LAS EDADES MEDIAS


El concepto de Edades Medias se encuadra en un período temporal muy amplio que abarca nueve siglos. Habitualmente se designa que las Edades Medias principian a finales del siglo V y finalizan con la irrupción del fenómeno renacentista a caballo entre los siglos XIV y XV.

Con ser cierto lo anterior, hay que tener en cuenta que a lo largo de este período de tiempo se fue produciendo una evolución que, considerando la radical transformación que supuso la desaparición del Imperio Romano de Occidente, fue relativamente rápida. Además, este período es divisible en tres subperíodos básicos - fases- que a modo de secciones segmentan nueve siglos en los que, básicamente, lo que se dio fue un tránsito desde una situación caracterizada por unos condicionamientos intrínsecos limitadores -la Edad Antigua- a otra en la que el intercambio en sentido amplio y la idea de "estado" pasaron a ser los pilares de una nueva situación: el Renacimiento.

La primera fase comienza con la desaparición del Imperio Romano y se extiende hasta la consolidación de la nueva situación generada por la entrada de la nueva cultura representada por las incursiones de los pueblos germánicos. En esta fase, en la que se rompe con la tradición clásica, se incorporan nuevas estructuras sociales, pero a la vez, con la aceptación del cristianismo por parte de los jefes germánicos, la Iglesia pasó a convertirse en sustentadora del "poder" apoyando una forma de organización basada en el "líder", es decir, alguien elegido, y no, como hasta entonces, en un "emperador" según la concepción romana del término.

En esta primera fase -la Alta Edad Media-, se sentaron las bases remotas sobre las que fue construyéndose Europa como unidad de "rasgos" semejantes con el cristianismo como elemento aglutinante del proceso; por ello, donde esa nueva influencia fue menor, o donde se dejó sentir otra influencia exterior de enorme importancia -el Islam-, es decir, el Sur de Europa, principió una diferenciación con el resto que fue separando a la zona Sur de las zonas centro y Norte en ese proceso de homogeneización europea.

El paso a la segunda fase -la Baja Edad Media- vino dado por la eclosión de un modo de producción y de relación político-social que, si no totalmente nuevo, si representó una consolidación de los cambios que a lo largo de la primera fase se habían producido; este nuevo modo de "entender" la economía y la sociedad constituye el Feudalismo que se dio en grandes zonas de Europa a partir de los siglos VII y VIII.

Pero aunque el Feudalismo representaba un final en si mismo, tenía la característica de que era muy cerrado al intercambio y a la comunicación; fue útil mientras cumplió la función de descentralizar un poder que las monarquías no podían -ni sabían- administrar. Pero cuando en ciertos lugares de Europa se comenzó a mirar hacia el exterior de los cerrados núcleos feudales y a realizar intercambios a través de la actividad comercial -siglos XII y XIII-, ello representó el principio del fin de la sociedad feudal y el inicio de la tercera fase.

Aunque el inicio del fin de las características feudales no se da hasta el siglo XV -y ello en lugares muy concretos (manifestaciones feudales continuó habiéndolas en Europa hasta finales del siglo XVIII o incluso durante el XIX)-, desde el momento en que tiene lugar ese principio de cambio cabe hablar de una nueva fase en la que la importancia de lo económico pasa a ser decisiva. En esta fase -Revolución Comercial- se va rompiendo rápidamente con los esquemas que sin grandes variaciones se han estado dando durante siete siglos. Es una fase de apertura, de viajes en la que, por vez primera, existe una alternativa global, real y cierta a la tierra como fuente continuada de generación de riqueza.

En muchos aspectos, el siglo XV representó un nuevo cambio, pero el nuevo período iniciado no hizo si no continuar con las prácticas -corregidas y ampliadas- diseñadas en esta tercera fase.

Y también en China, aunque con diferencias, se dio un esquema semejante al sucedido en Europa.


LA ALTA EDAD MEDIA: LA CONSOLIDACION DEL CRISTIANISMO CATOLICO

Los habitantes de las distintas zonas del Imperio Romano fueron mostrando un rechazo muy limitado a los recién llegados ocupantes germánicos; únicamente es en lo religioso donde se produjeron reacciones más encontradas.

El declive del estado romano fue desembocando en una doble situación: por un lado, ya a principios del siglo V toda la aristocracia romana estaba prácticamente asentada en el campo; por otro, el declive en el que habían entrado las ciudades se hacía ya imparable por la desorganización existente en el Imperio.

A lo largo de los siglos V y VI fue apareciendo una clase propietaria formada por familias romanas fusionadas con jefes germánicos que fue desarrollándose con unas estructuras semejantes a las romanas, y que fue asumiendo funciones que eran propias de la institución monárquica, fundamentalmente, la recaudación de impuestos en sus propiedades.

De todos los nuevos reinos -algunos de los cuales desaparecieron debido a influencias externas como la de Bizancio en Italia-, y en los que la "cultura latina" continuó desempeñando un papel básico, el más solido y mejor cohesionado fue el reino de los Francos. Los Francos, que fue uno de los primeros pueblos que se estableció en territorio romano, lo hicieron en un principio en el Noreste de la actual Francia hacia el 360 y, a diferencia de otros pueblos germánicos, no cortaron sus lazos con su zona originaria: parte inferior del Rin. Llegado el 481, Clodoveo, de la Casa de los Merovingios, establece un verdadero reino inaugurando una dinastía vigente hasta el 751; la cuestión religiosa jugó en gran medida en favor de Clodoveo.

El desarrollo del cristianismo desde su implantación como religión oficial se vio empañado por la aceptación mayoritaria del arrianismo por las tribus germánicas. El motivo por el que en los nuevos ocupantes se operó un cambio de creencia radicó en la crisis religiosa en la que éstos se encontraban y que se manifestaba en una sustitución de la creencia religiosa por la voluntad personal y la fuerza individual debido a que sus dioses no siempre se les mostraban favorables. En las nuevas tierras aprendieron que ese nuevo dios siempre escuchaba a quien le invocaba, pero prefirieron el cristianismo arriano debido al desapego que de lo humano el cristianismo catolicismo estaba adquiriendo. Esta preferencia provocó tensiones con la población y reacciones en contra del papado empeñado en una extensión rápida y completa del catolicismo a fin de consolidar su influencia.

Su consolidación era fundamental a fin de que la Iglesia fuese, en ausencia de otro elemento, el aglutinador de las fracciones en que se había dividido el Estado romano, fracciones influidas por una cultura radicalmente diferente a la anterior. Pero, además, al consolidarse el catolicismo, la Iglesia iba incrementando su poder civil en oposición a un poder político que, de momento, había perdido.

