LA ERA INDUSTRIAL


Los años comprendidos entre 1789 y 1870 constituyen uno de los períodos que han tenido más influencia en que la realidad mundial sea hoy como la conocemos. Los hechos que tuvieron lugar en estos años afectaron a los órdenes económico, político, social y cultural, convirtiéndose la nueva doctrina: el capitalismo, en rector de la vida mundial.

La Revolución Francesa no supuso una reversión de la situación en Europa. Las Guerras de Coalición demostraron que las monarquías reinantes estaban dispuestas a mantener un estatus que las miserables y no concienciadas clases populares no podían cambiar, y que la incipiente "nueva burguesía" tampoco tenía la posibilidad de modificar a fin de instaurar un nuevo orden que, incorporando los cambios que imperiosamente necesitaba, mantuviese la seguridad del existente.

El Congreso de Viena de 1815 restauró la situación previa a 1789. A lo largo del año que duró el congreso el único objetivo que movió a los asistentes -los representantes de las monarquías que habían derrotado a Napoleón- fue el fijar unos parámetros que implantasen en Europa un equilibrio duradero. Pero la marcha de las reuniones y los acuerdos tomados indican que, aunque en apariencia nada cambió, en realidad nada fue ya igual tras la firma del acta final el 9 de Junio de 1815.

De entrada, el planteamiento del Congreso puso de manifiesto la existencia de cuatro grandes potencias en Europa: Reino Unido, Austria, Prusia y Rusia; ello implicó cambios en el mapa de Europa que supusieron ganancias de territorios para Prusia, dominio austriaco en Italia y ganancia de partes de Polonia por Rusia. Al Reino Unido, absolutamente inmerso en su expansión y consolidación colonial, le bastó que se le reconociese su papel fundamental en Europa. La creación de la Santa Alianza -Austria, Francia, Prusia, Rusia y Reino Unido- estuvo orientada al mantenimiento del orden continental ante posibles nuevos intentos revolucionarios.

A Francia se le perdonó su reciente pasado en virtud de que las guerras no habían sido hechas por y contra Francia, sino contra los revolucionarios. España, en franca decadencia política y económica y a pesar de haber sufrido en su suelo una cuasi guerra civil a consecuencia de la invasión napoleónica -Guerra de la Independencia (1808 - 1814)- no fue invitada a participar, lo que evidencia su inclusión definitiva en el grupo de estados europeos de segundo orden.

Por su parte, los recién formados Estados Unidos de América tenían como objetivo básico la expansión de las limitadas posibilidades de los estados originarios. A tal fin se fomentó el incremento de la población aceptándose la emigración que procedente de Europa fue llegando a creciente ritmo a lo largo del siglo XIX; a la vez se emprendió la expansión territorial -Hawai, 1808- y Canadá, chocando con tropas británicas y generándose un conflicto -Guerra Angloamericana (1812 - 1814)- que concluyó sin resultado claro pero que convenció a los Estados Unidos que el camino de su expansión se encontraba en el Oeste.

El Congreso de Viena puso sobre aviso a Estados Unidos: lo que menos deseaba el aún débil estado era una intervención de la Santa Alianza en el continente americano a fin de proteger intereses coloniales de sus miembros; además, Estados Unidos, una república construida sobre las bases de la burguesía liberal, estaba muy interesado en preservar su posible zona de expansión hacia el Sur del continente.

Por ello, y pocos años después de concluir el Congreso, el presidente James Monroe (1817 - 1825) sienta en 1823 la doctrina que desde entonces ha guiado la política exterior de Estados Unidos en América: toda ingerencia de estados no americanos en el continente sería considerada como una agresión contra Estados Unidos.

Por eso, lo que tanto el Congreso de Viena como la Doctrina Monroe estaban promulgando, eran declaraciones de independencia ante posibles ingerencias: internas en el primer caso y externas en el segundo; es decir, la reafirmación política de los Estados.

La burguesía se desmarcó de llevar a cabo cualquier intento de reivindicación política durante más de treinta años; fundamentalmente interesada en incrementar su tasa de acumulación de capital, cedió a las monarquías y a sus gobiernos todos los aspectos políticos a fin de que éstos se ocuparan de implementar la tranquilidad que ella necesitaba. Para el pueblo llano, en nada se modificó su situación en el aspecto político.

De alguna manera, la nueva situación planteada tras las conclusiones del Congreso de Viena, significaban un retorno al pasado representado por la restauración de un espíritu que una situación revolucionaria atípica había quebrado. Pero el ideal que fue impregnándose en la cultura y en la sociedad de principios del siglo XIX no se quedó en el puro y simple retorno al Rococó; el espíritu era el de recuperación, pero recuperación de un ideal antiguo, desvinculado de actitudes recientes y de figuras conocidas.

Por este motivo se asiste a la idealización de las Edades Medias al representar éstas el prototipo de una estructuración uniforme del mundo y de un orden social arropado por la figura del monarca y su ámbito, y en el que "lo popular" pueda desarrollarse dentro del respeto que el orden superior merece.

El Romanticismo potenció la cultura popular -cuentos infantiles-, los estudios sobre la antigüedad -indogermanismo, iranología, hinduismo-, la recuperación de una arquitectura considerada ideal -el neogótico-, lo estético, lo intuitivo, pero a la vez, y debido a ello, se entró en una corriente caracterizada por la "defensa de lo propio y autóctono": el Nacionalismo.

La fuente del Nacionalismo no es única, de hecho, la preferencia de "lo propio" es una derivación de la falta de alternativa real a la situación anterior que significó el triunfo de las potencias coaligadas, y en ello tuvo mucho que ver el papel adoptado por la burguesía después de 1815.
La burguesía prerrevolucionaria estaba compuesta por dos grupos idénticos en cuanto a sus objetivos -incrementos continuados de beneficios- pero muy distintos en su caracterización. Mientras la burguesía británica era por naturaleza universalista y expansiva en cuanto al camino a desarrollar, la continental era más bien localista. A ello había contribuido la posición insular de Inglaterra, primero, y de Gran Bretaña después, lo que le había permitido desarrollar un modelo productivo-social al margen, en gran medida, de influencias externas.

Por contra, la Europa continental, con sus estados en constante pugna, con influencias culturales exteriores, con la posibilidad de expansionarse hacia el Este, había desarrollado un modelo en el que se fue perdiendo gran parte de las raices que habían propiciado el nacimiento del propio modelo y que eran muy anteriores a éste.

A la burguesía anglosajona, en consecuencia, no le fue extraño el modelo de comunidad política que fue evolucionando en el interior del Estado británico, es decir, el conjunto de ciudadanos que habitaban en el estado; y no le fue extraño porque el nivel de influencias exteriores había sido prácticamente nulo desde el siglo XI, y su último nivel evolutivo: el liberalismo subyacente en la Ilustración, no era, en definitiva, más que un invento suyo.

En la Europa continental las cosas no habían transcurrido del mismo modo. Las distintas burguesías nacionales fueron aceptando o negando, según los momentos, las influencias culturales e ideológicas que fueron llegando de otros estados, estados que, llegado el siglo XVII y con excepción del mosaico de pequeños estados existentes en la parte alemana del Imperio, contaban con dimensión suficiente para representar poder para los monarcas ya evolucionados en un despotismo ilustrado que reforzaba el papel del estado.

Y aquí reside la principal diferencia entre el modelo británico y el continental. El Estado nunca jugó un papel de consideración en los intereses de la burguesía inglesa y británica, es más, la burguesía, en gran medida por la pureza con que conservó sus orígenes culturales germánicos, siempre trató de controlar y limitar el papel del Estado, desarrollando un modo de operar que no se basaba en el soporte de su estado para obtener la buscada acumulación.

En el continente, en cambio, las burguesías fueron desarrollando un modelo que, en gran medida, se sustentaba en el Estado como impulsor de su actividad, desempeñando también la burguesía un activo papel en el sustento de las diferentes monarquías, oficiales o pretendientes.

Algo semejante sucedió con la cuestión religiosa. Inglaterra no tuvo una Guerra de los Treinta Años ni unas disputas entre familias nobles apoyadas por sectores de la Iglesia: tras plantearse la Reforma, Inglaterra escogió un modelo que vinculaba, inseparadamente, jefatura del estado y jefatura religiosa; en consecuencia, la burguesía inglesa no tuvo que preocuparse en absoluto por una cuestión que si fue causa de preocupación para la continental.

Por ello, las conclusiones del Congreso de Viena representaron para la burguesía continental la pérdida de un sentido político: reimplantado el orden prerrevolucionario y en unos momentos en que lo imprescindible era contar con orden interior a fin de que cada estado pudiera crecer en el escenario mundial, la burguesía continental abrazó el ideal nacionalista: la recuperación de lo propio y autóctono como vehículo político y cultural a fin de impulsar el entorno en el que llevaba a cabo sus actividades: el Estado nacional.

A partir de este momento la burguesía se hace nacionalista (algo que en realidad siempre fue, pero que quedaba enmascarado por la inexistencia de un modelo ideológico a su medida), adoptando ese nacionalismo los particularismos de cada zona, de cada estado, de cada nación. La Europa central y en particular los estados alemanes, fueron los lugares donde formas más visibles adoptó ese nacionalismo, pero también en Francia con una dimensión más amplia, o en Grecia -Guerra de Independencia (1821 - 1829)-. El nacionalismo fue siendo crecientemente adoptando por la burguesía aunque sin renunciar a un liberalismo que, de momento, en lo político, le estaba vetado.

En este contexto es en el que se produjo la Revolución Industrial.


LA I REVOLUCION INDUSTRIAL: LA ECLOSION DEL CAPITALISMO PRODUCTIVO

La Revolución Industrial no fue algo que se produjera de forma espontanea, de hecho correspondió a una necesidad: la presión ejercida por una demanda creciente que la oferta ya no era capaz de cubrir.

El aumento de la población que se fue dando a lo largo de los siglos XVII y XVIII llevó a incrementos de ingresos para la burguesía manufacturera que, sobre todo en los estados calvinistas, fueron mayoritariamente reinvertidos. Pero al continuar siendo creciente la tendencia de la demanda, sobre todo en lo referente a productos agrarios y textiles, la capacidad productiva de los mismos se fue acercando a los límites a los que la actividad, prácticamente artesana, podía llegar. Gran Bretaña fue el estado en el que antes y más intensamente se percibió esta situación debido a que el nivel de sus manufacturas estaba mucho más desarrollado que en la Europa continental.

Tradicionalmente, en la agricultura inglesa siempre había tenido un peso fundamental la tierra de uso común que era trabajada según el sistema de campos sin cercar -open fields-. Pero este sistema requería gran cantidad de mano de obra, no teniendo, en consecuencia, una alta productividad.

El incremento habido en la población había repercutido en el aumento de la mano de obra disponible, pero la creciente actividad manufacturera también había incrementado sus necesidades de mano de obra, a la vez que el sector agrario que también las había aumentado.

Las necesidades de mano de obra, junto a la necesidad de hacer crecer la oferta de grano y de productos textiles llevó a que se tomaran iniciativas en ambos: en el campo con la puesta en marcha de las Enclosures, en el sector textil con la aplicación de varios inventos.

A mediados del siglo XVIII se puso en marcha una segunda etapa de enclosures (la primera se desarrolló a finales de la Baja Edad Media). De resultas de la misma, los grandes propietarios se apoderaron de tierras comunes que cercaron, incrementando sus propiedades y cultivándolas con métodos más intensivos. La producción creció, pero como la población también lo hacía, el precio del grano se fue incrementando lo que aceleró aún más las enclosures, el aumento de los beneficios de los propietarios de tierras y la liberación de campesinos que se vieron privados de su medio de vida, lo que significó la disponibilidad de mano de obra para el sector manufacturero.

En el sector manufacturero se fueron aplicando descubrimientos técnicos a fin de incrementar la producción, como el telar mecánico de Hargreaves (1767) y el telar continuo de Arkwright (1768), pero a pesar de la utilidad de los mismos, la producción no crecía al ritmo exigido por la demanda.

La aplicación de la máquina de vapor de James Watt (1764), mejorada en 1782, abrió un abanico de posibilidades al permitir, por vez primera, una cierta desvinculación de la producción y de la mano de obra, lo que, en definitiva, no significaba más que la posibilidad de reducir los costes de producción y, consecuentemente, los precios de los productos acabados.

La cadena de cambios que la aplicación de la nueva técnica implicó -cambio en las fuentes energéticas: uso del vapor, cambio en la importancia de la fuerza de trabajo: uso de ingenios mecánicos, en los métodos de transformación: desarrollo de nuevos sistemas, en la organización de la producción: menor número de unidades productivas pero de mayor dimensión, cambio en el papel desempeñado por el conocimiento en la actividad productiva: creciente importancia de la investigación-, significó la implantación de un nuevo modo de producción caracterizado por unos nuevos procesos de producción y por una nueva organización de la producción.

Este nuevo modo de producción era movido por el consumo generado por la creciente población y se desarrollaba en el marco caracterizado por la en aumento acumulación de unos beneficios obtenidos por una burguesía crecientemente liberal, beneficios que eran reinvertidos a fin de incorporar al proceso productivo los nuevos avances técnicos que se iban descubriendo. Lo que había nacido era el modo de producción capitalista caracterizado por la acumulación creciente de capital y dirigido por la burguesía industrial.

La extensión del nuevo modo de producción en la actividad económica británica se realizó por niveles. En un primer momento fue en la minería, en el drenaje del agua generada por la explotación, donde primero se aplicaron las bombas movidas por vapor substituyendo al anterior sistema que utilizaba animales de tiro para mover los recipientes en los que se recogía el agua. A través de la nueva técnica pudo incrementarse la oferta de carbón y reducirse sus precios de venta.

Este incremento de la producción de carbón a menor precio favoreció a la industria metalúrgica a través de la nueva técnica; al mismo tiempo se fueron desarrollando procesos metalúrgicos específicos -pudelaje (1783), eliminación del carbono y reaprovechamiento del calor (1854), uso de chatarras (1864)-; todo ello hizo que la metalurgia también incrementase su producción a menores precios.

La producción de hierro se disparó: entre 1740 y 1839 el número de hornos altos pasó de 60 a 378, alcanzándose una tasa de crecimiento acumulativo medio anual en la producción del 4,49%, y aumentando los rendimientos medios por horno en un 2,57% acumulativo anual debido, entre otras causas, al uso de coque. Como consecuencia del desarrollo de la metalurgia, se produjo el desarrollo paralelo de actividades relacionadas con ésta: fabricación mecánica de puntas (1809), de tornillos (1818) y de muelles de acero (1823).

Por lo que respecta a la industria ligera, la aplicación del vapor se realizó en la producción de telas de algodón, y el hecho de que fuese en el subsector textil algodonero el primero donde se aplicó no fue casual: se debió a la ausencia de regulaciones gremiales en él debido a que cuando éstas fueron promulgadas este subsector no existía. El crecimiento del textil de algodón queda puesto de manifiesto por el hecho de que entre 1730 y 1830 la tasa de crecimiento que tuvieron las importaciones de algodón en rama fue del 5,20%. A partir de 1820 puede decirse que el uso del vapor está generalizado en este subsector.

Papeleras e industrias de construcciones mecánicas, así mismo se beneficiaron de la nueva técnica por lo que sus producciones mejoraron en calidad y cantidad, ofreciéndose a menores precios.

Este crecimiento industrial se topaba con una importante limitación: el transporte de las materias primas y de los productos finales.

Los medios tradicionales de transporte habían llegado al máximo de su desarrollo: la anchura de los caminos limitaba el tráfico, y los pavimentos utilizados eran cada vez menos idóneos ante el creciente volumen de carga transportada por los carros. En 1761 se introduce el transporte de mercancías utilizando canales con las evidentes limitaciones que el medio tiene. En 1790, el ingeniero Macadam inventa un nuevo tipo de pavimento que soportaba un mayor peso.

De todos modos, el transporte continuaba constituyendo una seria limitación al desarrollo manufacturero e industrial, tanto en lo referente a capacidad de carga como a velocidad. En 1807 supone un gran avance la aplicación del vapor a la navegación; pero es en 1814 cuando George Stephenson (1781 - 1848) construye la primera locomotora operativa, lo que supone el inicio en la aplicación de la nueva técnica a los medios de transporte masivo.

A partir de aquí, el desarrollo y la mejora de éstos fue constante: comienzo de la explotación comercial del ferrocarril (1825) e invención de la hélice (1837) lo que influyó en el nacimiento de varias compañías marítimas al mejorarse la velocidad de navegación. Además, y por las vinculaciones hacia atrás y hacia adelante que el ferrocarril y la construcción naval tienen, el desarrollo de ambas acarreó importantes incrementos en la demanda de productos fabricados por la metalurgia, las manufacturas de la madera y los materiales de construcción, así como en la minería del carbón.

El único punto negativo que apareció en este ascendente proceso de crecimiento económico basado en la industria en el que estaba embarcado el Reino Unido, fue el enfrentamiento que por cuestiones relacionadas con el comercio exterior se planteó entre los propietarios agrarios y la burguesía industrial.

La imposición en 1815 de altísimos aranceles a la importación de grano -Corn Laws- supuso un crecimiento espectacular en el precio de los cereales, lo que redundó en aumentos de los beneficios de los propietarios agrarios y en reducciones del poder adquisitivo de la población.

A esta situación proteccionista se enfrentó la burguesía industrial, fundamentalmente, por los efectos que los altos aranceles podían tener sobre sus exportaciones de productos textiles al poder responder sus paises destinatarios con la fijación, como réplica, de altos aranceles en los textiles. Esta polémica también se dio en otros paises, entre ellos, aunque por diferentes motivos, en España.

Entre 1845 y 1869 se tomaron una serie de medidas tendentes a liberalizar el comercio: derogación de las Corn Laws (1846) y de la Navigation Act (1849), lo que supuso un importantísimo triunfo de la burguesía industrial.

Llegado 1850, y finalizada la fase de acumulación originaria de capital, es decir, la construcción de la base capitalista sobre la que la burguesía edificó el entramado económico sobre el que ésta levantó el modelo de crecimiento capitalista, el Reino Unido se había convertido en la primera potencia mundial.

A lo largo de los reinados de Jorge III (1760 - 1820), Jorge IV (1820 - 1830) y Guillermo IV (1830 - 1837), el Reino Unido fue afianzándose en el escenario europeo, extendiendo su imperio colonial -The Empire- y progresando en el desarrollo económico interno basado en las nuevas técnicas. Pero fue durante la época de la reina Victoria (1837 - 1901) cuando el Reino Unido alcanza la supremacía mundial.

Hacia 1851 el sector industrial del Reino Unido ya empleaba el doble de la mano de obra de la que utilizaba el sector agrario, representando el comercio de sus productos el 90% del comercio total. Además, la producción metalúrgica y textil británicas suponían la mitad de las mundiales; ostentando el Reino Unido el 25% del comercio exterior mundial. Pero este imparable avance económico supuso profundos e irreversibles cambios a nivel social e individual en la población británica.

En la Europa continental, el período comprendido entre 1800 y 1850 se desarrolló de un modo muy distinto a como lo hizo en el Reino Unido. Las diferencias existentes entre éste y los estados más avanzados del continente -Francia, Bélgica, Suiza, Suecia, Austria y Prusia- eran enormes, y en el caso de otros -España y Rusia- eran abismales.

Así, la Europa continental contaba con menos recursos carboníferos y peor distribuidos que el Reino Unido; con una menor facilidad para el transporte, sobre todo en los estados de la Europa central, por la imposibilidad de recurrir al transporte marítimo; con mayores dificultades para el tráfico interior en esos estados por la pervivencia, aún, de aduanas interiores; con una menor capacidad de consumo; con una mucho mayor rigidez en sus estructuras sociales ya que todavía se daban situaciones feudales.

La estructuración política, económica y social de la Europa continental continuaba en 1792 anclada en el despotismo ilustrado, por lo que a lo anterior se sumaba el enorme peso del Estado en la economía, sobre todo en la Europa central.

El papel desempeñado por el Estado se ponía de manifiesto en el entramado de subsidios existentes muchos de los cuales estaban mal dirigidos y eran mal administrados; en la tendencia al monopolio de las actividades manufactureras llevadas a cabo por el Estado y en la baja productividad de los centros manufactureros por la semiesclavitud en que trabajaban los obreros allí empleados.

En términos generales, esta situación fue evolucionando hacia el no aprovechamiento de estas ventajas monopolistas, hacia el gigantismo de los talleres y hacia que el estado-empresario se especializara en la producción de aquellos bienes que a él le eran más útiles, caso de los artículos de lujo y el armamento. Lo único que tuvo de positivo esta intervención de los estados fue la creación de una muy buena formación profesional que sentó las bases de su posterior desarrollo industrial.

Paralelamente, el atraso técnico de la industria continental era enorme, por lo que desarrolló un particular sistema de crecimiento basado en la importación de maquinaria desde el Reino Unido, en la visita a fábricas británicas y en el espionaje industrial.

Las Guerras Napoleónicas, al eliminar la posibilidad de realizar importaciones británicas, proporcionaron a estos Estados la oportunidad de crear un substrato industrial, cosa que hicieron pero al margen de cualquier comparación al no entrar sus productos en competencia con los británicos.

En 1815 se puso de manifiesto que los productos de la Europa continental eran producidos a un coste muy superior a los británicos, por lo que, junto al sistema utilizado anteriormente para mejorar su posición técnica, impusieron altos aranceles a la importación de productos industriales de Gran Bretaña; postura que fue contestada por el Reino Unido prohibiendo la exportación de tecnología -lo que generó las protestas de los constructores de bienes de capital por lo que la medida fue anulada en 1842- y prohibiendo la emigración de obreros especializados.

En cualquier caso, y de una u otra manera, los paises continentales fueron poniendo en marcha sus particulares revoluciones industriales: Francia puede considerarse introducida en el proceso a partir de 1825, Bélgica entre 1820 y 1830, Suiza en 1830 y Prusia en 1840. En Austria, la presión del antiguo régimen frenó mucho el proceso: no fue hasta el reinado de Fernando I (1835 - 1848) cuando fueron suprimidos los últimos vestigios de sumisión del campesinado.

Los paises de la Europa continental tenían, excepto Francia, un problema adicional: la dimensión de sus mercados. Al requerir la industrialización un mercado -interior, o interior y exterior- amplio, los paises continentales, a su falta de desarrollo técnico, añadieron la inexistencia de un mercado suficiente. Prusia lo resolvió con unas inmensas miras de futuro.

La Confederación del Rin fue una agrupación política de dieciséis príncipes alemanes que, a instancias de Napoleón, se separaron del Sacro Imperio en 1806 poniéndose bajo la tutela napoleónica. La Confederación se desintegró en 1813 tras la derrota francesa en Leipzig, pero fue la cuna de la Confederación Germánica creada en 1815 agrupando a treinta y nueve estados y a la que pertenecían Austria y Prusia.

A partir de este momento principia una pugna entre estos dos estados: Prusia para dirigir la unidad alemana apoyada por el sentimiento nacionalista, y Austria para impedirlo a fin de no perder protagonismo en los territorios del antiguo Sacro Imperio.

En 1834, a instancias de Prusia y basándose en la necesidad de simplificar y agilizar un pesado régimen aduanero que perjudicaba a su pujante burguesía, es creada la Unión Aduanera Alemana -Deutscher Zollverein- dentro de la Confederación Germánica. La idea era la de que una unión aduanera favorecería la expansión económica de la Confederación a la vez que frenaría la entrada de productos británicos en ésta. Evidentemente, Austria no se adhirió a la Zollverein, como tampoco los estados del Norte liderados por Hannover -por las vinculaciones con el Reino Unido- y que formaron la Steueverein.

En 1842 la Zollverein era ya una potencia económica que agrupaba a veintiséis millones de habitantes y que practicaba el libre comercio interior, y cuyo poder aún creció más tras la unión del Steueverein en 1854. Prusia fue el estado que salió más reforzado: en 1857 su moneda se convirtió en moneda de uso general en la agrupación. Este poder de Prusia fue determinante para que fuera ella la que, en 1871 y en el marco que formaban los estados de la Zollverein, liderará la unidad alemana.

Es decir, en Europa, hacia 1850 coexistían tres realidades radicalmente diferentes: la británica, con unas tasas de crecimiento en ascenso y que había desarrollado y asimilado el modelo industrial y, en consecuencia, había dado origen a un sistema a imitar; la parte continental al Oeste del río Elba en la que con mayor o menor velocidad se iba profundizando en el modelo industrial "británico" adaptado a las propias circunstancias; y la parte europea situada al Este del Elba que quedaba totalmente al margen de estos procesos.

Teniendo en cuenta que el objetivo a imitar era el modelo desarrollado por el Reino Unido, y considerando que éste había mostrado muy claramente las ventajas de contar con un imperio colonial potente, todos los estados continentales se lanzaron en pos de conseguirlo o de incrementar el que ya tenían, y siendo esta política origen de fricciones entre los estados.

Francia, el Reino Unido y Rusia se embarcaron en un proceso expansivo que si bien no en todos los casos era totalmente colonialista -caso de Rusia con su penetración en la zona del Cáucaso desde 1801- si buscaba la obtención de nuevos territorios. España, por su parte, perdió todas sus posesiones en Sudamérica en 1824, conservando tan solo Cuba y Puerto Rico, las Filipinas y algunas islas más en el Pacífico.

En esta linea colonial Francia fue el estado que llevó a cabo una política más intensa: en 1830 establecimiento en el Norte de Africa, en 1833 en el Pacífico Sur. En el primer caso Francia buscaba la formación de un imperio centroafricano, en el segundo, la presencia en una zona muy cercana a las posesiones de Holanda y el Reino Unido. En esta política francesa contribuía la perdida de influencia en América del Norte.

En América del Norte, Estados Unidos iba llevando a cabo su particular proceso económico y político, muy al margen de lo que sucedía en Europa. La expansión hacia el Oeste fue incorporando nuevos territorios a costa de las poblaciones autóctonas y que con el tiempo fueron convirtiéndose en estados. Este esquema se basaba en un capitalismo de manual al dejar totalmente a la iniciativa privada la obtención de las tierras que se necesitaban, tierras que pasaban a incorporarse a la federación.

La linea seguida en los Estados Unidos para expandir el territorio nacional se sustentaba en la negación del Estado fuerte al dejar a los particulares la tarea de constituir el Estado, además, como el papel del aún joven Estado en los territorios del Oeste era muy reducido, y como la expansión en el Oeste estuvo teñida de tintes aventureros, en la mentalidad de los ciudadanos de Estados Unidos fue incorporándose la idea del "Estado débil y subsidiario" en contraposición a la postura europea.

Este esquema fue dando lugar a dos submodelos de organización económica y, en consecuencia, a dos submodos de producción diferenciados por estados: territorios en los que el pequeño campesino propietario era la norma -estados del Norte-, y territorios en los que la figura determinante era el gran propietario terrateniente con tintes aristocráticos en los que el uso de esclavos en la producción era norma-estados del Sur, en los que aún pesaba mucho el pasado colonial francés y español-.

La esclavitud, cuya prohibición no fue recogida por la Declaración de Independencia ni incorporada posteriormente a pesar de que el Reino Unido la abolió en 1807 en el territorio nacional y en 1834 en el Imperio, fue convirtiéndose en tema de discusión en los Estados Unidos y dando lugar a dos tendencias contrapuestas: los abolicionistas, situados básicamente en un Norte que crecientemente se iba industrializando, y los esclavistas del Sur.

Entre otros motivos, la causa que movía a estas tendencias tenía mucho que ver con el tamaño de las explotaciones agrícolas: en el Norte los pequeños propietarios no precisaban del uso de esclavos, mientras que en el Sur se consideraba imprescindible su uso en los cultivos del algodón que en su mayoría era exportado a Europa.

Los esclavos eran considerados como bienes de capital y como tal eran tratados: jornadas de quince a dieciocho horas, alimentación correcta, uso del látigo como castigo que era aplicado por expertos a fin de no causar lesiones que implicaran la reducción de su rendimiento. La postura del Reino Unido a partir de 1807 fue influyendo en que se optase por la cría de esclavos. En el Congreso, y debido en gran parte a la mayor talla de los políticos del Sur, el desentendimiento por la cuestión de la esclavitud era total. En 1856 el Partido Republicano defensor de una idea de estado centralista triunfa en las elecciones presidenciales ante un Partido Demócrata más tendente hacia el federalismo.

Paralelamente, la red ferroviaria había ido creciendo: entre 1832 y 1852 la tasa de crecimiento acumulativo medio anual fue del 22%, pero ello no impidió que la cotización de las acciones de las compañías ferroviarias se hundieran en 1857 principiando una crisis económica que provocó un desempleo obrero del 60% en los estados del Norte lo que provocó una situación de inestabilidad.

Los estados del Sur vieron en esta situación un camino para eliminar las deudas contraídas con los bancos del Norte y, aprovechando la elección como presidente del abolicionista Abraham Lincoln (1861 - 1865), se separan de la Unión formando los Estados Confederados de América, dando principio la Guerra de Secesión (1861 - 1865).

La Guerra Civil entre la Unión y la Confederación fue una pugna entre dos modelos económicos y sociales que convivían en el mismo entorno. El modelo industrial, liberal, burgués, expansionista que necesitaba nueva tierra y más mano de obra y con una población más numerosa implantado en el Norte, se enfrentó al modelo agrario, señorial, esclavista y con menor población implantado en el Sur. Por ello el Sur tenía perdida la guerra en el mismo momento de iniciarse.

El modelo de la Confederación estaba basado en una economía de monoproducto agrario que contaba con muy pocos centros de producción industrial por lo que tuvo que importar a precios de hasta diez veces su valor los suministros que necesitaba; en consecuencia, la Unión, que si contaba con centros industriales, solo tuvo que someter a un bloqueo económico al Sur utilizando la flota de guerra que en su gran mayoría permaneció fiel al Norte.

Este bloqueo, además de dificultar la importación, dificultó la exportación del algodón cuya producción se vio muy afectada al declarar Lincoln la abolición de la esclavitud (01.01.1863) y que tanto necesitaban los textiles europeos; por este motivo, tanto Francia como el Reino Unido demostraron sus preferencias por la Confederación.

A pesar de contar con mejores cuadros de oficiales y de conseguir en tierra una serie de victorias importantes, el progresivo empobrecimiento del Sur en todos los aspectos hizo que la Unión fuese imponiéndose en el terreno militar hasta la rendición de los estados sureños (09.04.1865) y a los que Lincoln intentó aplicar una política de reconciliación nacional interrumpida por su asesinato, siendo sustituida por una política muy dura de sometimiento político y económico, y a la que el Sur respondió negando a la población de color la igualdad laboral y social.

El contrapunto en Europa de estos hechos sucedidos en los Estados Unidos fue el denso período comprendido entre 1840 y 1870 y que se manifiesta en la Revolución de 1848, la Guerra de Crimea (1853 - 1856), la Guerra Francoprusiana (1870 - 1871) y la formación del Imperio Alemán.

