LA ERA MERCANTILISTA


A lo largo de los siglos XIV y XV se fue completando la transición iniciada en el siglo XII. El concepto de "unidad cerrada" propio de la época feudal fue sustituido por el de "individualidad creadora", por lo que la figura protagonista no fue ya el noble terrateniente absentista afincado en el campo, sino el ciudadano burgués cada vez más limitado por las reglamentaciones gremiales y las prohibiciones de la Iglesia en relación al préstamo con interés.

La puesta en explotación de las minas de oro de Silesia y Hungría así como la agilización del comercio, supusieron un incremento de la circulación monetaria que, en parte, no pudo ser asimilado por la aún débil economía. Las inflaciones que se generaron -Primera Revolución de los Precios-, junto a los efectos de la Peste Negra, causaron importantes disfunciones económicas y sociales que no fueron totalmente superadas hasta el último cuarto del siglo XV.

No obstante, a lo largo de estos dos siglos se va dibujando un escenario que será en el que se levantará todo el entramado característico de la sociedad de los siglos XVI, XVII y parte del XVIII. Este escenario quedó definido por tres hechos.

Por un lado, la tendencia hacia el reforzamiento del poder de las monarquías continuó acrecentándose, lo que vino acompañado de una creciente tendencia hacia la exacta delimitación de las fronteras de los territorios sobre los que ejercían su poder.

Por otro, el creciente poder de la burguesía urbana, poder cuya manifestación más evidente era la dependencia que las haciendas reales tenían respecto ella debido al papel que desempeñaban como recaudadora del dinero que las monarquías crecientemente necesitaban.

Y también, en la evolución a la que fue asistiendo la sociedad rural que, tras superar los efectos de las revueltas campesinas, fue reemplazando la servidumbre y la adscripción a la tierra por el arrendamiento y la asalarización de los antiguos siervos. Este hecho, iniciado en el Este de Inglaterra y el Norte de Alemania, supuso el nacimiento de una nueva clase de propietarios agrarios infinitamente más dinámicos que la tradicional aristocracia agraria. Fue la búsqueda de una mayor rentabilidad lo que movió a este cambio, por ello cabe calificar de burgueses a los que en él participaron.

En lo cultural esta transición tuvo una manifestación de hondos efectos, fundamentalmente por lo que de rompimiento con el pasado representó. Y de hecho, ha sido por lo cultural por lo que la fama de esta fase ha trascendido a la posteridad siendo conocida como el Renacimiento.

El Renacimiento significó un retorno al estudio de la cultura clásica, un volver a valorar el esplendor clásico en sus máximas representaciones artísticas, el retomar los estándares clásicos influenciando con ellos todas las manifestaciones culturales de la época. Pero bajo ese ideal cultural reencontrado subyacía una necesidad de una nueva clase.

La nueva clase: la burguesía urbana, precisaba de una concepción filosófica nueva que justificase el nuevo modo de entender la sociedad y la economía que ella ya estaba utilizando y que se sustentaba en el individualismo. Por otra parte, diferentes monarquías embarcadas en procesos de concreción de la idea de estado y de reforzamiento del poder monárquico -Francia, reinos de la Península Ibérica, Inglaterra, Escandinavia-, necesitaban de un modelo filosófico que justificase su proceder y en el que la idea de identidad nacional desempeñaba un creciente papel; frente a éstos, las ciudades italianas y alemanas se embarcaron en un proceso de reforzamiento de su poder a costa del central, y también éstas necesitaron de un modelo filosófico que las justificase.

Fue en Italia donde primeramente se manifestó el fenómeno. En Italia el poder de la nueva clase se estaba manifestando con pujante fuerza y en Italia, en el pasado, fue donde se había alcanzado un máximo en la cultura clásica. Por eso, lo que Dante Alighieri (1265 - 1321), Francesco Petrarca (1304 - 1374) y Giovani Boccaccio (1313 - 1375) estaban expresando en sus obras ya era una nueva concepción del hombre, y lo hicieron no en latín, sino en una lengua propia de los individuos a quienes sus obras iban dirigidas: en la lengua toscano-florentina: el italiano.

A lo largo del siglo XIV el espíritu del Renacimiento llega a la Europa central. Carlos IV (1346 - 1378), emperador del Sacro Imperio, promulga en 1356 la Bula de Oro que estuvo en vigor hasta 1806. Con la Bula de Oro se legalizó la existencia de unos estados independientes, en la práctica, de un teórico poder central, al ser la figura del emperador, únicamente, la cabeza de una liga de estados que eran los que le elegían. En lo cultural, Praga se convirtió en el centro renacentista.

Pero fue en lo religioso donde la transición a la nueva situación se manifestó con mayor fuerza recogiendo los efectos generados en lo político, económico y social, y posibilitando la aparición de situaciones que fueron utilizadas en virtud de los más variados intereses económicos y políticos.

Así, el Cisma de Occidente (1378 - 1415) empeoró aún más el ya desprestigiado papel que la Iglesia había desempeñado a lo largo de la época feudal. Ello llevó a que fuesen apareciendo críticas a la figura del papado, de entre las que destacaron las vertidas por el clérigo inglés John Wiclef (1320 - 1384) en su Tractatus de 1379; estas críticas se unían al hecho de que las ideas de Wiclef propugnaran reformas sociales y apoyaban las revueltas campesinas inglesas. Con esta actitud, Wiclef, un miembro de la Iglesia, estaba demostrando oposición a la normativa civil y a la eclesiástica.

Las ideas de Wiclef pasaron a Praga debido a las relaciones existentes entre Bohemia e Inglaterra al estar casado Wenceslao IV (1378 - 1400) con una hermana de Ricardo II (1377 - 1399) de Inglaterra; de forma inmediata estas ideas fueron adoptadas por Jan Hus, rector de la universidad de Praga, y comenzaron a ser propagadas en idioma checo, lo que favoreció su difusión.

Aparecieron dos movimientos de resistencia a las ideas de Hus: de la Iglesia -por representar éstas una oposición a la política religiosa oficial- y alemán -por la carga de oposición nacionalista checa que incluían, muy peligrosa para el Sacro Imperio por sus posibles consecuencias secesionistas-.

La cuestión se fue complicando al recibir el movimiento husita el apoyo de Wenceslao IV al ser privado del trono alemán por los príncipes en 1400. En 1403 las ideas husitas fueron calificadas de herejía y examinadas en el Concilio de Constanza (1414 - 1418). Jan Hus fue ejecutado en la hoguera y sus seguidores respondieron arrojando por las ventanas del ayuntamiento de Praga a varios senadores -Primera Defenestración de Praga-, dando comienzo las Guerras Husitas (1419 - 1426) que se desarrollaron en Bohemia.

El movimiento husita desapareció, pero su importancia fue capital. A partir de este momento nada fue ya igual en Europa a nivel religioso, y ello debido a las vinculaciones entre lo religioso, lo político y lo económico. La importancia del movimiento husita radicó en que inició en época moderna la oposición a la postura oficial y monolítica de la Iglesia, oposición que se fue incrementando a lo largo de los cien años siguientes debido a la linea de actuación adoptada por la Iglesia, y que desembocó en la Reforma.

El Concilio de Constanza incrementó el prestigio del papado pero también puso en marcha una corriente divergente en la Iglesia: la que consideraba que decisiones tomadas en una asamblea primaban sobre las individuales aunque éstas fuesen tomadas por un papa; es decir, se estaba cuestionando el poder omnímodo individual de los papas. El Concilio de Basilea (1431 - 1449) profundizó en esta linea, y el enfrentamiento subsiguiente llevó a la elección de un papa paralelo. Finalmente, la linea oficial triunfó, y el papa oficial, posiblemente influido por los sucesos acaecidos, incorporó el pensamiento renacentista a la Iglesia, pero ello dio lugar a otra serie de problemas.

También en Italia se habían ido forjando familias que con los años fueron acumulando un creciente poder económico y político y que formaban grupos familiares que controlaban cada uno de ellos una ciudad. Esta tendencia había comenzado a principios del siglo XIV y enlazaba con los descendientes de antiguos caballeros medievales que desplazados de su actividad militar se habían aposentado en distintas ciudades sobre las que fueron desempeñando un creciente poder personal. Este fue el caso de los Scoligori en Venecia desde 1300, de los Visconti en Milán desde 1320 y los Sforza desde 1450, de los Medicis en Florencia y de los Gonzaga en Mantua.

Además, estas familias contaron con los consejos de un tratadista: Nicolás Maquiavelo (1469 - 1527), que sintetizó perfectamente el pensamiento renacentista y que supo elaborar estrategias imbuidas por ese espíritu: no importa la moral establecida ni el derecho al uso: el fin justifica los medios, lo que representaba la ruptura definitiva con el pasado.

La Iglesia por su parte, y desde Sixto IV (1471 - 1484), entró en una dinámica absolutamente nepotista en la que, a cambio de favores e influencias, aceptó el nombramiento como cardenales de hombres sin escrúpulos, caso de Alejandro Borgia que llegó a papa como Alejandro VI, y que utilizó su puesto para incrementar el poder de su familia.

A lo largo del siglo XV se produce la transición definitiva: superada la fase de la Revolución Comercial centrada en las ciudades italianas y en las del Báltico alemán, se va entrando en una fase en que la idea de "poder de conjunto" toma una creciente importancia.

Esta idea no está necesariamente unida a un contexto geográfico amplio, así, junto al concepto de Estado empiezan a potenciarse ciudades con creciente poder. Sin embargo, la idea de poder de conjunto está vinculada a la de "crecimiento": crecimiento de los elementos generadores de actividad y necesario para la expansión del ente Estado.

En realidad, este fenómeno se produce por la necesidad derivada de formar un esquema nuevo que sustituya al individual-simple de la Revolución Comercial debido a que el antiguo -mercaderes en gran medida desvinculados entre si y hacedores de actividad económica en un entorno descentralizado-, ya había dado de si todo lo que de si podía dar. El motivo radicaba en el modelo económico seguido.