En la consolidación del catolicismo jugaron un papel básico y fundamental las comunidades monacales, especie de unidades semiaisladas donde se preservó partes de una cultura ahora en retroceso y en las que la Iglesia se basó para mantener e incrementar su presencia en las zonas de los distintos reinos germánicos.

Las comunidades monacales evolucionaron de forma distinta en las partes occidental y oriental del antiguo Imperio Romano: mientras en la oriental se constituyeron en comunidades cerradas y semiaisladas del mundo exterior, en la occidental se siguió una tendencia activa de trabajo y extensión del cristianismo, espíritu perfectamente recogido por las reglas diseñadas por Benito de Nursia (480 - 547) y aceptadas como modelo por la mayoría de las comunidades de la época.

Irlanda fue la zona donde la cristianización llevó una forma más acelerada -hacia el 450 se completó- y donde la organización eclesiástica contó con una organización propia: monje y sacerdote eran una misma persona, el abad del monasterio era, a la vez, obispo, el convento era centro económico y cultural de toda la zona.

Paralelamente, en ese proceso de consolidación debía procederse a la extensión sistemática del catolicismo. En su extensión fue fundamental la figura del misionero: monje que al ingresar en su comunidad había realizado los votos de pobreza, obediencia y castidad, y que podía ser, o no, sacerdote.

Por ello el hecho de que el rey franco Clodoveo (481 - 511) adoptase directamente el catolicismo sin pasar por el arrianismo, influyó en la rápida aceptación de Clodoveo por la Iglesia y redujo en gran medida el rechazo de los habitantes autóctonos, ayudando ambos hechos a que el reino de los Francos - junto al Bizantino- fuese el reino más cohesionado a finales del siglo VII.

Tras la muerte de Clodoveo en el 511 se fueron incorporando nuevos territorios al reino, básicamente por la vía militar. Debido a la activa participación de los reyes en esos procesos, el gobierno efectivo empezó a dejarse en manos de la persona encargada de la administración de las propiedades reales: el "Mayor de la Casa" -maior domus (mayordomo)-. Con una cierta rapidez, el mayordomo fue haciéndose con el control de la administración estatal y el rey adoptando un papel cada vez más representativo.

Uno de estos mayordomos -Pipino de Heristall, de la familia de los Carolingios- logra en el 687, y tras una serie de maniobras que le llevaron varios años, que el título de mayordomo fuese hereditario, con lo que el poder de los mayordomos pasó a ser casi total.

Carlos Martel, hijo de Pipino, redondea la labor de su padre al rechazar el avance musulmán desde España en la Batalla de Poitiers (732) a la vez que profundiza en las relaciones con el papado. Por ambos hechos, Carlos Martel -el mayordomo- pasa a tener poder, fama y apoyo del máximo organismo del cristianismo. A Carlos Martel le sucede su hijo Pipino el Breve en el 752.

Eran momentos de problemas para el papado: a la tensión con Bizancio debido al protagonismo religioso de ambos, se unía el peligro de ataque de otros pueblos germánicos; por ello, al papado le interesaba contar con una potencia aliada que le reforzara como autoridad eclesiástica y civil de Roma.

Pipino establece una alianza con el papa, toma Roma y coloca a ésta bajo su protección siendo nombrado patricio de los romanos. Hecho ésto, y de acuerdo con el papa, derroca al rey franco Childirico III y se hace proclamar rey de los Francos inaugurando la dinastía Carolingia.


LA BAJA EDAD MEDIA: EL SISTEMA FEUDAL

En el 768, Carlomagno, hijo de Pipino, accede al trono. Con bastante celeridad, Carlomagno introdujo una nueva estructura que en nada se parecía a la habida anteriormente: creó una división administrativa basada en provincias al frente de la cual puso a un funcionario que dependía directamente de él -conde-; puso en funcionamiento un cuerpo de inspectores -mensajeros del rey- que le informaban directamente de la marcha de las provincias; realizó una reforma monetaria por la que sustituyó el oro por la plata como patrón debido a la escasez de aquel, creando una moneda base y monedas divisionarias, así, la Libra de plata fue dividida en doscientos cuarenta peniques, constituyendo doce peniques un chelín. Además, las unidades cerradas basadas en la tierra y que ya habían alcanzado un alto grado de estructuración, pasaron a ser la base de la economía, quedando con ello institucionalizado el Feudalismo.

Esta nueva estructura representó un cambio radical respecto a como había sido la historia hasta entonces; si durante el Imperio Romano la orientación económica había sido hacia el Mediterráneo, Carlomagno orientó su imperio hacia el Mar del Norte, en linea con sus orígenes Francos. En consecuencia, a partir de las reformas de Carlomagno, los dos imperios más estructurados de la época adoptaban caminos diferenciados, poniéndose aún más de manifiesto esta diferencia en el hecho de que Bizancio, así como el mundo musulmán, continuó utilizando un patrón monetario basado en el oro, por lo que Europa occidental quedó al margen del comercio directo con estas zonas.

De todos modos, Carlomagno no buscó el aislamiento de Bizancio. En la mente de Carlomagno estaba formada la idea de reedificar el Imperio Romano, de hecho, fue barajada la idea de un matrimonio entre el rey y la emperatriz bizantina Irene que no se llevó a término.

El 25 de Diciembre del año 800, Carlomagno fue coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico por el papa León III, por lo que a la ratificación de la Iglesia -y del papado- al rey, se unió una total asimilación formal al Imperio Bizantino.

Las especiales circunstancias temporales y políticas que supusieron las reformas de Carlomagno, las circunstancias que se daban en la Iglesia, el papel desempeñado por el papado y la estructuración de unas formas de poder economicosocial desempeñadas por una "clase" de forma ya diferente a como los antiguos líderes tribales hacían imponer y valer sus pretensiones y derechos, influyeron en la implantación de un sistema económico que fue en realidad mucho más que un modo de producción y de administración.

La esencia del Sistema Feudal se basaba en las relaciones entre un señor -el señor feudal- y un o unos vasallos, y se sustentaba en el mutuo deber de fidelidad; así, el vasallo debía fidelidad al señor, y éste estaba obligado a prestar protección al vasallo. El alcance de estas relaciones era piramidal y en cascada, de modo que a partir del rey se producía la cadena de enfeudamientos. En todos los reinos europeos, de uno u otro modo y con diferentes características se dieron estas relaciones.