La estabilidad impuesta tras el Congreso de Viena implantó una situación artificial basada en el doble hecho de ignorar por parte de las monarquías que la realidad ya no era la misma que la existente antes de 1789, y el ignorar por parte del poder económico las consecuencias que para la población se derivaron de la cadena de cambios generados por el nuevo modelo industrial.

El inicio de este período vino precedido por una serie de crisis de subproducción agraria acaecidas entre 1826 y 1832, y a las que precedieron a su vez los problemas de abastecimientos generados por las Guerras de Coalición y por las malas cosechas de 1816 y 1817. Como consecuencia, se produjeron incrementos en los precios de los alimentos y decrementos en la producción de manufacturas industriales debido al descenso del poder adquisitivo de la población agraria, lo que provocó más desempleo entre la mano de obra y desórdenes en el campo.

Después de 1832 se produjo un período de buenas cosechas lo que, en pura lógica, hubiera tenido que suponer el retorno a la estabilidad, pero el clima de insatisfacción general existente llevó a que ésto no se produjese.

En 1845 una plaga destruye gran parte de las plantaciones irlandesas de patata trasladándose la enfermedad, poco después, a los Paises Bajos y a los estados alemanes. Además, y entre 1846 y 1847, adversas condiciones metereológicas llevan a malas cosechas generalizadas. Esta situación de hambre y miseria fuerza una importante corriente migratoria hacia los Estados Unidos entre 1830 y 1849 del orden de las ciento ocho mil personas al año.

Pero a la vez, y por ser la población agraria consumidora de la producción industrial, se entra en una situación de colapso de la producción industrial en Gran Bretaña, en Francia y en Bélgica, lo que deriva en el hundimiento de las acciones de las compañías industriales y que se vio incrementado por la inexistencia de recursos bancarios al haber sido gran parte de éstos dedicados a financiar importaciones de grano.

Francia fue, posiblemente, el estado donde más se percibió la situación de inestabilidad y a ello influyó su situación política. A Luís XVIII (1815 - 1824) le sucedió Carlos X (1824 - 1830), obligado a abdicar por los sucesos de 1830 y a quien sucedió Luís Felipe de Orleans (1830 - 1848). La corrupción se generalizó durante su reinado controlado por la burguesía, utilizando el rey el trono en su propio beneficio.

En Febrero de 1848 la situación política y social provocó un estallido que llevó a la proclamación de la República y a que una serie de derechos "revolucionarios" fueran reconocidos en ésta: derecho al trabajo, establecimiento del sufragio universal y reconocimiento de la libertad de reunión y prensa.

En Italia, Hungría, Bohemia, Austria, Suiza, en los estados de la Zollverein, estallaron movimientos reivindicativos coincidiendo con los de Francia. Aunque sus motivos no eran idénticos, todos tenían el común denominador de intentar cambiar las tendencias absolutistas derivadas del Congreso de Viena y a lo que se unía los sufrimientos causados por la situación económica.

La Revolución de 1848 consiguió durante cuatro meses arrinconar al absolutismo, reafirmar el espíritu nacionalista y reivindicar la situación de miseria en la que estaba sumida la población, pero la de 1848 fue una revolución radicalmente diferente a la de 1789. A partir de 1815, la burguesía había aceptado el orden político establecido y se dedicó a comandar un crecimiento económico que, básicamente, solo a ella beneficiaba, por lo que la población fue separándose de la clase con la que había luchado en 1789 para derribar al absolutismo.

En 1848, el pueblo estaba luchando contra el absolutismo, pero también contra una burguesía que crecientemente le explotaba a fin de incrementar la acumulación de capital que necesitaba para aumentar su crecimiento productivo; por ello, la represión de la Revolución de 1848 fue, en realidad, llevada a cabo por la burguesía.

Llegado 1848, el modelo industrial estaba ya muy desarrollado en Gran Bretaña, en bastantes zonas de la Europa continental y en los Estados Unidos. A lo largo de la vida del modelo manufacturero la situación social de la masa trabajadora había ido empeorando progresivamente debido a las crecientes demandas de incrementos productivos forzados por la burguesía; pero con el modelo industrial, las condiciones de vida los trabajadores empeoraron aún más debido a que a las exigencias productivas se unió la concepción liberal adoptada por la burguesía. También a ello contribuyó el papel desempeñado por el pensamiento económico del momento.

El Capitalismo se convirtió en la doctrina económica dominante cuando la burguesía como clase social adoptó la doctrina política liberal y dio el salto definitivo desde el modo de producción manufacturera al industrial; a partir de ese momento, las masas asalariadas se convirtieron en la mano de obra que la burguesía, ya constituida como clase, comenzó a utilizar según el nuevo modo de producción a fin de obtener un beneficio que a través de la acumulación continuada sería fuente de un nuevo beneficio mayor.

En ese momento, las clases populares que habían luchado junto con la burguesía en contra del antiguo régimen, pasaron a ser explotadas por ésta, naciendo un antagonismo irreconciliable entre las dos clases socioeconómicas: la burguesía, propietaria de los medios de producción y obtenedora de los resultados de la acumulación de capital, y el proletariado dueño, únicamente, de la fuerza de trabajo.

En Gran Bretaña principia este proceso de empeoramiento de las condiciones de la clase trabajadora, aunque el esquema seguido en todos los estados a medida que fueron adoptando el modelo industrial fue idéntico. El inicio de este proceso se halla en la progresiva y creciente incorporación de nuevas técnicas que se iban produciendo y que generaban un desempleo masivo entre los trabajadores que utilizaban las antiguas.

Pero a pesar de ser imprescindible la nueva técnica para incrementar la producción, las necesidades de mano de obra por parte de la burguesía también crecieron, por lo que al producirse un aumento de la demanda de trabajo se fue generando una corriente migratoria desde el campo hacia los centros industriales instalados en las ciudades o en sus proximidades, alimentada también por los campesinos sin tierra generados por las enclosures.

Esta mano de obra industrial, hacinada -entre 1821 y 1871 la población de las ciento tres principales ciudades británicas creció a una tasa acumulativa media anual del 2,02%- en viviendas construidas con materiales de bajísima calidad -muchas de las viviendas eran ruinosas en el mismo momento de ser terminadas- y residentes en barrios que no contaban con servicios sanitarios suficientes (hacia 1850 la mortalidad infantil en las ciudades británicas alcanzaba al 50% de los niños antes de cumplir los cinco años), se movía en un mercado de trabajo muy diferente al agrícola al ser en la industria las necesidades de mano de obra proporcionalmente menores que en el campo. Ello llevaba a oscilaciones en la demanda de trabajo que se traducían en oscilaciones en los salarios nominales.

Pero por otra parte, como las oscilaciones de los precios industriales eran muy superiores a las de los agrarios, las variaciones en los salarios nominales se traducían en variaciones de los salarios reales que afectaban al poder adquisitivo de la mano de obra, lo que se veía incrementado por el crecimiento continuado en la oferta de trabajo.

A nivel agregado, la demanda fue creciendo al ser los salarios medios con el modelo industrial más elevados que en el manufacturero, pero la espiral emigración - salarios reales oscilantes - servicios públicos inexistentes, fue hundiendo a la clase trabajadora en una situación de miseria permanente.

Los principios de la ideología liberal y las consecuencias de la Revolución de 1848 empeoraron la situación de la clase trabajadora. Basándose en los principios liberales, la burguesía no aceptaba ningún tipo de reglamentación laboral: las relaciones laborales debían sustentarse en la libertad de los individuos. Por ello, la Factory Act de 1819 que prohibía el trabajo de niños menores de nueve años y limitaba a doce horas la jornada de los menores de dieciséis años, fue muy criticada por la burguesía y reiteradamente incumplida.

Además, y basándose en los mismos principios liberales, la burguesía rechazó cualquier tipo de asociacionismo obrero; en este sentido, las Combination Acts promulgadas en el Reino Unido en 1799 y 1800, prohibían las asociaciones obreras que se constituyeran como grupos de presión reivindicativa.

Pero como la burguesía necesitaba que la oferta de trabajo fuese lo más elevada posible a fin de que los salarios monetarios permaneciesen situados en niveles lo más bajos posibles, se oponía también a cualquier tipo de subsidio del Estado; por ello se opuso a las Poor Laws que desde el siglo XVI habían prestado algún tipo de asistencia a los necesitados y cuyas prestaciones fueron mejoradas en 1782 y 1792, consiguiendo su práctica eliminación en 1834.

La razón por la que los conservadores poderes públicos reaccionaban en linea con los deseos de no intervencionismo de la burguesía, radica en el pacto que alcanzaron poder político y burguesía tras la victoria de aquel en la Revolución de 1848: preocupada la burguesía liberal por las reivindicaciones sociales, la llevó a protegerse tras el poder militar y el absolutismo aunque éstos fuesen conservadores, suavizando sus demandas para incrementar su reducida participación en un proceso político dominado por la aristocracia del antiguo régimen. Por ello, después de 1848, el absolutismo adopta una nueva manifestación: se apoya en la burguesía y en la alta burocracia y continúa su simbiosis con el ejército dirigido en buena medida por la nobleza.

A su vez, la actuación de la burguesía iba siendo refrendada por un nuevo pensamiento económico que, a diferencia del mercantilista cuya doctrina se basaba en la actividad de los Estados, construía sus razonamientos a través de la concreción de temas con verdadero alcance cotidiano aunque con trasfondo macroeconómico. Había nacido la Escuela Clásica que se dedicó a normativizar las concepciones capitalistas de la Revolución Industrial.

Adam Smith (1723 - 1790), David Ricardo (1772 - 1823), Thomas Robert Malthus (1766 - 1834), John Stuart Mill (1806 - 1873) en Gran Bretaña y Jean Baptiste Say (1767 - 1832) en Francia son los cinco pilares teóricos sobre los que se levantó el capitalismo liberal; siendo la obra de Smith "Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones" (1776) el punto inicial de este planteamiento.

Cada uno de estos autores introduce la idea conceptual de una serie de elementos operativos que ya se están adivinando como esenciales en el capitalismo. Smith , amigo de Hume y conocido de Voltaire, argumenta que la fuente de toda riqueza se encuentra en el trabajo, siendo a través de su división como se obtiene el incremento de la riqueza, riqueza que se obtendrá en un entorno armónico si, únicamente, intervienen las leyes de la oferta, de la demanda y del interés personal manteniendo los gobiernos una actitud no intervencionista; y si por algún desajuste se producen oscilaciones, la "Mano Invisible" que guía los mercados hará que la situación retorne al equilibrio.

Ricardo, de padre judío y dedicado al negocio cambiario, se convirtió a los veintiún años al cristianismo y se dedicó a los negocios. Con la Teoría del Valor aborda el problema fundamental de la economía: el derivado de la dificultad de distribuir las rentas; así, son los costes reales los que determinan el valor, es decir, la escasez y el trabajo y no solo su utilidad, y es en el proceso de producción capitalista cuando el valor del trabajo es incorporado al producto producido por unos obreros que reciben unos salarios que deben mantenerse a nivel de subsistencia, ya que, de crecer éstos, harían aumentar la oferta de trabajo -que de por si aumenta por el incremento demográfico- lo que implicaría la reducción de aquellos. En cualquier caso, como los salarios tienen una tendencia al incremento, la tendencia es hacia la sustitución de trabajo por capital. Fue abiertamente librecambista.

Malthus, al contrario de Ricardo, no cree que la demografía determine los niveles salariales sino la oferta y demanda de trabajo. También formuló una teoría de la productividad basada en la necesidad de que el capital obtenga siempre un beneficio. De todos modos, la razón por la que Malthus es más conocido es por su "Ensayo sobre el principio de la población" (1798); en él afirma que existe una discrepancia entre la producción de alimentos y el crecimiento demográfico, así, mientras que la población crece en progresión geométrica, la producción de alimentos lo hace en progresión aritmética.

Say, hijo de un comerciante, participe en la Revolución de 1789 y director de una fábrica textil y profesor de economía, formula una de las leyes vigentes hasta la Depresión de 1929: es imposible, dice Say, que se genere una crisis de sobreproducción debido a que, si se deja a los mercados que actúen libremente, "toda oferta creará su propia demanda".

Stuart Mill formuló los principios del utilitarismo haciendo de puente entre el liberalismo individual y el nuevo liberalismo nacido en la segunda mitad del siglo XIX tras la fase de acumulación originaria de capital.

Estos pensadores profundizaban en la idea fundamental que subyacía al nuevo modo de producción capitalista y que es la esencia de la Revolución Industrial: el decremento del valor del factor trabajo frente al del factor capital. En esta idea se concentra el espíritu del modelo que puso en marcha el maquinismo.

Superado el modo de producción manufacturero semiartesanal, el maquinismo pudo aportar un excedente de valor que la mano de obra no podía aportar en el proceso manufacturero. Es decir, era a través del capital como se producía ese excedente, capital que era aportado por la burguesía y excedente del que ésta se apropiaba.

Pero en el proceso productivo desarrollado con el modo de producción capitalista se generaba una mayor explotación de la mano de obra, explotación de la que, de algún modo, se beneficiaba la burguesía; y también la situación de la mano de obra fue objeto de estudio por una serie de pensadores que diseñaron fórmulas para paliar o erradicar esta situación de explotación.

Dos fueron las tendencias que agruparon los intentos de mejora social: el Anarquismo y el Socialismo; paralelamente, algunos movimientos, como el Movimiento Cartista en el Reino Unido donde en 1842 sobre una población de veintiséis millones de habitantes solo novecientos mil tenían derecho a voto, intentaron que el pueblo llano tuviese alguna representación política.

Para el Anarquismo, el origen de la miseria humana se encuentra en la existencia del Estado y de la propiedad. La propiedad, en su afán de expansión, utiliza al Estado como un instrumento de poder a su servicio, por ello, y a través de la revolución, se debe destruir al Estado. Su principal representante fue Pierre Joseph Proudhom (1809 - 1875).

El Socialismo fue evolucionando desde posiciones que buscaban la reforma del estado de cosas que había llevado a la situación de miseria en la que se encontraba la clase obrera, a otras mucho más estructuradas que buscaban la eliminación de las causas que provocaban ese estado de miseria.

Las primeras -Socialismo Utópico- recogen la experiencia de la fase manufacturera y enlazan con el desarrollo de la fase de acumulación originaria de capital. A lo largo del período que media entre 1780 y 1850 van concretizando sus posiciones que se fundamentan en la aplicación de un orden laboral más justo que implicará la desaparición de la explotación y el desarrollo del espíritu humano de solidaridad.

Claude Henry conde de Saint Simon (1760 - 1825) puede considerarse el iniciador del Socialismo Utópico, Saint Simon predijo un enfrentamiento entre capital y trabajo, pero no creyó que la solución estuviera en la eliminación de la propiedad, sino en la de la herencia de la propiedad.

Charles Fourier (1772 - 1837), discípulo de Saint Simon, buscó estructurar un mundo radicalmente nuevo e integrado por comunidades formadas por unos mil setecientos miembros -los Falansterios- en las que cada cual podría producir lo que quisiese, el matrimonio y la familia no existirían y el producto del trabajo se dividiría entre el capital, el trabajo y la inteligencia a razón de 4/12, 5/12 y 3/12 respectivamente.

Robert Owen (1771 - 1858), propietario de plantas industriales en Escocia y Estados Unidos, llevó a la práctica las ideas socialistas implantando en sus fábricas régimenes cooperativistas y demostrando que los costes de producción podían ser menores que los obtenidos por su competencia aplicando el régimen capitalista; al final fue boicoteado por éstos. Sus idas fueron recogidas por Etienne Cabet (1788 - 1856) en su obra "Viaje a Icaria" (1840) evolucionando hacia un comunismo integral.

Jean Charles Léonard Simonde de Sismondi (1811 - 1882) representa un paso más en la evolución del Socialismo. Sismondi estudió la naturaleza de las crisis económicas, profundizando en el estudio de los riesgos provocados por una competencia sin límites y en los peligros de la sobreproducción y el subconsumo.

En la estructura general del Socialismo la intervención del Estado se fue manifestando como necesaria a fin de conseguir la mejora de las condiciones de vida del proletariado. Pero el fracaso que supuso la Revolución de 1848 para esas aspiraciones de mejora debido a la orientación que adoptaron los diferentes estados, junto al punto al que había llegado la evolución de las ideas socialistas, supusieron un salto en el modo de analizar los problemas que afectaban a los trabajadores y en la manera de resolverlos.

Karl Marx (1818 - 1883), parte del planteamiento hegeliano de que es la existencia la que determina la conciencia, es decir, de que el ser humano, a través de sus actuaciones y vivencias sociales conforma su propia conciencia. En consecuencia, la interdependencia entre naturaleza y ser social se manifiesta a través del trabajo de éste en la producción, siendo el trabajo la forma en que el ser social se realiza.

En 1844 Marx concluye los "Manuscritos económico filosóficos" en los que aborda la superación del concepto hegeliano de "alienación" al que Marx da un sentido económico: las condiciones de explotación a las que la burguesía fuerza a la clase obrera llevan a cada uno de sus componentes a una extrañeza de si mismo al no poder realizarse; el camino para la superación de este hecho vendrá a través de la fusión entre pensamiento y acción.

La Revolución de 1848 demostró a Marx que a través de los planteamientos de los reformadores sociales no se conseguiría el cambio social. En el "Manifiesto Comunista" (1848) Marx sienta las bases del Socialismo Científico: tras el triunfo de la revolución socialista no se implantará un estado igualitario tal y como propugnaban los socialistas utópicos sino que el proletariado urbano y el campesinado, utilizando los elementos del Estado, implantarán una dictadura con la que se desmantelará la estructura del antiguo régimen burgués. De todos modos, la Dictadura del Proletariado solo constituiría una etapa intermedia; concluida, se suprimirá el Estado y se eliminarán las clases sociales, dándose paso a la sociedad comunista.

En su concepción, Marx contó con el conocimiento de los problemas de los trabajadores de Friedrich Engels (1820 - 1895) -hijo de un fabricante de Manchester- autor de la obra "La situación de la clase trabajadora en Inglaterra" (1845).

Junto a la linea revolucionaria e internacional de Marx y Engels, en el Socialismo Científico aparece otra tendencia. En los estados alemanes Johan Karl Rodbertus (1805 - 1875) y Ferdinand Lasalle (1825 - 1864) plantean un cambio social, económico y político de la sociedad capitalista mediante reformas graduales siguiendo los cauces del sistema parlamentario que fueron la base del Partido Socialdemócrata Alemán fundado en 1875, cuna de la socialdemocracia europea.

Rápidamente, los planteamientos para conseguir el cambio del papel de la clase obrera se internacionalizaron, concretándose esta idea en 1864 con la fundación en Londres de la Asociación Internacional de los Trabajadores -I Internacional- con un programa muy concreto en linea con los planteamientos de Marx: utilización de la huelga general como medio de lucha para conseguir la colectivización de los bienes de producción. La I Internacional continuó sus actividades hasta su disolución en 1871 tras los sucesos de la Comuna de París, desgajada de la corriente anarquista representada por Michail Alexandr- rovic Bakunin (1814 - 1876) partidario de la pura y simple eliminación del estado.

Los distintos estados en los que el modelo capitalista burgués estaba implantado continuaron con su política de expansión exterior; pero, lentamente, iba operándose un cambio en la política colonialista que hasta entonces les había movido, empezando a tener creciente importancia las colonias como posibles mercados potenciales para sus cada vez más evolucionados sistemas productivos.

En Francia, tras la Revolución de 1848 es promulgada la II República con Luís Napoleón como presidente (1848 - 1851) sucediéndose a si mismo tras un autogolpe de estado como Napoleón III (1852 - 1870) una vez implantado el II Imperio.

Con Napoleón III Francia se lanzó a una política exterior expansiva: incorpora a sus posesiones coloniales en Asia el Sur de Indochina, interviene en México durante la Guerra Civil de Estados Unidos debido a la necesidad del algodón sureño para su industria textil, considerando que se materializará la escisión de la Confederación, y colocando a un noble Habsburgo como emperador, obligación a Túnez para que acepte un protectorado francés con lo que además conseguía frenar las aspiraciones italianas en la zona.

Con la reina Victoria (1837 - 1901), el Reino Unido comienza a posicionarse en Nueva Zelanda, incorpora al Imperio Afganistán ante la expansión de Rusia en Asia, interviene militarmente en China -Guerra del Opio (1840 - 1842)- a fin de proteger a los comerciantes europeos de opio, obteniendo Hong Kong, se anexiona las islas Fiji debido a su posición estratégica en la ruta San Francisco - Sidney, e incorpora el Beluchistán a sus posesiones de la India.

Rusia, durante los reinados de los zares Alejandro I (1801 - 1825), Nicolás I (1825 - 1855) y Alejandro II (1855 - 1881), también se embarcó en una política exterior expansiva: penetración en la zona del Cáucaso comenzando el influjo de Rusia en Persia y Afganistán, expansión hacia las fronteras de la India británica, decreto por el que todos los territorios costeros de América del Norte hasta los 51º de latitud Norte eran rusos, lo que dio lugar a conversaciones tras las protestas del Reino Unido y Estados Unidos, fijándose los límites de la América rusa en los de la actual Alaska, finalmente vendida a Estados Unidos en 1867 debido a los problemas financieros de la corona.

En esta carrera para obtener una posición exterior ventajosa debían por fuerza generarse tensiones entre los estados en ella embarcados. Estas tensiones se manifestaron en el punto donde más confluyeron, el lugar que desempeñaba un papel básico en el tránsito entre Europa y Asia: la península de Crimea.

La defensa de la población eslava radicada en la península Balcánica fue el pretexto escogido por Rusia para atacar a Turquía a fin de instaurar un protectorado en la zona, con ello se aseguraría una posición en el control de una amplia zona del Mediterráneo. Para el Reino Unido este movimiento de Rusia representaba una pérdida de importancia comercial en Asia Menor y de presencia en el Mediterráneo. A Francia tampoco le convenía que Rusia aumentase su poder. Austria se debatía entre la posición de su burguesía partidaria de Occidente y la de sus mandos militares partidarios de Rusia.

Estas tensiones llevaron a la Guerra de Crimea (1853 - 1856) en la que el Reino Unido junto con Francia se aliaron con los turcos a fin de frenar el avance de Rusia. Rusia perdió esta guerra que a todos los efectos puede ser calificada de colonial, pero la más perjudicada fue Austria ya que su actitud dubitativa le llevó a enemistarse con Rusia y a que la burguesía europea no tuviese nada que agradecerle. Los estados alemanes se abstuvieron de participar en esa guerra: su preocupación era otra.

Tras la Revolución de 1848 se inicia una pugna entre Austria y Prusia para encabezar la unión del nacionalismo alemán. Una de las consecuencias de la Revolución fue la convocatoria de elecciones al parlamento de Francfort a las que todos los paises austríacos de habla alemana excepto los checos de Bohemia enviaron representantes. Entre los parlamentarios se formaron dos grupos: uno era partidario de que se formase un imperio alemán excluyendo a los paises austríacos y a cuyo frente se pusiesen los Hohenzollern prusianos. El otro lo era de constituir un estado nacional alemán en el que se fusionase Austria y que fue rechazado por el parlamento.

A lo largo de los reinados de Federico Guillermo IV (1840 - 1861) y Guillermo I (1861 - 1888) en Prusia, y de Francisco José I (1848 - 1916) en Austria, va incrementándose la tensión entre ambas, sobre todo desde que en 1862 Otto von Bismarck es elegido canciller (1862 - 1890).

En 1863 Austria intentó reformar la Liga Alemana en la reunión de la Dieta de los príncipes reunida en Francfort a fin de conseguir que todas las fuerzas nacionales alemanas estuviesen agrupadas bajo Austria, pero Bismarck decidió la no participación de Prusia con lo que la tensión entre ambas se agudizó.

La Guerra Austroprusiana (1866) clarificó la situación en la Europa central. Por un lado, y presionada por Prusia, Austria tuvo que llegar a un acuerdo con los partidarios de la independencia de Hungría, surgiendo del acuerdo el Imperio Austrohúngaro; por el otro, Prusia se alzó, ya sin oposición ninguna, en líder indiscutible del conjunto de estados alemanes viendo que ya era posible la formación de un conglomerado alemán, posibilidad ante la que Francia sintió verdadero temor. Un hecho vino a complicar aún más esta situación.

En España, tras el reinado de Isabel II (1843 - 1868) se entra en el Sexenio Revolucionario (1868 - 1875) interrumpido por el corto reinado de Amadeo de Saboya 16.11.1870 - 11.02.1873), tras el que fue implantada la I República (11.02.1873 - 03.01.1874). Cuando se planteó la restauración monárquica tuvo que elegirse entre una serie de posibles candidatos al trono, Prusia, optó con el príncipe Leopoldo de Hohenzollern.

Francia vio que a la posibilidad real de unión de todos los estados alemanes se unía la potencia adicional que a éste le hubiese representado el trono de España. El príncipe Leopoldo renunció, pero Bismarck redactó el comunicado de Guillermo I de forma tan confusa -Telegrama de Ems- que a Francia le pareció un desafío militar. De resultas de ello estalló la Guerra Francoprusiana (1870 - 1871).

Los verdaderos efectos de la Guerra Francoprusiana no se vieron en el momento. la guerra finalizó con la total derrota de Francia ante el muy bien entrenado y pertrechado ejército prusiano y con la cesión de Alsacia y una parte de la Lorena. Para Prusia la guerra representó la culminación de su liderazgo: el 18 de Enero de 1871 Guillermo I fue coronado en París como emperador del recién ya formado Imperio Alemán que rápidamente se transformaría en la principal potencia de Europa en la nueva fase ya inaugurada: el Capitalismo Financiero.


LA II REVOLUCION INDUSTRIAL: EL DESARROLLO DEL CAPITALISMO FINANCIERO

El período comprendido entre 1870 y 1914 puede ser calificado en Europa como altamente inestable. Esta inestabilidad -maquillada de "paz política"- estuvo causada por dos hechos que, en realidad, son la cara y la cruz de una misma moneda: el desarrollo económico del Imperio Alemán, y la caída, lenta pero imparable, del Reino Unido; a la vez, Rusia iba adentrándose en una creciente autocratización. Al Oeste de Europa, los Estados Unidos de América, fueron llevando a cabo su particular proceso de crecimiento. Al Este, en el Extremo Oriente, un estado feudal -Japón- principia a incorporarse al desarrollo capitalista.

Los antecedentes de lo que verdaderamente caracterizó a esta etapa nacen, sin embargo, unos años antes, concretamente tras la recuperación económica acontecida tras la Revolución de 1848 con la que puede darse por concluida la fase de acumulación originaria de capital de la I Revolución Industrial.

La recuperación tras la Crisis de 1848 se tradujo en un incremento generalizado de la actividad económica, incremento que se vio auspiciado por una serie de descubrimientos fundamentales en el campo de la siderurgia en el Reino Unido, Francia y los Estados Unidos-método Kelly - Bessemer de soplado para la eliminación del carbono- y en el de la química en Alemania y Reino Unido -colorantes sintéticos-. El primero supuso la posibilidad de incrementar el tamaño y la calidad de las piezas metálicas, el segundo el desarrollo cualitativo de la industria textil.

Pero no solo en las industrias siderúrgica y textil se produjeron mejoras, la tendencia hacia nuevos y constantes descubrimientos iniciada a principios de siglo se potencia en su último tercio afectando a todos los órdenes sociales.

Se desarrollan las comunicaciones -telégrafo: Carl Friedrich Gauss y Wilhelm Eduard Weber (1833), código de señales: Samuel Finley Breese Morse (1837), teléfono: Johan Philipp Reis (1860) y Alexander Graham Bell (1877), telegrafía sin hilos: Guglielmo Marconi (1896).

Se dan pasos para la mejora de los transportes: automovil: Gottlieb Daimler (1886), submarino: Narciso Monturiol (1859), aeroplano: Otto Lilenthal (1896) y hermanos Wilbur y Orville Wright (1905).

Se avanza en campos básicos que afectaban a la actividad humana en su conjunto: iluminación: substitución del petroleo por gas -Londres (1810)- y éste por energía eléctrica a partir de la invención de la lámpara incandescente de Thomas Alba Edison (1879), energía y lubricación: explotación industrial del petroleo desde 1859, física: rayos X descubiertos por Wilhelm Conrad Roentgen (1895),

Además, la técnica fue decisiva para la mejora de los rendimientos agrarios -abonos artificiales descubiertos por Justus von Liebig- y en la reducción de la dependencia de las materias primas naturales -nitrógeno sintético, seda artificial, destilación del carbón, caucho artificial-; también en el aumento de la esperanza de vida de la población a partir del descubrimiento de medicamentos y vacunas -fiebre puerperal: Ignác Fülop Semmelweis, bacterias: Louis Pasteur, tuberculosis: Robert Koch-.

Paralelamente, y a medida que que se fue produciendo la expansión del capitalismo, fue creciendo su necesidad de influir sobre una población que aceleradamente tuvo que ser educada a fin de que pudiera adecuarse a los nuevos requerimientos productivos, en este sentido fueron fundamentales una serie de descubrimientos: la imprenta rápida de Robert Hoe (1827), la fotografía: Luis Jacques Daguerre (1839), la cinematografía: primeras películas desde 1907, la radiodifusión: Lieben (1905) y emisiones públicas desde 1923.

Ahora bien, estos nuevos sistemas técnicos que se iban descubriendo eran cada vez más caros por lo que se requerían niveles crecientes de inversión, pero a la vez, las mejoras técnicas que se iban produciendo hacían necesarios plazos de amortización más reducidos. Todo ello llevó a que las necesidades de capital alcanzasen cotas muy altas, con el agravante de que esas necesidades eran crecientes. En consecuencia, obtener capital para invertir pasó a ser el objetivo básico a conseguir.

Dos fueron los instrumentos que, aunque ya existentes, principian un desarrollo exponencial a fin de cubrir la demanda de capital: las sociedades anónimas y el sistema bancario. El primero tuvo un crecimiento más acelerado en Alemania, el motivo radicó en que su atraso técnico forzó ritmos más elevados de inversión; en el Reino Unido, y debido a que el tejido industrial estaba compuesto por pequeñas unidades productivas que contaban con un buen sistema crediticio, el crecimiento de la forma societaria fue menor.

Esta situación en la que las necesidades de capital tenían un crecimiento continuado fue derivando hacia una creciente vinculación entre industria y capital: para las unidades productivas la obtención de capital de forma rápida y segura pasó a ser básico a fin de aplicarse a su actividad industrial; por ello, es en el período comprendido entre 1850 y 1870 cuando puede fecharse el nacimiento del capitalismo financiero debido a la adecuación del sistema productivo a la nueva situación generada por la oleada de nuevos descubrimientos.

