido a que deberá respetar al resto de integrantes y canalizar sus esfuerzos hacia el objetivo común.

La idea dejará de ser "fabricar para tener" para pasar a ser "conocer para hacer". En los dos próximos milenios el factor productivo básico dejará de ser el capital para pasar a ser la inteligencia, por ello en esta nueva fase se perfila una nueva elite integrada por individuos inteligentes, valorados en función de que sus genialidades coadyuven en la consecución del bien general del grupo.

En consecuencia, el individuo aislado no tendrá sentido, ni siquiera aunque esté dotado de una inteligencia excepcional, máxime teniendo en cuenta que, al ser limitada la cantidad de recursos disponibles, hará falta una organización muy depurada que priorice y asigne estos recursos; estar al margen de un grupo significará quedar al margen del sistema.

En este contexto, la idea de Estado irá quedando vacía de contenido debido a las crecientes posibilidades que la tecnología de la comunicación continuará ofreciendo; la oposición y la disidencia política dejarán de tener cabida ya que el respeto al otro será la regla de convivencia; el sistema dejará de ser capitalista ya que el reparto de los recursos se hará en función de la eficacia de los individuos para incrementar el poder y el bienestar del grupo; el Estado del Bienestar se transformará distribuyendo los recursos disponibles, no de forma igualitaria, si no buscando la maximización de los resultados.

En esta evolución y desde nuestra perspectiva actual, el problema estriba en que la persona perderá su carácter individual: el destinatario de la evolución personal dejará de ser el individuo para pasar a ser el grupo, por lo que la persona llevará a cabo su identificación social consiguiendo hacer real una idea que beneficie al grupo del que es parte. A medida que se avance en la fase, el grupo se deberá ir haciendo más extenso y global.

Pero, al igual que sucedió en el siglo III, las enormes diferencias existentes entre la fase en la que ahora nos encontramos y esta siguiente indican que el tránsito deberá ser, forzosamente, crítico, probablemente por colapso de lo que ahora caracteriza e identifica a nuestra fase: la economía. Una profunda y definitiva crisis económica y social que vendrá referenciada por el retorno a la ideología pura. Una ideología que situará a la idea por encima de la persona. Llegados a este punto será cuando la Humanidad habrá dado comienzo a la elaboración de una nueva Historia.



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2003