En consecuencia, las relaciones feudales empezaban y acababan -se desarrollaban- en unidades cerradas y prácticamente aisladas que consumían todo lo que producían debido a que no existía una organización de distribución y venta; en consecuencia, la feudal era una economía en la que, según nuestros actuales cánones económicos, no se daba ni beneficio ni acumulación aunque si una apropiación de valor por parte del señor que era aplicada en su provecho en forma de gasto, la mayoría de las veces suntuario.

En la unidad feudal -señorío-, el centro lo ocupaba la casa señorial, donde un administrador organizaba a los criados. La tierra estaba dividida en el patio central -tierra cultivada por siervos durante no menos de tres días a la semana y cuyos rendimientos eran únicamente para el señor-, campos censuales -los que se prestaban a los campesinos-, y terrenos comunes -bosques y pastos-. El que constituyese una unidad queda reafirmado por el hecho de que formaba una jurisdisción -en la que el señor aplicaba justicia- así como un distrito eclesiástico propio.

Los hombres semilibres -clientes- integraban una clase en retroceso que solo estaba obligada a realizar determinados servicios en una mansión, aunque también podía cultivar parcelas en las tierras censuales.

Los siervos -siervos de la gleba- no eran más que la evolución de la antigua esclavitud aunque contaban con personalidad jurídica: no podían ser vendidos a no ser que lo fuese la tierra a la que estaban adscritos. Por otra parte, su señor tenía poder de decisión sobre ellos: elección de profesión, permiso a las mujeres para contraer matrimonio, ...

En el plano fiscal, todo un rosario de exacciones eran ingresadas por el señor: la repartición -evolución del impuesto romano sobre la tierra-, contribución sobre el matrimonio, sobre las herencias, por noviazgo, y el diezmo eclesiástico.

Lo que en definitiva pretendía el Feudalismo era instaurar un orden tras la desaparición del Estado romano, pero su filosofía se prestaba también a la profundización del catolicismo a nivel político. Por ello la estructura feudal influyó enormemente en la del cristianismo a través de la arrogación por parte de la realeza y nobleza del derecho de designar a los dignatarios eclesiásticos a cambio de bienes concedidos a la Iglesia, entre ellos, feudos. El resultado fue el que la estructura eclesiástica fuese incrementando, crecientemente, su vinculación con el poder político y económico.

Pero esta creciente vinculación llevó a un movimiento para recuperar la independencia de la Iglesia y el ideal religioso. El inicio de este movimiento tiene lugar en el monasterio perteneciente a la orden benedictina de Cluny, Borgoña, en el 911, cuyas reglas estaban basadas en un seguimiento absoluto de las reglas de San Benito. Este movimiento fue extendiéndose.

Tres eran sus bases: celibato de los sacerdotes que no pertenecieran a ninguna orden -para los monjes era obligatorio- a fin de que no se diera lugar a dinastías sacerdotales que considerasen a los bienes de la Iglesia como propiedad familiar, prohibición de venta de dignidades eclesiásticas -simonía-, y prohibición de substitución de religiosos por laicos en cargos eclesiásticos.

La sociedad acogió muy bien ese movimiento que sin embargo dio lugar a una serie de tensiones entre el papado y el poder real. En ello tuvo mucho que ver -por la pérdida de unidad que representó- la decisión tomada por Ludovico Pío, hijo y sucesor de Carlomagno desde el 814, de dividir el imperio entre sus tres hijos en el 817, de modo que Lotario heredaría el título de emperador, a Pipino le correspondería Aquitania, y a Luis Baviera, Austria, Panonia y Carintia.

El hecho de que "unidad imperial" estuviese asimilado a "cristiandad" hizo que se tomaron precauciones para mantener la unidad, pero el matrimonio de Ludovico Pío con una princesa bávara del que nació un nuevo hijo -Carlos- llevó a que comenzasen a generarse tensiones cuando tuvo que asegurársele a éste una parte del reino.

En el 829 y al cumplir siete años, Carlos recibe Alemania, la Alsacia, la Ratia y parte de Borgoña, lo que mueve a los otros tres hijos de Ludovico Pío a confabularse contra su padre, lo que en la práctica significó que Ludovico Pío fuese destituido en el 833 al ser apresado junto con Carlos por Lotario. Este hecho llevó a un enfrentamiento entre los tres hermanos confabulados.

En el 838 fallece Pipino, lo que representó un problema menos. En el 840 lo hace Ludovico Pío provocando enfrentamientos por la sucesión entre los tres restantes hermanos y la alianza de Carlos y Luís contra Lotario en el 842, al que vencen.

Finalmente, los herederos deciden en el 843 la división definitiva (Tratado de Verdún): la parte occidental del reino franco, es decir, el territorio al Oeste del Saona y del Ródano, será para Carlos; la parte oriental al Este del Rin, incluyendo Sajonia, Austrasia, Alemania y Baviera, para Luís; y desde Frisia a la Provenza -la Lorena- y el Norte de Italia -la Lombardía- para Lotario.

El reino occidental entró en un progresivo declive debido a la creciente pérdida de poder por parte de los reyes en beneficio de la nobleza que fue ocupando los puestos religiosos que disponían de mayores posesiones y apoderándose del patrimonio de la Iglesia. A ello también contribuyó la presión cada vez mayor que los Normandos ejercían sobre las costas occidentales del reino. De hecho, no fue hasta Felipe II Augusto (1180 - 1223) cuando se recupera el poder real y comienzan a sentarse las bases de un estado fuerte.

En el reino oriental se produjo un resurgimiento de la estructuración tribal y del papel de sus jefes -duques- que reinaban sobre una especie de confederación de estados -Franconia, Sajonia, Suabia, Babiera y Lorena-, junto a éstos, marcas -zonas fronterizas de contención diseñadas por Carlomagno- de Brandeburgo, Austria y otras, territorios feudales y ciudades libres que ocupaban el resto del territorio.

El fin del período de los Carolingios del Este llega al fallecer Luís III sin sucesión en el 911, lo que dio lugar a tensiones. Los duques y grandes señores acuerdan la implantación de una monarquía electiva aunque procurando que la figura del rey permaneciese en la casa o familia reinante.

Al igual que en el reino occidental, en el oriental se había ido produciendo una pérdida del poder real. Otón I (936 - 973), recuperó ese poder ampliando territorios-. En el 962 el papa Juan XII corona a Otón emperador. (La historiografía moderna utiliza el término Sacro Imperio Romano Germánico para referirse a la zona de habla alemana del imperio a partir de Otón I aunque nunca fuese oficial esa denominación).