La época feudal estuvo caracterizada por la, en la práctica, muy baja renovación de los medios de producción. Fue una fase de economía consuntiva en la que se consumía casi todo lo producido: la producción estaba orientada hacia el consumo, siendo la reproducción de los medios productivos -el capital- simple; en ello tuvo mucho que ver la muy baja circulación monetaria existente.

Pero este esquema fue puesto en entredicho durante la Revolución Comercial generándose una dinámica con la que se aseguraban beneficios crecientes. El problema radicaba en la debilidad de los elementos económicos que desarrollaban el proceso -el comercio estaba desarrollado de forma "artesanal" en la mayoría de las ocasiones-, lo que no aseguraba la continuidad del mismo.

El hecho de que el ya referido concepto de Estado se fuese imponiendo, junto con la idea de poder de conjunto que un Estado -pequeño o grande- lleva aparejada, favoreció que pudiera ponerse en marcha un nuevo modelo ya necesitado por aquellos mercaderes que habían agotado el antiguo. A partir de este momento nace la simbiosis "Burguesía - Estado" que, aunque adoptando manifestaciones diversas, pervivirá hasta nuestros días.

Este nuevo modelo permite el abandono de la economía consuntiva y el paso a la economía lucrativa: ya es posible la total renovación de los medios de producción a fin de garantizar la ampliación del proceso, incluso el poner en funcionamiento medios de producción suplementarios. El objetivo es la apropiación del excedente que crecientemente se va formando por el aumento de valor añadido que se va produciendo en los expansivos y mejor estructurados procesos productivos, y que se manifiesta en los crecientes ingresos y en los costes más y más aquilatados. Este excedente, cuya apropiación era ansiada por la cada vez más fuerte burguesía, era reinvertido en el proceso, comercial y/o manufacturero, dando lugar a una creciente formación de capital, es decir, a un auténtico crecimiento económico.

Este esquema, básicamente el mismo que se continúa aún dando en nuestros días, estuvo fundamentalmente basado durante los siglos XVI, XVII y gran parte del XVIII en el comercio, aunque la producción manufacturera fue ganando importancia lentamente pero de forma imparable. Esta fase, conocida con el nombre de Mercantilismo, constituye una etapa de claro crecimiento económico basado en un proceso de expansión poblacional, comercial y manufacturera que propició un proceso acumulador; de hecho el auténtico precapitalismo en gran medida preparador del modelo que se dio en la fase siguiente, nace en esta etapa.

La lógica del Mercantilismo pivota sobre las dos bases sobre las que se fundamenta el concepto de Estado: la cohesión territorial y la fortaleza exterior. Para conseguir una auténtica cohesión territorial entre distintos territorios -muchas veces muy diferentes entre si-, tuvieron que llevarse a cabo una serie de medidas comunes a todos ellos, por ello, el centralismo administrativo se convirtió en una tendencia general en todos los Estados.

A la vez, fue necesario desarrollar una política económica que tendiese al reforzamiento del Estado con respecto al entorno exterior. La expansión iba en esta dirección, pero era preciso un varemo que midiese el grado de fortaleza exterior alcanzado, sobre todo, en relación a otros estados.

El comercio fue la herramienta utilizada para conseguir aumentar el grado de penetración en ese proceso expansivo, y el nivel del saldo positivo de la balanza comercial -que era medido por la cantidad de metal amonedable conseguida- era el varemo que medía la fortaleza exterior obtenida.

Por ello, prácticamente todos los tratadistas que durante el Mercantilismo se ocuparon de elaborar recomendaciones a los distintos monarcas basaron sus análisis en las bondades del comercio y en las formas de conseguir un saldo comercial positivo, declarándose, casi siempre, partidarios de defender los intereses comerciales de los Estados con barreras arancelarias.

En Inglaterra Thomas Munn (1571 - 1641) y William Petty (1623 - 1687), y en Francia Jean Baptiste Colbert (1619 - 1683), François Quesnay (1694 - 1774) y Anne Robert Jackes Turgot (1727 - 1781), defienden, con mayor o menor vehemencia, la intervención del Estado a fin de asegurar la expansión comercial. Ya en el siglo XVIII, el inglés David Hume (1711 - 1776) muestra un cambio de actitud que anuncia el inicio de una nueva época al enunciar que la cantidad de metal con que un Estado cuente no está en relación con su poder, pudiendo tener, en determinadas circunstancias, ese metal un efecto pernicioso al influir negativamente sobre los precios.


EL SIGLO XVI: EL NUEVO ENTRONQUE ENTRE LO POLITICO, LO ECONOMICO Y LO RELIGIOSO

Lo que comúnmente se conoce como Edad Moderna, es una etapa que se extiende desde la toma de Constantinopla por los Turcos (1453) y que significó el fin del Imperio Bizantino, y la crisis de 1789 que supuso el nacimiento de un nuevo modelo político. Durante estos siglos, con el modo de hacer mercantilista como vehículo, se procedió a la expansión de lo económico por parte de la burguesía, de lo político por parte de las cada vez más fuertes monarquías, y de lo religioso por parte de las dos corrientes en que el desprestigiado cristianismo renacentista se escindió.

A lo largo del último cuarto del siglo XV ya estaban prácticamente superados los efectos de la Peste Negra, a esto ayudó en gran medida el aumento que se fue dando en la tasa de natalidad debido, en parte, a que las parejas fueron contrayendo matrimonio a edades más tempranas. Todo ello fue dando lugar a un incremento de la población durante todo el siglo XVI, sobre todo en Inglaterra, Paises Bajos, Italia y Francia.

Por otra parte, la superación de la época feudal influyó en el inicio del decaimiento del poder de los gremios, lo que unido al inicio de la desaparición de la servidumbre en el campo con el paso de la población agraria al arriendo y a la constitución de una importante masa de mano de obra, y al principio de una oleada de expectativas de negocio aportadas por la nueva situación, hizo que se produjese un incremento en la renta disponible.

A lo largo del siglo XVI, se fueron produciendo los hechos decisivos que llevaron a la expansión del XVII.

En lo económico, el aumento de población fue dando lugar a un aumento en la demanda de bienes -alimentos y textiles, fundamentalmente-, que la oferta no fue siendo capaz de cubrir en base a la estructura productiva preexistente. A la vez, las guerras en que las monarquías se fueron involucrando para consolidar y expandir los estados, y las necesidades de bienes de lujo que las cada vez más ostentosas cortes fueron generando en proporción directa a la importancia de los estados, fue dando lugar a la demanda de otros artículos que también las distintas ofertas tuvieron dificultad de cubrir.

Este tirón general de demanda por parte de los consumidores llevó a un aumento de la demanda de materias primas por parte de los productores de estos bienes, lo que generó un incremento generalizado en los productos suministrados por el sector agrario debido a que era éste el principal ofertante de las materias primas solicitadas.

Se produjeron aumentos de demanda de lana, lino y cuero a fin de cubrir las necesidades de las manufacturas textiles; de maíz para la elaboración de pan; de uva para la de vino y de cebada para la fabricación de cerveza; también, al incrementarse la demanda de minerales, el subsuelo de las propiedades agrarias mejoró sus rendimientos.

A todo esto debían añadirse los efectos que las llegadas de metal procedentes de América y distribuidas en Europa por España, causaban sobre la en ascenso actividad económica europea.

Fue generándose una "atmósfera" inflacionista que se iba realimentando a si misma: el aumento de actividad generó incrementos de precios al tender a ser la demanda superior a la oferta, lo que se veía incrementado por los efectos de las llegadas de metal americano en paulatino aumento.

Se fue produciendo un continuado incremento en los ingresos de la burguesía urbana, de la nobleza terrateniente y de los pequeños artesanos, con lo que la atmósfera pasó a ser de euforia: existían expectativas y los "generadores de oferta" se lanzaron a su consecución.

Pero este proceso se vio acelerado por un fenómeno paralelo que se fue produciendo: las respuestas de la oferta en cuanto a incrementos en las cantidades producidas se fueron viendo acompañados por ofertas de nuevos productos que fueron apareciendo. Ambos hechos llevaron a que ciertas actividades empezaran a sobresalir como generadoras de "más actividad" y como especialmente "receptoras" de ideas para mejorar su rendimiento; en concreto, la minería, la metalurgia, las manufacturas del vidrio y cerámica y las textiles y de papel, se fueron convirtiendo en actividades sobresalientes, lo que les llevó a incrementos en sus necesidades de capital a fin de financiar la manufactura de nuevos productos y la introducción de nuevas técnicas.

Esta actuación de la burguesía y la nobleza en lo económico tuvo su imagen en lo político. Las distintas monarquías europeas, embarcadas en la consolidación de los Estados encontraron en la burguesía a una figura muy útil: la burguesía podía ser una fuente económica que financiase los proyectos expansivos de la monarquía.

Pero a la vez, la burguesía, que había visto con buenos ojos la formación de los estados, concluyó que la expansión de éstos era muy positiva a sus negocios, pudiendo desempeñar la monarquía un destacado papel en la protección y favorecimiento de sus intereses.

Por otra parte, y en ello el propio concepto de Estado jugó un papel fundamental, las monarquías fueron acumulando poderes en su proceso de consolidación de los Estados, poderes que, por la propia caracterización del tránsito hacia la centralización, desembocaron en el absolutismo. La legitimación de ese enorme poder en la figura de una sola persona vino avalado por la entronización del monarca con el poder divino: el rey es el representante en la Tierra de Dios que es el dueño del poder supremo, por tanto, el rey es recolector único de toda la representación terrestre del poder divino.

En consecuencia, entre burguesía y monarquía comenzó a darse una relación provechosa para ambas en la que las dos tenían que ganar; aunque, al ir representando lo económico -poder al que no era ajena la monarquía, pero poder que no ejecutaba- un papel crecientemente necesario, lenta, pero imparablemente, la burguesía comenzó a destacar en el grado de independencia de que disponía para llevar a cabo su actividad.