Además, esta nueva orientación del capitalismo se vio reforzada y alimentada por el incremento del comercio internacional. La necesidad de ampliar mercados a fin de rentabilizar al máximo las inversiones realizadas, junto a la necesidad de invertir para ganar cuota de mercado exterior, llevó a la firma de acuerdos internacionales -Tratado Anglofrancés de 1860, creación de la Unión Monetaria Latina en 1865- que representaron un avance importante en la liberalización comercial y en la agilización de las transacciones financieras.

En este entorno de inversiones crecientes las relaciones económicas se fueron tornando cada vez más complejas: la burguesía estaba obligada a realizar constantes inversiones, pero, a medida que se van extendiendo los nuevos descubrimientos, el realizarlas no era garantía de que se obtuvieran los márgenes netos esperados.

La burguesía va percibiendo que el creciente liberalismo económico y la libre competencia dan lugar a la aparición de trabas que dificultan la obtención de la rentabilidad buscada. Comienza, entonces, a producirse un doble fenómeno: por un lado, la desaparición de unidades productivas marginales que no pueden obtener el suficiente capital como para desarrollar nuevos procesos productivos; pero a la vez, las unidades que si pueden obtenerlo empiezan a desarrollar una imparable tendencia para alzarse en dominadores de los mercados de los productos que elaboran. Había aparecido otra de las características de este período que será la tendencia que moverá declaradamente al capitalismo hasta el final del siglo XIX: la tendencia hacia el oligopolio.

La tendencia hacia el control de los mercados se realizó a través del agrupamiento de compañías ya establecidas y tomó formas diferenciadas en Europa y en los Estados Unidos de América. En Europa, fue en el Imperio Alemán donde adquirieron más fuerza en forma de acuerdos -que contaban con el beneplácito de los gobiernos- entre fabricantes e instituciones bancarias a fin de repartirse mercados -cárteles-. En los Estados Unidos se tendieron a producir fusiones entre las compañías para dominar los mercados -trusts-. Estos acuerdos implicaron la obtención de un enorme poder económico dando lugar al nacimiento de grandes fortunas con la consiguiente acumulación de poder político.

Esta tendencia hacia el dominio económico estaba acompañada por las implicaciones que sobre la realidad política, económica y social europea había tenido la Guerra Francoprusiana, es decir, el giro hacia la magnificación del capital como elemento imprescindible para la obtención de beneficios operado desde mediados del siglo, se amplificaba por la aparición de una nueva potencia en Europa que muy pronto superaría al Reino Unido.

Una vez constituido el Imperio Alemán, éste fue desarrollando una política de expansión industrial acelerada en la que se marginó cualquier tipo de consideración social. Hacia 1890 Alemania había superado al Reino Unido en la producción de hierro y acero, pero entre 1884 y 1890 el trabajo de niños comprendidos entre los doce y los catorce años había aumentado en un 47% y, en 1892, el 83% de la población tenía unos ingresos situados por debajo del nivel de subsistencia.

A partir de 1890 las diferencias se van incrementando. El Reino Unido, como iniciador del proceso industrializador, se había beneficiado durante el período 1800 - 1870 por haber tenido unos menores costes comparativos que le habían supuesto ventajas en el proceso de acumulación de capital, generando mejoras técnicas a sus propios desarrollos y convirtiéndose en exportador de tecnología.

Pero desde mediados de siglo la productividad por unidad de capital y de trabajo en Prusia y en puntos de otros estados alemanes se sitúa por encima de la británica, entre otros motivos, por ser el coste de sus factores productivos menores que los británicos. A esto se añadió una insuficiente tasa de formación de capital por las propias características de la unidad productiva británica -pequeña e individual-, y una proporcionalmente baja tasa de consumo del ahora pequeño mercado británico.

La suma de todos estos factores derivó en que el Reino Unido no pudiese afrontar el desarrollo de las nuevas tecnologías basadas en una nueva fuente energética: la electricidad, lo que si pudo hacer Alemania, convirtiéndose el Reino Unido en importador de tecnología y desarrollando una cierta legislación proteccionista a partir de 1880.

A diferencia del declive iniciado en el Reino Unido como potencia predominante europea, en Asia un estado con siglos de historia a sus espaldas comienza a emerger en 1868: Japón.

Japón, desde la promulgación del Reglamento de Cierre en 1638 por motivos defensivos tras la toma del poder por el Clan Tokugawa, había sido un estado prácticamente aislado del resto del mundo y anclado en una tradición feudal tapizada con una corriente cultural desarrollada desde 1700 que cultivó la nostalgia por el pasado y que conformó una conciencia nacional japonesa.

Esta corriente cultural -Movimiento Yedo-, de clara similitud al movimiento romántico europeo, se esforzó hasta el límite en eliminar todo vestigio de influencia extranjera en la cultura nacional a fin de defender la estructura político-social autóctona, llegando en lo religioso a evolucionar desde el budismo tradicional -pero de origen extranjero- a la potenciación de una antigua linea religiosa propia -shintoismo-. La figura del emperador fue restaurada recuperando parte de un poder perdido desde la implantación del shogunado en el siglo XII.

Esta existencia de Japón al margen del mundo chocó con la expansión desarrollada por las potencias occidentales desde mediados del siglo XIX, concretamente con los Estados Unidos de América: en 1853 una flota de guerra estadounidense fuerza la apertura del puerto de Tokio, la firma de un tratado comercial entre ambos estados y la derogación del Reglamento de Cierre.

Aprovechando esta cadena de cambios y la debilidad del shogunado, el Movimiento Yedo comienza a reforzar abiertamente el poder imperial, lo que se traduce, tras la guerra civil (1862 - 1866). en el sometimiento del último shogun al emperador y la entronización de la dinastía Meiji en 1868.

El comienzo de la Era Meiji supuso el inicio de una serie de profundas reformas orientadas a incorporar a Japón a la modernidad: posibilidad de acceso de los campesinos a la propiedad de la tierra, instauración de la libertad de comercio, construcción de lineas férreas ... Al igual que sucedió en Europa, el incremento del nivel de vida dio lugar a un rápido aumento de la población lo que generó un gran crecimiento en la mano de obra.

Pero el modelo de crecimiento industrial japonés, aunque adoptó esquemas y métodos occidentales, tuvo un carácter propio, en ello influyó enormemente la tradición cultural japonesa. Así, la modigeración que impregnaba el sentimiento religioso se trasladó a lo económico desarrollando una muy sólida cultura del ahorro; además, el hecho de que el Japón tradicional fuese una sociedad basada en los vínculos de fidelidad personal, con unas muy enraizadas relaciones de protección paternalista hacia el dependiente inferior -estructura que se repetía en la institución familiar de gran peso en la sociedad japonesa-, dio lugar a que no se instaurase la división en clases que se dio en la sociedad europea y estadounidense por lo que el modelo ganó en cohesión social. Y tampoco se adaptó miméticamente el modo de producción capitalista occidental, ya que el Estado llevó a cabo una muy activa política inversora.

Como resultado de todo ello, y junto a unas condiciones sociales semejantes a las existentes en Europa a principios del siglo, principia el establecimiento de una industria textil que rápidamente consigue un gran desarrollo a partir de fuertes aumentos en la productividad.

La paralela implantación por el Estado de una política fiscal que incrementó la recaudación permitió la puesta en marcha de una activa política de expansión en Asia -intervención en un levantamiento popular en Corea (1884) y Guerra Chinojaponesa (1894 - 1895)-, consiguiendo Japón, con el tiempo, desplazar al Reino Unido del mercado chino.

Pero los cambios que se dieron a partir de 1870 no solo afectaron a la posición de algunos estados. A nivel mundial se fue entrando en una nueva época -II Revolución Industrial- en la que el capital como elemento central del proceso económico se convirtió en eje alrededor del que se produjeron cambios paulatinos en el modo de producción y en las relaciones políticas, y que tuvieron su reflejo a nivel demográfico, filosófico, cultural y artístico.

El modo de producción industrial basado en la acumulación de capital y en el maquinismo había significado el triunfo de la burguesía industrial, pero también había demostrado que solo sus miembros que mejor se adaptaban a las cambiantes y agresivas circunstancias incrementaban su cuota de poder económico. En la nueva fase, con modificaciones más rápidas, con una economía más globalizada, más interrelacionada y más compleja, el capitalismo financiero aún exageró más esa necesidad.

En este entorno de lucha por la supervivencia, la obra del naturalista Charles Darwin (1809 - 1882), "El origen de las especies" (1859), plantea una concepción nueva y radical de la vida basada en la lucha por la supervivencia a la que los individuos se ven obligados a fin de obtener una cantidad suficiente de alimentos, así como para soportar los cambios climáticos y ambientales que se producen. En esa lucha solo los mejor preparados y adaptados pueden sobrevivir, por lo que a lo largo de la existencia de la humana se ha ido produciendo una selección natural que ha beneficiado solo a los más aptos.

Paralelamente, una serie de filósofos y pensadores comienzan a profundizar en nuevas concepciones. Arthur Schopenhauer (1788 - 1860) para el que el individuo únicamente puede afirmarse según el principio del egoísmo del cual derivará una moral; Soren Kirkegaard (1813 - 1855) iniciador del Existencialismo, doctrina para la que la existencia prima sobre la esencia y la vivencia subjetiva sobre la objetividad; Friedrich Nietzsche (1824 - 1900) que introduce la idea del "superhombre"; William James (1842 - 1910) uno de los primeros difusores del pragmatismo anglosajón y manifestado en el "American Way of Life".

Es decir, estos cambios a nivel de conceptualización lo que estaban recogiendo no era más que la modificación habida en el soporte sobre el que hasta entonces se había sustentado la sociedad: la institución familiar empezó a perder importancia y a ganarla el individuo independiente.

En el pensamiento económico también se produjeron cambios profundos. La Escuela Clásica con sus consideraciones generales explicaba mal lo que sucedía a nivel individual y particular, por ello y a partir del Utilitarismo de Stuart Mill, la Escuela Marginalista profundiza en la utilidad individual a través de la búsqueda de la maximización de la utilidad que se obtiene del consumo individual.

Stanley Jevons (1835 - 1882) sienta las bases de la teoría marginalista de la distribución -"el valor del trabajo debe determinarse de acuerdo con el valor del producto, y no el valor del producto a partir del valor del trabajo"- de importancia fundamental para el desarrollo del moderno capitalismo; Karl Menger (1840 - 1921) formula la relación existente entre utilidad, valor y precio.

Esta potenciación de lo individual afectó a la propia esencia de la burguesía y a la de la clase obrera: la clase capitalista era la que comandaba el proceso productivo, pero ahora lo hacía como un todo porque constituía un elemento individual; por éso en la clase burguesa empezaron a aparecer poderosos magnates que acumulaban creciente poder, a la vez que la idea de unidad corporativa como un todo fue invadiendo las reivindicaciones obreras, mientras que el trabajador como individuo empezaba a manifestarse. Este creciente individualismo se vio reflejado en la tendencia que empezó a adoptar el capitalismo.

En este sentido fueron fundamentales las aportaciones de William Graham Sumner (1840 - 1910) a la filosofía de la economía, marcando el camino que iba a adoptar el capitalismo en los Estados Unidos de América.

Sumner, profesor de ciencias políticas y sociales en la Universidad de Yale y discípulo del filósofo evolucionista británico Herbert Spencer (1820 - 1903), trasladó a la economía la concepción de que la evolución es un proceso en el que se tiende desde un estado homogéneo, indeterminado e inestable, a otro heterogéneo, determinado y estable; en consecuencia, la ética utilitarista y la sociedad industrial eran momentos estables e ideales de la evolución social.

Al rápido desarrollo del modo de producción capitalista en los Estados Unidos había contribuido el liberalismo casi total implantado desde la independencia, pero debido a su ascendente puritano, los individualistas capitalistas estadounidenses necesitaban justificaciones cuasi religiosas a su proceder.

La justificación religiosa la encontraron en el pastor Henry Ward Beecher (1813 - 1887) y en otros teóricos que justificaron desde el punto de vista teológico el proceder de la burguesía -"Era intención del Señor que los grandes fueran grandes y los pequeños, pequeños"-, recubriendo de religión el proceso acumulador y expansionista norteamericano.

Pero Sumner fue más lejos al oponerse a cualquier tipo de intervención estatal en linea con la instauración del más mínimo atisbo de algo que pudiera parecerse a una cobertura estatal de los necesitados, y debiendo, únicamente, fomentarse el ahorro, el trabajo y la vida familiar. Es decir, partiendo de la base de que el pobre es el débil y el rico el fuerte, y que el fuerte es el adaptado y el que lucha para perfeccionarse -evolucionar-, todo aquel que es pobre, lo es porque no ha sabido adaptarse a la evolución de la sociedad dominada, lógicamente, por los fuertes: la clase capitalista.

Pero junto a este desarrollo del capitalismo financiero no se producía una mejora en las condiciones de la clase trabajadora, de hecho éstas empeoraron debido al propio aumento que fue experimentando el individualismo; a la vez, las demandas obreras se fueron viendo reforzadas por la creciente fuerza de la ideología socialista.

La Guerra Francoprusiana también implicó cambios políticos: el fin del II Imperio y la instauración de la III República Francesa (1870 - 1946), y llevó la miseria y el hambre a muchas ciudades francesas generando una situación de descontento que alimentó todas las reivindicaciones pendientes. París, sitiado por las tropas prusianas, sede de una Asamblea Nacional partidaria de instaurar una república conservadora, protagonizó el movimiento revolucionario de los obreros franceses partidarios de la federación de todas las entidades colectivas de Francia, las comunas.

La Comuna de París (18 de Marzo a 27 de Mayo de 1871) fue desde el principio apoyada por la I Internacional. Instauró medidas políticas -separación de Iglesia y Estado- y sociales -limitación de las diferencias salariales y derecho del campesinado a la tierra y del obrero a los medios de producción-. Fue, en todos los sentidos una auténtica revolución obrera, la primera que como tal puede ser calificada.

La Comuna se opuso a las reparaciones que Francia debía realizar a Prusia de resultas de la guerra, por lo que a ésta le inquietó el triunfo de la Comuna además de inquietar a toda la burguesía europea. La revolución fue liquidada por el mismo ejército francés: Prusia liberó al ejército prisionero y éste aplastó a los comuneros; la represión subsiguiente ocasionó veinte mil muertos.

El resultado de la Comuna influyó en que el movimiento obrero variara en parte su estrategia. La Comuna de París puso de manifiesto que aún no era posible una revolución obrera generalizada, por lo que junto al mantenimiento de las reivindicaciones sociales, pasó a intentar tener un mayor peso político. Lo primero lo realizó a través de la petición de la jornada de ocho horas, lo segundo a partir de la fundación de partidos socialistas en cada estado desde la disolución de la I Internacional en 1871.

La participación política del socialismo llevó a un incremento de la fuerza del movimiento obrero, por lo que se decidió celebrar en París en 1889 un congreso del que surgió la II Internacional.

En el Congreso de París de 1900, el movimiento obrero nuevamente barajó las dos tendencias ya anteriormente discutidas: continuar con el objetivo de asaltar el poder mediante métodos revolucionarios, y el tomarlo a través de un largo proceso que incluía la participación en las instituciones. La primera, minoritaria, estaba encabezada por Vladimir Ilich Uljanov "Lenin" (1870 - 1924); la segunda por las concepciones de la socialdemocracia alemana. El resultado fue la división interna de la II Internacional que aun se acusó más cuando entraron posteriormente a debatir la actitud ante las guerras, la colaboración con los partidos burgueses y la unidad del movimiento obrero.

Esta división se agudizó con el estallido de la I Guerra Mundial en 1914, ya que casi todos los líderes de la organización se dejaron llevar por la ola de belicismo nacionalista que invadió Europa y decidieron apoyar a sus respectivos gobiernos. En este contexto, dos hechos tuvieron un protagonismo capital de cara al futuro del socialismo: la Revolución Rusa de 1917, y la discusión surgida en el Partido Socialista Alemán a raiz de dicha revolución.

La creciente actividad del movimiento obrero llevó a que todo lo referente a la cuestión social se fuese convirtiendo en un tema de candente actualidad; incluso la iglesia católica y el papado intervinieron. En 1864 el obispo de Mainz publicó una obra revolucionaria para el momento -"La cuestión laboral y el cristianismo"-. En 1879, la Paz del Cardenal sirvió para formalizar una serie de mejoras para los trabajadores del puerto de Londres y desactivar una huelga que había sido apoyada por la Iglesia. En 1887 el papa aprobó la participación de los católicos en la sociedad de trabajadores Knights of Labour fundada en Filadelfia en 1869.

Pero lo que marcó durante mucho tiempo la doctrina oficial de la Iglesia en materia social fue la encíclica de León XIII "Rerum Novarum" (1891).

A partir de la Rerum Novarum comienza el lento reconocimiento de los derechos de los trabajadores y en ello influyó la Comuna de París. Los gobiernos de los diferentes estados vieron que la masa obrera constituía una fuente permanente de conflictos, pero el capitalismo también empezó a percibir que, más que con represión política y con el mantenimiento de unas condiciones salariales y laborales paupérrimas que solo ocasionaban más pobreza, y superada la fase de acumulación originaria de capital, podía obtenerse un replanteamiento de las actitudes obreras a través de una mejora de sus condiciones sociales por lo que el nuevo capitalismo financiero comenzó a realizar limitadas reformas sociales.

Las implicaciones sociales de las condiciones de la clase trabajadora también interesaron a intelectuales y profesores universitarios totalmente alejados del movimiento obrero -Bruno Hildebrand (1812 - 1878), Karl Gustav Adolf Knies (1821 - 1898) y Wilhelm Roscher (1845 - 1923)- que comenzaron a tratar los aspectos laborales y redistributivos. En esta linea el llamado Socialismo de Cátedra fue desarrollado por la Joven Escuela Austríaca fundada por Gustav Schmoller (1838 - 1917). Su idea era la necesariedad de realizar una reforma social: "El ideal no debe ni puede ser otro que el de llamar a una parte cada vez mayor de nuestro pueblo a la participación en todos los bienes superiores de la cultura, la instrucción y el bienestar".

Pero sin lugar a dudas, es en la obra de Karl Marx, "El Capital" (tres volúmenes aparecidos en 1867, 1885 y 1894) donde se lleva a cabo un análisis más pormenorizado de las implicaciones económicas sobre la clase obrera del funcionamiento de capitalismo. En "El Capital" Marx determina que el origen de la realidad económica está en las mercancías y en las transacciones que se llevan a cabo con esas mercancías, radicando la diferencia, según sea el sistema económico, en la significación que se da a éstas. Así, mientras en los sistemas no capitalistas tan solo se contempla su valor de uso, en el capitalismo, al pasar a ser las mercancías un paso intermedio para obtener un beneficio, es su valor de cambio lo que es considerado.

Por tanto, el problema básico del capitalismo pasa a ser la medición del valor de cambio de las mercancías, necesario para conocer la ganancia obtenida en la transacción, y Marx, utilizando la cantidad de trabajo necesario como unidad de medida, formula que el valor de cambio de una mercancía es la cantidad de tiempo de trabajo necesario para producirla; pero como el trabajo también es una mercancía, el problema entonces pasa a ser la determinación del valor de cambio del trabajo.

Un obrero, dice Marx, vende su fuerza de trabajo al burgués y produce mercancías utilizando unos utensilios y una maquinaria propiedad del burgués. Es decir, en una jornada de trabajo un obrero produce el salario que el burgués le paga -el valor de cambio de su fuerza de trabajo-, produciendo también un valor de cambio que no le es remunerado. La diferencia entre ambos, y generada por la explotación, constituye la "plusvalía", producto que el burgués acumula.

El objetivo del burgués es el incremento de la plusvalía. Para ello tiene dos opciones: incrementar el tiempo de trabajo, lo que en si mismo tiene un límite, y reducir el tiempo necesario para que el obrero produzca su salario. Evidentemente, el burgués escogerá la segunda opción.

Para lograrlo la burguesía aumentará sus inversiones lo que hará que las ganancias decrezcan debido a que será más caro obtener la plusvalía al tener que haber aumentado el capital total. Es lo que constituye lo que Marx denomina "la tendencia a la tasa decreciente de ganancia".

A fin de conseguir corregir este proceso, la burguesía tiene dos posibilidades: paralizar las inversiones o reducir la masa salarial de sus trabajadores. Escogiendo la primera no logrará un desarrollo tecnológico con lo que no podrá mejorar los niveles productivos por lo que se producirá el estancamiento de la producción; escoger la segunda significa que la burguesía tendrá que substituir trabajo por capital lo que dará lugar al decremento del consumo en el sistema y a una subsiguiente crisis de sobreproducción. Por tanto, haga lo que haga la burguesía se producirá el colapso del capitalismo. A lo largo del proceso de hundimiento del sistema, el proletariado habrá usado métodos reivindicativos revolucionarios que contribuirán a su colapso.

El paso siguiente es la toma del poder por la clase obrera y la implantación de la Dictadura del Proletariado que usará los instrumentos del Estado a fin de desmantelar la estructura del régimen burgués consiguiéndose la eliminación de las clases sociales; finalizada esta fase, el Estado será suprimido e implantada la sociedad comunista en la que "cada cual hará según su capacidad" y que dará "a cada cual según sus necesidades".

En el fondo, a lo que la tesis de Marx y la evolución del capitalismo estaban apuntando era a la globalización, a la consideración de que el entorno en el que se iban a desarrollar las relaciones políticas y económicas no era ya el limitado marco de los estados nacionales si no crecientes parcelas del planeta en las que el capitalismo, centrado en los estados dominantes, y las generalizadas reivindicaciones obreras, desempeñaran una creciente influencia. Por ello, en el último cuarto del siglo XIX el colonialismo sufre una transformación decisiva.

A lo largo de estos años, el concepto puro de colonias -zonas de ultramar dependientes de una potencia extranjera que ejerce dominio directo sobre la población nativa- comenzó a cambiar. Si en los siglos XVI y XVII pudo haber habido motivaciones ideológicas -búsqueda de la conversión al catolicismo por parte de España o fervor misionero del hombre blanco caso de Inglaterra-, o políticas en el XVIII y parte del XIX -extensión de las ideas democráticas por los Estados Unidos-, que acompañaban a los deseos de crear un imperio para "gloria de la corona y del país", crecientemente fue introduciéndose la idea de qué, además del acceso a las materias primas y al cobro de tributos, la creación de nuevos mercados, la búsqueda de nuevas materias primas, la posibilidad de realizar inversiones y el control de zonas estratégicas, eran ventajas que de las colonias podían obtenerse.

Las potencias europeas, los Estados Unidos y Japón se lanzaron a la conquista de "espacios vacíos de poder" en Africa y Asia, creándose los modernos imperios coloniales. El Reino Unido consolidó su imperio y Francia creó un imperio colonial para contrarrestar el poderío británico. En Alemania el imperialismo sintetizó las ansias de ampliación del estado nacional para llegar a ser potencia mundial. En Italia surgió el deseo de restablecer el antiguo dominio romano en el Mediterráneo. Los Estados Unidos consiguieron una serie de establecimientos en el Pacífico.

Esta expansión del imperialismo nacido a partir de la evolución y adaptación del colonialismo estuvo íntimamente ligada a la del capitalismo industrial y financiero. Así, a través de las concentraciones de compañías y de capitales -tendencia del capitalismo hacia el monopolio- la actividad industrial quedó supeditada a unos grupos económico-industriales vinculados a grupos financieros, lo que provocó excedentes de capital y la búsqueda de nuevos mercados, a ello se unió el hecho de que esos grupos económico-financieros empezaran a realizar inversiones fuera de sus paises.

Pero esta linea de actuación dio lugar al surgimiento de tensiones entre las potencias a fin incrementar su poder económico -obtención de materias primas y consecución de mercados- y político -mayor peso en el contexto internacional- y que, entre otros motivos, originaron la I Guerra Mundial.

A principios de la década de los ochenta, excepto el Imperio Alemán, el Reino Unido y Francia ya habían prácticamente constituido sus dominios en Asia y estaban penetrando de forma acelerada en Africa; pero la política colonial en Africa del Imperio Alemán, en cambio, estuvo muy condicionada por la opinión de Bismarck. Este pensaba que si el Imperio desarrollaba una activa política colonial en el Este de Africa, ello podría ocasionar un conflicto europeo, en cualquier caso decidió brindar protección institucional a todos aquellos comerciantes alemanes que por su cuenta hubieran conquistado territorios.

La Conferencia de Berlín de 1884 instauró el reparto de la única zona aún no completamente estructurada como colonial: Africa, que quedó dividida en zonas de influencia de las potencias europeas, quedando ya totalmente dividida la Tierra en dos bloques: las potencias coloniales imperialistas y las zonas dependientes y colonizadas; aunque también aquí aparecen diferencias entre el sistema europeo y el estadounidense: mientras el europeo continuaba centrado en la administración colonial por medio de autoridades nombradas por las metrópolis y negando cualquier tipo de representación política a las colonias, Estados Unidos demostró con su intervención en Sudamérica a partir de la I Guerra Mundial, que forzando la dependencia económica podía obviarse la influencia política directa.

No es de extrañar que esta rapidísima sucesión de cambios en las relaciones políticas entre estados, en las relaciones productivas y en la propia conceptualización de la existencia tuviera un reflejo en el arte y en la cultura. El Romanticismo fue abandonado ya que no podía recoger la fuerza que se manifestaba en la realidad, y substituido por el realismo que brindaban el Naturalismo y el Impresionismo.

El Naturalismo fue a buscar la descripción de la realidad a través de descripciones minuciosas, de la crudeza en el tratamiento de los temas, acentuando incluso las partes más obscuras de la vida humana; por ello profundiza, de un modo a veces fotográfico, en los temas campesinos y obreros abandonándose las visiones idílicas. En literatura Honoré de Balzac (1799 - 1850), Henri Beyle -Stendhal- (1783 - 1842) y Emile Zola (1840 - 1902) y en pintura Honoré Daumier (1808 - 1879) y Jean François Millet (1815 - 1875) son representantes destacados de esta linea.

Por su parte el Impresionismo buscó exponer directamente las impresiones experimentadas por el artista ante la naturaleza a través de la representación de la idea de instantaneidad -niebla, nieve- empleando la brevedad en la elaboración -puntos y pequeñas manchas de color-. La tendencia se estructura en Jacob Abraham Pissarro (1830 - 1903), Alfred Sisley (1839 - 1899), Claude Monet (1840 - 1926) y Auguste Renoir (1841 - 1919).

Esta tendencia hacia lo real vinculado a lo industrial, a lo productivo, tuvo también su plasmación en la música al generalizarse las composiciones para ser interpretadas por grandes orquestas perfectamente estructuradas y cuyas funciones estaban dirigidas por una figura que marcaba las entradas y las secuencias de los instrumentos.

Y también en arquitectura, donde los edificios empiezan a adoptar una linea puramente funcional desprovista de adornos innecesarios, a la vez que sus alturas crecen en la medida que la técnica permite el uso de materiales más elásticos y resistentes.

La economía, la política y la cultura van adquiriendo una dimensión más internacional, al igual que los intereses de los grandes estados ligados a la política imperialista, todo ello hace que la complejidad de las relaciones crezca.

Esa creciente complejidad llevaba aparejado un peligro también creciente: el enfrentamiento, un enfrentamiento que, de producirse, ya no sería entre estados, sino entre imperios, encerrando, por tanto, un mayor poder destructivo.

Para el capitalismo industrial y financiero internacional esos enfrentamientos no eran, de entrada, beneficiosos debido a que aún no estaban suficientemente estructurados los núcleos de poder económico individuales en cada estado, como tampoco los posicionamientos internacionales estaban totalmente definidos; ello movió a que empezasen a diseñarse una serie de intentos para profundizar en la comunicación entre los estados. La fundación por el comerciante David L. Dodge en 1815 de la New York Peace Society y de la Cruz Roja por Henri Dunant (1829 - 1910) en 1859 pueden considerarse como el inicio de este intento.

Pero, a la vez, la idea de comunicación a nivel mundial tenía un marcado interés para los Estados, en este sentido, en los Congresos de Londres (1843) y Bruselas (1844) fue ampliamente trabajada la idea de que era necesario el arbitraje obligatorio cuando se produjesen conflictos de intereses.

Así, en las Conferencias habidas en La Haya entre 1899 y 1907, y que se debieron a la iniciativa del zar Nicolás II -muy impresionado por la obra del comerciante ruso Iván Bloch, "La Guerra", en la que ahondaba en la idea de que las guerras serían cada vez más caras y más destructivas debido al progreso técnico-, se acordó la creación del Tribunal Internacional de Arbitraje de La Haya (1899) a fin de solventar los litigios internacionales.

E incluso, a fin de lograr el máximo entendimiento, se construyó un idioma que fuese de aceptación mundial y con el que la comunicación individual fuese más fácil; de este intento nació el Esperanto, creado por el polaco Luís Lázaro Zamenhof (1859 - 1917), y que chocó con los sentimientos nacionalistas de los estados.

Esta búsqueda de entendimiento también se manifestó en la búsqueda de una mayor comprensión de las crecientes problemáticas de las personas en un entorno crecientemente individualista. Sigmund Freud (1856 - 1939) desarrolla un nuevo método para el estudio y la superación de los problemas generados por la acumulación de deseos reprimidos y, en consecuencia, no satisfechos: el psicoanálisis.

Las consecuencias de todas estas innovaciones y nuevas aportaciones hace que a finales del siglo XIX ya se encuentran perfectamente definidas las variables que marcan las diferencia entre los estados industriales y los preindustriales.

A caballo de los siglos XIX y XX, dos son las variables que determinan la posición de los estados en el contexto internacional: la relación entre el producto generado por el sector agrario y el industrial sobre el total producido, y la relación entre la población empleada en cada uno de los sectores citados. En base a ello se establece una clasificación de estados en cuatro grupos.

Por un lado, aquellos en los que la población empleada en el sector agrario es netamente inferior a la empleada en el creciente sector industrial, este es el caso del Reino Unido, Bélgica, el Imperio Alemán y los Estados Unidos de América. Por otro, estados en los que la población empleada en la agricultura supera con creces a la empleada en una industria naciente, en casos de carácter testimonial y acompañada de unos muy elevados aranceles proteccionistas, caso de Rusia, Hungría y España.

El resto de los estados europeos son sociedades agrarias en las que el artesanado tiene una presencia absoluta, situación que se da en los Balcanes, Grecia, Bulgaria, así como en toda Asia -excepto en el Japón, inmerso en una activa política de industrialización-, Africa y Sudamérica. En Europa, Suecia, con una población empleada en el sector agrario doble de la empleada en el industrial, pero con un conjunto de compañías industriales que contaban con un muy alto nivel técnico, es un caso atípico.

Por ello, los rasgos definitorios del poder de un estado pasan a ser: el nivel demográfico en relación al grado de desarrollo industrial, y el nivel de expansión exterior en inseparable relación también con el grado de desarrollo de su industria.