Sobre el reino de Italia pesaron dos focos de tensión distintos aunque complementarias. Por un lado, el creciente poder de los nobles; por otro, los problemas derivados del tandem "poder terrenal del papado - intereses del emperador para influir en la Iglesia".

Otón I, a fin de limitar el poder de los duques, fue atrayéndose a los dignatarios de la Iglesia a base de crear principados eclesiásticos -por lo que los obispos pasaron a ser vasallos del emperador-, y estructurando en base a éstos la administración del imperio, medida que agradó a la Iglesia ya que ello implicaba un incremento de su poder político. Pero ello generó en el emperador la idea de que el Imperio -es decir, el emperador- estaba obteniendo el derecho de intervenir en la elección de los obispos y del papa, algo inaceptable para la Iglesia al representar ello pérdida de autonomía a cambio de obtener en comparación muy poco.

Las tensiones entre el Impero y la Iglesia llegaron a su punto máximo con Enrique IV (1056 - 1106). Enrique IV se opuso frontalmente a la Reforma Cluny a fin de mantener las influencias en los nombramientos de obispos (Disputa de las Investiduras). Esta tensión con la Iglesia coincidió con un levantamiento de la nobleza que el emperador resolvió -Batalla de Hohenburg (1075)-, deponiendo, a continuación al papa, y excomulgando éste a Enrique IV.

Este hecho, nunca antes sucedido, planteaba un tema trascendental: el papa era, en definitiva, cabeza de la iglesia, por lo que su poder político era nulo; pero como los papas habían estando coronando a los emperadores y éstos habían estado estrechando las relaciones con el papado, de algún modo se había llegado a creer que un rey lo era porque el papa -representante de Dios en la tierra- así lo quería . (En el límite se llegó a pensar que los papas tenían derechos sobre los reyes). La excomunión del emperador significó que se estaba condenando eclesiásticamente al hombre, pero, a la vez, se le estaba condenando políticamente al incapacitarle para ser emperador.

Un nuevo levantamiento de la nobleza llevó a Enrique IV a someterse al papa -viaje expiatorio de Canosa (1077)-. A su vuelta, organizó un ejército, marchó sobre Roma, depuso al papa y colocó a uno de su conveniencia, siendo nuevamente excomulgado. En cualquier caso, los problemas derivados de los nombramientos de obispos continuaban.

Enrique V (1106 - 1125) acabó con el problema de las investiduras. Por el Concordato de Worms (1122) -primer convenio entre la Iglesia y un estado- se llegó a una solución de conveniencia: el emperador podía enfeudar a un futuro obispo antes de que fuese nombrado por el papa -investidura temporal-; posteriormente, lo era por éste con la investidura espiritual. Esto equivalía, en la práctica, a que, aunque el emperador veía disminuído su poder para investir obispos, continuaba designando a aquellos que deseaba fuesen obispos enfeudándolos; a la vez, la Iglesia se reservaba el poder último, manteniendo un contacto activo con el poder político al permitir esta maniobra.

Paralelamente al desarrollo de la problemática derivada de las investiduras, tuvieron lugar tres fenómenos de hondas repercusiones y totalmente encuadrables dentro del espíritu feudal: la colonización del Este de Europa, la puesta en marcha de expediciones militares para recuperar los santos lugares, y el desarrollo de las órdenes de caballería.

La colonización de las tierras situadas al Este del Elba debe entenderse como un movimiento expansivo orientado a incrementar los territorios del Imperio, que se originó en el crecimiento demográfico habido en la Europa central y se fundamentó en el ideal feudal de que los hombres libres debían poseer tierra. Entre los siglos X y XII fue tomando cuerpo la idea de la expansión hacia el Este. En este movimiento desempeñaron un papel fundamental las órdenes religiosas -en especial la de los cistercienses- al combinar el ideal misionero con su regla del trabajo, especialmente, en tierras apartadas.

El sistema utilizado en las colonizaciones era siempre el mismo: un agente reclutaba colonos y juntos se trasladaban a la zona a colonizar. El agente recibía doble extensión de terreno, convirtiéndose en jefe de la aldea que se formaba; los colonos tenían, durante un tiempo, exenciones de impuestos. El problema radicó en que, en innumerables ocasiones, las colonizaciones se realizaron a costa de los Eslavos al representar la colonización una expulsión total o parcial de éstos de sus tierras.

Estos movimientos colonizadores dieron lugar a muchos enfrentamientos con los Eslavos y fueron en contra de uno de los objetivos que se pretendían conseguir: la extensión del catolicismo. Los Eslavos empezaron a ver al catolicismo como una religión que permitía los males que las colonizaciones les causaban, por lo que se fue creando un sentimiento de rechazo que influyó notablemente en el nacimiento del cristianismo ortodoxo ruso.

Las Cruzadas, por su parte, representaron el intento de expansión hacia el Sureste. El origen difundido de este movimiento militar -e internacional- está en las peregrinaciones de devotos católicos a Palestina. Ocupada e islamizada la zona bajo el califa Omar (634 - 644), las peregrinaciones continuaron a cambio del pago de unos derechos; pero a partir del 1050, ocupada la zona por los Turcos Seleúcidas -muy fanáticos por su reciente conversión a la fe musulmana-, fue ya imposible continuarlas.

Paralelamente a esto, la Ruta de la Seda era ya conocida en Occidente como fuente de comercio y como aporte de bienes de alto valor a Europa, representando Palestina un punto intermedio en el camino hacia zonas lejanas, como la India. Por ello, durante el período en que las peregrinaciones se realizaron, también se llevó a cabo una importante actividad comercial en la que las ciudades italianas jugaron un papel fundamental; en consecuencia, al quedar cortadas las peregrinaciones, también el comercio quedó interrumpido. A lo anterior se añadía la estratégica posición que Palestina representaba en las rutas marítimas del Mediterráneo oriental y como centinela de los movimientos comerciales de un Bizancio mirado con resquemor por Occidente.

Los mercaderes italianos vieron en la interrupción de las peregrinaciones un argumento para recuperar sus negocios comerciales. Así, se mostraron muy partidarios de realizar una campaña militar que recuperase los santos lugares, encontrando en el papa un declarado aliado toda vez que éste también había recomendado una acción como la propuesta. Una desorganizada expedición se puso en marcha en el 1064 dando principio a las Cruzadas.