Esta ansia de expansión de los estados y esta ansia de expansión de la burguesía convirtió a parte del siglo XV y al siglo XVI en la época de los grandes viajes, no por motivos científicos, sino por motivaciones económicas a fin de encontrar un camino hacia los productos de Extremo Oriente -las Indias- diferente al camino terrestre hasta las estribaciones occidentales de la Ruta de la Seda e impracticables por el avance de los Turcos. En la primera fase de este avance viajero, Portugal desde Juan I (1385 - 1433) y España desde los Reyes Católicos (1479 - 1517), llevaron la iniciativa: hacia el Este uno, hacia el Oeste el otro.

Junto a esta expansión de la burguesía, la nobleza terrateniente también fue incrementando su poder a costa del campesinado y apoyándose en una relación de mutua dependencia con la monarquía semejante a la practicada por la burguesía. De resultas de ello, la situación del campesinado, que mejoró al final de la época feudal, empeoró bruscamente. A ésto contribuyeron dos hechos: el derecho romano y la problemática religiosa generada por la Reforma.

La nobleza terrateniente -tanto la que tenía mentalidad burguesa como la que no- vieron en el derecho romano una panoplia de herramientas para ejercer una presión creciente sobre el campesinado que de ella dependía, máxime, considerando que la Iglesia era una ingente propietaria de tierras.

Esta creciente opresión de la nobleza fue más o menos asumida en toda Europa por el campesinado, pero el hecho de que la parte alemana del Sacro Imperio fuese un conglomerado de estados -algunos con una base burguesa relativamente fuerte-, añadido a la historia de disputas que desde las Edades Medias habían enmarcado las relaciones del Sacro Imperio con Roma, junto a los efectos derivados de las enseñanzas de Jan Hus, dio lugar a que empezasen a aparecer voces muy críticas en contra de la dejación moral de la Iglesia y de la nobleza, y a que estas voces fuesen adoptando una posición de independencia en lo religioso defendiendo una interpretación de las Escrituras contraria a la inmovilista linea oficial de Roma, postura que contó con la ya en parte evolucionada imprenta inventada en 1455.

A lo largo de los siglos XV y XVI se produjeron revueltas campesinas originadas por los efectos del derecho romano, principalmente en Hungría (1514), Eslovaquia (1515) y Alemania (1525) y, en menor medida, en Polonia y España. En esta linea, no es extraño que el campesinado alemán abrazase en gran número esta linea religiosa crítica con un poder que les oprimía, iniciada abiertamente el 31 de Octubre de 1517, cuando Martín Lutero (1483 - 1546) clava sus noventa y cinco tesis contra las indulgencias en la puerta de la iglesia de Wittenberg.

Todas las revueltas fueron ahogadas en sangre por la nobleza -solo en el Norte de Alemania fueron muertos ciento treinta mil campesinos-, lo que llevó a alzas de precios, a la miseria y a la propagación de epidemias en amplias zonas; pero esta linea religiosa tenía especiales ventajas para una nobleza que no veía con buenos ojos el inmenso poder de la reinante familia de los Habsburgo.

Los príncipes alemanes vieron en la nueva fe una posibilidad de independencia de la católica casa de Habsburgo, pero, además, vieron la posibilidad de incrementar su poder a través de acercamientos con la Francia de Francisco I (1515 - 1547) contraria también al poder de los Habsburgo.

Por todo ello, lo religioso se había ido convirtiendo en una cuestión básica que desbordaba a las tradicionales pugnas entre el poder político y la Iglesia. Lutero rompió con un principio que era aceptado por todos: la idea de que la institución Iglesia constituía la base del sistema religioso, independientemente de la calidad moral y personal de sus miembros. Lutero opuso a ése otro principio: el de que lo únicamente importante para obtener la salvación era la fe personal, la vivencia interior, estando en la Biblia, único texto verdaderamente sagrado, las enseñanzas precisas para alcanzarla e independiente de la tradición que Roma hubiese hasta entonces desarrollado; en consecuencia, ese texto sagrado debía poder ser leído e interpretado por todas las personas, motivo por lo que se extendió su traducción al alemán.

Roma y los Habsburgo vieron las consecuencias que el movimiento religioso podía tener, tanto en lo referente a su adopción por la nobleza terrateniente, como en el equilibrio de poder con Francia. Por ello hubieron intentos de aproximación a nivel teológico que no cristalizaron debido a que el trasfondo religioso había pasado a ser herramienta política de los príncipes y de la nobleza; en este fracaso tuvo también mucho que ver el papel desempeñado por el suizo Huldreich Zwingli, Zuinglio (1484 - 1531).

Zuinglio era un teólogo, pero junto a ello y por encima de ello era un político que quería convertir a Zurich en el centro del nuevo espacio religioso en el que la independencia política garantizase la actuación de los terratenientes y de la burguesía, objetivos que no eran más que lo que en el fondo pretendía la nueva fe.

En la Dieta Imperial de Augsburgo (1530) el acercamiento entre las dos corrientes pareció conseguido, pero la victoria de Carlos I de España sobre Francia y sobre los Turcos acrecentó la desconfianza de los príncipes hacia la posibilidad de obtener una paz satisfactoria. Ese temor movió a que los príncipes crearan en 1531 la Liga de los Smalcalda y que se generasen nuevos conflictos, acabados por el emperador en la Batalla de Mühlberg (1547) con la derrota de la Liga.

Pero Francia, con el objetivo de reducir la importancia de España, prometió apoyo a los príncipes y éstos atacaron de nuevo a Carlos I. Este, desencantado, cedió las negociaciones a su hermano Fernando I de Austria (1556 - 1564), firmándose la Paz Religiosa de Augsburgo (1555).

Este documento tuvo una importancia capital en la distribución religiosa de Europa y en el equilibrio político y económico, tanto del momento como posterior: era el señor de cada territorio, no los súbditos, el que determinaba la religión de todo el territorio, es decir, de los habitantes en el mismo. En consecuencia, si los nobles elegían por motivos de fe -y económicos y políticos- seguir las tesis de la Reforma, los plebeyos de sus territorios debían aceptarla.

A partir de este momento se marca la separación geográfica de las zonas de influencia de las dos tendencias religiosas, lo que implicó la existencia de dos lineas de poder político y dos modos de hacer económico.

Tras estas luchas no había más que el proceso de consolidación, reafirmación y expansión en que los Estados se habían embarcado en el siglo XV. Pero estas políticas expansivas -tanto dentro como fuera de Europa- fueron encareciéndose a medida que se fue avanzando en el siglo XVI, de hecho, este fue uno de los motivos por los que las pequeñas e independientes ciudades italianas perdieron protagonismo.

Algunos de los miembros de la alta alta burguesía europea, y debido a las crecientes necesidades financieras de las coronas, empezaron a paralelar su actividad comercial con la financiera convirtiéndose en poderosos prestamistas, caso de los alemanes Fugger y Welser que trabajaron para los Habsburgo sosteniendo sus operaciones a cambio de concesiones y prebendas económicas: monopolio del comercio de cobre a principios del siglo XVI los primeros y concesión de un inmenso territorio en la actual Venezuela para su colonización los segundos-.

Estos financiadores operaban según un auténtico espíritu capitalista -alto riesgo en espera de un alto beneficio-, pero, a la vez, sus clientes principales eran estados absolutos por lo que el control que estos prestamistas ejercían sobre sus finanzas era muy precario lo que daba lugar a quiebras importantes; así, las bancarrotas declaradas por España y Francia en 1557, arrastraron a la ruina a muchos de estos banqueros.

Crecientemente, lo político y lo económico estaban más y más vinculados; el encaje conceptual entre ambos y lo religioso, por otra parte ya evidente a nivel práctico, lo realizó el también suizo Juan Calvino (1509 - 1564).

Calvino era contrario a Roma por los mismos motivos que Lutero, pero achacaba a éste un excesivo humanismo que le hacía perder el contacto con la realidad. En este sentido, Calvino desarrolló una linea de conducta muy próxima a la de Zuinglio.

Calvino partió de que la omnipotencia divina implicaba la predestinación del hombre, pero ello, lejos de llevar a éste a la indolencia debía moverle, obligatoriamente, hacia una constante superación personal en todos los órdenes a fin conseguir su renacimiento moral. Es decir, el hombre debía ser diligente, aplicado y laborioso, de modo que sus avances en lo personal, en lo económico y en lo social le llevarían a obtener la salvación de su alma.

Esta nueva forma de conducta encontró eco muy rápidamente en las potencias económicas de la época más alejadas de Roma: Inglaterra y Holanda. El hecho de que sus relaciones con España fuesen particularmente negativas en aquellos momentos influyó en el hecho de que el calvinismo se asentase rápidamente en los dos Estados; y el que en ambos estados la burguesía contase con un enorme peso específico fue determinante en la rápida extensión de la doctrina calvinista.

El calvinismo puso finalmente de manifiesto que lo que se estaba dirimiendo era una oposición entre dos formas diferentes de enfocar el tratamiento de lo económico. La moral católica, con sus ideales de jerarquía y centralismo, era potenciadora de la conducta personal, por lo que conllevaba una tendencia hacia el sacrificio material y hacia el misticismo religioso como modo de alcanzar la Salvación.

La ética calvinista, en cambio, estaba basada en la libre elección y en la superación personal en todos los órdenes, por lo que el trabajo bien realizado en un entorno de comportamientos personales sobrios que llevasen al éxito material, constituía una vía, no solo posible, sino deseable para alcanzar la Gloria Eterna.

Por ello, España, un estado sin prácticamente espíritu burgués y con una dinastía que entroncaba con un modelo de comportamiento fundamentalmente medieval en lo económico, rechazó una linea de conducta que era totalmente contraria a su ideal de centralismo político y, por extensión, económico.

Por el contrario Inglaterra, Holanda y partes de Alemania, con poderes políticos plenamente conscientes de que la burguesía les era necesaria y ellos necesarios a la burguesía, junto al hecho de que la nueva fe brindaba un punto de independencia respecto al centralismo religioso de Roma -y de España-, adoptaron la linea calvinista más próxima a los ideales de los mercaderes de la Revolución Comercial.