En consecuencia, la distribución de la población se vio tremendamente afectada por la evolución que fue adquiriendo el desarrollo industrial. Las ciudades de los paises industriales fueron viendo aparecer un conglomerado de suburbios en las cercanías de los centros industriales que se fueron estableciendo; era población urbana, pero población con mentalidad no estrictamente urbana que se vio sumida en ambientes masificados ajenos a los de los pequeños pueblos de los que procedía, y que tuvieron que soportar elevados costes humanos hasta que se fueron resolviendo los problemas sanitarios y de abastecimiento que esas concentraciones urbanas crearon.

A la vez, se produce un claro decremento en la anterior tendencia al alza del incremento de la población; así, de las altas tasas de natalidad y mortalidad de la época preindustrial, se va derivando hacia bajas tasas de natalidad y mortalidad influyendo en ésta última las mejoras en la alimentación y las medidas de higiene pública que se van tomando. A partir de este momento, este será uno de los aspectos que caracterizará a los paises y zonas preindustriales de los que han alcanzado o van alcanzando un cierto grado de desarrollo industrial.

La posición expansiva exterior pasa a ser característica inseparable de todos los paises industriales, imbricándose los aspectos políticos del expansionismo con los derivados del imperialismo económico.

Francia, con la III República sólidamente instalada, va consolidando posiciones en el Norte de Africa chocando en Marruecos con los intereses alemanes de penetración en la zona. Tras la Conferencia de Algeciras (1906), Alemania reconoce a Marruecos perteneciente a los intereses franceses.

En el Imperio Alemán, a Guillermo I le sucede su hijo Federico que fallece a los pocos días de ser coronado, y a éste Guillermo II (1888 - 1918). En 1890 se produce la caída de Bismarck lo que fue fatal para el Imperio ya que nadie contaba con su visión de la política europea; las elecciones celebradas con posterioridad demuestran la creciente fuerza del Partido Socialdemócrata.

El capitalismo alemán principia su expansión económica en Turquía con el inicio del estratégico ferrocarril de Anatolia; y también en Nueva Guinea y en el archipiélago de las Bismarck comerciantes alemanes inician un activo comercio lo que genera la reacción de las otras potencias coloniales en la zona: Francia amplía sus posesiones en torno a Tahití y el Reino Unido llega a un acuerdo con el Imperio para repartirse Nueva Guinea, las Bismarck y las islas Salomón (1886). La operación se completa con la venta española al Imperio de las islas Marianas y las Carolinas y el reparto entre éste, el Reino Unido y los Estados Unidos de América de las islas Samoa.

El Reino Unido, durante el largo reinado de la reina Victoria, fue consolidando sus posiciones en Africa, en particular en el Sur tras su victoria en la Guerra de los Boers (1899 - 1902) declarada a raiz del interés británico por dominar el asentamiento de colonos holandeses del Transvaal tras el descubrimiento de oro acaecido en 1886. En Asia, continuó la tensión con Rusia por la preponderancia en la zona de Afganistán.

Rusia continuaba sumida en una situación preindustrial en la mayor parte de su territorio. Al zar Alejandro II le sucedió Alejandro III (1881 - 1894) que murió asesinado - de los cinco zares habidos desde Catalina II, tres fueron asesinados-; durante su reinado se produjo un retroceso en el proceso de liberalización interior iniciado por su antecesor con el decreto que puso fin a la servidumbre (1861), retroceso que fue continuado por su sucesor Nicolás II (1894 - 1917), en cuyo reinado tuvo lugar la fundación en Londres, en 1898, del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso de ideología marxista que tan fundamental papel jugaría unos años después.

En Italia, la Guerra Francoprusiana, con la salida de las tropas francesas de Roma, supuso la definitiva unidad del estado y el fin del papado como institución política. También Italia se lanzó hacia la expansión colonial: en el Mar Rojo con Eritrea (1882).

Pero en este escenario de crecimiento económico y expansión colonial con latente enfrentamiento entre el Reino Unido y el Imperio Alemán, una parte de Europa comenzó a acumular crecientes tensiones: la zona balcánica.

En la carrera para mejorar la posición expansiva exterior emprendida por los distintos estados, la Guerra Rusoturca (1877 - 1878) le supuso a Rusia la conquista de posiciones turcas en la península de los Balcanes creando una Bulgaria independiente. En 1878 se celebra el Congreso de Berlín a fin de tratar los sucesos acaecidos en la zona; Bismarck adoptó una posición claramente favorable a Turquía lo que provocó en Rusia una muy fuerte reacción contra el Imperio.

Esta reacción antialemana aún se incrementó más tras la alianza del Imperio Alemán con el Austrohúngaro -Doble Alianza (1879)-, ya que significaba el beneplácito alemán al acuerdo tomado en el Congreso por el que Austria-Hungría ocupó las provincias balcánicas turcas de Bosnia y Herzegovina -habitadas por eslavos- aunque quedando éstas formalmente bajo soberanía turca. (De todos modos, y en la práctica, el Imperio Austrohúngaro se dedicó a una sistemática política de asimilación de la población, quedando al poco tiempo incorporadas ambas a la cultura europea y apoyándose en esta política en Servia, estado con el que mantenía buenas relaciones).

La tensión crece cuando en 1883 Rumanía, cuyo rey Carol I pertenecía a linea de los Hohenzollern, decide incorporarse a la Doble Alianza, y se incrementa hasta un punto máximo cuando, en 1887, Bulgaria pasa a quedar bajo total influencia rusa al colaborar activamente Rusia en la expulsión del príncipe Alejandro de Ballenberg al pretender éste cortar los lazos entre ésta y Bulgaria.

La situación pasó a enrarecerse más aún a raiz de la Guerra Serviobúlgara (1885) que supuso la victoria de Bulgaria, y que llevó al rey servio Milan a ofrecer al Imperio Austrohúngaro la cesión de todo el país a cambio de una indemnización financiera.

En 1903, de resultas de una conspiración militar es asesinado en Servia el rey Alejandro I (1889 - 1903) de la dinastía Obrenovic amiga de Austria-Hungría, siendo sucedido por Pedro I (1903 - 1921) de la dinastía Karagjorjevic. Crecientes voces opuestas a Austria empezaron a surgir en Servia sobre todo desde que el heredero de Austria, Francisco Fernando, tuvo la idea de conceder un estado propio a los serbocroatas austríacos en el marco del Imperio Austrohúngaro. A la postura servia contribuyó la negativa de los terratenientes austríacos a la importación de cerdos procedentes de Servia desde 1906 y que generó grandes problemas a la economía del país.

La postura de los nacionalistas servios aún se radicalizó más ante la noticia de que Servia iba a integrarse en el Imperio Austrohúngaro, con lo que las esperanzas de los nacionalistas servios de que a la larga se atribuyese a Servia las zonas eslavas de Bosnia y Herzegovina, desaparecían.

En Turquía, ya muy debilitada, se produce la caída del régimen absolutista de Abdul Hamid II (1878 - 1908) instaurándose una constitución parlamentaria. En 1908, estos hechos son aprovechados por Austria-Hungría proclamando la unión de Bosnia y Herzegovina al Imperio, pero Turquía no se conforma con este hecho desencadenándose las dos Guerras Balcánicas (1912 - 1913) y 1913, por las que Turquía fue arrojada por servios, montenegrinos, búlgaros y griegos de todas sus posesiones europeas excepto de Constantinopla, y no obteniendo Bulgaria las ganancias que esperaba conseguir.

En esta enrarecida situación, los objetivos de Servia eran la obtención de una salida al Mediterráneo y el lograr la unión de todos los eslavos de la zona; pero Austria, a fin de frenar el expansionismo servio, interviene creando el estado de Albania en una zona habitada mayoritariamente por católicos sobre los que el emperador austríaco había ejercido desde muy antiguo una situación de protección.

El 28 de Junio de 1914, durante una visita de Francisco Fernando a Sarajevo (Bosnia) para la clausura de unas maniobras militares, él y su esposa fallecen a causa de un atentado perpetrado por un bosnio tras el que se encuentra el círculo de nacionalistas que en 1903 había asesinado al rey amigo de Austria-Hungría Alejandro I.

El atentado de Sarajevo es considerado como el detonante de la I Guerra Mundial (1914 - 1918), pero detrás de ese hecho había una serie de causas que determinaron una situación que era por necesidad de conflicto teniendo en cuenta la cultura de guerra en la que Europa había estado siempre inmersa.

El Congreso de Viena de 1815 fue la ocasión perdida para haber trazado un mapa coherente de Europa, el problema radicó en que ninguno de los estados participantes tuvo la suficiente visión histórica ni el suficiente conocimiento de las implicaciones que la realidad socioeconómica existente en Europa en el momento podían generar.

En los cien años que median entre el Congreso de Viena y el inicio de la I Guerra Mundial se reprodujeron los eternos enfrentamientos entre los estados que ya se habían producido en Europa desde el siglo XIV, y si se superó la cuestión religiosa fue porque se vio que ya no era fundamental para motivar los procesos de crecimiento de los estados ya que a lo largo de esos cien años esos procesos contaron con las distintas burguesías nacionales para moverlos.

Pero aunque el crecimiento económico se produjo, los esquemas de funcionamiento continuaban siendo los mismos. Los estados habían sustituido a la burguesía comercial y a la religión por el capitalismo productivo, primero, y por el capitalismo financiero después, pero, así como entre el siglo XIV y el XVIII, en cada período, hubo uno o como máximo dos estados potentes y, salvo excepciones, aún no enteramente formados, a partir de la Guerra Francoprusiana se consolida una situación en la que la complejidad creciente es el decorado en el que se mueve una realidad que, aunque radicalmente distinta, sigue utilizando los mismos esquemas de antaño.

Por un lado, el Reino Unido ya no era la principal potencia europea y, sobre todo, su evolución estaba siguiendo una tendencia que cada vez le estaba apartando más de la posición dominante que había tenido; las causas eran, básicamente, internas: su modelo de crecimiento seguía unos esquemas que no se adaptaban a la nueva situación.

La posición predominante del Reino Unido fue recogida por el Imperio Alemán. Toda la potencia de los diferentes estados alemanes fue canalizada por Prusia utilizando el vehículo nacionalista reprimido desde la Guerra de los Treinta Años.

Por otra parte Francia, sombra de lo que había sido dos siglos atrás, fabricó su esquema nacionalista sobre unas bases de patriotismo que no contaban con el suficiente soporte económico.

Finalmente en Rusia, sumida en una situación feudal, dirigida por una aristocracia absentista y habitada por una población que subsistía en la más absoluta miseria, los intentos para desarrollar focos industriales chocaron con su particular realidad sociopolítica.

El imperialismo fue la salida lógica que adoptaron todos los estados. Sus respectivas burguesías contribuyeron a su expansión: era imprescindible para continuar con el proceso de crecimiento, pero el esquema de comportamiento que se siguió no varió con respecto al adoptado cuando, siglos antes, empezaron a realizarse los primeros establecimientos coloniales, substituyendo, únicamente, la denominación de Estado por la de Imperio.

Por ello la expansión exterior fue otra de las causas permanentes de conflicto: entre Francia y el Imperio Alemán por Marruecos, entre Rusia y el Reino Unido por el Norte de la India, entre Rusia y Japón por la costa asiática del Pacífico, entre el Reino Unido y Francia por el centro de Africa, entre todos por los Balcanes a fin de asegurar las fronteras y las influencias en un punto tan común a todas las potencias citadas como es el Mar Mediterráneo.

Mientras, en el interior de cada uno de esos estados, la población iba acumulando un creciente sentimiento de frustración ante las condiciones de vida a las que se veía forzada por el capitalismo y ante las que muy poco podía oponerse debido a que necesitaba de ese capitalismo para subsistir. En la Europa occidental, la Comuna de París fue la manifestación de la represión burguesa contra el más importante intento nunca realizado de oposición obrera; en la oriental, las fracasadas revueltas rusas de 1905, 1906 y 1907, la de un sistema cuyo único objetivo era la perpetuación de una situación sin salida.

El arte también recogió esa sensación. El Cubismo, aparecido en Francia entre 1906 y 1907, abandona el realismo imperante hasta entonces reduciendo lo real a formas y volúmenes básicos, evolucionando, a partir de 1910, hacia la simplificación al adoptar el estudio de los planos y la multiplicidad de los puntos de posible observación para llegar a la visión global. Si con un concepto puede resumirse este movimiento, éste sería el hermetismo, resumen de una situación en la que Europa estaba desembocando. Pablo Ruiz Picasso (1881 - 1973), George Braque (1882 - 1963) y Juan Gris (1887 - 1927) fueron sus principales representantes.

En el Imperio Alemán el espíritu nacionalista romántico y simbólico se manifiesta a través del Expresionismo con el que se vierten al exterior las vivencias individuales del artista. En esta etapa, Vasili Kandinsky (1866 - 1944) es uno de los más significativos integrantes de esta tendencia ya iniciada por Vincent van Gogh (1853 - 1890) y por Henri Marie Raymond de Tolouse - Lautrec (1864 - 1901).

Todos esos factores se pusieron en sintonía en 1914, haciendo partícipe a una población que no se sentía en absoluto identificada con unos problemas que no eran los suyos, sino los de los integrantes de una clase que iba a tratar de obtener por lo militar lo que aún no había clarificado a través de los cauces económicos: el dominio claro de unas burguesías nacionales sobre otras y la aceptación del hecho por los perdedores.

Al otro lado del Atlántico América vivía muy al margen de lo que estaba sucediendo en Europa. Sudamérica, tras la independencia definitiva de Portugal en 1822 y de España en 1824, entra en un período en el que, en todos los recién formados estados -muchos de los cuales no tienen aún completamente definido su perímetro geográfico-, se suceden las luchas para hacerse con el poder en un marco delimitado por unas clases terratenientes formadas por las familias criollas que crecieron al amparo del colonialismo y por unos ejércitos dirigidos por miembros de esas mismas familias y generadores de multitud de pronunciamientos.

A España y Portugal le sustituye el Reino Unido que en lo económico va adquiriendo creciente protagonismo hasta que la I Guerra Mundial le enfrenta a su propia realidad europea; en lo politicoeconómico, los Estados Unidos de América, a la luz de la Doctrina Monroe, van desarrollando una política de intervención sistemática en la zona a fin de defender los intereses de las compañías estadounidenses establecidos: en Centroamérica y en el área del Caribe, entre 1850 y 1914, Estados Unidos realiza veinticinco intervenciones militares.

En los Estados Unidos el triunfo en las elecciones de 1874 del Partido Demócrata ayudó en gran medida al acercamiento del Norte y el Sur. A partir de ese momento, con un solo modelo económico y tras nueve años para su asentamiento, se entra en una fase expansiva de capitalismo ultraliberal y sin ningún tipo de competencia exterior ni ninguna problemática nacionalista interna.

El período comprendido entre 1889 y 1912 es de formación de los grandes grupos económicos estadounidenses -Astor, Field, Goelet, Vanderbilt, Gould, Morgan, Carnegie, Rockefeller, Guggenheim- que constituyen formidables conglomerados que pasan a controlar subsectores económicos casi en su totalidad y que participan de la creciente especulación de tierras y de valores mobiliarios.

Paralelamente van formándose enormes bolsas de marginación cuyo desarrollo se ve favorecido, tanto por el incumplimiento de las leyes limitadoras de las jornadas laborales y sobre el empleo de niños, como por los bajísimos salarios pagados a los trabajadores favorecidos por el alto desempleo existente: en 1900 el paro obrero afectaba al 22,3% de la población activa; condiciones que no mejoraban a pesar del crecimiento de la conflictividad laboral duramente reprimida, caso de los Mártires de Chicago, líderes obreros ejecutados a raiz de las manifestaciones ocurridas el 1 de Mayo de 1889.

Esta particular evolución del capitalismo en Estados Unidos influyó en el pensamiento económico estadounidense, por ello la figura de Thorstein Bunde Veblen (1857 - 1929) tiene la importancia de haber formulado los elementos sobre los que se estaba construyendo el capitalismo norteamericano.

Veblen basó todo su razonamiento en el papel que juegan las "instituciones" -hábitos y modos de pensar- en la evolución social. Pero las instituciones cambian, y ese cambio viene generado por el desarrollo tecnológico al provocar éste nuevos conocimientos y técnicas que son incorporadas al proceso productivo, institución sobre la que se basa la sociedad moderna.

La explicación que da a los ciclos económicos se basa en la inflación o deflación excesivas de los valores de los bienes de capital, valores que constituyen el capital dinerario que es el que le interesa a quien Veblen denomina el "propietario absentista", y que tienden a disminuir debido al progreso tecnológico.

En esa sucesión de auges y crisis, la tendencia de la economía no es hacia la ondulación sino hacia la depresión causada por la tendencia de la tecnología hacia su continuo avance impelida por los cambios en los negocios.

En ese proceso -descrito en "La teoría de la empresa de negocios" (1904)-, se presenta una dicotomía: por un lado, la tecnología reduce los costes unitarios al incrementar la productividad, pero los capitales ajenos tomados en forma de préstamos para el necesario y constante progreso tecnológico, hacen que los gastos fijos -intereses a satisfacer- se disparen; pero, por otro, el progreso tecnológico es imparable y los dadores de créditos -propietarios absentistas- tenderán a enmascarar ese proceso. La tendencia hacia el monopolio y el aumento de la complejidad financiera serán una consecuencia.

Este modo de operar descrito por Veblen estaba referido a los Estados Unidos de América única y exclusivamente: Estados Unidos estaba inmerso en un particular proceso en el que el aislamiento del exterior era un elemento básico, por ello, la situación de tensión existente en Europa ni afectó en nada a los Estados Unidos, ni éstos se preocuparon en nada por las implicaciones europeas de esa situación.

En Europa también se abre un nuevo capítulo del pensamiento económico. Los pensadores de la Escuela Clásica habían formulado principios globales bastante estancos a la influencia del tiempo en el devenir económico, pero a medida que la complejidad económica crecía, se hacían más evidentes las interrelaciones de las distintas variables ligadas a los aspectos temporales.

Alfred Marshall (1842 - 1924), introduce el factor tiempo como elemento del análisis económico, aunando el concepto de utilidad marginal con el productivo coste de comparación; a la vez, incorpora la idea de equilibrio parcial que recoge mejor a corto plazo las variaciones de la demanda y a largo plazo las de la oferta.

En 1914 estalla la guerra en Europa, una guerra exclusivamente europea en la que los estados que intervinieron estaban dirimiendo problemas que afectaban tan solo a Europa; una guerra entre dos bloques temporalmente coaligados: la Triple Alianza -el Imperio Alemán, el Imperio Austrohúngaro e Italia- y la Entente -Francia, Reino Unido y Rusia-; los Estados Unidos entraron en la guerra al lado de la Entente más tarde, en 1917, solo cuando la situación militar había llegado a un equilibrio inamovible. (Por ello, durante mucho tiempo al conflicto que sacudió a Europa entre 1914 y 1918 se le denominó "la Gran Guerra", "la Guerra del Catorce" y "la Guerra Europea").

La I Guerra Mundial finalizó con la derrota de la Triple Alianza pero no resolvió las cuestiones por las que había estallado, aún más, las agudizó; pero a la vez significó la aparición de otros problemas, entre ellos las posibles consecuencias que para el capitalismo podría tener la revolución que se produjo en Rusia en plena guerra.

La entrada de Rusia en la guerra aún agudizó más la situación de miseria en la que se encontraba la población rusa. Lenin, desde su exilio, comprendió que en nada beneficiaba a la clase obrera europea en general, y a al pueblo ruso en particular, una guerra que a sus ojos no era más que un conflicto imperialista; además, la evolución del conflicto favoreció a la oposición socialista al sufrir los ejércitos zaristas en 1916 una aplastante derrota que ocasionó un millón de muertos.

En Febrero de 1917 se producen en Rusia una oleada de huelgas y disturbios y el amotinamiento de las tropas en Petrogrado. El establecimiento de un gobierno con base liberal burguesa dirigido por Lvov no resolvió nada debido a que ni la situación del país ni la del estado eran las convenientes para un gobierno de este tipo.

En Julio, Lvov dimitió siendo substituido por Kerenski, que ni sacó a Rusia de la guerra, ni aplicó reformas sociales. A estas alturas agrupaciones socialistas -Soviets- ya se habían establecido en zonas industriales. La intentona revolucionaria que se produjo fue aplastada pero todo indicaba que muy pronto iba a repetirse.
La Revolución de Octubre, con la toma del palacio de invierno por un conglomerado de soldados, marineros de la base de Kronstadt y bolcheviques supuso el derrocamiento del gobierno de Kerenski y la implantación del Congreso de los Comisarios del Pueblo presidido por Lenin que implantó una política de nacionalización primitiva.

La revolución supuso un beneficio a la Alianza al permitirle dedicar más atención al frente occidental, pero generó un sentimiento de inquietud a ambos contendientes. En 1918, y con el apoyo de la Entente, principia la contrarrevolución en la periferia -Siberia, Ucrania- por parte de las antiguas clases privilegiadas -clero, nobleza, campesinos ricos- y apoyadas por los Mencheviques: los partidarios de la cooperación con la burguesía progresista. El resultado fue el estallido de la Guerra Civil (1918 - 1921) que supuso la implantación del Comunismo de Guerra y la creación en Moscú de la III Internacional con el objetivo de extender la revolución a los estados capitalistas.

Uno de aspectos que la I Guerra Mundial puso de manifiesto fue la decisiva importancia que el contar con una casi ilimitada capacidad industrial suponía en el terreno militar, algo que Josif Stalin también vio y que le llevó a ordenar el giro que la economía soviética dio en 1928. Entre 1860 y 1913 el Imperio Alemán incrementó su producción industrial 7,1 veces, Francia 3,8 y el Reino Unido 2,9. Con estas cifras, la Alianza disponía de una clara ventaja industrial para afrontar un conflicto bélico. Pero en el mismo período de tiempo los Estados Unidos de América la aumentaron 12,5 veces. En consecuencia, el contar con una gran capacidad industrial y el poder incrementarla suponía contar una base determinante de poder económico y político.

Si a lo anterior añadimos su capacidad de obtención de recursos, era lógico que la entrada de los Estados Unidos en la guerra en 1917 decantase rápidamente la balanza hacia el lado de la Entente, desenlace que se aceleró con la aparición de disensiones surgidas entre los dos imperios europeos y que finalizaron con la destitución del jefe del alto estado mayor austriaco.

En 1918 finaliza la I Guerra Mundial. Los efectos políticos y económicos que tuvo fueron inmensos; incluso los artísticos: en 1916 aparece el Dadaísmo, corriente artística y literaria focalizada exclusivamente hacia la destrucción de la cultura tradicional con el objetivo de redescubrir la realidad auténtica. Lo realmente significativo fue su nacimiento, a la vez en Zurich -Tristán Tzara (1896 - 1963)- y Nueva York -Marcel Duchamps (1887 - 1968)-, extendiéndose tras la guerra a Alemania -Max Ernst (1891 - 1976)- y a Francia -André Breton (1896 - 1966)-.

A nivel político, en el Reino Unido, la guerra supuso que el monarca reinante, Jorge V (1910 - 1936), adoptase el apelativo Windsor substituyendo al de Coburgo - Gotha a fin de hacer olvidar su ascendencia alemana; tras la guerra, el Reino Unido deja de lado la política europea y centra su interés en el Próximo Oriente debido al reciente descubrimiento de petroleo en la zona.

Francia, con el Reino Unido desentendido de Europa y con el nacionalismo alemán derrotado, se convirtió durante unos años en la rectora de la política europea, influyendo en la creación de la Pequeña Entente -Checoslovaquia, Rumania y Yugoslavia- a fin de substituir en la zona del Danubio al desaparecido Imperio Austrohúngaro.

Austria, al igual que el Imperio Alemán, se transforman en repúblicas. Tras la derrota, en el Imperio Alemán estalla la revolución lo que determinó la abdicación de Guillermo II y la proclamación el 9 de Noviembre de la República de Weimar, lo que se completó con la elaboración de una constitución en 1919 por representantes de todos los partidos, constitución que recogía la representación electoral proporcional y la posibilidad de acceder al parlamento a partidos minoritarios

En Austria, el 12 de Noviembre de 1918 es proclamada la República de Austria, renunciando ésta en el tratado de Saint Germain - en - Laye, firmado en 1919, a los territorios que habían constituido el Imperio y a la unión con Alemania, reclamada, no obstante, por grupos nacionalistas que se apoyaban en la desastrosa situación económica en la que cayó Austria tras la guerra, aunque posteriormente vieron reducida su importancia por las medidas tomadas para sanear la economía y complementadas por los créditos exteriores recibidos. En cualquier caso y aún siendo minoritarios, los grupos nacionalistas continuaron jugando un papel fundamental en la política austríaca debido al equilibrio parlamentario existente entre los dos principales partidos.

Los Estados Unidos de América, al igual que el Reino Unido, se inhibieron de la política europea tras el fin de la guerra y continuaron inmersos en su proceso de crecimiento.

Pero considerando las implicaciones a largo plazo, los efectos económicos de la I Guerra Mundial fueron básicos al afectar de lleno al modo como hasta entonces se habían concebido las relaciones económicas en los estados industriales.

En el período anterior a la guerra, en todos los estados en que ya estaba implantada la industria como motor económico, las actuaciones en materia económica se desarrollaban dentro del marco definido por los preceptos clásicos y resumidos en una nula intervención del estado. Oscilaciones que fueron apareciendo fueron siendo corregidas a través de la actuación de la Mano Invisible que guiaba los mercados y siempre independientemente de los costes sociales que ello implicara. Pero la guerra hizo variar esa argumentación.

La dimensión y extensión que desde sus orígenes la guerra alcanzó, junto al volumen de material militar necesario en la contienda, dio lugar a urgentes requerimientos que motivaban respuestas inmediatas y que afectaban a la producción, organización y administración de los recursos. Inmediatamente se puso de manifiesto que la iniciativa privada no podía hacer frente a esa labor de coordinación, por lo que se implantó el control y la intervención estatal.

Se dijo que ese papel interventor del estado era temporal y forzado, únicamente, por las necesidades derivadas de la guerra, pero el mero hecho de que el estado estuviera desempeñando ese papel ya suponía el fin del mito clásico de que el estado no podía intervenir. Finalizada la guerra se dio paso a una polémica tanto en Europa como en los Estados Unidos de América sobre el futuro papel del estado en la vida económica y social, siendo el resultado de tal polémica muy diferente a uno y otro lado del Atlántico.

En Europa, la discusión se polarizó en relación a dos puntos: lo innecesario de que el estado continuase interviniendo y la bondad de que el estado siguiese desarrollando un papel activo. La situación existente tras la finalización de la guerra y el aumento de las reivindicaciones obreras, junto a la extensión de las ideas socialistas, llevaron a una progresiva intervención del estado materializada en la en aumento, aunque lenta, incorporación de sistemas de protección social, en el desempeño de un creciente papel en la regulación de los transportes colectivos, en el suministro de servicios, en vivienda y en educación.

Por el contrario, en los Estados Unidos, y debido a la nula influencia de las ideas socialistas en las reivindicaciones de los obreros estadounidenses, al espíritu ultraliberal del capitalismo norteamericano que imbuía a los grandes grupos de poder económico y al nulo peso de las minorías marginales, el estado volvió a tener un inexistente papel en la vida económica y social del país, terminándose con ello de diseñar el modelo capitalista que caracterizó a los Estados Unidos hasta 1932.

Este hecho diferencial en la evolución del capitalismo en Europa y los Estados Unidos tiene su plasmación en el papel que ambos entes geográficos tuvieron con posterioridad a la guerra, ya que la I Guerra Mundial significó el declive de Europa y el surgimiento como primera potencia mundial indiscutible de Estados Unidos.

La posición deudora que durante el siglo XIX Estados Unidos había mantenido con respecto a Europa, dio un vuelco a lo largo de la guerra y en la postguerra. A los suministros que Estados Unidos realizó a la Entente, se unió la ruina económica, política y moral en que Europa entró tras la guerra.

Todos los paises europeos perdieron con la guerra, por un lado, por los efectos que la propia guerra tuvo sobre sus economías y su sociedad; pero por otro, por el Tratado de Paz de Versalles obligado a firmar a Alemania el 28 de Junio de 1919 y que para Francia tuvo una especial trascendencia.

Para Alemania, el Tratado -en cuya negociación no participó- supuso la reducción en 70.000 Km2 del territorio del antiguo Imperio, así como la pérdida de todas sus colonias; se le impuso la reducción de su ejército a cien mil hombres con armamento restringido; su territorio situado a la izquierda del Rin fue ocupado durante quince años y, al declarársele responsable del inicio de las hostilidades, se le condenó a pagar cuantiosas indemnizaciones.

Esta situación de hundimiento y frustración se tradujo en un sentimiento de pesimismo extrapolable, en muchos aspectos, a toda Europa. El filósofo Oswald Spengler (1880 - 1936) publica en 1922 "La decadencia de Occidente" en la que, partiendo de que las sociedades son seres vivos y que como tales evolucionan, expone unas conclusiones pesimistas para Occidente, vislumbrando para éste un futuro militarista y sustentado en la técnica.

En cierto modo, y como reacción, la técnica comenzó a ser considerada en Alemania no como un fin en si mismo. En 1919 es fundada por Walter Gropius (1883 - 1969) la escuela de arte Bauhaus (casa de la construcción) que se desarrollaría en la década siguiente hasta ser clausurada por los nacionalsocialistas en 1933. Sus planteamientos se fundamentaban en la mezcla de la técnica con el artesanado y se orientaban a crear una arquitectura que sintetizara las artes, el artesanado y la industria, por lo que profundizó también en el diseño de todo tipo de artículos.

En pintura, la guerra acabó con el Expresionismo en Alemania dando paso a la Nueva Objetividad, un movimiento que planteó la crítica de las taras de la sociedad alemana a través de un realismo frío plasmado con descripciones minuciosas. Georg Schrimpf (1889 - 1938) y Carl Grossberg (1894 - 1940) fueron destacados representantes del movimiento.

Pero Francia, el único gran vencedor de la guerra, también entró en un proceso de catarsis cultural. Con el objetivo de construir una nueva visión del mundo, superadora de la decadencia que había conducido a la I Guerra Mundial, nace el Surrealismo -como evolución de una facción del Dadaísmo- promovido por André Breton.

El Surrealismo nació con una idea global y no solo artística, buscando la implantación de un nuevo orden que desplazara, tanto la anarquía del Dadaísmo, como el racionalismo occidental de la ideología burguesa. En la década de los años veinte Paul Eluard (1895 - 1952) y en la de los treinta Luís Buñuel (1900 - 1983) y Salvador Dalí (1904 - 1989) comienzan a desarrollar su trabajo en este movimiento que se caracterizó por una gran diversidad de estilos.

Este entorno pesimista y crítico europeo contrastaba con el aumento imparable del poder económico y político de Estados Unidos que se vio complementado con la expansión exterior que éstos ya habían comenzado y que continuó acrecentándose y profundizando en un colonialismo económico, en una política calculadamente aislacionista y en la participación en la reconstrucción europea.