La I Cruzada -financiada por las ciudades italianas- concluyó con la toma de Jerusalén en el 1099 y con la fundación de reinos y ducados cristianos en Siria. De este modo, el objetivo de los mercaderes de obtener el monopolio en Oriente Medio y Constantinopla se se vio conseguido, y por esta razón, y durante dos siglos, las ciudades italianas continuaron financiando la existencia de estos enclaves.

Mientras, en Europa, las ciudades italianas y el Imperio, parecían ser los únicos hacedores importantes de la realidad europea del momento, por ello, no fueron aceptados ni el resurgir ni las pretensiones de Bizancio de convertirse en rector de Europa, lo que intentó entre 1081 y 1185.

La eliminación del poder de Bizancio en el 1204 utilizando el ejército formado para llevar a cabo la IV Cruzada -y auspiciado por Venecia- tuvo consecuencias tremendas: Venecia y Génova se apropiaron de los mercados bizantinos, pero con la desaparición efectiva del poder de Bizancio ya no quedó ningún poder que pudiera defender a Occidente de los posibles ataques musulmanes desencadenados desde el Este.

En el 1291, Acre fue tomada por los musulmanes desapareciendo definitivamente los enclaves occidentales en la zona. En cualquier caso las consecuencias culturales y económicas de las Cruzadas fueron inmensas. Así, el futuro estilo gótico deriva del arco ojival musulmán, al igual que el refino de azúcar y el soplado del vidrio fueron aprendidos por los occidentales de los árabes. Además, la pérdida de la ruta oriental de comercio con el Este, impulsaría la búsqueda de una alternativa occidental que conduciría, dos siglos más tarde, al descubrimiento del continente americano.

Pero en las Cruzadas también influyó notablemente un elemento que fue consubstancial con el Sistema Feudal: el ideal caballeresco. La aparición del ideal caballeresco encarnado en los caballeros y su plasmación en las órdenes de caballería, fue una manifestación del espíritu individual de búsqueda de un orden inexistente y de defensa de unos intereses particulares.

Originariamente, la misión de los caballeros fue la de practicar la guerra a caballo, pero con el tiempo sus miembros fueron configurando un entorno cerrado con una serie de normas crecientemente complejas que hacía, en la práctica, imposible la entrada de alguien ajeno al círculo debido a que una de estas normas fijaba que el pretendiente a caballero debía ser hidalgo, es decir, proceder de familia de caballero. Instituciones semejantes se dieron también en el mundo árabe y en el Cáucaso.

Las Cruzadas supusieron el nacimiento de las Ordenes de Caballería: grupos de caballeros unidos por el ideal de luchar contra los infieles y que aceptaban los tres votos monacales. De entre ellas destacaron la de los Caballeros del Templo -Templarios-, la de los Caballeros de San Juan -Hospitalarios-, y la de los Caballeros de María -Teutónicos-.

Estas órdenes fueron incrementando incesantemente su poder político y económico: sus miembros ya eran poderosos a la entrada -eran caballeros- y el nuevo poder que fueron consiguiendo -donaciones, feudos- pasaban a la orden estructurada monacalmente. Además, su lucha contra los infieles era útil a los intereses económicos de los mercaderes lo que aún les hacía incrementar más su poder. Todo ello no hizo si no crearles envidias a todos los niveles.

Después de 1291 su situación política declinó pero no sus riquezas, lo que dio lugar a su acoso: los Templarios fueron suprimidos en 1312, los Hospitalarios se dedicaron a la lucha contra el Islam, y los Teutónicos fueron utilizados por el emperador Federico II Hohenstaufen (1220 - 1250) para ayudar en la colonización de Rusia.

A la vez, y desde una perspectiva sociocultural, en el Sistema Feudal se dieron manifestaciones de hondo calado que quedaron puestas de manifiesto en la evolución que en estos siglos tuvo la filosofía, el derecho, la defensa de los intereses profesionales, el arte y la arquitectura.

La escolástica fue la linea filosófica oficial del período, y lo fue por que hizo de integración entre la doctrina oficial de la Iglesia -la fe y el dogma- y la filosofía aristotélica -todo fenómeno debe tener una causa determinable-. Ello fue posible con Tomás de Aquino (1225 - 1274) a través de la concordancia entre fe y saber, y por su aportación del razonamiento de que existen conceptos por encima de la razón pero que no van contra ésta.

Por lo que respecta al derecho, y hasta el siglo XIII, el derecho imperante fue un derecho de base natural que nacía de la cultura de cada tribu germánica. A lo largo de los siglos se fueron introduciendo variaciones, pero, fundamentalmente, pervivieron los principios básicos: el derecho es anterior a la ley, todo hombre puede luchar por ese derecho, la propiedad está vinculada al deber del trabajo y, elemento fundamental, ese derecho alcanzaba a todos, por lo que el rey también estaba sujeto.

La defensa de los intereses profesionales se manifestó con la tendencia a la agrupación en forma de asociaciones en las que existía una fuerte vinculación entre sus miembros, caso de los gremios.

Los gremios empiezan a constituirse a partir del siglo XI con la formación de cofradías de artesanos urbanos con fines religiosos y asistenciales, en gran medida debido a que entre los siglos X y XI fue aumentando tímidamente la actividad en las ciudades. De forma inmediata comenzó la intervención del poder politicoeconómico de la ciudad a fin de controlar el precio de la producción artesanal.

Rápidamente estas cofradías evolucionaron hacia la constitución de corporaciones orientadas a la defensa de sus asociados contra la competencia de artesanos de otras ciudades, lo que lograban con la imposición de rígidas normativas permitidas y auspiciadas por el poder de la ciudad y orientadas a preservar el consumo local a las producciones de los agremiados; a la vez, regulaban la competencia entre los artesanos del gremio, regulando los sistemas de elaboración, los salarios, los precios, los horarios de trabajo y el número de operarios de los que podía disponer cada artesano.

Pero donde posiblemente más se notó la evolución a lo largo de este período fue en la arquitectura religiosa. Las iglesias carolingias continuaron utilizando el modelo de templo cristiano del Bajo Imperio Romano -tres naves y techo plano: basílicas-. Pero, alrededor del año 1000, empieza a desarrollarse el estilo Románico por el que se introduce la planta en cruz y la bóveda; la aparición de las campanas dio nacimiento a las torres. El auge del estilo se extendió hasta el 1200. Pero en el siglo XII, en la región de Ile-de-France, comienza a desarrollarse un nuevo estilo que rompe con la linea anterior: el Gótico, su característica principal, además de basarse en unos principios conceptuales y arquitectónicos radicalmente distintos, residía en poder adaptarse a las tradiciones artísticas de la zona en la que se implantaba. De hecho, el estilo Gótico estaba anunciando ya una nueva época.