La Iglesia católica vio que la Reforma representaba un tremendo peligro debido a la dinámica de cambios que llevaba implícita, y reaccionó. A la vez que la Reforma se iba extendiendo, en Roma se llegó a la conclusión de que debía reformarse el, en muchos aspectos, muy degradado proceder de la Iglesia. Las luchas político-religiosas posteriores fueron ahondando en este sentido, y dando lugar a una inclinación hacia un mayor ascetismo.

En esta linea de reforma y reestructuración de la Iglesia católica opuesta a la Reforma luterana -Contrarreforma-, se dieron dos hechos fundamentales. En 1540 el papa Pablo III confirma a una nueva orden: la Compañía de Jesús fundada por el español Ignacio de Loyola (1491 - 1556) y, entre 1545 y 1563, tienen lugar las sesiones del Concilio de Trento.

El ideario de la Compañía de Jesús estaba basado en una combinación de lineas tradicionales adaptadas y de nuevas aportaciones: así, conservaba elementos de la Iglesia más tradicional, como el espíritu monástico, aunque dándole un sentido abierto; reforzaba otros, como el concepto de jerarquía centralizada, siguiendo una estructura semimilitar; retornaba al ideal de pobreza estricta e introducía la total obediencia al papa en la forma de un cuarto voto. Sin embargo, la verdadera novedad de la orden radicó en la adaptación del catolicismo a la nueva época que el siglo XVI representaba: la movilidad, propia de un mundo en transformación.

El Concilio de Trento supuso el abandono definitivo de los principios renacentistas por parte de la Iglesia católica y marcó el punto de no retorno en el distanciamiento entre las dos tendencias religiosas. Pero también supuso la politización de lo religioso de modo que el credo religioso pasó a ser parte de la política del estado, por lo que la oposición contra la linea religiosa oficial del Estado pasó a ser considerada como oposición contra el Estado.

A partir de aquí, la evolución política, económica, religiosa y social de los estados donde se impuso una u otra tendencia religiosa será radicalmente diferente aunque con idéntico substrato expansionista, y ello quedó puesto de manifiesto con el desplazamiento hacia la zona de Flandes de la importancia económica hasta entonces centrada en el Norte de Italia y que ya empezó a mostrar signos de decaimiento desde la apertura de rutas marítimas hacia el Extremo Oriente por el cabo de Buena Esperanza a partir de 1500.

Amberes, junto al río Escalda y al Mar del Norte, se convirtió en un centro clave en el comercio de textiles, especias y metales hacia y desde el Norte de Italia; además, portugueses y españoles realizaban desde Amberes la distribución de especias y de lana y vino respectivamente. Pero también las monarquías recurrían a su Mercado de Moneda para cubrir sus crecientes necesidades financieras. Todo ello no hizo sino ir incrementando la importancia de esta ciudad. El fin de la importancia económica de Amberes principió por la dinámica que España inyectó en su política en la zona.

Los Paises Bajos, que formaban el núcleo del ducado de Borgoña, pasaron a la linea española de los Habsburgo tras el reparto llevado a cabo entre Carlos V y Fernando I de Austria. La zona, que había contado con un alto grado de independencia y donde la burguesía comercial ejercía el gobierno efectivo, asumió muy mal el hecho de que Felipe II de España (1556 - 1598) impusiese una administración central llevada desde España y representada por la regente Margarita de Parma. Este hecho desencadenó una fuerte oposición a la presencia española agudizada porque en el Norte -Holanda- el calvinismo había penetrado con gran fuerza.

Como la oposición fue en ascenso, la regente fue sustituida por el duque de Alba que inició una fuerte política represiva y que degeneró en la sublevación de los Paises Bajos a cuyo frente se puso un noble que anteriormente había estado al servicio de de España: Guillermo de Orange. Dentro de la tendencia bélica que se generó, las tropas españolas saquearon Amberes en 1576, hecho que marcó el principio del decaimiento de la ciudad.

Las siete provincias del Norte eligieron en 1579 a Guillermo de Orange como gobernante de la formada Unión de Utrecht, aunque continuaron, al menos teóricamente, formando parte del Reino de España, lo que benefició a los comerciantes holandeses al tener permitido sus buques recalar en puertos españoles.

Pero al ser estos buques crecientemente confiscados por España y movida por la postura calvinista, la Unión adopta la linea independentista que fue apoyada por todos los enemigos de los Habsburgo, especialmente por Inglaterra. En 1581 se consuma la independencia con el nacimiento de las Provincias Unidas.


EL SIGLO XVII: EL TRANSITO HACIA LA EPOCA CONTEMPORANEA

El siglo XVII representó la máxima manifestación de hasta donde podían llegar las monarquías absolutas en su afán de conseguir un papel preponderante en Europa, una Europa en la que el nacimiento de nuevas expectativas económicas era constante.

Con ese decorado no es de extrañar que las guerras, entendidas como luchas entre poderes políticos con sus correspondientes soportes económicos, se generalizasen -las guerras se extendieron por Europa a lo largo del siglo durante noventa y ocho años-, ni que se empezase a producir una tendencia hacia lo enorme, hacia lo grandioso. Así, a nivel cultural y artístico, el gusto por lo clásico recogido por el Renacimiento se va abandonando y sustituyendo por el concepto de totalidad expresado por un nuevo estilo, el Barroco, nacido en Italia y posteriormente extendido a todos los Estados católicos. Esta idea de totalidad se vio manifestada en el entronque definitivo entre lo político y lo religioso; mientras, la burguesía de los distintos Estados continuaba su proceso expansivo.

Pero a la vez, el Barroco también representó el nacimiento de lo científico como una verdadera actividad -Isaac Newton (1643 - 1727)- y la concepción de una nueva corriente: el Racionalismo -René Descartes (1596 - 1650) con su imagen dualista del mundo y manifestada por la oposición de alma y cuerpo, de conciencia y materia: "cogito ergo sum"-, y enlazada con lo religioso por Blas Pascal (1623 - 1662) fundador del Jansenismo y opuesto a la Compañía de Jesús a la que acusaba de practicar una moral acomodaticia.

Tres conflictos bélicos caracterizan de forma determinante este período: la Guerra de los Treinta Años (1618 - 1648), las Guerras Civiles Inglesas (1642 - 1649) y la Guerra de Sucesión Española (1701 - 1715). En el primero se realizó el último intento por parte de los Estados para conseguir alzarse a nivel individual con el dominio absoluto de Europa; en el segundo se asiste a un primer intento de limitar de forma efectiva el omnímodo poder real; tras el tercero se produce la obtención por parte de un Estado de una clara posición de preeminencia europea.

La Guerra de los Treinta Años fue un enfrentamiento global en el que, por primera vez, se enfrentaron coaligados una serie de estados europeos. La religión fue, nuevamente, la bandera enarbolada por los dos bandos: una somera lectura de la guerra muestra un enfrentamiento entre católicos y protestantes, pero, lo que verdaderamente se barajó en la contienda fue la pugna entre la familia de los Habsburgo y el estado de Francia.

El origen del conflicto puede fecharse a principios de siglo, cuando los católicos exigieron la aplicación de la cláusula Reservatum Ecclesiasticum de la Paz de Augsburgo, por la que si un príncipe imperial católico se pasaba al luteranismo o al calvinismo perdía sus posesiones. La respuesta de los príncipes reformistas de Alemania, junto con los de Bohemia, Suecia y Dinamarca fue la creación de la Unión en 1608. Los católicos respondieron creando la Liga.

Francia, a la que la Reforma de momento no le representaba ningún problema tras el Edicto de Nantes (1598) que Enrique IV (1589 - 1610) había concedido a los Hugonotes, entró en un proceso de reorganización, sobre todo desde el acceso del cardenal Richelieu (1624 - 1642) como ejecutor efectivo del poder del estado ya en el reinado de Luís XIII (1610 - 1643). El objetivo de Richelieu era doble: a nivel interior, la implantación de una monarquía absoluta efectiva; a nivel exterior, eliminar la presión que sobre Francia ejercían los Habsburgo.

Lo primero lo consiguió aplastando a la nobleza y eliminando las prerrogativas existentes excepto la libertad religiosa otorgada por el Edicto de Nantes; aquí radica el inicio del período en el que la razón de estado pasa a ser elemento básico de conducta del poder político y que evolucionará hasta el despotismo ilustrado del siglo XVIII; lo segundo, tomando abierto partido en la guerra a favor de los príncipes alemanes.

En una primera fase de la guerra, tropas de la Liga derrotan a los daneses. Tras la Paz de Lübeck (1629) es promulgado el Edicto de Restitución por el que debían retornarse todas las posesiones que se habían expropiado a la Iglesia desde 1552 y que desencadenó la reactivación de las hostilidades por parte de los príncipes contra el catolicismo al imponer el edicto un grave trastoque económico para éstos.

La reanudación de los combates implicó la entrada de un potente ejército sueco en Alemania donde consiguió dos importantes victorias, pero la muerte de Gustavo Adolfo II de Suecia (1611 - 1632), llevó a una nueva victoria imperial y a la firma de la Paz de Praga (1635).

Al cardenal Richelieu le sucedió el cardenal Mazarino (1643 - 1661), coincidiendo con el ascenso al trono de Luis XIV (1643 - 1715), menor de edad, y regentado por su madre Ana de Austria, una Habsburgo. Francia se involucró abiertamente en la guerra, lo que la prolongó. A partir de 1643 comenzaron a darse conversaciones entre los dos bandos, cristalizadas finalmente en la Paz de Westfalia (1648) por la que los príncipes obtuvieron una absoluta soberanía que ya no volvería a ser discutida.

Pero Francia prosiguió su particular guerra con España hasta la firma de la Paz de los Pirineos en la que no solo obtuvo concesiones territoriales, sino también el matrimonio del rey con Margarita, de la linea española de los Habsburgo, por lo que Francia podía optar al trono de una España que, aunque propietaria de inmensos territorios, era cada vez más débil.