Lo anterior, unido a la inexistencia de lastres históricos representados por una aristocracia de viejo cuño y por una burguesía que había en parte perdido su espíritu emprendedor a raiz de los enormes beneficios obtenidos, a la existencia de una mano de obra -emigrada y autóctona- crecientemente preparada, a la gran cantidad de recursos naturales y energéticos disponibles y a una relativamente aceptable renta media, creó las bases para que se conformara un modelo de crecimiento característico.

El "modelo americano" partía de una situación especial que, en el momento, solo se daba en los Estados Unidos: un mercado interno expansivo. Paralelamente, y a partir de los necesarios aumentos habidos en la producción a fin de abordar las necesidades derivadas de la guerra, se había creado un clima de producción creciente que contaba con altas cotas de capital acumulado durante las dos últimas décadas del pasado siglo y la primera del presente. Todo ello constituyó una extraordinaria base para el desarrollo de nuevas tecnologías y una motivación para incorporar éstas al proceso productivo.

A la vez que se iba produciendo un apreciable incremento del consumo de energía eléctrica, nuevos productos fueron desarrollados -automóvil, teléfono, electrodomésticos-, y nuevas perspectivas a la comercialización de todo tipo de bienes aparecieron a partir del crecimiento y mejora de la distribución, de la publicidad y de la venta por correo y a crédito.

Rápidamente, el sistema socioeconómico estadounidense fue entrando en una dinámica de producción y consumo masificado en la que la creciente producción generaba, aunque limitados, aumentos en la renta individual y, en cualquier caso, incrementos en la capacidad de endeudamiento junto a alzas en las tasas de beneficios de las unidades productivas.

La población, incorporada a este sistema expansivo, con apetencias de satisfacción de unas necesidades históricas y con una oferta en aumento de nuevos productos acompañada de una publicidad sistemática, fue dedicando a consumo casi toda su renta y marginando el ahorro; las necesidades en alza de inversión por parte de las unidades productivas eran cubiertas por los crecientes beneficios que influían en la cotización de las acciones de las compañías en los mercados de valores y que atraían capitales de otros subsectores.

Esta dinámica se vio impulsada por la expansión exterior del colonialismo económico norteamericano y por la posición acreedora tras la guerra de Estados Unidos respecto a Europa. Todo ello repercutió en un rápido crecimiento económico de Estados Unidos y al incremento de su poder económico y político a lo largo de la década de los años veinte.

Este proceso de crecimiento general en Estados Unidos llevó aparejada la aparición y el principio del desarrollo del sector servicios que progresivamente fue extendiéndose a Europa. El desarrollo del sector servicios estuvo en íntima relación con el incremento habido en la renta nacional: al incrementarse ésta, se produjo un crecimiento en el consumo de energía eléctrica, principiando el desarrollo de la industria del automovil, e influyendo en la extensión del cinematógrafo y de la radiodifusión, y en el desarrollo del autobús y del camión.

Con los primeros se extendió la información y se fue incrementando el uso de la publicidad, con los segundos se mejoró el transporte y, consiguientemente, la distribución, lo que influyó en la mejora del abastecimiento de las zonas urbanas y en el desarrollo de las rurales, y contribuyendo, todo ello, en la profesionalización del deporte y en su conversión en una actividad económica en constante crecimiento.

En el aspecto monetario, la I Guerra Mundial significó un cambio radical en la conceptualización que hasta entonces se había dado al papel que el conjunto de medios de pago nacional e internacional -el Sistema Monetario- debe desempeñar en las transacciones económicas. De hecho, la guerra inauguraría una visión con respecto a "lo monetario" que en nada se parecía a la anterior.

Hasta 1914, y desde su implantación definitiva por el Reino Unido en 1816 y por otros paises desde 1873, el Patrón Oro había sido el instrumento regulador, tanto de las transacciones monetarias, como de todas aquellas que tuvieran en si mismas una base monetaria, caso del comercio. El funcionamiento del este patrón era muy simple: siempre y en todo momento debía existir una identidad entre el valor dinerario y metálico de las monedas nacionales, por lo que, a través de exportaciones o importaciones de oro, era como se obtenía el equilibrio de las balanzas de pagos y la estabilidad de los tipos de cambio.

La filosofía del Patrón Oro se basaba en dos premisas: por un lado, dar garantía de que la creciente emisión de papel moneda por parte de los bancos comerciales -cada vez más utilizado por la burguesía- y motivada por el incremento de la actividad económica que el desarrollo industrial había generado, iba a estar garantizada -respaldada- por un metal de alto valor y universal aceptación; por otro, generar certidumbre en el comercio internacional al fijar para cada moneda nacional una tasa fija de cambio.

A lo largo del siglo XIX, aunque el papel del Estado en la vida económica no se incrementó de forma visible, se fue apreciando un aumento creciente de su poder en lo referente a cuestiones regulatorias orientadas, no obstante, hacia la facilitación de las actividades de las diferentes burguesías nacionales, es decir, los Estados se fueron volviendo crecientemente nacionalistas e interventores a fin de favorecer a las fuerzas económicas interiores, lo que, en definitiva, las fue reforzando.

Por lo que respecta a la moneda en si, este carácter regulador fue derivando hacia el reemplazo del papel moneda emitido por los bancos comerciales por papel moneda emitido por los bancos centrales, por lo que se fue produciendo una cesión de las reservas de oro de aquellos a éstos, pasando a ser los Estados los emisores y garantes del papel moneda en circulación, es decir, de la "moneda", una moneda que, aceleradamente, fue siendo, aunque garantizada por metal, no metálica, por lo que la oferta monetaria de dinero fue perdiendo su valor intrínseco.

Pero declarada I Guerra Mundial, el objetivo del sistema: la búsqueda de la estabilidad, se convirtió en el principal problema de los gobiernos beligerantes. Al impedir el Patrón Oro el incremento de la oferta monetaria de dinero por encima de las reservas de metal existentes, el sistema estaba imposibilitando a los Estados la necesaria emisión de papel para financiar una guerra que ya desde el principio se vislumbró como muy costosa; la consecuencia fue el abandono del Patrón Oro en 1914, decretando los Estados la circulación forzosa de todo el papel moneda emitido y, por consiguiente, su obligada aceptación por los ciudadanos.

La financiación inflacionaria de la guerra se puso de manifiesto cuando a su finalización los controles estatales fueron retirados, lo que llevó a los Estados a intentar reintroducir el perdido orden monetario. De todos modos, algo había cambiado en el panorama monetario internacional: los gobiernos eran conscientes de que podían contar con un poderosísimo instrumento a la hora de intervenir en la economía de sus paises; las burguesías lo eran del poder que lo monetario daba a los gobiernos, y ambos de las posibilidades de este instrumento.

En cualquier caso, y como la tendencia histórica era hacia la estabilidad, en 1922 se introduce el Patrón Cambios Oro: el papel moneda en circulación no será convertible directamente en oro pero si en una moneda convertible en oro. Era un camino intermedio entre el anterior y la inexistencia de controles, pero suponía la pérdida de una cuota de libertad de los gobiernos a la hora de resolver problemas internos y arrinconaba el papel de la Libra esterlina como rector del sistema monetario internacional.

Durante su existencia, el Patrón Oro había sido, en realidad, un Patrón Libra, de hecho, el Reino Unido controlaba la mayor parte de la producción mundial de este metal ( en 1927, el 71,1%). Para el Reino Unido era conveniente y rentable una vuelta al Patrón Oro, por ello la Libra lo hizo en 1925 y el resto de las monedas en 1928.

Pero la situación económica mundial en general y la del Reino Unido en particular no eran las mismas que las de antes del estallido de la guerra, del mismo modo que no lo era la actitud de los distintos Estados mundiales ante la postura de neutralidad demandada por el modelo clásico, fundamentalmente, por las posibilidades que brindaba la manipulación de la oferta monetaria.

Los flujos de capitales que desde los Estados Unidos llegaron a Europa ayudaron a su normalización en general y a la de Alemania en particular, además, el Plan Dawes de 1923 redefinió las clausulas financieras del Tratado de Versalles adaptándolas a las posibilidades reales de Alemania; además, el crecimiento de Estados Unidos contribuyó a la mejora de la situación en Europa. A partir de 1923 las economías europea y estadounidense están inmersas en un auge que en gran medida es ficticio; son "los Felices Años Veinte".

Pero a la situación de inestabilidad social se unía el descenso de las exportaciones británicas por el encarecimiento de la esterlina, la inestabilidad del franco hasta 1926, el carácter en gran medida especulativo de las inversiones estadounidenses que comenzaron a retornar a su lugar de procedencia debido a las altas rentabilidades que ofrecían los mercados de valores norteamericanos, la extrema pobreza en la que se vieron sumidos numerosos rentistas en Alemania debido a la hiperinflación de la postguerra, ... .

Por su parte en Rusia, a principios de la década de los veinte y con el objetivo de restablecer la alianza entre la clase obrera y el campesinado muy deteriorada por la política de requisas decretada durante el comunismo de guerra, fueron implantadas una serie de medidas conocidas como la Nueva Política Económica (NEP).

Las requisas fueron abolidas y substituidas por un impuesto en especie hasta la reforma monetaria de 1922 - 23 en que pasó a pagarse en dinero; fue decretada la independencia de las cooperativas agríco las, pudiendo ser los excedentes intercambiados por productos manufacturados, en un primer momento, y por dinero, después; en el sector industrial se autorizó la creación de pequeñas empresas, creándose grupos de industrias nacionalizadas y agrupadas en unidades financieras autónomas -Trusts-.

En 1922 fue creada la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), mientras, la NEP iba transformando el entorno socioeconómico del estado generando una apreciable mejora en la situación de la población y propiciando la aparición de una clase enriquecida a su sombra: los Nepmen. Muy pronto empezó a surgir una discusión en torno a su utilidad.

La tendencia contraria a la NEP mantenía que la producción debía primar sobre el consumo, la industria debía expandirse a expensas de la agricultura y, en concreto, debía potenciarse la industria pesada sobre la ligera; para esta linea lo fundamental era industrializar el estado ya que solo así podría la URSS ser una potencia mundial.

La tendencia favorable a la NEP mantenía que el enfrentamiento entre agricultura e industria llevaba a la ruptura de la alianza campo - ciudad, por ello debía potenciarse la industria ligera aunque ello significase enlentecer el ritmo de crecimiento económico: al hacerlo se conseguiría un decremento de los precios industriales, lo que llevaría a un incremento en la demanda de productos agrarios.

Oficialmente se impuso la tendencia favorable a la NEP, pero en 1928 Josif Stalin se convierte en jefe del estado declarándose partidario de la colectivización masiva y de la industrialización rápida. Ello significó el fin de la NEP, implantándose una política económica basada en la planificación centralizada de la economía y que se extendió hasta 1953.

A lo largo de la década de los años veinte se produjeron en Europa algunos cambios de hondo calado en el plano político. En Italia, el antiguo socialista Benito Mussolini (1883 - 1945) desarrolla el fascismo como ideología políticamente operativa y, junto a su grupo, derriba al gobierno y se hace nombrar ministro presidente por el rey Victor Manuel III (1900 - 1944), implantando un estado autoritario de partido único e iniciando una política de expansión en Abisinia (1935) durante la que se produjo un acercamiento al ya entonces afín sistema político alemán.

A nivel político internacional, y tras el cataclismo que supuso la I Guerra Mundial -ocho millones de muertos- y con la Europa central y oriental sumidas en la miseria, el hambre y la inestabilidad política, aparecen, a lo largo de los años veinte, dos posturas claramente diferenciadas.

Por un lado, la abanderada por el presidente estadounidense Woodrow Wilson (1913 - 1921) con su Programa de los Catorce Puntos (1918) que pretendía llegar a un entendimiento mundial sustentado en la democracia; de resultas de esta idea, la Sociedad de Naciones formada el 28 de Junio de 1919 por todos los paises firmantes del Tratado de Versalles y que entró en funcionamiento el 10 de Enero de 1920, buscaba fomentar el entendimiento. Los Estados Unidos de América y la URSS no se integraron en la organización, y los perdedores no fueron admitidos.

Por otro, aquella que lo único que buscaba era el castigo puro y duro de los vencidos, en concreto de Alemania, y no distinguiendo, a la hora de buscar responsables, entre los gobernantes alemanes y el pueblo alemán. En Francia y en el Reino Unido -más en la primera- se encontraban numerosos partidarios de esta postura.

Hubo un intento de abrir una tercera vía exclusivamente europea: el Proyecto Briand. Aristide Briand (1862 - 1932), ministro francés de exteriores entre 1925 y 1932, auna varias tendencias paneuropeas nacidas tras la guerra. La idea era la de crear una Europa unida que pudiera hacer frente a la URSS, a los Estados Unidos y al Imperio Británico; es decir, formar unos "Estados Unidos de Europa" como camino único para la independencia europea.

En 1930 los veintisiete estados europeos miembros de la Sociedad de Naciones presentaron sus conclusiones a un memorándum preparado por Briand. Tan solo Yugoslavia y Bulgaria aceptaron por entero el Proyecto, por lo que éste se convirtió en un intento avanzado a su tiempo en una Europa en la que sus gobiernos solo estaban preocupados por la problemática de una realidad política perentoria e inmediata que la depresión de los años treinta agravó.

La década de los años veinte fue también significativa por una serie de cambios políticos que se produjeron en unos estados y en unas zonas coloniales que hasta entonces habían desempeñado un muy reducido papel a nivel internacional; lenta, pero imparablemente va produciéndose una serie movimientos cuyo objetivo final es la independencia.

Así, en Egipto, las movilizaciones del partido nacionalista Wafd obligan al Reino Unido a concederle una independencia limitada (1922), aunque conservando los derechos sobre canal de Suez en uso desde 1869; en Turquía es implantada una república laica (1923) comenzando la construcción de un estado moderno -occidentalizado- algo semejante a lo sucedido en Irán, donde un golpe militar lleva a una cadena de reformas civiles y sociales.

También en Arabia, donde tras una serie de enfrentamientos contra la familia real reconocida por el Reino Unido, Ibn Saud es aceptado como rey (1927); en la India el movimiento por la independencia va profundizando en la lucha pacífica y económica, imponiendo el parlamento aranceles sobre los productos importados (1930); y en Indonesia, donde ya desde 1908, asociaciones culturales y comerciales buscan un mayor peso de lo autóctono o la pura independencia, y que condujeron a importantes disturbios durante la década. Pero es posiblemente en China donde los cambios producidos fueron de un mayor calado.

En 1912 es derrocada la dinastía Manchú en el poder desde 1644. La cierta estabilidad que se alcanza al principio del período Manchú permite que durante el reinado del emperador Kang - hsi (1663 - 1722) comiencen las relaciones con el exterior y el aumento imparable en el crecimiento de la población -entre 1729 y 1814 la población pasó de ciento veinte a trescientos setenta y cuatro millones de habitantes-; pero a la vez ello supuso que China fuese entrando en las miras de los intereses expansionistas de las diferentes potencias coloniales. El levantamiento nacionalista Boxer de 1900 y la entrada de tropas extranjeras en Pekín llevó a la práctica destrucción de la estructura del estado. En 1912 es proclamada la república como Sun-Yan-Sen con presidente (1912 - 1925).

La república supuso la estructuración de un Estado con arreglo a unos principios diferentes a los ideales del confucianismo y basados en la idea de que la población conforma políticamente al Estado. También se llevaron a cabo importantes reformas. Sun-Yan-Sen rechazaba el socialismo pero, oponiéndose a la ancestral estructuración cuasifeudal aún existente, implantó la figura de que a quien cultiva la tierra debe corresponderle lo que ésta produce, además, consideraba que el verdadero valor efectivo de la tierra reside en el incremento de utilidad que ésta aporta a la comunidad.

Durante los años previos a la I Guerra Mundial y a lo largo de ésta, dos tendencias se van configurando en China. Por un lado una procedente del entorno militar vinculada a la incipiente burguesía y en la que comienza a destacar el general Chiang-Kai-Shek; por otro, varios grupos socialistas como la Sociedad para el Estudio del Marxismo a la que pertenece Mao Zedong.

En 1925 Chiang-Kai-Shek obtiene la presidencia y comienza apoyarse en los terratenientes contrarios a la aplicación de la reforma agraria a la vez que principia la persecución de los simpatizantes de las posturas de izquierda, lo que refuerza el papel del ahora clandestino Partido Comunista y el reforzamiento de la figura de Mao.

También en estos paises y zonas coloniales y en función de la importancia que en sus economías representaban las materias que exportaban a los paises industriales, tuvo hondas repercusiones la depresión que se inició a finales de la década.

La depresión que colapsó la economía y la sociedad mundiales empezó a generarse desde el mismo momento en que el capitalismo financiero que caracteriza a la II Revolución Industrial se consolida; por ello, la formación de la mayor crisis que ha padecido el sistema capitalista tuvo tres momentos claramente diferenciados. El primero, entre 1870 y 1914 en que el capitalismo da un giro radical empezando a ser el factor "capital" algo más que un mero factor productivo, dando comienzo una etapa diferente y nueva en la que los cambios de todo tipo acarrearon situaciones de rompimiento con respecto al anterior capitalismo meramente productivo.

Durante la segunda, 1914 - 1923, la I Guerra Mundial y la crisis de postguerra demostraron que la pretendida solución bélica solo sirvió para arruinar a Europa, es decir, se produjo un trasvase definitivo del poder económico desde ésta hacia los Estados Unidos de América. También este hecho ayudó indirectamente al crecimiento industrial del Japón y a su expansión exterior a partir de la pérdida de influencia del Reino Unido y Francia en el Este de Asia debida a la guerra, así como al establecimiento de una estructura política fascista en el país sustentada en el corporativo capitalismo japonés.

Es en la tercera (1923 - 1929) cuando los cambios acelerados y no asimilados por el sistema sucedidos en la primera, junto a la cadena de dependencias generadas por la segunda, se fusionan y unen con los efectos del auge ficticio en que se desembocó tras la crisis de postguerra propiciando la crisis de 1929.

La situación de crecimiento económico acelerado en la que se encontraban inmersos los Estados Unidos desde las dos últimas décadas del siglo XIX -y cuya tendencia la guerra no detuvo-, se vio reforzada por la recuperación de la crisis de postguerra. Los incrementos de consumo tanto público como privado que se generaron llevaron a que se fuesen produciendo aumentos en la oferta de todo tipo de productos, lo que implicó alzas en la demanda de capital por parte de las unidades productivas y su recurso a los mercados de valores, forzando el retorno de capitales invertidos en Europa debido a alta rentabilidad que los mercados de valores estadounidenses proporcionaban.

Pero la mala distribución de la renta -el 10% de la población controlaba el 50% de la renta total- hacía que la mayoría del consumo fuese realizado a base de crédito, al igual que gran parte de las compras de las participaciones de capital que fueron puestas a la venta en los mercados. Esta enorme demanda de crédito llevó a que las instituciones bancarias -muchas con una estructura reducida- entraran en competencia a fin de conseguir unos créditos muchos de los cuales eran de muy alto riesgo.

A lo anterior se unió -en una situación de práctica ausencia de ahorro- la urgencia de obtener beneficios por parte de las compañías a fin de mejorar sus inversiones en bienes de capital y así obtener mejoras en la valoración que pudieran hacer posibles compradores de sus futuras emisiones de acciones; ello llevó a muchas empresas a realizar inversiones no planificadas lo que fue generando estructuras productivas no convenientes y niveles de existencias desmesurados.

Lentamente fue instaurándose una atmósfera de crisis en medio de una situación especulativa desquiciada, y donde el comercio internacional y las inversiones exteriores llevaban a que las economías mundiales estuviesen más y más interligadas, y en la que la ciencia económica en uso tenía muy poco que decir al ser las recetas clásicas desconocedoras del funcionamiento de las economías en su conjunto y en situaciones de creciente interpenetración.

El desencadenante de la crisis estuvo en el agotamiento de la capacidad de endeudamiento de los consumidores debido a su creciente demanda de créditos, lo que ocasionó impagos y un brusco descenso en la demanda de nuevos créditos, lo que llevó a un hundimiento en el consumo que afectó de lleno a las compañías industriales que vieron acrecentado el problema al mantener elevados niveles de existencias en sus almacenes debido a las anteriores expectativas de alzas en el consumo.

Las compañías industriales, o tuvieron que reducir drásticamente la producción, o se vieron forzadas a paralizarla por completo, lo que generó oleadas de impagos al no poder hacer frente ni a los pagos a sus proveedores ni a los pagos de los créditos bancarios: como consecuencia se produjo el hundimiento en la cotización de sus acciones.

Las fuertes inversiones que a lo largo de la década de los años veinte había realizado el sector agrario generó en éste una situación de sobreproducción, a ello se unía el exceso de oferta de productos tropicales y a la que se había llegado por la euforia de la década. El hundimiento del consumo afectó también a estos productores que se vieron forzados a reducir sus precios lo que llevó al hundimiento de sus beneficios, a la drástica reducción de las compras de abonos, maquinaria y utillaje -lo que afectó a las empresas industriales- y al impago de sus débitos.

El cierre de numerosas empresas llevó al desempleo de un creciente número de trabajadores que se iba incrementando a medida que la crisis se extendía; este aumento del paro obrero implicó que los trabajadores también impagasen sus créditos, lo que unido al impago de los créditos solicitados por los granjeros, y al impago de las empresas industriales, generó una oleada de quiebras de instituciones bancarias que no pudieron evitar a pesar de que recurrieron al desahucio indiscriminado de las propiedades de los granjeros lo que llevó al hundimiento de los precios de la tierra.

Los entrecruzamientos entre bancos y mercados de valores llevaron al pánico bursátil, y el paro masivo de los obreros industriales y los desahucios habidos en el campo a una situación de creciente miseria. La extensión internacional de la crisis se produjo debido al encorsetado comercio exterior y a las transacciones de capital.

El inicio de la crisis coincidió con elecciones presidenciales: a Calvin Coolidge (1923 - 1929) le siguió Herbert Hoover (1929 - 1933) cuyo gabinete tuvo que afrontar la nueva situación. Rápidamente se formaron en el mundo académico y empresarial dos posturas contrapuestas. Por un lado, los defensores de mantener una linea de actuación clásica y fundamentada en que el mercado reconduciría automáticamente la situación; el desempleo del factor trabajo, decían, haría descender los salarios lo que llevaría a un aumento en las contrataciones que haría recuperar el consumo.

Por otro, los que decían que el mercado era insuficiente debido a la creciente complejidad e interligazón de la economía, por lo que con una postura no intervencionista podría llegarse a una situación de equilibrio en la que la oferta se adecuase a una demanda reducida en la que se mantuviese un elevado nivel de desempleo obrero.

El presidente Hoover se decidió finalmente por la intervención y entre 1930 y 1932 se pusieron en marcha una serie de medidas consistentes en programas de ayudas a la agricultura y a los desempleados, en el incremento de los aranceles y en préstamos a la banca y a las compañías industriales. El fracaso de las medidas fue rotundo y la renta nacional estadounidense se decrementó a un nivel menor al que tenía en 1929.

La evolución de la crisis hizo buscar a los gobiernos de los paises más desarrollados un culpable. La rigidez del Patrón Oro y su inflexibilidad para actuar en situaciones como las que estaban afectando al capitalismo fue llevando a las grandes burguesías nacionales a demandar a los gobiernos que se despendiesen del corsé que significaba el patrón monetario en uso.

A partir de 1931 los paises occidentales fueron abandonando el Patrón Oro, el primero fue el Reino Unido. El razonamiento era simple: la inexistencia de un índice que ligaba la cantidad de metal en reserva con la oferta monetaria de dinero y, consecuentemente, con la cotización de una moneda, permitiría a los Estados la devaluación de sus divisas y el incremento de las exportaciones, beneficiándose de ello los márgenes capitalistas.

Todos los paises utilizaron este argumento, y los efectos de las devaluaciones fueron quedando rápidamente anulados a medida que se fue extendiendo su práctica, quedando fijado, a nivel referencial, el precio de una onza troy de oro en 34 dólares estadounidenses, un precio absolutamente arbitrario.

En 1933 accede a la presidencia estadounidense Franklin Delano Roosevelt. Roosevelt tomó la decisión de desarrollar una activa política intervencionista para lo que se procuró el apoyo de los sindicatos desarrollando un programa limitado de seguridad social. Su programa, el New Deal, se fundamentó en cuatro columnas: el seguimiento sectorial de la economía a través agencias que se ocupaban del análisis de las actividades concretas de cada sector económico; reducción de las subvenciones agrarias a fin de que la producción agraria descendiese; medidas orientadas a que los diferentes sectores industriales desempeñasen una competencia limpia; y puesta en marcha de una política de obras públicas; paralelamente, el patrón oro fue abandonado y se devaluó el dolar.

El problema radicaba en que el marco en que estas medidas se llevaron a cabo era de concepción clásica, es decir, no intervencionista, por lo que al no modificarse los planteamientos generales, cuando en 1937 se redujo el gasto público, también lo hizo la recuperación.

En Europa el alcance de la crisis fue desigual: entre 1929 y 1932 el índice de precios al mayor cayó desde el nivel 100 hasta el 67 en el Reino Unido, hasta el 68 en Francia -al igual que en los Estados Unidos- y hasta el 70 en Alemania.

En Alemania, la retirada de las inversiones de estadounidenses y el colapso del comercio internacional tuvieron efectos devastadores: entre 1929 y 1932 la renta nacional alemana cayó un 40%. Paul von Hindenburg, presidente desde 1925, tenía que hacer frente a una cada vez más degradada situación social manifestada en diversos intentos desestabilizadores que diferentes cancilleres no fueron capaces de encauzar. El 30 de Enero de 1933 Hindenburg nombra jefe del gobierno a Adolf Hitler (1889 - 1945), fundador del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes, y que ya había intentado llevar a cabo un golpe de estado en Munich en 1923.

A la muerte de Hindenburg en 1934, Hitler reclama para si el puesto de presidente, obteniéndolo, y concentrando en sus manos todo el poder. Su virulenta posición anticomunista le valió el rápido reconocimiento internacional y las simpatías de la alta burguesía alemana, lo que debilitó en gran medida a la oposición interna de Alemania. Pero los efectos de la crisis se estaban manifestando abiertamente cuando Hitler alcanza la jefatura del estado. Rápidamente pone en marcha una serie de medidas a fin de limitarlos.

Apoyado en un perfeccionado aparato propagandístico, Hitler se dedicó a explicar a la opinión pública los motivos por los que Alemania se encontraba en aquella situación, haciendo recaer las culpas en el Tratado de Versalles, en las finanzas judías y en la inestabilidad provocada por los bolcheviques.

Paralelamente puso en marcha una serie de medidas a nivel político y económico. Inició una política sistemática de eliminación de la oposición, prohibiendo los partidos políticos y los sindicatos y encarcelando o forzando el exilio de sus líderes, acompañada de la potenciación del espíritu nacionalista, y de una campaña de persecución contra los judíos que desempeñaban puestos en la administración, la educación y la vida económica, comenzando a ser internados en instalaciones especialmente diseñadas. A la vez, anunció la intervención del estado en una serie de grandes proyectos. Ambos tipos de actuación aumentaron el apoyo de la gran burguesía alemana.

Las medidas de política económica llevaron a una reducción de salarios que los situó al nivel de 1933 lo que provocó una reducción del consumo interno y la intervención de precios; a nivel monetario, el cambio del marco fue mantenido endureciéndose los controles de cambios; además se puso en marcha un fabuloso programa de obras públicas y de rearme al margen de lo firmado en Versalles, lo que redujo drásticamente el paro. Todas estas medidas devolvieron la confianza al capitalismo alemán.

También en el Reino Unido, hondamente afectado por la renuncia al trono del proalemán Eduardo VIII a fin de contraer matrimonio con una estadounidense, se abordó el tratamiento de la depresión de forma particular. El abandono del patrón oro en 1931 fue acompañado por una devaluación de la Libra y por la implantación de medidas proteccionistas que estimularon a una industria nacional que no había desarrollado subsectores avanzados -por lo que tenía costes de producción muy aquilatados- y que se encontró sin competencia en el mercado interior.

El menor aumento de desempleo que en los Estados Unidos -lo que no impedía que el 20% de la población se situara bajo el umbral de pobreza-, junto al descenso generalizado de precios que se produjo a nivel mundial, la existencia del Imperio y la disponibilidad de dinero a relativamente bajo precio, favorecieron a la economía interior británica -máxime teniendo en cuenta que el Reino Unido aún contaba con un importante nivel de reservas- en los sectores de la construcción y de los servicios, y que se vio complementada por la política de rearme abordada por el estado.

La política exterior de Hitler fue una mezcla de sus propias ideas y de las derivadas de las ansias expansivas de la gran burguesía alemana. En España le llevó al apoyo, junto con la Italia fascista, del golpista Frente Nacional en la Guerra Civil (1936 - 1939).

El 13 de Marzo de 1938, aprovechando una crisis gubernamental de Francia y tensiones coloniales del Reino Unido, Hitler decide la invasión de Austria llevando a la práctica lo que ya reclamó en 1930: que Austria se incorpore al nacionalismo alemán -Anschluss (igualación)-, convencido de que las demás potencias aceptarían el hecho.

La Conferencia de Munich de 1938 representó otro éxito de la política exterior de Hitler al reconocer Francia y el Reino Unido las reclamaciones de aquel sobre los Sudetes alemanes de Bohemia y Moravia; tras este reconocimiento, Hitler decide la invasión del resto de Checoslovaquia en Marzo de 1939; a la vez, firma un tratado fronterizo y de amistad con la URSS con el que cubre el frente oriental.

Llegado 1939, la situación política, económica y social tanto en Europa como en los Estados Unidos no era estable. Las diferentes medidas que se habían ido poniendo en marcha no habían conseguido una verdadera reactivación económica que afectase a la mayoría de la población, de hecho, el paro y la concentración de la renta seguían permaneciendo en niveles parecidos a los del inicio de la crisis. Y en Alemania, posiblemente el estado en el que más se notó un cambio respecto a los años veinte, el nazismo había institucionalizado la dictadura como sistema.

En este decorado, la figura de John Maynard Keynes (1883 - 1946) representó un revulsivo para la ciencia económica del período. Comenzada la década de los años veinte, la mayoría de pensadores en economía continuaban argumentando que el desempleo del factor trabajo no era más que una consecuencia de la rigidez de los salarios a la baja cuando las circunstancias así lo reclamaban. En "El fin del laissez-faire" (1925), Keynes analizaba las diferencias económicas que existían entre el momento en que escribe su obra y la fase liberal anterior, diferencias que se manifiestan por la desaparición de instituciones y modos de conducta.

En el "Tratado sobre la moneda" (1930), Keynes profundiza separadamente en los conceptos de "ahorro" e "inversión", no considerando a ambos como una misma cosa según era hasta entonces entendido. Pero es en la "Teoría general del empleo, el interés y la moneda" (1936) donde aborda su visión sobre la nueva situación del capitalismo.