LA REVOLUCION COMERCIAL: LA APARICION DE LA BURGUESIA URBANA

La institucionalización del feudalismo en el siglo VIII inyectó en la sociedad europea un sentimiento de solidez. La estructura feudal se sustentaba en unos principios -religiosos, políticos, sociales y económicos- inmutables, por lo que todos sabían cual era el papel que en cada momento debían desempeñar. Que duda cabe que, por su fuerza cohesionadora y por su consecuente poder a nivel político, los principios religiosos estaban en la misma base del sistema.

El Sistema Feudal, por tanto, consiguió superar el vacío creado durante los tres siglos posteriores a la desaparición del Imperio Romano, pero, llegado un punto, el motor que había estado moviendo el sistema a lo largo de tres siglos empezó a mostrar signos de variación entre las dos mitades de los siglos XII y XIII, iniciándose una nueva fase en la que nuevas situaciones convivirían durante dos siglos con las propias de la sociedad feudal, dando lugar a que fuesen generándose fuerzas divergentes que empezaron a someter a crítica la misma esencia del feudalismo. A nivel religioso y político fue donde primero se manifestaron estas fuerzas que, desde el principio, tuvieron un claro trasfondo económico.

A lo largo del siglo X, en Bulgaria, una facción dentro del cristianismo -los Bogumilos- fueron criticando los vicios de la nobleza y la prepotencia de las personas cultas. Cuando en el 1018 Bulgaria pasa a ser de nuevo provincia bizantina, estos cristianos comienzan una peregrinación que les lleva a Lombardía, Flandes y al Sur de Francia, es decir, a zonas con importante tráfico comercial con Bizancio.

Llegado el siglo XII, estos grupos de cristianos emigrados ya habían dado nacimiento a los Cátaros -del griego katharoi: los puros- cuyo ideal era el de retornar a la simplicidad del primitivo cristianismo. Uno de sus principales líderes era un rico comerciante de Lyón -Petrus Waldes- que dio nombre a algunas fracciones del movimiento: los Valdenses.

Junto a lo anterior, dos clases económicas comenzaron a perfilarse a lo largo del siglo. Por un lado, una clase propietaria de tierras que había ido desarrollándose y evolucionando, y que ya se había convertido en una verdadera aristocracia, y en la que coincidían tres circunstancias: generaba riqueza al ser terrateniente, ostentaba autoridad ya que administraba justicia, y contaba con respaldo a su poder al tener vinculaciones con las monarquías reinantes y con el papado. De esta clase puede hablarse ya como la de los Propietarios Agrarios.

Por otro lado, el tímido aumento en la actividad de las ciudades habido a lo largo del siglo X y que continuó en el XI, estuvo ligado a la lenta aparición de una nueva clase que basaba su actividad en el comercio y que se fue convirtiendo en una elite económica cada vez más sólida. Aquí reside el germen de la Burguesía. La Hansa, creada como agrupación de comerciantes del Norte de Alemania en 1158 es, en el momento, el más claro exponente de esta clase.

En lo político, y tanto en el Imperio, como en el reino de los Capetos y en Inglaterra, y en medio de grandes tensiones, se producen cambios en las dinastías reinantes e intentos de reforzar el poder real diseminado, a lo largo de la Baja Edad Media, entre los beneficiarios de las variadas relaciones feudales.

Así, en el Imperio se asiste a la entronización de la dinastía Hohenstaufen (1138 - 1254), principiando una consolidación del papel del emperador; Federico I Barbarroja (1152 - 1190) es un claro exponente de esta tendencia. En Inglaterra accede al trono la dinastía Plantagenet (1154 - 1399); Enrique II (1154 - 1189) crea una legislación común para todos los súbditos ligada al Consejo real e independiente del poder de la nobleza. En el reino de los Capetos Felipe II Augusto (1180 - 1223) somete a la nobleza y al clero a la jurisdisción real.

Es decir, en el siglo XII se producen una serie de cambios, de adaptaciones a una realidad que estaba cambiando, una realidad en la que se estaba mostrando el principio de la superación de las características del sistema feudal. Fue en el siglo XIII cuando estos cambios se manifestaron en lo político, en lo religioso, en lo económico y en lo jurídico con toda su amplitud.

La puesta en marcha del reforzamiento del poder real en el siglo XII vino, en la práctica, acompañada de una tendencia enfocada hacia la reafirmación de un germen de individualismo que comenzó a manifestarse ya en el siglo XI: en la mente de los hombres libres -nobleza y burguesía- se formó la idea de que el concepto de poder no tenía un alcance ilimitado en manos de la monarquía. Fue a principios del siglo XIII, y en los ámbitos religioso y político donde primero se materializó este hecho.

En lo religioso, en 1209, Francisco de Asís (1182 - 1227), hijo de un rico comerciante, dicta la que será regla básica de un nuevo movimiento basado en la pobreza y en el trabajo corporal, y en el que los priores serán elegidos por todos los miembros de cada una de las casas que lo componen, pero donde cada convento dependerá de una casa central. Esto, que de por si representaba un cambio radical con respecto al presente, venía acompañado de novedades como la de que personas seglares pudieran participar en el movimiento franciscano sin renunciar ni a su familia ni a su profesión y de que quedaran terminantemente prohibidos los duelos y el uso de armas excepto contra los enemigos de la fe cristiana.

En el plano político, la nobleza anglosajona no había olvidado la afrenta que representó la entronización de la dinastía normanda en el 1066 y el nuevo orden que ello representó, acrecentado con la reforma legal de Enrique II que afectaba también a los obispos. Aprovechando la debilidad del rey Juan tras su derrota en 1214 a manos de Felipe II Augusto de Francia (Batalla de Bouvines) -encuadrada en la guerra civil declarada en el Imperio a la muerte de Enrique VI-, los nobles y obispos fuerzan al rey a la concesión fehaciente de derechos.

El 15 de Junio de 1215, Juan sin Tierra otorga la Magna Charta. En virtud de ella ningún súbdito libre podría ser detenido sin un fundamento legal, además, el documento daba normas sobre herencias, administración de propiedades y otros derechos. La Magna Charta representó un hecho decisivo: la limitación del poder real, e implicó una consecuencia trascendental: el reconocimiento, con sanción real, de unos derechos concretos.

Estos hechos marcaron el principio del fin del conjunto de relaciones en las que el Sistema Feudal se había basado.