Es decir, la Guerra de los Treinta Años significó el triunfo definitivo de la Reforma en una amplia zona de Europa con la consiguiente independencia económica y política de unos estamentos con poder zonal, así como el ascenso de Francia al desempeño de un papel preponderante en la Europa de mediados de siglo.

Richelieu y Mazarino diseñaron un estado absolutista en el que el Estado era lo único importante y al que incluso la corona estaba subordinada. Luís XIV dio un paso más al construir un absolutismo personalista -"L'état c'est moi"- en el que llegó a intentar que las decisiones de la Iglesia dependiesen de él a través de la publicación de los Artículos Galicanos en 1681, aunque finalmente se llegó a un acuerdo con el papa. Con esta perspectiva de lo religioso, no es de extrañar que Luís XIV anulase el Edicto de Nantes en 1685, iniciándose la persecución de los Hugonotes y forzando la emigración de muchos de ellos hacia Holanda y hacia varios estados alemanes, entre ellos, Prusia.

El siglo XVII supuso el nacimiento de Austria como potencia propia, a ello contribuyó la expansión de los Turcos. Durante el reinado de Leopoldo I (1658 - 1705), los Turcos, movidos por las promesas de ayuda de Francia que continuaba con su idea de decrementar el poder de los Habsburgo, avanzan sobre Austria poniendo sitio a Viena. El peligro Turco lleva a la formación de la Liga Santa -Austria, el papado, Venecia y Polonia- comenzando la Gran Guerra Turca (1683 - 1699) que implicó el ascenso de Austria tras la conquista de Budapest y Belgrado. Además, tras la Batalla de Harsany (1687), la Dieta Imperial de Persburgo reconoció el derecho a la sucesión a la corona de Hungría de la linea masculina de los Habsburgo.

De esta serie de enfrentamientos en cadena, Holanda pudo quedar durante un tiempo relativamente al margen. Una vez conseguida la independencia de España, las Provincias Unidas continuaron su particular proceso de expansión económica tomando a Amsterdam como centro principal. Tan solo contó con un enemigo y competidor: Inglaterra.

Amsterdam recogió gran parte de la emigración que la política española forzó en la zona; el hecho es que se creó una base financiera y productiva que contaba con amplios conocimientos técnicos en las actividades sedera, del vidrio, de la elaboración de papel y de impresión.

La actividad comercial de Amsterdam, realizada por una emprendedora burguesía, le llevó a una creciente expansión, motivo por el que es creada la Cámara de Seguros Marítimos en 1598; a partir de aquí el crecimiento fue imparable. En 1602 se funda la Compañía Holandesa de las Indias Orientales a partir de la unión de varias sociedades comerciales, comenzando el dominio económico y político de Holanda a través de la actividad de la Compañía en Indonesia -al contar con el monopolio comercial al Este del cabo de Buena Esperanza a cambio de una cantidad anual- desde un primer establecimiento en Java en 1603 y asegurado por la victoria sobre una flota española en Malaca en 1619.

La Compañía aplicó en Indonesia auténticos métodos de explotación capitalista para la obtención de beneficios, combinándolos con el uso de una brutalidad desmedida sobre la población indígena; además, impidió el establecimiento de otros comerciantes, ni siquiera holandeses, consolidando su posición a través del uso de una fuerza armada propia. Esta política fue llevada a cabo en medio de una corrupción generalizada que se extendió entre los administradores, muchos de los cuales no eran holandeses.

En 1609 fue fundado el Banco de Amsterdam y la Bolsa con lo que se aseguraba un creciente desarrollo financiero, generándose un circuito que financiaba un pujante crecimiento comercial y que se puso de manifiesto en 1621 con la fundación de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales a fin de aprovechar el decaimiento del poder marítimo de España.

La pujanza de Holanda parecía imparable debido a que su modelo estaba basado en una actividad comercial en aumento y en la abundancia de capital que incidía en unos bajos tipos de interés, lo que aseguraban la financiación apropiada de los negocios a realizar.

Inglaterra no se había quedado atrás en ese proceso de expansión exterior: en 1600 es fundada la Compañía Inglesa de las Indias Orientales con semejantes características a la holandesa; pero el problema de Inglaterra era fundamentalmente interno y centrado en la total implantación del la Reforma iniciada por Enrique VIII (1509 - 1547) combinado con problemas sucesorios.

En 1603 se instaura la dinastía Estuardo con Jacobo I (1603 - 1625). Hijo de la católica María Tudor (1553 - 1558), hermanastra de Elizabeth I (1558 - 1603), ascendió al trono al morir ésta sin descendencia, lo que significó la unión de Escocia e Inglaterra. Su reinado fue proclive en tensiones políticas -Conspiración de la Pólvora (1605)- y religiosas, que llevaron a la emigración de grupos de puritanos calvinistas en 1620 a los primeros establecimientos en la costa Este de los futuros Estados Unidos levantados en 1606. Carlos I (1625 - 1649), hijo de Jacobo I, le sucedió.

Carlos I, que era un claro simpatizante católico, continuó con la linea absolutista de su padre. En 1628 , el parlamento, de composición heterogénea pero con un importante porcentaje de propietarios agrarios no absentistas, consigue del rey concesiones contra las detenciones arbitrarias y sobre los empréstitos que con carácter obligatorio el rey periódicamente exigía. Como consecuencia, Carlos I no volvió a convocar al parlamento durante once años.

Cuando el rey volvió a necesitar fondos convocó al parlamento para exigírselos, pero éste se los negó invocando las medidas de 1628. Carlos I ordenó la detención de los jefes de la oposición a lo que el parlamento opuso su indisolubilidad.

Los católicos, que contaban aún con una cierta fuerza, se pusieron al lado del rey y de los nobles que le apoyaban, fundamentalmente, grandes terratenientes. Los parlamentarios opuestos al rey se aglutinaron en torno a Oliver Cromwell, un noble menor, propietario agrario ultrarreligioso y cercano al calvinismo.

El proceso de guerras civiles supuso el triunfo de Cromwell y la ejecución de Carlos I, es decir, el poder civil derrocó al absolutismo monárquico. Técnicamente, las guerras fueron el enfrentamiento entre dos lineas religiosas, pero, por encima de ello, se estaba manifestando, por vez primera, una alternativa organizada, y triunfante, a un poder monárquico de viejo cuño.

En 1649 quedó instaurada en Inglaterra la república -la Commonwealth- con Cromwell de presidente, y que por motivos de implantación derivó en una dictadura en la que, hasta 1660 con la restauración de la monarquía en la figura de un hijo de Carlos I -Carlos II-, se procedió a una política de asimilación religiosa y nacional, especialmente en Irlanda, donde se llevó a cabo una sistemática política de exterminio de la identidad irlandesa -en diez años murió la tercera parte de la población-, y que principió con el Baño de Sangre de Drogheda (3 al 8 de Septiembre de 1649).

Paralelamente, Cromwell apoyó abiertamente la expansión y el comercio inglés: expansión en las colonias americanas, promulgación de la Navigation Act en 1651 y conquista de Jamaica en 1655.

Una de las actividades más utilizadas por los holandeses consistía en la intermediación marítima. La Navigation Act fijaba que la entrada de mercancías en puertos ingleses únicamente podía realizarse por buques ingleses o por los del país de origen de las mercancías; por ello, su promulgación condujo a un enfrentamiento con Holanda.

Las dos guerras angloholandesas (1652 - 1654 y 1655 - 1667 y la guerra entre Francia y Holanda (1672 - 1678) marcaron el final de ésta como punto comercial principal en Europa y el encumbramiento definitivo de Londres como centro comercial europeo en el siglo XVIII, aunque la importancia de Holanda a nivel financiero continuó.

Dentro de este proceso de oscilaciones políticas y en el otro extremo de Europa, dos zonas se van consolidando: Prusia y Rusia.

Prusia, cristianizada y germanizada por colonos alemanes desde finales del siglo XIII, desarrolló una floreciente burguesía que controlaba el tráfico mercantil entre Polonia y Rusia. Las tensiones entre Prusia y Polonia fueron constantes desde que aquella comenzó su expansión en el siglo XIV.

En el siglo XVI, y de resultas de una de las guerras entre ambas, Prusia quedó escindida en dos: la parte occidental pasó a Polonia y la parte oriental que permaneció teutónica pero enfeudada a la corona polaca. En 1525, Prusia se convirtió en un ducado secular y hereditario, siendo el maestre teutónico Alberto de Hohenzollern el primer duque. Alberto decidió renunciar al cargo de maestre, abandonar la orden, convertirse al luteranismo y secularizar los bienes de la orden.

En 1618, y debido a la extinción de la linea sucesoria prusiana, Prusia pasa al elector de Brandeburgo -de la familia de los Hohenzollern- aunque continuando la vinculación con Polonia hasta que, en 1660, con Federico Guillermo I de Hohenzollern como elector , Polonia reconoce a los electores de Brandeburgo como figuras únicas de una Prusia que había visto incrementarse su territorio de resultas de la Guerra de los Treinta años con la inclusión de la Pomerania oriental y varios obispados.

Federico Guillermo I (1640 - 1688) sentó las bases económicas y políticas de la formación de Prusia como núcleo del futuro estado alemán. Adoptó una política mercantilista, creó un sistema fiscal permanente e instauró unos nuevos impuestos sobre el consumo -las"sisas"- con lo que consiguió un aumento de la recaudación que utilizó para desarrollar un poderoso ejército -desmesurado por las dimensiones del estado- y una flota, formó un cuerpo de funcionarios, mejoró la agricultura mediante una política de conversión de baldíos y admitió a veinte mil hugonotes franceses.

A estas alturas, Brandeburgo-Prusia, aún teniendo el sector agrario un enorme peso en su economía, estaba en el camino de convertirse en una potencia económica y militar; pero el inicio de su imparable ascenso lo obtuvo del espaldarazo político que representó la concesión de la dignidad real al duque Federico III por parte del emperador a fin de asegurarse éste la participación de Prusia en la Guerra de Sucesión española. A partir de este momento, Prusia, con su nuevo rey Federico I (1701 - 1713), principia una política de imparable ascenso.