El paro, dice Keynes, y ahí radica la novedad del planteamiento, es consecuencia de un insuficiente nivel de demanda; en una situación así definida podía, contrariamente a lo que decían los clásicos, lograrse una situación de equilibrio que conviviría con el desempleo de los factores de producción.

Para elevar la demanda deben abordarse una serie de acciones expansivas y no deflacionistas como hasta entonces se practicaba: reducciones en los tipos de interés a fin de incrementar la inversión, políticas de inversión pública, medidas fiscales que incidan en la redistribución de la renta, acciones arancelarias que incrementen el empleo de los factores nacionales. Todas estas medidas combinadas irán elevando el nivel de demanda hasta conseguir el pleno empleo de los factores, entre ellos del trabajo.

Las ideas de Keynes fueron ya en su momento muy criticadas, entre otros motivos porque atacaban a uno de los elementos básicos del sistema capitalista: la no intervención. Keynes mantuvo contactos con expertos en política económica en el Reino Unido y en los Estados Unidos pero ni en uno ni en otro se produjo una aceptación abierta de sus ideas.

En Septiembre de 1939 Hitler ordena la invasión de Polonia a fin de recuperar la zona que, como protectorado polaco de resultas de la I Guerra Mundial, separaba Prusia Oriental del resto de Alemania (Pasillo de Danzig). Este hecho fue el desencadenante último de la II Guerra Mundial.

La II Guerra Mundial supuso, al igual que la primera, el enfrentamiento entre dos bloques capitalistas europeos e, igual que en 1914, los Estados Unidos esperaron a que una agresión exterior les llevase a incorporarse al conflicto.

A nivel militar, la guerra fue, durante el primer año, un auténtico paseo para Hitler: al llegar el mes de Junio de 1940 la Wermacht había ocupado Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica y Francia, y si no se decidió a invadir el Reino Unido fue porque no consiguió la superioridad aérea sobre el canal a lo largo de ese año. Tras los éxitos alemanes, Italia entra en la guerra junto a Alemania.

En 1941 invade Yugoslavia y, en contra de la opinión de su estado mayor, Hitler decide invadir la URSS en Junio, aunque el avance es más lento que en el Oeste; a finales del año, se había llegado a una estabilización en la linea Stalingrado - Cáucaso. La invasión de la URSS se produjo con el III Plan Quinquenal (1938 - 1942) en marcha, un plan en el que se había priorizado la industria ligera y que se rediseñó a toda prisa desde que se vislumbró el peligro de guerra en Europa.

Estados Unidos, en linea con su política aislacionista, se había desmarcado de la guerra, en esta postura también influyó el rechazo popular a una intervención; el gobierno estadounidense, en cambio, si respondió a las peticiones de material del Reino Unido. Pero en 1941 fuerzas aeronavales japonesas atacan la base estadounidense de Pearl Harbour en Hawai, lo que llevó a la rápida entrada de Estados Unidos en la guerra.

En 1942 Hitler toma el mando supremo de los ejércitos y Mussolini anuncia la implantación de un "orden nuevo" en Europa que afirmaría la supremacía germanoitaliana. El Sudeste de Asia es invadido por los japoneses. El objetivo era unir las fuerzas del Eje en la India.

Pero en 1943 capitulan las tropas alemanas en Stalingrado lo que inicia la contraofensiva soviética hacia el Oeste, los italianos son expulsados del Norte de Africa y se produce el desembarco angloamericano en Sicilia. A partir de aquí principia la retirada alemana en Italia y en la Europa oriental, y que se acelera tras el desembarco aliado en Normandía en Junio de 1944.

Entre Junio de 1944 y Mayo de 1945 el retroceso alemán en Europa fue constante, pero Hitler continuaba convencido de su victoria final. En Junio de 1944 se produce un atentado fallido en su contra llevado a cabo por generales, aristócratas, jefes sindicales y dirigentes religiosos convencidos de que la única salida para Alemania era la negociación. Con la ocupación de Berlín por los ejércitos soviéticos y la capitulación de Alemania el 8 de Mayo de 1945 finaliza la guerra en Europa; con el lanzamiento por Estados Unidos de dos bombas nucleares sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki el 9 de Agosto y 2 de Septiembre de 1945, finaliza en el Extremo Oriente.


LA III REVOLUCION INDUSTRIAL: LA APARICION DEL CAPITALISMO OLIGOPOLISTA

El período comprendido entre 1914 y 1945 ha sido denominado "la segunda guerra de los treinta años". La explicación a esa designación radica en la similitud existente entre la situación dada en el siglo XVII y que desencadenó la Guerra de los Treinta Años, y la que dio lugar a los dos conflictos mundiales del siglo XX.

Del mismo modo que a principios del siglo XVII un modelo había llegado a su zenit -el modelo que la casa de los Habsburgo había implantado en Europa en general y en los estados alemanes en particular-, a principios del XX el proceso de acumulación capitalista había agotado ya la capacidad generativa que la burguesía británica había desarrollado durante la I Revolución Industrial, y que se había visto continuada por la de la alemana durante la II.

A partir de 1870 se produjo un cambio cuantitativo y cualitativo en el capitalismo: la acumulación continuó creciendo, pero cada vez fue siendo más difícil generarla y continuarla debido a que las necesidades de capital eran crecientes. La tendencia hacia el oligopolio fue una respuesta pero, con los medios técnicos y financieros disponibles, teniendo en cuenta la entrada del Imperio Alemán y de los Estados Unidos en la pugna mundial por el poder, así como el marco clásico en el que se encuadraba el modelo capitalista, la tensión estalló en 1914.

La I Guerra Mundial fue una primera constatación de que el modelo, tal y como había estado funcionando desde finales del siglo XVIII, ya había dado de si todo lo que podía dar. Tenían que introducirse una serie de modificaciones para continuar por la senda expansiva, era preciso llegar a una serie de acuerdos globales, pero ni la cultura económica, ni la herencia de siglos de conflictos, ni los sentimientos nacionalistas, contribuían a que el capitalismo llegase a un acuerdo de este tipo, y el capitalismo reaccionó tal y como hasta entonces los estados habían reaccionado: con una guerra.

Pero la I Guerra Mundial no resolvió nada para lo que se planteó: en Europa, Alemania en su conjunto sintió herido su nacionalismo y su gran burguesía continuó pensando que le correspondía un lugar en Europa mejor del que ocupaba; para el Reino Unido significó el principio del fin, la constatación de que había perdido el papel privilegiado que había ocupado hasta hacía medio siglo; para Francia, la reafirmación por segunda vez en menos de cincuenta años de que ya no representaba un peso en la economía ni en la política europea y mundial.

Para quien si significó un cambio positivo fue para los Estados Unidos de América: a partir del fin de la guerra pasó a ser acreedor neto de Europa y a tener, en consecuencia, un mayor peso en la política mundial; lo mismo que para Japón que vio como las potencias coloniales de Asia se tornaban más débiles lo que reforzaba su posición expansionista en la zona.

Además, la revolución soviética aportó un componente de inseguridad a un capitalismo mundial en el que la mayoría de sus trabajadores continuaban inmersos en una situación de penuria continuada que los "Felices Veinte" no revirtió, combinándose las ansias de consumo de una población con siglos de carencias, los efectos de un exceso de capacidad que el modelo había creado confiando en una ilimitada expansión de la demanda, las consecuencias de un endeudamiento galopante, y la especulación financiera que se desató en el sistema.

La depresión de los años treinta puso fin al funcionamiento del modelo tal y como hasta entonces éste había estado funcionando, fue la constatación de que la ley de Say no podía continuar cumpliéndose, de que la Mano Invisible ya no era operativa en entornos crecientemente complejos como en los que se estaban moviendo las relaciones económicas; pero la depresión pretendió resolverse con recetas clásicas y se fracasó, y donde se ensayaron métodos distintos, se implantó un sistema dictatorial militarista que retomó a los pasados ideales nacionalistas. El resultado fue la II Guerra Mundial.

Y la II Guerra Mundial fue la solución definitiva a la depresión y el inicio de una nueva época que iba a extenderse hasta 1973; un período de crecimiento intensísimo, de mejora real de la situación de la clase obrera, de superación -en muchos aspectos- de los efectos más perniciosos de las ideas nacionalistas, pero también de escisión del mundo en dos bloques. La II Guerra Mundial llevó a la introducción de una serie de modificaciones fundamentales en el modelo económico-social, modificaciones que supusieron la superación del modelo clásico.

Pero ello tuvo un efecto de hondo calado: el inicio de una tendencia hacia la concentración del poder económico-político en grandes conglomerados, y no del tipo de las concentraciones nacionales planteadas a finales del siglo XIX, el nuevo oligopolismo se estaba diseñado con proyección mundial, y sus objetivos no eran tanto el dominio de mercados sectoriales como la consecución de un creciente poder global.

El diseño de las bases sobre las que tenía que sustentarse el nuevo modelo fue realizado antes de que finalizase la guerra y su desarrollo continuado a lo largo de la década de los años cuarenta; las actuaciones que se fueron llevando a cabo lo fueron a dos niveles: político y económico, siendo, en la mayoría de los casos, imposible trazar la frontera entre uno y otro. El capitalismo internacional comprendió pronto que la URSS, tanto a nivel de estado, como del apoyo que brindaría al movimiento obrero mundial, iba a representar un serio peligro para la evolución del sistema de mercado, por ello el capitalismo concluyó que debía construirse un modelo que aprovechase esas circunstancias en su propio beneficio.

En 1941 es firmada la Carta Atlántica como acuerdo de colaboración entre los aliados occidentales contra la Alemania nazi; cuarenta y siete paises se adhirieron hasta la finalización de la contienda. En 1942 William Beveridge presenta su informe "Social Insurance and Allied Services".

Ambos hechos estaban mostrando cual iba a ser el camino que iba a emprenderse desde el final de la guerra, una guerra que ya en 1941, con la entrada de Estados Unidos, Alemania tenía perdida: la Carta Atlántica iniciaba la formación de un grupo que colaboraba, de entrada, en cuestiones militares; el informe de lord Beveridge sentaba las bases para una completa legislación sobre protección social, aunque el capitalismo dejó muy claro que no iba a tolerar situaciones que socavasen las instituciones: en 1942, la ley Smith-Conally faculta al ejército estadounidense para la ocupación de centros productivos ante amenazas de huelga.

Este nuevo contexto vino acompañado del ya imparable declive del Reino Unido. En 1943, en la Conferencia de Teherán mantenida entre Franklin Roosevelt, Josif Stalin y el premier británico Winston Churchill (1874 - 1965), se rechaza la idea de éste de llevar a cabo una operación militar a gran escala en los Balcanes.

En la Conferencia de Teherán también fue abordado un tema que indicaba la tendencia internacional que la economía y la política iban a adquirir tras la finalización de la guerra: la estructuración de la futura Organización de Naciones Unidas, la ONU.

Uno de los aspectos que la depresión había constatado era el uso prácticamente marginal -en relación con la dimensión de la economía- que se había hecho del comercio internacional. Durante la I y la II Revolución Industrial, el comercio exterior fue usado, salvo en contadas excepciones -bienes de capital- y en momentos concretos -reconstrucciones tras conflictos-, como modo para dar salida a los excedentes de producción que los mercados interiores no habían podido absorver.

Y debido a esa consideración no tuvo efectos prácticos el abandono del patrón oro a principios de la década de los años treinta: la rigidez que implicaba el patrón oro fue substituida por las medidas proteccionistas que los diferentes estados pusieron en funcionamiento a fin de defender sus propias economías, lo que derivó en un laberinto de acuerdos bilaterales que aún agravó más la situación. El camino no podía ser otro que la liberalización generalizada.

Pero para profundizar en la liberalización del comercio a nivel mundial tenía que abordarse la remodelación de un sistema monetario que no favorecía los intercambios, al tener las soberanías nacionales un peso decisivo en las consideraciones particulares con que los estados trataban sus respectivas monedas. En consecuencia, era imprescindible un nuevo sistema monetario que a la facilitación del comercio internacional como objetivo, recogiese en sus normas la realidad que iba a prevalecer tras el fin de la guerra.

En Julio de 1944, en la localidad estadounidense de Bretton Woods, una serie de expertos de varios estados capitalistas acordaron las bases de lo que sería el nuevo Sistema Monetario Internacional, quedando trazados los principios de funcionamiento del nuevo modelo economicosocial -y como consecuencia político- de la postguerra, orientado hacia la continuación y el incremento de y en la acumulación de capital, y constituido a modo de freno de la previsible expansión del más tarde denominado "socialismo real".

En Bretton Woods quedó constatado, como corolario de las tres guerras que desde 1870 habían sacudido a Europa y ya sin ningún lugar a género de dudas, que ésta había perdido su protagonismo político y económico, siendo substituida por los Estados Unidos en su antiguo papel de rectora de un mundo, ya en 1944, escindido en dos bloques, adoptando aquellos el papel de locomotora económica y de escolta ante posibles ataques del bloque oriental liderado por la URSS; el precio que la arruinada Europa tuvo que pagar fue el aceptar cumplir siempre las consignas que los Estados Unidos indicasen en cada momento.

La última vez que Europa expresó su opinión en referencia al planteamiento de una estrategia mundial a largo plazo fue en Bretton Woods. Dos posturas se enfrentaron, una, preconizada por John Maynard Keynes, defendía la necesidad de fijar una oferta monetaria global suficiente para cubrir la necesidad de dinero del sistema pero que no excediese a la cantidad precisa a fin de que no se generase inflación; a la vez, se implantaría una moneda internacional que fuese admitida por todos los paises y que fuese utilizada en las transacciones internacionales, debiendo existir esa moneda en un marco en el que se fijasen los tipos de cambio de las diferentes monedas de forma globalizada evitando las acciones unilaterales, y creando, a fin de impedir esas acciones, un mecanismo que presionase a los paises en los que se produjesen desajustes en su balanza de pagos para que arreglasen su situación.

En la práctica, la idea de Keynes significaba la creación de un organismo internacional que asegurase la liquidez a través de la unidad monetaria "Bancor" que sería equivalente al oro; a la vez, cada país debía comprometerse a no comprar ni vender oro a un precio mayor al equivalente a la paridad de su moneda en bancors; ésto se completaría con la penalización a los paises acreedores si ponían a disposición del organismo internacional bajas cantidades de su moneda nacional.

Por contra, la postura defendida por Harry White, representante de Estados Unidos, era partidaria de plantear el nuevo sistema monetario ausente de trabas y limitaciones que representasen una barrera al expansionismo estadounidense. La idea consistía en vincular el Dolar al oro -retornar al Patrón Cambios Oro-, creando unas instituciones poco coercitivas pero que supeditasen las ayudas a conceder a los paises necesitados al amoldamiento de sus políticas económicas a las prescripciones de los organismos monetarios que se creasen.

La postura que se impuso fue la de White, fundamentalmente porque era la necesaria para que los Estados Unidos pudieran convertirse en el rector de la economía y la política mundiales. Fue creado un organismo encargado de regir el nuevo sistema monetario con arreglo a los nuevos parámetros: el Fondo Monetario Internacional (FMI) que se convirtió en el guardián del mantenimiento de la pureza del capitalismo a través de estudios y recomendaciones de obligado cumplimiento para aquellos estados solicitantes de ayudas necesarias para su crecimiento, ayudas concedidas por el también creado Banco Internacional para la Reconstrucción y el Fomento (BIRF). El precio fijado para el oro fue de 34 dólares estadounidenses por onza troy, el mismo que el acordado en 1934, un precio totalmente irreal en términos del valor del Dólar en oro.

Las consecuencias del abandono del Patrón Oro fueron las derivadas de pasar de un sistema monetario en el que las monedas tenían un valor intrínseco, a otro en el que su valor estaba en función de elementos externos en muchas ocasiones no controlados por el propio país emisor.

Además, al no tener ya que garantizar los Estados el respaldo de la oferta monetaria existente, los gobiernos se abrogaron unas facultades para financiar aquellas actividades que considerasen más oportunas realizar, gobiernos que salían de unos partidos políticos que no hacían sino representar los intereses de las grandes burguesías nacionales y de las cada vez más potentes compañías multinacionales, máxime considerando que el tipo de cambio de esas monedas ya no iba a estar ligado de forma directa con su saldo de balanza comercial.

Pero, posiblemente, fue el ciudadano medio quien soportó, aunque no fuese consciente de ello, un mayor impacto: las poblaciones de los paises se vieron forzadas a aceptar un dinero cuyo valor intrínseco era nulo, estando su valor efectivo en función de unos parámetros que en absoluto controlaban.

Fue el capitalismo en su conjunto el gran beneficiado de este cambio, siendo las poblaciones de los paises capitalistas receptoras de los efectos de la expansión económica que el nuevo sistema monetario ayudó a generar, aunque se tratase de una expansión inestable y sustentada en la dependencia política y económica con respecto al Dólar estadounidense.

La II Guerra Mundial fue la solución planteada por el capitalismo a fin de resolver la persistente depresión de los años treinta, suponiendo el modo de actuación resultante de las reuniones Bretton Woods, la remodelación del capitalismo a fin de rediseñar su dinámica a la nueva situación de creciente internacionalización planteada.

Así, la explotación de la mano de obra en forma de bajos salarios y largas jornadas en la que se generaba la acumulación fue sustituida por el consumo masificado como generador de beneficios. Además, y asimilada la implantación del socialismo en la URSS, el uso de conflictos bélicos globales fue marginado como medio para dirimir discrepancias, sustituyéndolos por el diálogo en distintos foros dispuestos.

En Febrero de 1945, en la Conferencia de Yalta, Franklin Roosevelt, Winston Churchill y Josif Stalin, acordaron el reparto de Europa en zonas de influencia tras la finalización de la guerra. De resultas de estos acuerdos, parte de la Europa central quedó bajo influencia soviética y Alemania fue dividida en dos zonas.

En Yalta se selló un pacto entre los representantes de los dos bloques que ya de facto estaban existiendo desde el fin de la guerra civil en la URSS: el estado soviético y su modelo económico basado en un dirigismo burocrático denominado socialismo, y el modelo estadounidense capitalista y liberal adaptado a una situación de postguerra; la presencia del Reino Unido -aliado ideológico de los Estados Unidos-, fue el único -aunque suficiente- componente europeo que ratificaba el convencimiento de Europa de permanecer fiel a los principios capitalistas.

A nivel internacional, en linea con la idea de potenciar el entendimiento a fin de que quedase garantizado un orden político que preservase los intereses de los estados potentes -capitalistas y socialistas-, es creada el 25 de Abril de 1945 la Organización de las Naciones Unidas, la ONU, como foro de diálogo entre todos los paises, aunque reservándose las grandes potencias agrupadas en el Consejo de Seguridad el derecho al veto de aquellos acuerdos que la Asamblea General decidiese pero que las grandes potencias considerasen no convenientes al interés general.

Entre Julio y Agosto tiene lugar la tercera gran conferencia entre los jefes de estado de las tres potencias. En la Conferencia de Potsdam se abordan cuestiones relacionadas con la inminente victoria mundial de los aliados. Se decide la creación de cuatro zonas de ocupación en Alemania a cargo de los Estados Unidos, la URSS, Francia y el Reino Unido, en las que la autoridad sería provisionalmente administrada por los ocupantes; también se acuerda que la URSS se resarciría de las pérdidas sufridas mediante el desmontaje y traslado de plantas industriales alemanas a su territorio; y la detención y juicio de los militares y funcionarios nazis causantes de crímenes contra la humanidad.

Pero en los momentos previos a la Conferencia y durante su transcurso, sucedieron una serie de hechos de hondo calado posterior. En primer lugar, el fallecido presidente Roosevelt es sucedido por el demócrata Harry Truman (1945 - 1953); luego, durante la conferencia, en las elecciones celebradas en el Reino Unido, al gobierno conservador encabezado por Churchill le sucede el laborista de Clement Richard Attle (1945 - 1951) que sustituye a aquel en las sesiones; finalmente, Estados Unidos decide utilizar militarmente por vez primera armamento nuclear.

La Conferencia de Potsdam, en muchos aspectos más importante que la de Yalta, sirvió para mostrar a la opinión pública mundial y a la europea en particular las bases sobre las que iban a desarrollarse las relaciones políticas y económicas de los próximos años.

De entrada quedó diáfanamente claro que la URSS y Stalin, no solo habían resistido la invasión nazi, sino que su contribución había sido decisiva para victoria final, en consecuencia, el socialismo era algo con lo que a partir de ese momento el capitalismo tendría que vivir.

Pero, paralelamente, también quedó muy claro que los Estados Unidos, único poseedor de la tecnología nuclear, se había convertido en la potencia militar indiscutible en un entorno de estados arruinados.

A la vez, el modelo imperialista tradicional se demostró inoperante: unas metrópolis europeas hundidas administrando unas colonias con esquemas decimonónicos; enfrente, unos Estados Unidos partidarios del liberalismo y en consecuencia contrarios al colonialismo tradicional, y un estado socialista -la URSS- radicalmente enemiga del imperialismo capitalista.

Winston Churchill fue, posiblemente, el gobernante que más visión global tuvo desde antes incluso del inicio de la guerra con respecto a la URSS. Su ideología ultraconservadora y su posición aristocrática no le impidió ver con claridad los efectos que sobre la Europa de Versalles podría tener la consolidación del socialismo en la URSS, por ello fue partidario de un ataque combinado en los Balcanes.

Pero las ideas del capitalismo estadounidense para con Europa eran otras. Un desembarco en los Balcanes hubiese impedido el avance de la URSS hacia Alemania, con lo que aquella se hubiese quedado sin zona de influencia: la zona -mayoritariamente muy atrasada- que en Yalta se le reconoció; además, la invasión aliada -sin la URSS-, es decir, angloamericana de Europa en su conjunto hubiese impedido la partición de Alemania; en consecuencia, pocos años después de la guerra, Europa hubiese tenido una estructura muy semejante a la de la preguerra.

Europa tenía que ser dividida en dos "partes" a fin de que no volviese a ser una unidad, y para que no pudiese volver a ostentar por si misma una posición preponderante a nivel mundial; pero por otra parte, debía aislarse -acotarse- el peligro que la URSS y su zona de influencia podían representar para el capitalismo europeo y estadounidense.

Tras la Conferencia de Potsdam quedó claramente establecido que en el planeta habían nacido dos bloques con sistemas, modos de producción e intereses contrapuestos, lo que puso publicamente de manifiesto Churchill cuando en el mismo año, y refiriéndose a los peligros que encerraba la extensión del socialismo, incorporó al argot político occidental el concepto de Telón de Acero -"Iron Courtain"- en linea con la paulatina toma del poder por parte del socialismo en los paises de la Europa central -Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, Albania- tras procesos electorales en los que a su ascendencia popular se unió, en varios casos, la presencia de las tropas soviéticas.

1945 también marcó el principio del fin del colonialismo tradicional: en Indonesia da comienzo la guerra anticolonial contra Holanda; así como la toma de conciencia de un incipiente nacionalismo árabe a medio camino entre el sentimiento anticolonial y los intereses comunes, plasmado con la constitución de la Liga Arabe -Líbano, Siria, Egipto, Arabia Saudí, Yemen. Irak y Jordania-. En China se reinicia la guerra civil entre las fuerzas partidarias de mantener el estado de cosas existente con anterioridad a la invasión japonesa y las partidarias de un nuevo modelo.

El capitalismo fue a buscar el máximo provecho posible de esa situación bipolar que tanto había contribuido a crear, y lo hizo en un triple aspecto: político, militar y económico.

Finalizada la II Guerra Mundial Europa mostraba una grado de devastación hasta entonces desconocido: a nivel demográfico treinta millones de muertos, diez de heridos y casi cincuenta millones de personas desplazadas durante la guerra; a nivel productivo destrucciones por valor de un billón y medio de dólares y una capacidad industrial del 50% de la de preguerra; a nivel monetario una inflación disparada por los incrementos de oferta monetaria realizados.

Los Estados Unidos, en cambio, mostraban una situación totalmente opuesta, de hecho, la situación de su economía había mejorado claramente con la guerra: en 1943, y con respecto a 1939, el PIB se había duplicado y la Renta Nacional de 1945 era el 175% superior a la del año en que principió la guerra; incluso mejoró la distribución de la renta: mientras en 1939 el 5% de la población concentraba el 27% de la renta, en 1946 éste había reducido su control al 18%.

Pero esas cifras ocultaban importantes carencias sociales: que en 1944 los Estados Unidos fuesen la potencia que destinó un menor presupuesto a educación: el 1,5% frente al 3,0% del Reino Unido y el 7,5% de la URSS, o que en 1946 la mitad de las familias disponían de unos ingresos inferiores a dos mil dólares anuales, lo que significaba, para una familia de cuatro miembros, una renta por debajo del nivel de subsistencia, o que la segregación racial continuaba siendo una auténtica lacra social, abonada, en gran medida, por el recurso del capitalismo a la miserable mano de obra de color durante las huelgas de los años treinta.

En Europa, el período comprendido entre 1945 y 1948 fue de una miseria cercana al hambre. Paralelamente, la fuerza política de los partidos socialistas -independientemente de su tendencia- en los estados de la Europa occidental era, al concluir la guerra, muy fuerte, sobre todo en Francia -28%- y en Italia -40%-, sin olvidar la larga tradición socialista alemana anterior a la guerra pero muy difuminada tras los años de represión nazi.

En base a la estrategia acordada en Bretton Woods, era obvio que la primera batería de medidas a adoptar debía estar orientada a la eliminación, lo más rápidamente posible, de la miseria en la Europa occidental -la no afectada por la influencia soviética- a fin de erradicar, o como mínimo frenar, la expansión del socialismo.

Con gran rapidez fueron siendo aplicadas políticas intervencionistas por parte de los diferentes gobiernos: en Francia, ya en 1944 fueron nacionalizados el carbón, los servicios de gas y electricidad, la banca, los seguros y varias industrias, caso de la compañía automovilística Renault, y que se vio continuada en 1946 con la promulgación del Plan Monnet de recuperación y desarrollo económico. En el Reino Unido, el gobierno laborista decretó en 1946 la nacionalización del subsector siderúrgico, de la aviación civil, del carbón, del suministro de electricidad y del Banco de Inglaterra. Medidas semejantes fueron adoptadas en Italia. En los Estados Unidos, paralelamente a la puesta en marcha del programa reactivador Fair Deal, fueron decretados en 1943 controles de precios y salarios -mantenidos hasta 1953- a fin de evitar procesos inflacionarios.

El objetivo de estas medidas intervencionistas era el aseguramiento tanto de unos empleos como de unos suministros y servicios estratégicos. Con esta política da principio en el mundo occidental la intervención del Estado en la economía, adoptándose una abierta política keynesiana de fomento de la actividad a partir de la intervención del Estado, así como la instauración de medidas sociales a fin de garantizar unos mínimos asistenciales a la empobrecida población para así comprar una paz social imprescindible para retomar el camino acumulador. El Reino Unido inicia en 1948 oficialmente esta política social con la puesta en marcha por el Estado de un programa de promoción económica y social -Welfare State- basado en el informe de Beveridge.

Pero lo anterior precisaba que a nivel político se retornara a una situación de estabilidad, algo que en los antiguos paises ocupados estuvo acompañado de ciertos problemas.

Alemania, dividida en cuatro sectores de ocupación, al igual que su antigua capital, quedó dividida de hecho en 1949 en dos. Con los sectores estadounidense, británico y francés fue creada la República Federal Alemana el 7 de Septiembre de 1949 con Konrad Adenauer del Partido Cristianodemócrata como jefe de gobierno (1949 - 1963); un mes después, y en el territorio constitutivo del sector de ocupación soviética, fue constituida la República Democrática Alemana con el Partido Socialista Unificado al frente del gobierno. Por su parte, la anexionada Austria fue ocupada en Mayo de 1945, permaneciendo bajo control aliado hasta que, en 1955, recuperó su independencia como estado.

Francia fue, juntamente con Alemania, el estado europeo que más tuvo que enfrentarse con sus propios demonios. Cuando en 1944 el general Charles De Gaulle se hace cargo de un gobierno provisional hasta 1946, Francia y los franceses deben afrontar tanto el trauma público causado por los numerosos colaboracionistas nazis habidos entre la población de a pie, como el trauma nacional ocasionado por el régimen filofascista de Vichy sostenido por los ocupantes nazis y dirigido por el general Philippe Pétain (1856 - 1951) y Pierre Laval (1883 - 1945).

Para Francia la finalización de la II Guerra Mundial suponía realizar una revisión de su pasado reciente: junto a ciudadanos demócratas y antifascistas cohabitaban franceses antijudíos y ultraderechistas. Pero en Francia coexistían también dos realidades: un pueblo llano que aún conservaba en su memoria la Comuna y una burguesía profundamente antisocialista y conservadora, por lo que ese necesario proceso de catarsis nacional se llevó a cabo solo parcialmente.

La promulgación de la IV República en 1946 tan solo sirvió para abrir un profundo período de crisis que se prolongó a lo largo de la década de los años cincuenta y en el que los problemas coloniales tuvieron una gran influencia. En 1946 da comienzo la Guerra de Indochina latente desde que en 1945 el dirigente socialista Ho Chi Min proclama la República de Vietnam.

En Italia, tras la liberación de Roma en Junio de 1944, el rey Victor Manuel III abdica en su hijo Humberto II, pero la total pérdida de credibilidad de la monarquía llevó a que en Junio de 1946, y tras un referéndum, fuese eliminada e implantada la república.

La enorme fuerza que el conjunto de la izquierda tenía en Italia, el hecho de que Italia fuese frontera con Yugoslavia (donde el Partido Comunista había obtenido el 90% de los votos en las elecciones de 1945), su proximidad a Albania (en la que los comunistas habían conseguido una mayoría del 93% en las elecciones celebradas también en 1945), la miseria tradicional existente en las zonas Centro y Sur junto al tradicional dominio caciquil existente en estas zonas y heredero de un pasado señorial que no quería renunciar a sus privilegios, y la existencia de una burguesía industrial en el Norte que tampoco quería renunciar a su poder político, llevó a la creación de la Democracia Cristiana por Alcide De Gasperi (1881 - 1954), un conglomerado de políticos tradicionales católicos y de derechas, formado con el único objetivo de impedir el triunfo a la izquierda en las elecciones de 1948, lo que consiguió obteniendo la mayoría absoluta.

En el Reino Unido, el reinado de Jorge VI (1936 - 1952), hermano de Eduardo VIII, contempla el principio del período descolonizador comenzado en 1947 con la independencia de la India y la constitución del Paquistán, lo que institucionalizaba la separación en el subcontinente indico de musulmanes y no musulmanes en dos estados diferentes.