Así, el reforzamiento del poder real será fundamental para la concreción por vez primera del concepto de "estado" a caballo de los siglos XIII y XIV; a su vez, la introducción por parte del movimiento franciscano de una doble cuña en la organización eclesiástica al permitir la elección directa del superior por los inferiores de cada casa, aunque ligando a un orden indiscutible a cada uno de esos superiores, democratizaba pero a la vez reafirmaba el poder superior; y el espíritu de la Magna Charta representó la obtención por parte de la clase politicoeconómica entonces preponderante de unos derechos ya inalienables, independientemente de la figura reinante y de su estado de ánimo.

En partes de Francia, este intento de la nobleza por reafirmar su individualismo estuvo vinculado al movimiento Cátaro, por lo que representaba un peligro tanto para el incipiente poder central francés -suponían oposición política y desunión administrativa-, como para el religioso -representaban el rompimiento de una continuidad-. Donde más fuerza adquirió en Francia el catarismo fue en la zona de la Provenza; Albigenses fueron denominados sus seguidores.

El problema albigense fue resuelto en el 1229 bajo el reinado de Luís IX el Santo (1226 - 1270) -Paz de Meaux- después de perpetradas varias matanzas entre los seguidores del Catarismo y de quedar eliminada la cultura de Provenza; pero el peligro que representaba la posibilidad de que nuevos movimientos semejantes apareciesen no fue tomado a la ligera por el poder religioso -el papado- ni por el político -las monarquías reinantes-.

La solución llegó con la fundación de la Inquisición en 1215 en el Sur de Francia desde donde se fue extendiendo posteriormente. Su forma y misión fue el de institución encomendada a la orden de los dominicos y encargada de investigar la pureza de la fe, siendo los culpables entregados a la justicia secular para la aplicación de las sentencias. (Los bienes de los culpables eran repartidos a partes iguales entre el obispo de la diócesis y la corona). Pero pronto la Inquisición se independizó y se convirtió en un estado independiente dentro del Estado territorial y político, por lo que la Iglesia contó con un verdadero poder ejecutivo en el interior de los nacientes estados.

En consecuencia, llegado el siglo XIII, la Iglesia se había convertido en una institución con influencia política, necesaria para el poder politicoeconómico y a la vez, temida por éste, y que imponía su posición utilizando la violencia de la Inquisición.

También en el plano económico se produjeron cambios radicales que afectaron a la idea de unidad cerrada inherente al feudo. A lo largo del siglo XIII el comercio empezó a incrementar su importancia frente a la tierra, lo que vino acompañado de un importante crecimiento de las ciudades -sobre todo de las marítimas- y de la circulación monetaria. Ello significaba el inicio del tránsito desde una economía basada en la tierra y en el aislamiento de las rurales unidades feudales, a otra sustentada en el intercambio, en las ciudades como bases para el desarrollo de este intercambio, en el dinero como substrato del intercambio y en la idea de "clase proyectada al exterior" encarnada por la burguesía.

La burguesía se reafirma e incrementa su poder. Ello implicó que fuese adquiriendo una creciente importancia política lo que se puso de manifiesto en su creciente peso en la toma de decisiones.

De forma paralela a este desarrollo de la burguesía fueron también desarrollándose las ciudades, comenzando a inflexar la situación de decadencia en la que habían entrado desde la desaparición del Imperio Romano. A lo largo del siglo XIII han quedado definidas tres áreas de expansión en las que las ciudades adquieren un carácter protagonista, y en lo que influyó un paulatino aunque lento incremento de la población.

En la zona Norte de Italia, ciudades que por si mismas han llegado a alcanzar una cota muy alta de desarrollo, este es el caso de Venecia, Génova, Pisa, Florencia y Siena. El poder de esta zona se incrementa con la IV Cruzada que supuso la llegada de los comerciantes italianos al Mar Negro. En esta linea, en 1252, la burguesía italiana adopta el oro como signo divisionario, principiando en Florencia la acuñación de florines.

En el Báltico, en 1281, la Hansa de Colonia se fusiona con las de Lübeck y Hamburgo constituyendo una Hansa Teutónica o agrupación de ciudades aliadas con fines comerciales, aunque conservando cada una su autonomía interna.

Con poco peso aún y muy dependiente de la Hansa, pero con un creciente protagonismo, Flandes.

Este auge de las ciudades, gobernadas por burgueses acomodados enfrentados en muchos casos con los pequeños artesanos agrupados en los gremios y con creciente autonomía política, contrastó con la linea adoptada en Francia, España, Inglaterra y Escandinavia tendente al reforzamiento del poder y la autoridad central. A lo largo del siglo XIV fue cuando todo este proceso se aceleró apareciendo también los efectos sociales que estos cambios implicaron.

Un elemento que fue fundamental para que esta cadena de cambios se produjese fue la modificación en la conceptualización de los principios jurídicos. Al irse complicando las relaciones políticas en los alrededores del siglo XIII, la máxima del antiguo derecho romano -"lo que agrada al príncipe tiene fuerza de ley"- empezó a ser mirada con estima por los soberanos de la época, por lo que, lentamente, se fue asistiendo a un resurgimiento del derecho romano así como a su difusión y estudio. (Su renacimiento puede fecharse en Bolonia hacia el 1125).

Pero el derecho romano perjudicaba abiertamente a los intereses de la Iglesia al representar la independencia del poder político del eclesiástico, y no solo por la autoridad que otorgaba al príncipe, sino al constatar que el poder terreno era más antiguo que el de la Iglesia.

En 1302, el papa Bonifacio VIII promulga la bula Unam Sanctam en la que desarrolló la "doctrina de las dos espadas": los representantes del poder temporal tan solo podían ostentarlo y ejercerlo con derecho si tenían la autorización del papa, figura en la que Dios, tenedor del poder supremo, había confiado los poderes espiritual y temporal.

En Francia, para Felipe IV el Hermoso (1285 - 1314), embarcado en un proceso de reforzamiento del papel del estado, la bula significaba un escollo debido a la enorme fuerza que lo religioso tenía en toda la sociedad. Por ello Felipe IV opta por fabricar un papado a su medida con el arresto de Bonifacio VIII, el nombramiento del arzobispo de Burdeos como papa Clemente V y la fijación del papado en Avignon.