También Rusia configuró su ascensión a los largo de los siglos XVI y XVII. Desde que en 1223 los mongoles irrumpieran en suelo ruso y comenzasen a someter a vasallaje a todos los principados existentes, hasta que Iván III (1462 - 1505) se negó a reconocer la autoridad de los mongoles y procediera a unificar el principado de Moscú, pasaron más de tres siglos de total dependencia. Los reyes siguientes Basilio III (1505 - 1533) y, sobre todo, Iván IV (1533 - 1584), continuaron con la política de consolidación y expansión iniciada por Iván III.

A lo largo del siglo XVII el principado de Moscú fue creciendo hasta que Pedro I (1682 - 1725) lo transformó en el imperio ruso. Al margen de expansionar el estado, adoptó una mentalidad occidental moderna en detrimento de la anterior religiosa, lo que le llevó a la realización de una serie de medidas administrativas y unificadoras en las que la iglesia y la nobleza perdieron gran parte de su poder que fue tomado por el zar.

Todos estos cambios en los decorados político y religioso de Europa estuvieron acompañados de amplios cambios en lo económico que, de hecho, se dieron a la vez; pero, así como en los primeros las modificaciones a que dieron lugar eran perfectamente identificables a nivel geográfico, en los segundos, aunque fueron determinándose unas zonas claramente expansivas -Holanda fue una de ellas-, fue a nivel de tendencia donde las modificaciones se manifiestaron con mayor ímpetu.

Las crecientes expectativas de negocio -en constante aumento debido a los descubrimientos geográficos que se iban sucediendo y a las crecientes tasas de incremento demográfico-, y el absolutismo existente, hicieron que a lo largo del siglo XVII fuese incrementándose el poder de la burguesía. Esta, consciente de su mayor poder, comenzó a invertir los beneficios obtenidos a través de la agricultura y el comercio en producción manufacturera a la vez que iba desempeñando un más activo control del tráfico de mercancías. Es decir, la burguesía fue convirtiéndose en dueña de los cada vez más evolucionados medios de producción manufacturera, y en controladora de los canales de distribución.

Este proceso económico, centrado fundamentalmente en los estados y zonas calvinistas, fue poniendo de manifiesto unas crecientes necesidades de capital a fin de abordar su financiación, lo que fue llevando a la burguesía hacia situaciones de riesgo creciente a fin de obtener mayores beneficios que permitiesen la obtención de los capitales necesarios. Este hecho supuso que el concepto de burgués comenzase a cambiar.

Ya no se trataba tan solo de burgueses con capital que realizaban actividades económicas generadoras de beneficios en aumento, la situación había derivado hacia burgueses con capital que necesitaban más capital y que estaban dispuestos a arriesgarse a fin de obtenerlo. Aquí radica el nacimiento del "Empresario": un burgués que es consciente que no tiene otra opción que asumir riesgos crecientes y que está dispuesto a hacerlo.

Llegados a este punto, la burguesía se transforma en una clase extraordinariamente fuerte y de fortaleza en alza protegida por las cada vez más cohesionadas monarquías absolutas, pero, a la vez que su poder va creciendo, la burguesía va dándose cuenta de que el poder que representa la protección de la monarquía está reprimiendo su iniciativa, es decir, la burguesía va siendo consciente de que en la nueva situación en la que ha entrado necesita libertad para operar y decidir sin limitaciones, algo que la monarquía absoluta no va a darle. Lenta, pero imparablemente, la burguesía fue transformándose en oposición de la monarquía que la protegía.

Este proceso de ascenso de la burguesía estuvo determinado por tres hechos claves: el uso que se dio al capital, la nueva orientación que tomó el propietario, y la alianza entre productor y financiador.

Por el primero, los comerciantes de las ciudades jugaron un papel determinante. Los beneficios que fueron obteniendo con el ejercicio de su actividad, lejos de dedicarlos al consumo, y en linea con su mentalidad calvinista, fueron mayoritariamente ahorrados, ahorro que fue canalizado a través de préstamos hacia los que necesitaban capital para invertir en sus actividades. Pero a la vez, parte de esos beneficios fueron invertidos por esos comerciantes en el campo, en fincas de las que obtuvieron importantes rendimientos.

El segundo hecho tuvo mucho que ver los usos que algunos propietarios agrarios comenzaron a dar a sus tierras, bien explotando los yacimientos mineros en ellas existentes -caso de Inglaterra y la zona alemana del Imperio- o de arcilla para la posterior fabricación de porcelanas, bien desarrollando actividades textiles. Tras unos años, en el campo se habían desarrollado una serie de actividades, en muchas ocasiones, complementarias a las agrarias.

El Norte de Italia, los Paises Bajos y zonas alemanas del Imperio tienen mucho que ver con el tercero. En estas zonas se descubrieron y desarrollaron nuevas técnicas útiles para la fabricación de manufacturas, pero para la aplicación de esas nuevas técnicas se puso de manifiesto que era necesario capital, necesidad creciente a medida que nuevas técnicas fueron desarrollándose sobre todo en las actividades de elaboración de vidrio, de textiles y de cerveza. La salida a esa necesidad creciente fue la alianza entre productores y "financiadores" que garantizasen de forma continuada la disponibilidad de suficiente financiación.

Estos tres hechos significaron la puesta en funcionamiento de un proceso de crecimiento económico de base "industrial", en el bien entendido que el término "industrial" se refiere aquí al sistema productivo utilizado y no al modo de producción empleado. Así, el sistema productivo fue siendo intensivo y de productividad creciente, y, por tanto, capitalista en muchos aspectos de la organización, pero el modo de producción continuaba siendo precapitalista debido a que los incrementos de producción continuaban dependiendo del aumento de la mano de obra utilizada y porque el nivel de acumulación obtenido estaba limitado por el nivel de la técnica existente.

Ahora bien, este crecimiento económico de base industrial, al precisar de la mano de obra para dar lugar a incrementos en la producción, generaba constantes aumentos en la demanda de mano de obra que la oferta, con un aún significativo peso de los gremios en las ciudades, no podía cubrir.

A fin de solventar este gravísimo problema que incidía directamente en el mantenimiento de la tendencia ascendente de la tasa de beneficios, se utilizó masivamente la esclavitud en las colonias y un régimen de trabajo cuasiforzado en las metrópolis, aunque también aquí cabe trazar una diferenciación entre los estados calvinistas y los católicos, en concreto, España.

Partiendo de que el objetivo era el incremento de la producción, empezaron a establecerse una serie de medidas en todos los estados a fin de incrementar la cantidad de mano de obra disponible para trabajar en las manufacturas; así, se estableció la obligatoriedad de trabajar, sin distinción de edad, para todas aquellas personas que no pudiesen demostrar que contaban con una fortuna personal que les permitiese vivir; para reforzar esta norma, fue decretado en Inglaterra en 1547 el paso a la esclavitud para todo aquel que se negase, y en 1677 la condena a trabajos forzados en Francia. En la Europa Oriental, y debido al gran desarrollo de la servidumbre, un señor podía obligar a sus campesinos a que enviasen a sus hijas a los centros manufactureros.

La burguesía, en su afán de obtener mano de obra, desarrolló un sistema de trabajo con el que se evitaba el poder de las instituciones gremiales. Como en el campo la implantación de los gremios era nula, la burguesía comenzó a trasladar fases de los procesos productivos, o los procesos enteros, a entornos rurales, y a utilizar en los procesos manufactureros, o bien a campesinos en los períodos de baja actividad agraria, o a trabajadores rurales contratados a tal fin. Este sistema -Putting Out- fue primeramente utilizado en Inglaterra, pero en el siglo XVIII estaba ya totalmente implantado en Francia, extendiéndose progresivamente por otras zonas de Europa.

En Francia, un estado con un sistema administrativo mucho más centralizado que en Inglaterra, la disminución del poder de los gremios se buscó con la implantación de un concepto que se fundamentaba en la participación del estado en la actividad manufacturera. En 1667 Luís XIV adquiere una fábrica de tapices que mantuvo en producción adaptando la administración a una nueva situación: había nacido el concepto de Manufacturas Reales que alcanzará su máximo desarrollo en el siglo siguiente.

La idea de las Manufacturas Reales se basaba en la participación directa del estado en actividades manufactureras, de forma que se generase una base productiva propia del estado a la vez que se desarrollaba una actividad formativa entre los trabajadores de cada manufactura. A fin de conseguir trabajadores, se ofrecían exenciones de impuestos y de prestación del servicio militar, así como la posibilidad de que los trabajadores pudiesen establecerse por su cuenta tras seis años de trabajo en el centro sin necesidad de la aprobación del gremio correspondiente. La figura de las Manufacturas Reales fue muy utilizada en otros estados, caso de España y Prusia.

El descenso del poder de los gremios, en principio, no era perjudicial para los trabajadores: el paso de un sistema de trabajo dirigido como el representado por los gremios a otro individual en el que la persona era la que, en teoría, decidía donde trabajaba y en que, aportaba nuevas oportunidades para la mano de obra al eliminarse una gran cantidad de normativas limitadoras; pero también significó la desaparición de instrumentos de defensa ante un poder, el del burgués propietario, mucho más fuerte que el que tenían los antiguos talleres artesanales.

Las condiciones de trabajo sufrieron un empeoramiento real en los cada vez mayores centros manufactureros que la burguesía fue instalando, condiciones que no hacían distinciones en la edad de los trabajadores: la infancia era obligada a trabajar desde los cinco o seis años de edad y, en el caso de que los padres se negasen, eran recluidos por las autoridades en las Casas Infantiles de los centros manufactureros, por lo que llegaron a existir centros donde la mitad de los trabajadores eran niños. Del mismo modo, las autoridades podían intervenir en sus intentos de fuga y en los casos de que mostrasen resistencia al trabajo.

Pero junto a esta necesidad de conseguir mano de obra, la burguesía manufacturera tenían otras dos: asegurarse la continuidad en el trabajo de esa mano de obra y el que ese trabajo representase el menor coste posible. Por ello el Mercantilismo se caracteriza por unos niveles salariales muy bajos, casi por debajo del nivel de subsistencia; la justificación era obvia.