A lo largo de 1945 y 1946, los partidos comunistas de varios paises de la Europa central y oriental habían ido venciendo en las elecciones que en éstos se fueron celebrando: Polonia, Yugoslavia, Albania, Checoslovaquia, lo que en la práctica representaba que la zona de influencia soviética se ajustaba a lo pactado en Yalta, colocándose la frontera del socialismo en la República Federal Alemana, Austria e Italia. En 1947 estalla la guerra civil en Grecia entre los partidarios de instaurar un sistema socialista y los partidarios de continuar vinculados con Occidente, consiguiendo éstos imponerse tras la intervención angloestadounidense.

Todo ésto no hizo si no contribuir a que la situación en Europa fuese tornándose crecientemente más tensa, y a lo que contribuyó la creación por la URSS en 1947 del Kominform como oficina de información y coordinación de la actividad de los partidos comunistas de los distintos estados.

A este respecto, el capitalismo internacional ya había aceptado que para evitar la extensión de la ideología de izquierda en Europa era fundamental la elevación del reducido poder adquisitivo de la empobrecida población europea. Así, ya en 1946 el BIRF y la UNRRA (United Nations Relief and Rehabilitation Administration) habían comenzado a conceder préstamos y ayudas a Europa, aunque enseguida dos hechos se pusieron de manifiesto: la insuficiencia de estas ayudas para que la reconstrucción europea se realizase a un ritmo elevado, y el reducido protagonismo que en la reconstrucción europea iban a desempeñar los Estados Unidos de continuar la concesión de ayudas a través de estos organismos.

En Japón, y tras la ocupación del territorio nacional por tropas de los Estados Unidos, se implantó un gobierno militar dirigido por el general Douglas MacArthur que eliminó el poder real de los conglomerados económicos -zaibatsus- y modificó profundamente la administración de justicia, aunque mantuvo la institución imperial perdiendo, sin embargo, gran parte de su carácter místico.

En 1947 es promulgada en Japón una nueva constitución, permitiendo la intervención estadounidense la celebración de elecciones. Primero la guerra y después la ocupación estadounidense, generaron en ciertos sectores de la población una serie de sentimientos de rechazo a la nueva situación que se estaba creando: por un lado, se potenciaron los sentimientos nacionalistas, por otro, emergieron tendencias socialistas anteriormente reprimidas.

Entre 1947 y 1948 un ejecutivo socialista encabeza el gobierno japonés, situación que intranquiliza enormemente tanto a los Estados Unidos como a la burguesía japonesa, y que influyó notablemente en la formación de coaliciones de derechas bendecidas por la administración estadounidense y en las que la burguesía y la especial cultura de clan imperante en el país mucho influyeron.

Al otro lado del Atlántico, los Estados Unidos se saben el estado más poderoso tanto militar como económico del planeta. Para el modelo capitalista liberal estadounidense la situación existente en Europa y en el Japón eran las idóneas para construir un escenario en el que ese modelo fuese, no solo el que se impusiese en los paises industrializados, si no también el idóneo para que en un futuro a medio plazo los Estados Unidos continuasen siendo el país preponderante a nivel mundial, algo que quedaba muy garantizado por los recientes acuerdos de Bretton Woods.

Pero la Unión Soviética estaba desempeñando un creciente papel, tanto a nivel político internacional -zonas colonizadas, movimientos independentistas- como a nivel europeo -apoyo a los partidos de izquierdas- que, aunque ayudaba a los Estados Unidos a que se aumentase el sentimiento de necesidad que el capitalismo mundial había ido creando hacia si, también significaba elementos añadidos de tensión. La guerra civil China aún incrementó más esta tensión en el Este de Asia.

En Marzo de 1947, en una intervención ante el congreso de Estados Unidos, el presidente Truman enuncia las lineas generales de la política que va regir la actuación exterior estadounidense de los próximos años -"Doctrina Truman"-, y según la cual un ataque contra la libertad, se produjera éste no importaba donde, representaba un ataque contra los intereses de Estados Unidos.

La Doctrina Truman no era más que el soporte político-militar que garantizaba la expansión del capitalismo estadounidense y que la reforma del sistema monetario internacional sostenía. En esta concepción politicoeconómica, al contemplarse únicamente la versión estadounidense de "libertad", al ser objeto de utilización política por parte de Estados Unidos el concepto de "libertad", y al aceptar los estados capitalistas esta versión y esta interpretación, se estaba legitimando cualquier intervención que los Estados Unidos, autoconver- tidos en garantes de la libertad, considerasen conveniente realizar en función de sus propios intereses; estrategia que se vio manifestada el mismo año por el Tratado de Río, en virtud del cual, y a través de la cooperación militar, Estados Unidos institucionalizó su presencia en Sudamérica.

Pero ese mensaje llevaba implícitas dos necesidades: que las poblaciones de los estados libres tuvieran un nivel de vida con conciencia de libertad -en 1948 fue aprobada por la ONU la Declaración Universal de los Derechos Humanos- tal que no pudieran plantearse el perderlo, y que ese nivel de vida favoreciese al capitalismo como proceso productivo, lo que en definitiva equivalía a la implantación y extensión del capitalismo como ideología político-social.

La Europa occidental era, a corto plazo, la zona que al capitalismo más interesaba mantener, por ello, el 3 de Abril de 1948 fue aprobado por el gobierno de Estados Unidos el European Recovery Plan, más conocido como Plan Marshall. El Plan, junto a las ayudas del BIRF y de la UNRRA, inyectó en la mayoría de los estados europeos la suma de 30.232 millones de dólares en el período comprendido entre 1946 y 1961 -13.400 millones de dólares entre 1948 y 1951, equivalentes a 100.000 millones de 1997-, y de los que el Reino Unido obtuvo más del 25%.

Una vez definidos los marcos monetario y político y acordada la forma de intervención en términos de ayuda, había que acordar el modo como se iban a producir los ya definidos como imprescindibles intercambios comerciales internacionales. En 1947 es creado el GATT (General Agreement on Tarifs and Trade) como ente favorecedor del intercambio y según la idea impuesta por Estados Unidos: organismo independiente y no como órgano de la ONU.

Finalmente, tan solo restaba por crear el instrumento militar que garantizase que el funcionamiento y extensión del nuevo modelo que, a la vez, disuadiera de cualquier posible ataque; en ese sentido, y totalmente auspiciada por Estados Unidos, es fundada la NATO (North Atlantic Treaty Organization) el 4 de Abril de 1949, quedando así completados los instrumentos de intervención estadounidense a nivel político-económico mundial necesarios para la estrategia occidental, sobre todo desde que en 1949 se produce el primer ensayo nuclear soviético.

Y, prácticamente al mismo tiempo, y a fin de garantizar el control de la siempre delicada zona de Oriente Medio, ahora imprescindible por ser una de las principales fuentes del petroleo necesario para poner en marcha el proceso de expansión del nuevo capitalismo, es creado en 1948 el estado de Israel, en Palestina, aprovechando la oleada de simpatía generada a nivel mundial tras el exterminio de seis millones de judíos por los nazis durante la II Guerra Mundial.

Por lo que respecta al bloque oriental, la URSS fue afectada por la guerra en mayor medida que la Europa occidental al producirse ésta en un momento en el que el país se encontraba sumido en pleno proceso de industrialización; pero, además, en la URSS, la invasión fue vista como una estrategia de expansión capitalista semejante a la expansión colonial del siglo XIX.

En un aspecto demográfico, el nivel poblacional que presentaba la URSS en 1941 no se recuperaría hasta 1954; a lo anterior se unía el hundimiento en la producción agrícola e industrial: en 1945 la capacidad productiva equivalía al 60% de la existente en 1940.

Por consiguiente, la escisión efectiva del mundo en dos bloques desde el final de la guerra no benefició en nada a la URSS, de hecho, la posición de aislamiento en que se sumergió el estado soviético y su zona de influencia fue forzado por la política de impermeabilización a que el bloque occidental les empujó ya desde 1947 en que es creado el término "Guerra Fría", en uso semántico y operativo hasta finales de la década de los ochenta, y que obligó a la URSS a dedicar ingentes cantidades de recursos a su aparato militar detrayéndolos de otros posibles destinos.

La década de los cuarenta fue también productiva en cuanto a avances técnicos se refiere, avances en los que cada vez tiene una menor importancia la figura del inventor individual y en los que el equipo coordinado con un creciente y caro equipamiento va adquiriendo un mayor protagonismo. El período bélico jugó un creciente papel contribuyendo al desarrollo del radar, a la puesta en funcionamiento del primer verdadero procesador automático de datos e inaugurando la época de los misiles con las V1 y V2 alemanas, aunque el uso militar de la energía nuclear por los Estados Unidos en 1945 es, posiblemente, el hito tecnológico con más consecuencias geopolíticas de la década.

En consecuencia, la década comprendida entre 1939 y 1949 es de una importancia capital; a lo largo de estos diez años se da solución a algo ciertamente complejo: la crisis del modelo clásico manifestada en la más profunda depresión por la que el modelo capitalista había pasado desde su aparición a principios del siglo XIX; además, la solución, por su radicalismo, es definitiva, por lo que el nuevo modelo que se pone en funcionamiento tras la guerra prescinde de todas las carencias y rigideces que habían caracterizado las últimas décadas de la fase anterior, abordando su configuración a partir de la reconstrucción que supusieron las destrucciones ocasionadas durante la II Guerra Mundial, y aprovechando las ventajas que el contar con un permanente enemigo supone como elemento dinamizador de la economía en su conjunto.

Esta nueva conceptualización del modelo capitalista estuvo en funcionamiento, prácticamente sin sufrir ninguna alteración, hasta la década de los años setenta, cuando quebró una de las premisas fundamentales sobre las que se había construido el modelo industrial: la baratura de la energía en comparación con el valor añadido producido; a partir de aquí tuvo que realizarse una nueva adaptación lo que supuso, de hecho, la entrada en una nueva era.

En los veintitres años que separan 1950 de 1973 y en el que se ha denominado mundo industrializado, es decir, los estados en los que se había alcanzado un completo desarrollo de la revolución industrial al empezar la II Guerra Mundial, más algún otro, caso de Canadá y Australia, y que suelen asimilarse con el bloque occidental, se produce un crecimiento económico como el mundo no había conocido hasta entonces.

A lo largo de las décadas de los cincuenta y sesenta dos son los objetivos que la nueva concepción del modelo capitalista se plantea: la extensión del modelo nacido y desarrollado en los Estados Unidos entre las dos guerras mundiales y que tan bien había funcionado para incrementar los beneficios empresariales, y evitar la pobreza generalizada que la depresión de los años treinta había causado y que en Europa se había visto continuada durante la guerra e incrementada en la postguerra. Ambos objetivos se resumen bajo un único epígrafe: favorecer el despegue económico de forma que sus efectos incluyan al mayor porcentaje posible de la población occidental.

Tal tesis suponía dar por definitivamente concluida la anterior forma de acumulación de capital basada en la explotación de la mano de obra a través de bajos salarios, largas jornadas de trabajo y existencia de un nutrido ejército industrial de reserva, es decir, la nueva concepción partía de la eliminación de la situación de penuria prácticamente generalizada en la que la población trabajadora -industrial y campesina- había estado inmersa, y ello a pesar de que en los Estados Unidos, por ejemplo, entre 1880 y 1950 se había producido un incremento de los salarios que oscilaban entre el 80 y el 90%.

De hecho la idea fue el crear un submodelo social en el que se extendiese una nueva clase -la clase media- como superación del antiguo proletariado y arropada en lo que comenzó a llamarse capitalismo popular. Que duda cabe que los cambios habidos en la distribución de la población tuvieron gran influencia en el planteamiento de esta concepción.

Así, en los Estados Unidos, mientras en 1880 la proporción entre residentes urbanos y rurales era de 1 a 10, a mediados del presente siglo había pasado a ser, aproximadamente, de 1 a 4; en Europa también se habían producido cambios semejantes. Esta variación en la distribución poblacional, junto al mayor peligro de estallidos sociales que ello comportaba y a la real extensión de la ideología socialista, llevaron a la introducción y progresiva extensión del modelo estatal y universal de protección social, el Welfare State, pero además estos cambios fueron determinantes a la hora de adoptar la concepción más radicalmente diferente con respecto a la época anterior: la búsqueda del pleno empleo de los factores productivos.

El modelo estadounidense requería de altas tasas de beneficios que garantizasen una tendencia continuada de inversión, pero para ello era imprescindible que las expectativas de obtención de beneficios fuesen crecientes. Una situación como la que presentaba Europa tras la finalización de la guerra no invitaba al optimismo desmedido, del mismo modo que en los Estados Unidos se veían con preocupación las oleadas de soldados desmovilizados que desde Europa y el Sudeste asiático estaban regresando.

Por consiguiente, era necesario saber que iba a contarse con un horizonte de expectativas al alza arropado por un orden social que garantizase su aprovechamiento; lo segundo fue conseguido con el Welfare State, y lo primero con la aplicación de la concepción keynesiana en todos los órdenes económicos e incluyendo la masiva participación del sector público. El nuevo sistema monetario internacional y el Plan Marshall contribuyeron a ello.

Los fondos del Plan Marshall fueron a financiar unas actividades que se desarrollaron en un ambiente propicio: relativamente buena conservación de las plantas industriales no destruidas en la guerra, conciencia capitalista de probada eficacia, abundancia de una mano de obra acostumbrada a las carencias e incrementada por los refugiados llegados de la parte oriental de Europa así como por la masiva incorporación de la mujer al trabajo dependiente acaecida ya durante la guerra, es decir, de antemano se sabía que los fondos inyectados por el plan en Europa iban a ser altamente productivos.

El único aspecto cuya exacta delimitación no pudo realizarse a priori fue la operativa a seguir con los imperios coloniales de las antiguas potencias europeas.

A principios de la década de los cincuenta los dos bloques habían ya perfectamente definido su posicionamiento. Por un lado, los Estados Unidos y Canadá junto con la parte occidental de Europa, Australia y Nueva Zelanda y un Japón que intentaba reorgarnizarse por si mismo; por otro, la URSS y los estados de la Europa oriental, junto a la socialista República Popular China.

El resto del planeta era un conglomerado de territorios pertenecientes a imperios coloniales -Africa, Oriente Medio y Sudeste de Asia-, y de paises que, aunque no pudiendo ser calificados políticamente como colonias, estaban bajo la influencia de potencias que impedían su propia evolución, caso de Latinoamerica.

En la nueva evolución del modelo capitalista no tenía cabida el mantenimiento de los imperios coloniales a la antigua usanza, el motivo era triple. Por un lado, el imperialismo tradicional suponía una estructuración de estado metrópoli que colisionaba con la concepción liberal-democrática necesaria para la implantación y extensión del modelo estadounidense, de hecho, los Estados Unidos siempre habían mantenido una encendida postura anticolonial, aunque cierto es que Europa había basado en gran medida su crecimiento en esos imperios, por lo que perderlos significaba un menoscabo en su poder global, lo que también beneficiaba a la posición mundialista de Estados Unidos.

Pero por otro, el modelo colonial clásico representaba unas limitadas posibilidades de negocio bajo la nueva concepción: al haber sido diseñadas las colonias como destino de los excedentes de las metrópolis, las posibilidades de expansión económica de aquellas estaba siempre en función de lo que decidiesen éstas, lo que no se correspondía con la nueva linea expansiva adoptada por el capitalismo; por tanto, el objetivo fue el que también estos territorios participasen del nuevo período de crecimiento.

Había un tercer motivo que aconsejaba la eliminación del imperialismo clásico. La mayoría de los territorios coloniales estaban inmersos en una situación de sumisión absoluta, llegando, en muchos de ellos, a vivir su población en un régimen de cuasiesclavitud, lo que no fue óbice para que en casi todas esas zonas colonizadas, y a partir de la I Guerra Mundial, fuese apareciendo una clase dominante necesaria a las metrópolis, con cierta ascendencia sobre la población y cuyos hijos tenían conocimiento del modo de vida occidental adquirido durante su permanencia en centros universitarios europeos.

La existencia de esta clase, junto a la creciente percepción de que esas zonas jugaban un muy reducido papel en el mercado mundial de unas materias primas que ellas producían y que eran necesarias a unas potencias que las tenían ocupadas, derivó en la aparición e incremento del nacionalismo a partir de 1939 y, más en concreto, desde el estallido de la II Guerra Mundial; la introducción de la ideología socialista, visceralmente antiimperialista, y la percepción de que las potencias coloniales eran débiles, también jugó un decisivo papel en la evolución posterior de estos territorios.

Pero lo que realmente influyó en la decisión de abordar un proceso descolonizador fue el peligro que para el capitalismo podían representar las consecuencias del soporte ideológico y económico de la URSS a esas colonias a través de los nuevos partidos socialistas y comunistas que, aunque ilegales, se estaban formando o estaban creciendo clandestinamente en éstas. El estallido en Indonesia en 1945 de la guerra independentista contra Holanda y en Indochina en 1946 contra Francia, fueron los avisos de que en el mundo bipolar de la época no debía dejarse que la descolonización se rigiese por la espontaneidad.

Los nuevos paises surgidos del proceso descolonizador accedían a la independencia desprovistos de capitales, tecnología y organización; además y en la mayoría de los casos, las infraestructuras existentes habían sido construidas por las metrópolis para favorecer la explotación de los recursos que a éstas interesaba, no para promover el crecimiento de la colonia.

Pero donde las carencias de los nuevos paises más se ponían de manifiesto era en lo político y, fundamentalmente, era en Africa donde el hecho más se manifestaba. El concepto de colonia estaba desprovisto de cualquier nexo con el de Estado, de hecho, y por lo que a Africa se refiere, las zonas de dominio colonial habían sido acordadas en la Conferencia de Berlín sin atender a las realidades étnicas, tribales, culturales y vivenciales de las gentes que en ellas habitaban. Ello llevó a que los paises que nacieron de la descolonización tampoco atendieran a esos aspectos, por lo que las fronteras que delimitaron los nuevos estados continuaron sin corresponder a la realidad de sus pueblos.

El proceso descolonizador fue el arranque de una serie de conflictos autóctonos, centrados en disputas tribales ancestrales que las potencias coloniales primero, y la realidad bipolar posterior se encargaron de fomentar; pero además, como muchos de los nuevos dirigentes - la mayoría de los cuales no eran sino nativos de confianza de las antiguas metrópolis- carecían de verdadera ascendencia sobre la población de los nuevos estados al ser ellos mismos parte de esas rivalidades tribales, a lo que se unía un gran desconocimiento sobre la realidad mundial y sobre el gobierno de un estado, los estados recién nacidos se fueron hundiendo en un proceso de degradación interna abonado en numerosas ocasiones por partes interesadas de las antiguas metrópolis.

A medida que los nuevos estados fueron desarrollando su andadura independiente, fue haciéndose obvio que la existencia de esos estados se hacía inviable. A su propia inexperiencia como independientes -unida en numerosas ocasiones con disputas internas por el poder-, volvía a repetirse la realidad de su nula influencia sobre los precios de las materias primas que ellos producían.

Las nacionalizaciones y expropiaciones que diferentes gobiernos decretaron solo sirvieron para poner aún más de manifiesto sus carencias internas y su dependencia exterior; luego, cuando el capital internacional regresó en forma de inversiones o de programas de ayuda diseñados por los organismos internacionales dirigidos por las antiguas metrópolis, estos estados comenzaron a recorrer una senda de endeudamiento galopante sin que los fondos obtenidos, disipados en una serie de planes económicos muy poco realistas en la mayoría de los casos o en una cadena de corrupción institucionalizada, fuesen empleados para promocionar sus economías.

A finales de la década de los sesenta, prácticamente todas las economías de Latinoamerica, Asia y Africa tienen definidas sus características: economías de monoproducto, absolutamente dependientes del capital exterior, y con una realidad interior distorsionada. El subdesarrollo es el nuevo término acuñado para agruparlas y el neocolonialismo el sustantivo para definir su situación.

El único intento serio que hicieron estos estados para coordinar sus necesidades y políticas fue la Conferencia de Bandung celebrada en Abril de 1955, en la que veintiocho estados africanos y asiáticos se reunieron para intentar una estrategia común que rencillas tribales e intereses capitalistas hicieron fracasar.

A medida que se fue produciendo el proceso descolonizador, el capitalismo internacional fue definiendo su estrategia: a la vez que el capitalismo popular fue extendiéndose, empezó a producirse un acelerado proceso de concentración de la producción que ya no se interrumpiría, así, a mediados de la década de los cincuenta, entre mil y mil quinientas compañías de los Estados Unidos, Reino Unido y la República Federal de Alemania dominaban la mitad de la producción mundial.

En el plano político, el proceso de crecimiento económico de los años cincuenta y sesenta estuvo acompañado en toda Europa por el consenso de los partidos moderados. En la República Federal Alemana otro cristianodemócrata sucede a Adenauer: Ludwing Erhard (1963 - 1966), en cuyo mandato Alemania alcanza cotas altísimas de crecimiento, por lo que, tras nuevas elecciones, el socialdemócrata Willie Brandt (1967 - 1974) encabeza un gobierno que propugna la aproximación al Este.

En el Reino Unido, Elizabeth II sucede a Jorge VI en 1952, al comienzo de una etapa de catorce años de gobiernos conservadores -Churchill, Eden, Macmillan, Douglas Home-. La crisis de Suez de 1956 en la que junto a Francia debe retirarse del nacionalizado canal, marca el final definitivo del Reino Unido como potencia independiente.

Francia, tras la finalización de la Guerra de Indochina (1946 - 1954), ve como la inestabilidad continúa afectando a su política exterior y como ésta afecta a la interior. El inicio de la Guerra de Argelia (1954 - 1962) y el intento de golpe de estado encabezado por un grupo de altos oficiales contrarios a la salida de Francia de la colonia norteafricana, degenera en una gran crisis interior en la que se recurre a una figura de prestigio: el general Charles De Gaulle, quien tras plantear una nueva constitución que es aprobada en plebiscito, se convierte en presidente de la V República entre 1958 y 1969.

El ideal de orden que favoreciese el crecimiento económico y que imposibilitase la progresión de la izquierda se manifestó en la potenciación del "aparato" del Estado; en esta tendencia es Francia, posiblemente, el país que mejor la encarna. De Gaulle instauró un régimen presidencialista en el que su figura se convirtió en referente de un estado crecientemente fuerte y cohesionado en el que, tal y como recogía la nueva constitución, el presidente no podía ser procesado excepto en el caso de alta traición, delito no definido en ningún texto legal, lo que, en la práctica, equivalía a situar a la figura del presidente de la República Francesa por encima de la ley.

En Italia, la Democracia Cristiana pierde la mayoría absoluta en 1953 abriéndose un período de gobiernos formados por coaliciones de minorías con el único objetivo de impedir la entrada del Partido Comunista en el gobierno. Este lapso se extendió hasta 1962 cuando una coalición de centro-izquierda accede al gobierno del Estado; pero lo que verdaderamente marcó la vida de los italianos en estos años fue la economía: desde principios de la década de los sesenta se produce un auge económico que contrasta con un gran atraso educativo, social y judicial, acentuándose las diferencias existentes entre el Norte y el Sur.

En los Estados Unidos el nuevo presidente Dwight Eisenhower (1953 - 1961), un general héroe de la II Guerra Mundial, se enfrenta a una creciente tensión entre los dos bloques en el que la Guerra de Corea (1950 - 1953) supuso el primer enfrentamiento armado entre ambos. La promulgación de la Doctrina Eisenhower en 1957 por la que se "garantiza la ayuda militar a los estados de Oriente Medio contra los ataques comunistas", no solo representaba una ayuda directa a Israel, sino un respaldo a los paises -Turquía, Irán- frontera con la URSS.

En parte fruto de esta tensión, a principios de los años cincuenta se desata una obsesión en los Estados Unidos: un espíritu ultraconservador empieza a perseguir, desde las más altas instancias del poder, a cualquier tipo de intelectualidad que suponga una crítica a la políti ca estadounidense. El maccarthismo, proceso de detección y público escarnio puesto en marcha por el senador Joseph McCarthy, se basó en la intimidación y la delación para, bajo el pretexto de frenar la irrupción del comunismo, condenar en el antiliberal Comité de Actividades Antiamericanas a personas vinculadas con el mundo de la cultura y de la ciencia. Al comenzar a atacar a miembros de la administración, esta especie de tribunal fue disuelto.

En 1959 un nuevo foco de tensión aparece en el Caribe con el triun- fo de la revolución en Cuba, lo que supuso el derrocamiento de un sistema político que aunque títere de los intereses estadounidenses e implantado por éstos tras la independencia de la isla de España en 1898, había ido derivando hacia una situación de corrupción generalizada. El problema para Estados Unidos vino por el giro hacia la iz- quierda que el líder cubano Fidel Castro infirió a una revolución que en el principio contó con el beneplácito del gobierno estadounidense.

Por su parte Japón, y tras el Tratado de San Francisco (1951) recupera su soberanía en 1952. A partir de este momento, y beneficiado por la imposibilidad recogida en su constitución de contar con fuerzas ofensivas, se lanza a una política orientada hacia el crecimiento económico. Para ello reconstruye el mismo modelo que ya había utilizado durante su revolución industrial pero orientándolo hacia el exterior; a la vez, y conviviendo con los principios capitalistas, el Estado comienza a desarrollar una activa política intervencionista y dirigista de la economía.

El caso de la URSS y el de su zona de influencia es el que más imbricaciones presenta entre lo político y lo económico. El IV Plan Quinquenal (1945 - 1950) otorga la máxima prioridad a la industria pesada a fin de forzar la reconstrucción, creándose durante su vigencia el COMECON (Consejo de Ayuda Económica Mutua) entre la URSS, Hungría, Polonia, Checoslovaquia, Rumanía y Bulgaria. Su finalidad es la de promover y acrecentar los intercambios a todos los niveles entre los paises socialistas, aunque en la práctica se convierte en un club en el que la URSS toma las decisiones fundamentales.

En 1953 y tras el fallecimiento de Stalin, Nikita Jruschef inicia una nueva etapa en la política interior y exterior soviética. El proceso de desestalinización y autocrítica puesto en marcha, junto a una política menos industrialista, llevan a un incremento de la producción de bienes de consumo y de construcción de viviendas, a la vez que se mejora la situación agrícola.

En 1955, y como respuesta a la NATO, el bloque del este crea el Pacto de Varsovia, pero, a la vez, principian una serie de conferencias -Ginebra (1955), París (1960), Viena (1961)- a fin de intentar llegar a algún tipo de acuerdo que detenga la carrera armamentista en la que los dos bloques se han enzarzado.

En la Europa occidental, y excepto en el caso de Francia que abordó una política económica claramente intervencionista, la coordinación de medidas nacionales fue selectiva; en cualquier caso, distintas voces empezaron a oirse solicitando la cooperación entre los paises europeos a fin de que Europa no se diluyese en un mundo crecientemente bipolar.

La experiencia aportada por la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE) creada en 1947 con el objetivo de coordinar la ayuda estadounidense a Europa, junto al acuerdo adoptado en el Benelux para coordinar su política agraria (operativo desde 1948) y la formación de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA) en 1951, formaron la base de la constitución del Mercado Común Europeo acordado en el Tratado de Roma firmado en 1957 entre Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Francia, Italia y la República Federal de Alemania con el objetivo, casi utópico en el momento, de llegar a la unidad política europea.

A finales de la década de los cincuenta Estados Unidos se enfrentó a una situación de decaimiento economicosocial. A nivel social, los problemas ocasionados por la segregación racial iban en aumento a pesar de que en 1954 ésta había sido condenada por el Tribunal Supremo. A nivel económico, y fruto del mejoramiento de las posiciones de otros paises -lo que representaba un decrecimiento en el papel institucional del Dolar-, se estaba produciendo una recesión que se manifestó en el período 1960 - 1961.

El revulsivo a esta situación fue el cambio de política económica que introdujo el demócrata John F. Kennedy (1961 - 1963) y que continuó su vicepresidente Lyndon B. Johnson (1963 - 1969) cuando sucedió a aquel tras su asesinato.

Durante estos años se dio un acelerón en las actuaciones presupuestarias y fiscales a fin de relanzar la inversión y el consumo: crecientes gastos militares ocasionados por la carrera armamentista, inicio de la Guerra de Vietnam (1964 - 1973), carrera espacial, aumento de las desgravaciones fiscales a las empresas, reducción del impuesto sobre la renta, reducción de los tipos de interés, decremento de la deuda pública en circulación a fin de aumentar la oferta monetaria. A la vez fueron promulgadas varias normas contra la segregación racial, así como una ley contra la pobreza.

Esta batería de normas dinamizadoras en el más puro estilo keynesiano, junto a los mensajes a la nación para la recuperación del espíritu del pionero recogido en el eslogan de la búsqueda de una "Nueva Frontera", a las llamadas realizadas por Kennedy a fin de involucrar a cada ciudadano en este proceso de relanzamiento -"No te preguntes que puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tu por tu país"-, y a las facilidades que para el Dolar representaban los acuerdos de Bretton Woods, llevaron a los Estados Unidos a una etapa expansiva materializada en un aumento de las exportaciones y de las inversiones en el exterior, y que dio lugar al "American Dream", concepto definitorio de un modo de vida exportado a todo el mundo.

La década de los sesenta fue de expansión generalizada en todos los aspectos, tanto en Europa, como en Estados Unidos, en Japón y en la URSS; en lo económico es donde se inició y manifestó de forma más generalizada, pero en todos los órdenes sociales fue perceptible esta expansión: político, demográfico y cultural.

Una tendencia mucho más aperturista a la vez que moderada recorre las administraciones occidentales a pesar de que la Guerra Fría continúa incrementando la tensión mundial. Así, el fallecimiento en 1958 del papa de orientación altamente conservadora Pío XII da lugar a la elección de Juan XXIII, claramente reformista; en Alemania, alcanzado ya un nivel de crecimiento económico apreciable, el lider del Partido Socialdemócrata, Willy Brandt, renuncia al ideario marxista del Partido Socialdemócrata en 1959 lo que hace que el partido aumente su base electoral.

Pero el derribo de un avión espía estadounidense sobre la URSS, el inicio del bloqueo de Cuba por parte de Estados Unidos y el acercamiento de aquella a la URSS, el enfrentamiento en la República Popular China de posturas tecnocráticas y revolucionarias, hechos sucedidos en 1960, y el intento de invasión de Cuba realizado por grupos antirrevolucionarios financiados por Estados Unidos en 1961, añaden tensión a un mundo cada vez más polarizado entre dos extremos.

A la vez, las ideas políticas de la izquierda moderada -la socialdemocracia- comienzan a extenderse por Europa y, a su nivel, también por los Estados Unidos. La elección del presidente Kennedy y su decidida política de integración racial que ya no sufriría retrocesos legales, representó un revulsivo para la sociedad estadounidense; en Italia, una coalición de centro-izquierda gobierna entre 1963 y 1972; en el Reino Unido, el laborista Harold Wilson ocupa el cargo de primer ministro entre 1964 y 1970; Francia representó el contrapunto a esta tendencia: el general De Gaulle fue reelegido en 1965 frente a una muy coordinada coalición de izquierdas.