Con esta medida, Felipe IV antepuso la idea de "poder central soberano" a la de "poder central legitimado" por la figura del papa. A partir de ese momento nace el concepto moderno de "estado" y principia el declinar del papado como poder politicorreligioso necesario legitimador de poderes terrenales, final que llegó en 1338 cuando en la Reunión de los Electores del Sacro Imperio celebrada en Rensen, se concluyó que el rey elegido no recibía su poder del papa, sino del mismo Dios.

Y en esta misma tendencia a desvincular Iglesia y poder político, las tesis del franciscano inglés Guillermo de Ockham (1290 - 1349) introducen una linea opuesta a la filosofía escolástica defendida por la Iglesia: los conceptos generales no existen, únicamente lo individual es lo real, la experiencia es la base del conocimiento, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios no pueden probarse de una manera cierta. Esta linea de pensamiento llevaba ya implícitos los gérmenes del individualismo y del laicismo del estado.

El reforzamiento del poder real, junto al nacimiento del concepto de estado y el paralelo reforzamiento de los estados tuvo dos consecuencias de decisiva importancia. Una no será visible en toda su extensión hasta el siglo XVI: la vinculación entre burguesía y corona; la otra lo será de forma inmediata: la necesidad de expandir y consolidar un territorio que, aun continuando siendo un conjunto de feudos, tiene ya una conceptualización muy superior a la del reino feudal.

Los intentos de Francia de anexionarse Flandes perjudicaron a Inglaterra al afectar a su comercio de lana y paños con Brujas. En 1328 se extinguió la dinastía de los Capetos y Eduardo III de Inglaterra, nieto por linea materna de Felipe IV reivindicó el trono de Francia a lo que se opuso la nobleza, el clero y las ciudades francesas a favor de Felipe VI de Valois, sobrino de Felipe IV, en virtud de la ley sálica.

La negativa de Francia de reconocer a Eduardo III, junto al problema de Flandes, y acompañado de la relación de vasallaje de los reyes ingleses a favor de los de Francia, desencadenó un conflicto de hondas repercusiones y llevó a la constitución de la nación francesa con concepto de estado y el empeoramiento de las condiciones de vida del campesinado tanto en Francia como en Inglaterra.

La Guerra de los Cien Años (1338 - 1453) supuso una dislocación importante de las relaciones productivas debido al descenso demográfico que la misma contienda supuso y al que se añadió el causado por la Peste Negra que se extendió por gran parte de Europa entre 1345 y 1350 y que llevó a descensos en la población de hasta el 50% en algunas zonas.

Este descenso demográfico afectó a la producción agraria en manos de los señores reforzados por el poder que el derecho romano les concedía y por el reconocimiento individual que habían ido obteniendo; todo ello derivó hacia a un grave empeoramiento en la situación del campesinado por la imposición de condiciones más duras por parte de los señores. Esta situación llevó, tanto en Francia como en Inglaterra, a revueltas campesinas de gran violencia.

Los levantamientos comenzaron en Flandes en 1323 y se extendieron hasta 1328. En Francia la revuelta - Jaquerie- tuvo lugar en 1358. En Inglaterra la insurrección estalló en 1381 viniendo precedida por las exigencias del movimiento de los Sacerdotes Pobres. En todos los casos la represión fue sangrienta y significó el reforzamiento del poder de los señores.

De todos modos, y a pesar de los problemas que causó la Guerra de los Cien Años, durante el siglo XIV se fue incrementando la importancia económica de las ciudades a la vez que se asiste a un decaimiento del papel del campo como generador de riqueza, no obstante, conservando un papel básico en la economía.

El descubrimiento y puesta en explotación de las minas de oro de Silesia y Hungría permitió el aumento de las acuñaciones monetarias lo que agilizó el intercambio comercial; debido a la disponibilidad de metal y a un activo tráfico, la balanza comercial entre Oriente y Occidente pasó a ser favorable a éste.

Se entró en una dinámica económica en la que crecientemente se necesitaba disponer de capital a fin de invertirlo en la actividad comercial y donde el cambio de manos de grandes sumas empezó a ser habitual. Fue extendiéndose el uso del cheque y de la letra de cambio, a la vez que el préstamo con interés fue convirtiéndose en normal.

Con respecto al interés en los préstamos, la Iglesia había mantenido tradicionalmente una postura contraria a su aplicación, postura que mantuvo claramente hasta el II Concilio de Letrán (1139). Llegado el siglo XIV el recurso al préstamo se hizo evidente; primero continuaron siendo sin interés, pero enseguida se generalizó su uso, aunque no aplicándose a las personalidades políticas y religiosas.

La Iglesia continuó oponiéndose al interés, por un lado, porque los tipos era muy altos -entre el 36 y el 43% era usual-; pero, por otro, debido a que la carencia de intereses dejaba la posibilidad a la solicitud de favores futuros a los prestatarios. De hecho, la Iglesia también fue solicitante de préstamos. En cualquier caso, la tendencia a los préstamos con interés fue ya imparable.

Pero donde tal vez se aprecia con mayor claridad la superación del modelo feudal es en el papel que las grandes familias nobles comenzaron a jugar a lo largo del siglo XIV. El caso de los Habsburgo es un claro ejemplo.

Hasta que en 1273 Rodolfo de Habsburgo se convirtió en emperador como Rodolfo I, esta familia noble fue una de las familias nobles que en Europa ostentaban un importante papel político y económico pero dentro de la dinámica feudal que imprimía un carácter cerrado.

Llegados los siglos XIII y XIV en los que el poder central se refuerza y desaparece el cerramiento que significaba la estructura feudal, estas familias comenzaron a tener más fuerza global, llegando algunas a convertirse en auténticas potencias, no solo en sus estados originarios, sino en parte de Europa, obteniendo incluso la corona en algunos estados. Este es el caso de los Habsburgo, pero también el de los Valois, el de los York y, posteriormente, el de los Borbón y el de los Hohenzollern.

Lo que en definitiva estaba sucediendo era que, a la vez que un poder central en sentido amplio se estaba institucionalizando, poderosas familias iban acumulando creciente poder político y económico y convirtiéndose en uno de los sostenes de las monarquías reinantes. El otro sostén fue la burguesía a partir del siglo XV.

La superación de la estructura feudal también queda puesta de manifiesto con la desaparición de los caballeros. Los ya antiguos caballeros, en base a la cadena de cambios generada desde el siglo XII y que implicaba el fin de la razón de su existencia, fueron dejando de tener sentido. Algunos de ellos evolucionaron hasta convertirse en meros bandidos siendo perseguidos como tales. Posiblemente sea éste el signo más evidente de que la época feudal había concluido y se había pasado a un nuevo período.



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2003