A nivel laboral, dos fueron las normas que en los estados económicamente más avanzados se siguieron desde el siglo XVII: por un lado, que el jornal de Lunes a Sábado no permitiera la adquisición de los bienes imprescindibles para la manutención de una persona, con lo que se forzaba a que el trabajador tuviese que trabajar también el Domingo; por otro, se mantenían altos precios en los bienes de primera necesidad, con tendencia creciente al alza, con ello se buscaba que el trabajador no pusiese resistencia a incrementar su jornada de trabajo.

El bajo poder adquisitivo de los salarios y su tendencia descendente queda demostrado en el estudio realizado por Joseph Kulischer y citado por Ernst Görlich; así, mientras en 1495 un trabajador en Inglaterra tenía que destinar el salario de diez semanas para adquirir el pan que necesitaba consumir en un año, en 1593 necesitaba cuarenta, en 1684 cuarenta y ocho, y en 1726 cincuenta y dos.

Lo que en realidad se estaba implantando con estos métodos de trabajo y con estas políticas salariales era el paso de una estructura corporativa de agrupación gremial, a una individual a fin de conseguir el control de la totalidad del proceso productivo centralizado en una única unidad. De hecho, en el siglo XVII nació el concepto de empresa y apareció el antecedente del obrero industrial y el principio de la explotación característicos de la etapa siguiente.

Mientras tanto, en España, la situación económica y social evolucionaba de un modo diferente a la de Inglaterra y Francia. Por lo que respecta a las condiciones de trabajo, Felipe II introdujo en 1559 una serie de normativas que partían de que el salario debía ser justo y suficiente, introduciéndose en 1593 la jornada de ocho horas que no existía ningún país europeo.

Es decir, con respecto a las condiciones de trabajo coexistían dos modelos. Por un lado, los estados en los que había triunfado la Reforma -Inglaterra, Paises Bajos, Suiza y Prusia- y Francia, donde una creciente estructura burguesa generaba un cada vez más sólido crecimiento económico y una creciente acumulación, y donde se daban auténticas situaciones de explotación de los trabajadores, tanto a nivel salarial como a nivel de condiciones laborales; por otro, los estados en los que se impuso la Contrarreforma -básicamente España e Italia- sumidos en un permanente atraso económico, pero con unas mucho mejores condiciones de vida de sus trabajadores.


LOS EFECTOS DE LA EXPANSION GEOGRAFICA: LA SEGUNDA REVOLUCION DE LOS PRECIOS

Una de las razones que más influyó en el incremento de actividad que se produjo en los siglos XVI y XVII fue la expansión geográfica. La expansión geográfica, al requerir crecientes inversiones a fin de financiar costes y riesgos cada vez más elevados, hizo necesario que se fuese adoptando una forma de organización no individual; la manifestación de este fenómeno queda plasmado en la constitución de las compañías de comercio: Compañía Inglesa de las Indias Orientales (1600), Compañía Holandesa de las Indias Orientales (1602), Compañía Francesa de las Indias Orientales (1604), Compañía Holandesa de las Indias Occidentales (1621), Compañía Francesa de las Indias Occidentales (1664), Compañía del Senegal (1673).

La idea de las compañías de comercio se fundamentaba en la figura de la asociación privada. España no contó hasta el siglo XVIII con sociedades de este tipo, de hecho, la expansión española en América estuvo férreamente dirigida por la corona a través de la Casa de Contratación de Sevilla, lo que no impidió que España comenzase su fase de colonización activa en América a partir de 1560.

Inglaterra y Francia principiaron su expansión ya en el siglo XVII. Inglaterra realiza los primeros asentamientos en Norteamerica en 1606, en la India en 1639 y en el Caribe -Jamaica- en 1655. Francia en el Caribe -Isla de la Martinica- en 1664 y en Norteamerica -Louisiana- en 1682.

La expansión geográfica supuso que nuevos productos llegasen en forma de materias primas a los talleres manufactureros y como productos de consumo a los mercados de los estados que entraron en este proceso expansivo. Ello dio lugar a que se fuesen generando nuevas fuentes de beneficios, lo que supuso la aparición -o consolidación- de grandes fortunas. También la plata fue uno de los productos obtenidos en la expansión geográfica, pero su importancia radica en los efectos que su llegada a Europa ocasionó.

La plata americana llegó a Europa a través de España, y llegó en un momento de creciente actividad económica que originaba un creciente número de expectativas, lo que se unió a unas crecientes necesidades financieras de las coronas europeas -sobre todo de la española- enfrentadas entre si a fin de conseguir cada estado una posición de preeminencia sobre las demás. Además, todos esos procesos se desarrollaron en un entorno de población en alza. La inflación fue el efecto principal que la plata americana ocasionó sobre la economía europea en general, y la hiperinflación el que provocó sobre la economía española. El proceso se desarrolló como sigue.

Entre 1480 y 1540 las minas alemanas suministraron plata a los estados europeos, principiando en 1500 las llegadas de plata americana. Esta plata fue amonedada. A la vez, fue produciéndose un incremento de la población que ocasionó incrementos en la demanda de artículos básicos. Los incrementos de oferta monetaria, teniendo en cuenta lo limitado de la dimensión económica de la época que hacía que la velocidad de circulación del dinero fuese limitada y que también lo fuese el volumen de las transacciones realizadas, se trasladaron casi en su totalidad a los precios, a lo que contribuyeron tanto los incrementos en la inversión habidos entre los ofertantes a fin de hacer frente a los aumentos de demanda, como a los aumentos de renta que el proceso generó.

Entre 1480 y 1500 se producen aumentos lentos de precios en Alemania, Inglaterra y Polonia, a partir de 1500 en España, y desde 1530 en Italia. Pero la aceleración en la llegada de plata americana desde 1540, junto al hecho de que la limitada dimensión de la economía no pudiese absorver los incrementos constantes habidos en la oferta monetaria, hizo que se produjese un incremento brusco y general de precios entre 1540 y 1570.

En España, teniendo en cuenta que se partía de una posición económica más retrasada, que la disponibilidad de metal era relativamente importante debido al comercio de lana entre Castilla y los Paises Bajos y que se produjo una absorción de oferta de productos españoles por la demanda americana, la llegada de metal desde América no implicó un brusco aumento de precios hasta 1550.

En un entorno de población en alza, la demanda americana y el comercio de lana dieron lugar a incrementos de ingresos que generó un aumento de la demanda de manufacturas; ésto, ayudado por una época de buenas cosechas -lo que dio lugar a que se paralizasen las importaciones de grano-, llevó a incrementos salariales por encima de los incrementos habidos en los precios. Todo ello llevó a que en España, entre 1500 y 1550, se produjera una época de auge económico.

El problema para España radicó en que hacia mediados del siglo XVI ese metal procedía sobre todo de las minas americanas, no del comercio, por lo que España se acostumbró a obtener con gran facilidad un metal que no era generado a través de actividades económicas; lo anterior, añadido a la falta de espíritu burgués existente en España, provocó que fuese generándose una permanente ausencia de ahorro por parte de los grupos que obtenían los beneficios de la creciente actividad económica.

Las llegadas continuadas de plata a partir de 1550 sin una base económica que permitiese su absorción, provocaron un tremendo aumento de precios, pero a ésto se añadió el incremento de costes que supusieron los aumentos salariales, la falta de materias primas y la ruina del eje Burgos -Amberes a partir de 1576 que puso fin temporalmente al comercio de lana y a una fuente -real- de obtención de metal; el resultado fue una inflación que en el siglo XVI superó en España el 400%, llegándose a la situación de que era más barato importar que producir en el interior.

En 1600 se produjo una epidemia de peste que redujo la mano de obra disponible, y en 1609 fue decretada una expulsión de judíos y moriscos que produjo reducciones en la producción agraria; estos hechos, unidos a la inflación existente, produjeron nuevos aumentos de costes.

Por otra parte, a partir de 1599 empiezan a aumentar vertiginosamente las necesidades financieras de la corona debido a la política europea de los Habsburgo; ésto, unido al derrumbe del comercio de lana con Flandes y a la drástica reducción en los envíos de plata americana a partir de 1610 por el agotamientos de varias minas, hizo que se entrase en una política de acuñación de moneda de cobre que, al aumentar la oferta monetaria con una moneda sin valor real, generó una primera oleada inflacionista que se extendió hasta 1621 y que desembocó en la crisis de 1627.

La ausencia de ahorro que se arrastraba desde el siglo XVI pilló a la economía española descapitalizada y sin posibilidad de reacción, a esto se añadieron escaseces de grano aparecidas en 1630, y las crecientes necesidades financieras de la corona embarcada en la Guerra de los Treinta Años.

España entra en un período caracterizado por emisiones constantes de moneda de cobre y por resellos de emisiones ya en circulación que se extiende entre 1634 y 1656. A partir de este momento España entra en un proceso de decadencia continuada en el que se van sucediendo las acuñaciones de cobre, los intentos de retirarlas de la circulación y los resellos. Desde 1654 comienzan a aplicarse políticas deflacionistas consistentes en decrementar el valor nominal del cobre, que se deflacta un 50% hasta 1675 lo que lleva a decrementos de precios del 45%.

La crisis de 1680 marca el punto máximo del proceso, pero, aunque la economía comienza a estabilizarse, España va a entrar en un nuevo período de inestabilidad provocado por la Guerra de Sucesión originada por la muerte sin descendencia de Carlos II (1665 - 1700).

Este proceso, conocido como II Revolución de los Precios, puso de manifiesto que España era un estado fuerte a nivel político pero débil a nivel económico. España no se benefició en nada del metal que extrajo de América, de hecho, sirvió para perpetuar una situación caracterizada por la ausencia de espíritu burgués y por la existencia de un sector agrario que cada vez fue hundiéndose más en las estructuras latifundistas y en el inmovilismo, ya que, un aumento en la inmovilización de la tierra fue el efecto que sobre el campo español tuvo la inflación de precios generada por el metal y la no reinversión de los beneficios que el comercio americano generó.