Orientado el capitalismo tanto en Europa como en los Estados Unidos hacia ese proceso expansivo generalizado, el recurso a avances científicos que redundaran en incrementos de la producción y de la productividad se hizo imprescindible, lo que redundó en una creciente demanda de capitales a fin de financiarlos; la demanda quedaba garantizada tanto por el creciente consumo público de los estados como por el privado, ansioso de mejorar su nivel de vida.

Esta expansión puso de manifiesto que la cantidad de mano de obra, sobre todo de baja cualificación, existente en los paises embarcados en esta expansión, era insuficiente para cubrir las necesidades del proceso, por lo que, aprovechando los bajos estándares económicos de los paises del Sur de Europa, del Norte de Africa y de Turquía, fueron atraídas ingentes cantidades de trabajadores de estos paises a fin de cubrir estas necesidades. Tan solo Francia y Alemania absorbieron tres millones de estos emigrantes.

El mundo industrializado se encontró en una situación de pleno empleo de los factores productivos, por lo que el factor trabajo comenzó a ser escaso; esta situación fue derivando en constantes aumentos salariales que rápidamente eran trasladados a los precios de los productos intermedios y finales y absorbidos por el sistema.

Esta dinámica de crecimiento económico continuado en un entorno de pleno empleo y de rentas personales en alza, posibilitó que se fuese entrando en una situación de consumo masificado que se tradujo en el acceso de las poblaciones europeas y japonesa a bienes en otra época considerados de lujo, caso de los electrodomésticos y los automóviles, lo que generaba a las compañías productoras constantes posibilidades de obtención de beneficios que se traducían en crecientes posibilidades de inversión en las que las empresas multinacionales -sobre todo las estadounidenses- fueron adquiriendo creciente peso.

A la vez, y como consecuencia de los aumentos que las rentas disponibles fueron experimentando, el Sector Servicios fue incrementando su importancia a través del turismo y de la extensión de los canales de distribución de mercancías.

En una simbiosis económico-científica, a lo largo de las dos décadas siguientes a la II Guerra Mundial una cascada de nuevos descubrimientos aportó tecnología, ayudó a conseguir el pleno empleo de los factores y contribuyó al crecimiento: principia el uso de la energía atónica (1955), lanzamiento del primer satélite (1957), primeros usos de los ordenadores en investigación, industria y comercio (1958), primeros lanzamientos espaciales con seres humanos (1961).

En este creciente uso pacífico de la nueva energía nuclear, llegado 1962 estaban en funcionamiento operativo -sin ser perfectamente conocidos sus efectos sobre los seres vivos- doscientos reactores atómicos en los Estados Unidos y treinta y nueve en el Reino Unido y en la URSS; además, en 1964 se inician las prospecciones petrolíferas en el Mar del Norte operativas desde 1970, en 1967 se realiza el primer trasplante de corazón y, en 1969 tiene lugar el primer alunizaje humano y realiza el primer vuelo de prueba el Concorde, el primer avión supersónico de transporte de pasajeros.

Estos cambios acaecidos desde el final de la II Guerra Mundial tuvieron también reflejo en todos los ámbitos de la cultura: filosofía, pintura, literatura, cine y psicología; pero donde posiblemente más y más rápidamente se manifestaron fue en el papel social de la juventud de raza blanca.

Tradicionalmente, el rol de la juventud había sido enormemente reducido: la jerarquización de la vida familiar delimitaba un entorno en el que los padres mandaban -sobre todo el padre- y los hijos obedecían, es decir, los jóvenes no contaban como grupo independiente de sus progenitores.

A lo largo de la década de los treinta se había producido una baja natalidad en los Estados Unidos, en gran medida debido a las implicaciones sociales de la depresión; en consecuencia, el número de jóvenes entre 1945 y 1955, es decir, los nacidos entre 1930 y 1940, era reducido.

Entre 1945 y 1950 se produce la reconversión de las industrias de guerra y Estados Unidos tiene un período de tranquilidad al no participar en ningún conflicto bélico, lo que contribuye a la buena coyuntura económica puesta en marcha por el Fair Deal.

Esta buena coyuntura económica hizo que se generaran muchos empleos para los que no había una población activa suficiente al ser reducida la población joven. Se produjeron incrementos salariales, pero, proporcionalmente, los salarios de los jóvenes se incrementaron más que los del resto de la población ocupada.

Por otra parte, y también tradicionalmente, el trato que los padres habían dado a sus hijos había estado muy en relación con su posición social y, consecuentemente, con su nivel de renta; en cualquier caso, la inculcación de unos valores morales por encima de toda consideración y sobre todo en un país tan puritano como los Estados Unidos, era considerada práctica común.

En 1946, el Dr. Benjamin Spock publica una obra revolucionaria que hará variar la consideración y la práctica de la educación infantil: "Common Sense Book of Baby and Child Care". Lo revolucionario del texto radicaba en lo que proclamaba: normalizar y cotidianizar las relaciones con los hijos más que revestirlas de un sentido moral.

En el período comprendido entre 1950 y 1953 los Estados Unidos participan en la Guerra de Corea, por lo que los jóvenes con edades comprendidas entre los trece y los diecinueve años cobran un doble protagonismo: por un lado son pocos, por otro sus hermanos mayores están combatiendo en Corea, por lo que, de cara al país, ellos han pasado a ser la única parte visible de la juventud.

A través de esos salarios que los jóvenes ingresan, empiezan a acceder a algo que nunca hasta entonces éstos habían poseido: independencia económica. Este tipo de independencia, esencial en un país inequívocamente capitalista, junto al hecho de que la edad mínima para obtener el permiso de conducir se fijase en los dieciséis años, hizo que los jóvenes con edades a partir de esa edad mínima pasaran a tener una independencia real.

Por todo ello, y a lo largo de la década de los cincuenta, los jóvenes blancos de edades comprendidas entre los trece y los diecinueve años -"Teenagers"- van representando un creciente peso económico en los Estados Unidos al ir aumentando paulatinamente sus niveles de consumo manifestándose, en algunos casos, en la aparición de nuevas modas de uso de unos bienes asociados con un estilo de vida que se convierten en poco tiempo en líderes de venta, caso de los pantalones "blue jeans".

Hacia 1955 el papel económico y social de los teenagers está reconocido por todos los sectores; sin embargo, los jóvenes, en su posicionamiento, no se sentían en absoluto identificados con una música producida y destinada sobre todo por y a los adultos. La extensión de la televisión y de las emisoras de frecuencia modulada abrió nuevas posibilidades para la difusión de unas tendencias musicales que, aunque en principio minoritarias y orientadas hacia las minorías negra -"Blues"- y rural -"Country"- empezaron a ser masivamente consumidas por la juventud dando lugar al nacimiento de nuevas variaciones tomando a aquellas como fuentes.

La aparición del Rock-and-Roll -"mecer y rodar"- de forma oficial hacia 1955, supuso el nacimiento de algo de mucha mayor importancia que una simple corriente musical. El Rock-and-Roll fue auto máticamente adoptado por la juventud y rechazado por sus progenitores, convirtiéndose en un fenómeno social y poniendo en funcionamiento una pujante industria orientada fundamentalmente a una juventud con creciente poder adquisitivo.

También en 1955 una producción cinematográfica -"Rebel without a cause"- combina todos estos ingredientes pasando a mostrar algo que ya se estaba larvando en la sociedad estadounidense: el conflicto entre dos generaciones que tenían muy pocas cosas en común y que desencadenó una reacción de los hijos contra la conducta de sus progenitores, manifestada, entre otros rasgos, por el hecho de contraer matrimonio antes que sus padres y por tener un mayor número de hijos -más de tres contra uno-. A este periodo de incremento de la natalidad acaecida entre 1945 y 1960 se le conoce como "Baby Boom".

En la década de los cincuenta esta creciente participación socioeconómica de la juventud se dio en los Estados Unidos, de hecho fue un fenómeno nacido en Estados Unidos y con elementos genuinamente estadounidenses; mientras, Europa, aún estaba realizando su proceso de reconstrucción y adecuación que a finales de la década puede darse por concluido.

De todos los estados europeos, el Reino Unido era el que a finales de los cincuenta se encontraba en una situación proporcionalmente mejor que el resto. Este hecho, unido a una mayor vinculación con los Estados Unidos en comparación con otros paises europeos debido a su cultura anglosajona, hizo que la influencia del Rock se manifestase mucho antes que en el resto del continente y con mucha mayor intensidad.

En la década de los sesenta se produce el mayor ritmo de crecimiento del período que media entre 1945 y 1973, lo que ayudó a revitalizar y a expandir el fenómeno juvenil; y es aquí cuando éste se hace británico. Entre 1963 y 1970, el grupo musical The Beatles revoluciona el mundo del Rock a partir de conjugar lo viejo con lo nuevo: el Rock tradicional con toques más modernos, atrayendo a una juventud para la que el Rock-and-Roll no era más que un recuerdo lejano. A partir de aquí, un inmenso conjunto de nuevos grupos empieza a formarse y a generar enormes cifras de negocio en una ya experimentada industria orientada a los jóvenes.

El modelo keynesiano en el que la juventud de los paises capitalistas estaba creciendo, se basaba en la generación de una demanda suficiente que llevase al pleno empleo de los factores productivos, a la vez que un asumido incremento continuado de la oferta monetaria llevaba a consumir a esa demanda en ausencia de inflación, es decir, se trataba de una concepción continuadamente expansiva.

A medida que esta concepción fue introduciéndose, fueron cambiando también las concepciones filosóficas y artísticas. La nueva concepción vivencial puesta en funcionamiento tras la guerra partía de la consideración de que debía tenderse a la globalización, a la estandarización, a la extensión de submodelos definidos; en consecuencia, la idea de conjunto en relación con la persona y su formalización como un producto final, se convirtió en el motor de una nueva corriente de pensamiento: el Estructuralismo.

Esta corriente tiene como objetivo todo aquello que es un sistema -un conjunto de elementos en el que ninguno puede modificarse sin alterar el propio conjunto- y en el que el sujeto consciente ha perdido toda consistencia a favor de las estructuras determinantes. Sus orientaciones podían ser antropológicas -Claude Levi-Strauss- o económico-sociales -Louis Althusser-.

También en el campo de la pintura se produjo un cambio fundamental. El tremendo impacto -represivo y liberador al mismo tiempo- que supuso la guerra, dio lugar a la aparición de una corriente expresionista abstracta en los Estados Unidos en las décadas de los cuarenta y cincuenta, movimiento que fue a buscar un ideal de liberación manifestado en enormes formatos y en el uso de espacios sin profundidad. Willem de Kooning (1904 - 1997) fue uno de sus máximos representantes.

En Europa, a principios de la década de los cincuenta triunfa el subjetivismo expresionista, y precisamente como una manifestación del cambio hacia una nueva concepción económico-cultural, aparece la reacción normativa basada en la tendencia geométrica, con gran impacto en el diseño urbano, que busca una gran difusión social y que cae en una cierta masificación. Uno de sus principales representantes es Victor Vasarely (1908 - 1997), y en esta linea es donde empieza a verse el impacto que la nueva concepción del modelo tuvo sobre el arte.

Una de las características que el arte debía cumplir era la de su masificación del mismo modo que si de otro artículo de consumo se tratase; ello llevó a finales de los cincuenta a la aparición de un fenómeno casi exclusivamente angloamericano: el Pop - art (de "Popular Art"). El Pop - art, partiendo de la mezcla de elementos postdadaistas y postsurrealistas, tendió a la utilización de imágenes de la vida cotidiana, más por sus propias imágenes que por los objetos mismos, por ello se convirtió en la representación de la cultura estadounidense. Tuvo mucha influencia en los medios de comunicación de masas y en las artes gráficas, influyendo, así mismo, éstos en él. Andy Warhol (1930 - 1987) fue uno de sus principales representantes.

Pero al estar en continua expansión, el sistema fue entrando en una situación de encarecimiento de los factores, a la vez que la oferta monetaria de dólares iba incrementándose por la propia demanda generada por el crecimiento económico y por la impresión continuada de dólares realizada por los Estados Unidos a fin de financiar sus crecientes gastos. Todo esto fue llevando al sistema hacia una situación en la que, por un lado, éste fue siendo cada vez menos capaz de absorber la creciente oferta monetaria y de soportar los crecientes precios de los factores productivos que eran trasladados a los precios de los productos finales.

Y por otro, algunos elementos de esta sociedad crecientemente tecnificada empezaron a desarrollar una reacción en contra de esa creciente tecnificación y masificación. Era una reacción, no para incrementar los bienes de que disponer ni para intentar revertir el sistema desde dentro, era una reacción en su contra a fin de orientarlo hacia otra dirección, más humana, más personal, y en la que los valores sociales olvidados se potenciasen. El Freudomarxismo y la Antipsiquiatría en el plano del comportamiento psicológico y el fenómeno Hippy en el cultural, recogieron este sentimiento de reacción contra un sistema definidor de unos límites necesarios para su expansión, llegando a plantear un intento de rompimiento definitivo con los sucesos del Mayo francés de 1968.

Las primeras reacciones aparecen durante la década de los cincuenta en los Estados Unidos; allí se va manifestando un grupo de poetas que comienzan a cuestionar temas hasta entonces tabú en la sociedad estadounidense, temas que, como la segregación racial, pertenecían a unos estándares de comportamiento enraizados en la cultura tradicional. Lo que en definitiva estaba haciendo el movimiento Beatnik era poner en entredicho los valores de una sociedad crecientemente invadida por el "sueño americano". Entre sus primeros y más destacados representantes se encontraba Alec Ginsberg (1926 - 1997).

El concepto de disfunción en el comportamiento había sido considerada tradicionalmente como algo desvinculado del elemento social. Para Wilhelm Reich (1897 - 1957), considerado el iniciador de la corriente freudomarxista, la neurosis era el resultado del rechazo del impulso sexual, consecuencia de la represión característica la sociedad; además, y como la sociedad es esencialmente capitalista, el papel del capitalismo es inherente a la generación de la neurosis.

La Antipsiquiatría -Ronald David Laing (1927 - 1989) y David Cooper (1931 - 1986)-, de alguna manera, plantea una idea similar al criticar la práctica psiquiátrica: el desorden no es en si una enfermedad -concepto interpretado por un médico: un elemento integrado en el sistema sociopolítico - sino una crisis del grupo al cual pertenece la persona; en consecuencia, la crítica es hecha desde una perspectiva socio-política y, como consecuencia, contracultural.

A finales de la década y sobre todo centrado en Francia, una generación de nuevos directores de cine aporta una visión personal y representativa de una realidad particular. Luc Godard, François Truffaut y Claude Chabrol, entre otros, integran la llamada Nouvelle Vague que, en realidad, nunca fue reconocida como una escuela. Pero la película que resume los intentos de crítica y de ruptura por parte de un sector de la juventud, y que resume sus sentimientos sobre las limitaciones intrínsecas de un sistema que no había hecho extensiva su filosofía expansiva a todos los órdenes de la vida, fue producida en los Estados Unidos en 1968: "Easy Rider".

Otra de las manifestaciones que recoge el espíritu juvenil de los sesenta fueron los festivales de música. Entre 1967 y 1972, los festivales aglutinan a una muchedumbre que podía llegar al millón de personas -Woodstock (1969)-, pero lo realmente importante era que los jóvenes no acudían a ellos por la música sino en busca de un espíritu comunitario, en busca de sentirse multitud unida en el rechazo al resto de la sociedad.

La reacción también se manifestó a nivel pictórico. A principios de los sesenta aparece en los Estados Unidos el llamado Arte Minimal como oposición al expresionismo abstracto y al Pop - art. Su objetivo era el análisis de la función del objeto a través del uso de materiales naturales e industriales. Tony Smith (1912 - 1980) se cuenta entre sus integrantes.

Desde mediados de los sesenta, e integrados fundamentalmente por los jóvenes, se van desarrollando dos lineas internas de oposición al sistema que contaron con dos elementos agrupadores: la creciente escalada militar de los Estados Unidos en la Guerra de Vietnam, y la aparición, en 1966, del Libro Rojo de Mao Zedong en el que se profundiza en los ideales revolucionarios y se formulan las tesis de la Revolución Cultural china.

Ambas tendencias fueron radicalmente diferentes. El fenómeno Hippy, nacido en San Francisco hacia 1965, de origen universitario, contestario y pacifista, planteaba una alternativa a una sociedad tecnificada a través de la reivindicación del trabajo manual y del retorno a la naturaleza, protestando a la vez contra la burocratización de los movimientos radicales de la izquierda. Más centrado en los Estados Unidos que en Europa, rechazaba los parámetros sociales asumidos, por ello hizo bandera de la libertad sexual y del recurso a las drogas alucinógenas -como el LSD, legal hasta ser prohibido por el gobernador de California Ronald Reagan en 1968- a fin de favorecer las experiencias sensoriales.

En 1966 aparece la otra tendencia. Basada en la lucha, toma direcciones distintas a uno y otro lado del Atlántico. En Estados Unidos, y aunque ya desde 1964 son conocidos movimientos marginales contrarios a los valores representados por la sociedad y a la sistemática económica y social imperante, el movimiento más dinámico tuvo unas definidas características raciales: en 1966, en California, es fundado el grupo Black Panthers partidario de la acción directa a fin, no de profundizar en la igualdad racial, sino de lograr un papel preponderante para la raza negra en una sociedad dominada por la blanca. En Europa, y a lo largo del mismo año Alain Krivine funda en Francia las Juventudes Comunistas Revolucionarias, en Holanda aparece el Movimiento Provo y en el Reino Unido la Radical Student Alliance.

En la URSS, el VI Plan Quinquenal (1956 - 1960) había incidido abiertamente en la producción de bienes de consumo y en la construcción de viviendas; en lo político se dio un avance en la eliminación del modelo cerrado anterior produciéndose una abierta denuncia de los crímenes cometidos a la sombra del Estado durante la época de Stalin.

Durante el Plan Septenal (1959 - 1965), se potenciaron los objetivos sociales y, alcanzado en 1964 por los estados miembros del COMECON un nivel productivo equivalente al 31% de las producción mundial, se da por concluida la construcción de un estado socialista, pasándose a la fase de constitución de una sociedad comunista. Pero en 1962 se agravan los problemas en el campo, incrementándose las carencias en la distribución y en la calidad.

Hacia finales de la década el mundo capitalista se enfrentaba a una situación de tensión creciente: el creciente poder económico de Euro pa y Japón -en el que el Dolar jugaba un papel determinante-, junto a los déficits de balanza de los Estados Unidos, y acompañado de las crecientes dificultades de un sistema monetario crecientemente invadido por un Dolar cada vez más sobrevalorado con respecto al Marco alemán, al Yen y al oro, fueron abocando al sistema a una situación de inflación en alza y de paridades monetarias irreales.

Esta situación fue creando una doble sensación de insatisfacción. Por un lado, y a pesar de que los salarios continuaban recogiendo los constantes incrementos de precios que se iban produciendo y de los que aquellos eran en gran medida responsables, los trabajadores, satisfecho un número de necesidades consideradas utópicas menos de dos décadas atrás, sentían que su participación en un mundo económico y social en expansión continuaba siendo limitada.

Por otro, los jóvenes, la mayoría de los cuales no había conocido más que por las referencias de una generación con la que no se entendían las penurias y limitaciones de una época anterior, que se habían aprovechado del crecimiento económico de los sesenta, y que habían alcanzado un nivel cultural impensable años antes para integrantes de la clase social a la que pertenecían la mayoría de ellos, comenzaron a cuestionarse abiertamente los logros que la sociedad de sus padres había conseguido: bienes materiales obtenidos del consumo de elementos producidos en masa -arte incluido-, y pagados con altos salarios conseguidos tras largas jornadas de trabajo.

Esos jóvenes, hijos de familias pertenecientes a la clase media y a la pequeña burguesía, estudiantes universitarios y de últimos cursos de escuelas secundarias, ciudadanos de paises que habían superado con creces las carencias de la guerra, habitantes de un mundo occidental que prácticamente había conseguido el pleno empleo de los factores productivos, concluyeron que el consumo de esos elementos producía la alienación social en un mundo tecnificado y aún aferrado a unos valores que no satisfacían sus necesidades de cambio y que no representaban sus inquietudes.

A lo largo de 1968 los jóvenes expresaron abiertamente este rechazo generacional hacia unos valores considerados en los Estados Unidos imperialistas y en Europa burgueses. La oleada de manifestaciones pacifistas contra la participación estadounidense en Vietnam y a favor de la total integración racial, así como los sucesos de Mayo en París y en otras ciudades europeas, marcan en lo social la crisis de un modelo que ya no podía continuar funcionando con los parámetros con que había sido diseñado. En el plano económico, el rompimiento se produjo en 1973.

París fue, con diferencia, el lugar donde con más expresividad se planteó este rechazo social. A lo largo de los meses de Mayo y Junio se desarrolló un movimiento huelguístico en el que participaron tanto los estudiantes como los sindicatos obreros. No fue por casualidad París el lugar donde más intensidad alcanzó el proceso: Francia era el país europeo en el que más se percibía esta situación de convivencia entre valores anclados en el pasado y avance económico, y donde el poder del Estado se manifestaba con más fuerza.

Durante más de un mes los estudiantes y los obreros de los grandes centros industriales que rodeaban París paralizaron la ciudad con barricadas, siendo contestados por una policía que no entendía que estaba en realidad sucediendo. Rápidamente comenzaron a aparecer disensiones en la izquierda. El Partido Comunista y la Central General de Trabajadores fueron adoptando posiciones más moderadas, mientras otros grupos revolucionarios, como el Movimiento 22 de Marzo de Daniel Cohn - Bendit, mantuvieron posturas radicales.

Los Acuerdos de Grenelle (22 de Mayo) entre la patronal y los sindicatos, considerados insuficientes por la clase obrera aunque aceptados por ésta, junto a las posiciones crecientemente moderadas del Partido Comunista y del Partido Socialista pusieron de manifiesto la discrepancia de las posiciones.

Mayo del 68 no fue la Comuna del siglo XIX. En el 71 todo el pueblo francés luchó contra la situación de miseria en la que se encontraba inmerso, situación que era causada y sostenida por una burguesía minoritaria y por una monarquía manejada por ésta. En el 68 una minoría de ciudadanos, de jóvenes que no habían sufrido las consecuencias de la guerra ni las carencias de la postguerra, se enfrentaron, a través de un deseo de cambio en y de las estructuras educativas, a todo un sistema que había llevado el desarrollo económico a occidente y a un estado que hacía que el mecanismo funcionase.

En este contexto, el apoyo obrero fue circunstancial, interesado: a la izquierda institucional europea -partidos políticos y sindicatos- no les interesaba el hundimiento del estado ya que el estado era el motivo y el soporte de su existencia; su apoyo a los sucesos de Mayo estuvo orientado hacia la búsqueda de unas mejoras concretas: más fuerza política y mejoras salariales y sociales a fin de incrementar su representatividad entre la clase obrera.

El 5 de Junio fue decretada por los sindicatos la vuelta al trabajo. Entre el 14 y el 27 de Junio concluyeron las acciones de ocupación policial de los centros universitarios y culturales ocupados por los estudiantes. El general De Gaulle disolvió la Asamblea Nacional, convocándose elecciones para el 23 y 30 de Junio. A la izquierda, su actitud moderada no le sirvió de nada: su derrota fue absoluta y total el triunfo del gaullismo conservador.

En el bloque del Este también se desarrolló un proceso de crítica: en Checoslovaquia, uno de los estados con más relaciones con occidente, el secretario del Partido Comunista, Alexander Dubceck implanta una serie de reformas con el objetivo de desarrollar un socialismo democrático, la llamada Primavera de Praga; pero en 1964 Jruschof fue substituido por Leonid Breshnev (1964 - 1982) reinstaurando éste la ortodoxia leninista y adoptando una linea pragmática a fin de mejorar la producción agraria y resolver problemas de aprovisionamiento. Tropas del Pacto de Varsovia intervinieron en Checoslovaquia dando por concluida la experiencia.

Después de Mayo nada fue ya igual. Los procesos críticos decayeron y tanto el capitalismo como el socialismo se centraron en la realidad. A finales de la década de los sesenta el nivel inflacionario, alimentado de forma constante por el continuo lanzamiento de dólares por parte de los Estados Unidos, había llegado a un máximo; además, y por los acuerdos de Bretton Woods, la onza de oro seguía vendiéndose y comprándose a treinta y cinco dólares cuando la realidad indicaba que ese precio estaba mantenido artificialmente a la baja.

En 1968 y llegados a este punto lo lógico hubiese sido la devaluación del Dolar o, tal y como opinaba Francia, la revaluación del precio del oro (solución preferida por Francia al poseer ésta una de las principales reservas de oro del mundo). El 17 de Marzo se acordó la creación de un doble mercado para el oro: uno al precio oficial y otro libre, lo que, en la práctica, equivalía a la no convertibilidad del Dólar.

La anterior medida disparó los rumores sobre una eventual devaluación del Dolar -¿por qué iba Estados Unidos a vender oro al precio oficial cuando en el mercado libre y debido a la escasez de metal podía obtener un precio más elevado?-.

Al llegar 1971 la oferta mundial de dólares descontando la interior de Estados Unidos se había incrementado un 251% respecto a la de 1959; mientras, las reservas estadounidenses en oro no llegaban a cubrir el 17% de los dólares localizados en el exterior.

En 1969 el republicano Richard Nixon es elegido presidente en los Estados Unidos. Nixon, un conservador partidario de una linea dura y sabedor del poder estadounidense, decretó el fin de la convertibilidad del Dolar en 1971 lo que equivalía, en la práctica, a la muerte del sistema monetario vigente desde 1944.

Nada más decretarse esta medida empezó a ascender el precio del oro a la vez que se esperaba una devaluación del Dolar. La devaluación se produjo en Diciembre, pero lejos de acabar la especulación sobre el Dolar, ésta continuó a todo lo largo de 1972.

Esta evolución de la moneda base del sistema monetario internacional debe encuadrarse en la evolución de los agregados económicos durante toda la década de los sesenta. En los años sesenta fue produciéndose un continuado aumento porcentual del peso de los salarios en la composición del valor añadido mientras que iba decrementándose el correspondiente al capital.

Lenta, pero imparablemente, fue poniéndose en marcha un proceso por parte de las unidades de producción tendente a incrementar la productividad de las plantas a través de la automatización de rutinas productivas, es decir, se fue dando un proceso por el que fue substituyéndose mano de obra por capital, lo que contribuyó a un incremento de su precio, y que llevó a un aumento de la inflación ya existente y al estancamiento de la demanda de mano de obra, por lo que comenzó a aparecer el desempleo del factor trabajo aunque en una situación de salarios monetarios mantenidos.

A principios de 1973 se produce una nueva devaluación del Dolar, aunque el nuevo precio oficial fijado para el oro no reflejaba ni remotamente la situación real del mercado: 42,22 dólares contra 134. Llegado 1973, los Estados Unidos ya habían asumido que una victoria militar en Vietnam era imposible, máxime teniendo en cuenta que en Camboya se había producido la proclamación de la República Khemer de linea maoísta. La Conferencia de París entre los Estados Unidos y el Vietcong vietnamita acuerda la salida de las tropas estadounidenses de Vietnam, lo que en términos internacionales representaría una tranquilización de las tensiones monetarias al poder los Estados Unidos reducir su emisión de dólares.

Pero la situación ya había llegado a un punto de no retorno que se puso de manifiesto cuando algunas autoridades monetarias acordaron la flotabilidad de sus monedas, lo que significaba el abandono de la estabilidad de cambios, es decir, la muerte definitiva del sistema acordado en Bretton Woods.

En medio de esta vorágine monetaria, el 16 de Octubre estalla la Guerra del Yom Quippur, la cuarta guerra entre los paises árabes y el estado de Israel desde la fundación de éste. En 1968 los paises árabes productores de petroleo habían constituido una asociación que representaba sus intereses y que hasta el momento había sido bastante inoperante debido al absoluto control que las multinacionales del petroleo llevaban a cabo de sus yacimientos.

También en 1968 había sido fundado el Club de Roma, una asociación para el estudio de las variables que influyen en el mantenimiento y desarrollo del capitalismo y que afectan al desarrollo del mundo. En 1972 el Club de Roma publicó su informe "The Limits to Growth", un trabajo demoledor en el que, por vez primera, un grupo de expertos eliminaba la idea que económica y socialmente había movido al mundo occidental en los últimos ciento cincuenta años: el crecimiento continuado no era posible ya que la cantidad de recursos de los que la humanidad puede disponer no es ilimitada.

En 1970 el socialista Salvador Allende triunfa en las elecciones generales chilenas lo que supone un nuevo foco de preocupación para los intereses estadounidenses, preocupación que ya se había puesto de manifiesto en 1969 cuando estos intereses principian a elaborar informes sobre el impacto que la nueva Teología de la Liberación puede tener sobre sus objetivos. En 1972 Chile nacionaliza su principal producción: las minas de cobre, lo que supone un duro golpe para los intereses de empresas estadounidenses productoras y utilizadoras de la materia.

Los paises árabes sufrieron una nueva derrota militar ante Israel, pero la consecuencia fue inmediata: el incremento de los precios del petroleo en un 70%.

Este brutal incremento del precio de la principal fuente energética significó el fin de una época; el parámetro básico que había permanecido inmutable desde que principió a utilizarse el petroleo durante la II Revolución Industrial, su baratura, desapareció. El impacto que ello supuso fue decisivo, implicando una serie de consecuencias cuyos efectos se trasladaron en el tiempo.

Como si este hecho significase el cerrar una puerta, la sensación general que comportó se unió a la desilusión que en los ambientes contraculturales se había instalado desde el fracaso de Mayo de 1968, y al desánimo social generado por la aparición del desempleo obrero. Un golpe de estado militar en Chile y la implantación de una dictadura de linea fascista, junto a la promulgación en la URSS de una nueva constitución de carácter inmovilista completan el panorama de 1973.

Herbert Marcuse (1898 - 1979), tras los sucesos de Mayo, había concluido que lo técnico aplasta las apariencias democráticas por medio de la manipulación de las conciencias: en occidente, a través del consumo masificado y de la educación; en el mundo socialista, con la tecnocracia y la burocracia. En 1973, y como conclusión a una época, Marcuse publica "Contrarrevolución y Revuelta" donde presenta la idea de que el cambio, tal y como la contracultura lo había supuesto, no era posible ya que los que podrían realizarlo: los negros, los estudiantes, el proletariado, se encuentran neutralizados por los aparatos del Estado: policía y educación, y por el debilitamiento de las ideologías capaces de organizar a las masas.

La Crisis de 1973 supuso, de hecho, el fin del modelo de crecimiento puesto en marcha tras la II Guerra Mundial y la conclusión del modelo iniciado con la I Revolución Industrial. La nueva época estaría basada en parámetros distintos y se regiría por normas totalmente diferentes.



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2003