Por contra, los estados europeos en los que la Reforma triunfó y se consolidó, canalizaron hacia la inversión los beneficios obtenidos a lo largo de esta etapa, utilizando el metal gastado por España para crear un substrato crecientemente capitalista en el que la explotación de la mano de obra ya se había convertido en hecho cotidiano.


EL SIGLO XVIII: EL PRINCIPIO DE LA SUPREMACIA DE GRAN BRETAÑA Y LA CRISIS DE 1789

A lo largo del siglo XVII Francia y el Sacro Imperio -en sus dos vertientes: española y austroalemana-, se dedicaron a enfrentarse concienzudamente: el motivo radicó en que tanto una como el otro creían que podían alzarse con la supremacía europea. Por ello, y a pesar de que lo religioso jugó un papel fundamental en todos los órdenes de la vida de este siglo, la religión no fue más que un elemento -el más importante por las implicaciones que tenía- que se utilizó para fijar posiciones en estos enfrentamientos. Mientras, Inglaterra esperaba.

A mediados del siglo XVII, todos los estados habían llegado a la conclusión de que era imposible la aniquilación del o de los rivales políticos, económicos y religiosos; es decir, los estados entonces existentes que tenían un peso importante en la política europea llegaron a la conclusión de que no era posible obtener la supremacía destruyendo al contrario.

Como consecuencia de este razonamiento, lentamente fue incorporándose a la vida política europea la idea de que, aunque rivales e incluso enemigos, los estados existentes tenían una entidad real que les suponía una existencia cierta, por lo que empezó a manifestarse la idea de que la convivencia era una cuestión, cuando menos, ineludible.

Donde primero se manifestó esta tendencia fue, precisamente, en el ámbito religioso. En Inglaterra, la obra de lord Cherbury (1582 - 1642) introduce el concepto de Deísmo; según éste, todas las personas poseen, en el fondo, la misma religión. A la vez, todos los teólogos fueron aceptando como comunes a todas las tendencias religiosas dos principios: el de la existencia de Dios y el de la creación del mundo por Dios.

Lo que en el fondo significaba lo anterior no era más que el inicio del abandono del fanatismo por parte de los defensores de la fe de las distintas lineas religiosas; y, una vez se había llegado a esta conclusión, se había más o menos aceptado la idea de que se había alcanzado una cierta equivalencia en las posiciones a que los estados habían llegado, lo que llevaba implícitamente a aceptar la estabilidad de fuerzas.

El aceptar estos puntos había sido posible por el abandono de posiciones fanáticas y su substitución por posturas en las que el razonamiento jugaba un creciente papel; es decir, por el paulatino abandono de la fe como explicación última de los fenómenos y situaciones y su substitución por la razón como elemento explicativo de dichos fenómenos y situaciones. Rápidamente esta tendencia fue extendiéndose a todos los órdenes científicos, agrupándose sus seguidores en un movimiento conocido como Ilustración.

Inglaterra fue la iniciadora de la corriente ilustrada, John Locke (1632 - 1704) profundiza en el papel de la razón en "Essay concerning human understanding" (1690), y David Hume (1711 - 1776) la continúa al enunciar el principio de causalidad.

Posteriormente, la nueva interpretación fue extendiéndose por Europa: en Francia, François Arouet -Voltaire- (1694 - 1778) inicia la historia de la cultura con su obra "Le siècle de Louis XIV"; en Alemania, el polígrafo Gottfried Wilhelm Leibniz (1646 - 1716) funda la Academia de Ciencias de Berlín; en Italia, Giovanni Battista Vico (1668 - 1744) aplica por vez primera la idea de la evolución a los pueblos y a los estados.

La nueva concepción se manifestó también en filosofía -Immanuel Kant (1724 - 1804)- y en música -Johann Sebastian Bach (1685 - 1750)-. Pero es en la Enciclopedia, publicada en Francia entre 1751 y 1772, donde la Ilustración llega a su máximo nivel, dando un paso decisivo hacia una nueva época al propugnar algunos de sus colaboradores el tránsito hacia un ateísmo materialista.

La Ilustración no fue un fenómeno puntual: su propia evolución le llevó no solo a una profundización en sus planteamientos, si no a la elaboración de un nuevo "sentido a la vida" y aquí, posiblemente, radica el principal interés de este movimiento.

Este nuevo sentido a la vida fue de hecho una reacción a lo representado por el Barroco; así, lo sublime y lo monumental fueron substituidos por un gusto por lo delicado y lo vital, eran las características de un nuevo movimiento: el Rococó.

La actitud a adoptar ante la vida no se modificó substancialmente; tanto en el Barroco como en el Rococó la vida era considerada como un teatro, pero mientras el hombre del barroco consideraba que en esta vida tenía que desempeñar una misión y Dios le pediría cuentas de ello, el del Rococó creía que nadie le iba a pedir cuentas ya que la vida, en si misma, no era más que un juego y lo que debía hacer era hallar la máxima satisfacción en las facetas a que se dedicase. Es decir, el sentido de la vida del Rococó estaba vestido de una mucho mayor racionalidad humana que el del Barroco.

En esta linea está el modelo que Jean Jacques Rousseau (1712 - 1778) desarrolla en sus dos principales obras escritas en 1762, "El Contrato Social" y "Emilio": un mundo dominado por la felicidad existente entre los hombres en su estado natural, por la soberanía del pueblo y por un Estado que desempeña su papel a través de un contrato firmado con todos sus habitantes. Era la simplicidad planteada a través de la razón: la razón diseñaba como conclusión a su proceso analítico algo simple y plenamente satisfactorio para todos.

En consecuencia, si lo que estaba planteando la Ilustración era la búsqueda del bienestar a través de la razón -lo que implicaba la marginación del fanatismo religioso anterior- no es de extrañar que también fuese ésta la época de las sociedades secretas como la Masonería, de la aceptación de las ideas roussonianas por parte de la alta sociedad -la parte ilustrada de la población-, y del gusto, sobre todo desde mediados del siglo XVIII en base a la obra de Johann Joachim Winckelmann (1717 - 1768) "Historia del arte de la antigüedad", por el arte romano y griego pero desde una perspectiva mucho más científica que la adoptada durante el Renacimiento, dando origen al Neoclasicismo y surgiendo una gran admiración por el Helenismo debido a su simplicidad y grandiosidad.

Pero fue en lo político donde el nuevo sentido a la vida propugnado por la Ilustración tuvo un mayor impacto, y también fue en Inglaterra donde primero se manifestó. En 1660 fue restaurada la monarquía en el hijo del ejecutado Carlos I. Inmediatamente dio principio una corriente de oposición popular debido al incumplimiento por el rey de la promesa dada de amnistía, a la existencia de una corte corrompida y a que Carlos II no contase con descendencia al trono al ser ilegítimos todos los hijos que tuvo.

En plena república, Thomas Hobbes (1588 - 1679) había expuesto en su obra "Leviathan" (1651) los modos y maneras de un estado absoluto, por lo que la contestación encontraba una base teórica que la sustentaba.

Todo ésto, unido al creciente racionalismo, influyó en que el parlamentarismo constitucional, aún contando con todas las limitaciones propias de la época, se instaura en Inglaterra de forma irreversible -era racional-, pasando a convertirse en modelo de todos los teóricos del estado europeos, caso de Montesquieu (1689 - 1755), que en su obra "Esprit des lois" (1748) aborda sobre la división del poder de estado en tres poderes independientes: legislativo, ejecutivo y judicial.

Carlos II (1660 - 1685) entró en conflicto con el Parlamento lo que llevó a éste a exigir garantías al rey en previsión a lo sucedido años antes obteniendo la Ley del Habeas Corpus (1672), por la que las detenciones tan solo podían ser realizadas por orden de un juez, además, y para evitar que los católicos pudieran acceder a los altos cargos de la iglesia inglesa, fue promulgada la Ley del Testimonio (1679). Fruto de estas tensiones nacieron dos tendencias políticas en forma de grupos de partidarios coaligados en grupos parlamentarios, antecedente de los partidos políticos: los representantes del poder real -Tories- y los de los derechos parlamentarios -Whigs-.

El hermano de Carlos II, Jacobo II, fue coronado en 1685 pero es depuesto en 1688 por ser católico -la Revolución Gloriosa-, siendo llamado para substituirle Guillermo de Orange (1689 - 1702), yerno de Jacobo II y gobernador hereditario de los Paises Bajos.

A partir de este momento, y salvo los levantamientos jacobitas que fueron sucediéndose hasta la derrota de éstos en 1746 en la Batalla de Culloden, Inglaterra fue consiguiendo una creciente estabilidad política interior junto a una creciente fuerza económica de su burguesía manufacturera; en consecuencia lo que más necesitaba Inglaterra era una situación ausente de tensiones exteriores provocadas por la supremacía en Europa de un único estado.

Paradójicamente fue una guerra, la Guerra de Sucesión española (1701 - 1715), el hecho a partir del que Inglaterra fue aproximándose hacia una situación de preeminencia europea; y a lo que contribuye la Act of Union (1707) al suponer, en la práctica, el nacimiento de Gran Bretaña al realizarse la unión de Inglaterra y Escocia.

Al morir Carlos II de España sin sucesión, dos fueron los estados pretendientes al trono español: Austria y Francia, con lo que nada cambiaba ya que seguía manifestándose el enfrentamiento entre dos familias reinantes.

Inglaterra y Holanda vieron con reparos el incremento de poder que supondría para Francia el que España y sus posesiones de ultramar pasaran a engrosar las de Francia, por lo que aquellas, en linea con la idea inglesa del equilibrio de poder en Europa -Balance of Power- se pusieron al lado de las pretensiones austriacas.

La guerra se decidió en Alemania, Italia y Francia y fundamentalmente entre tropas francesas y austriacas, pero lo militar estuvo salpicado de otras cuestiones que influyeron en el resultado de la guerra; así, el fallecimiento de José I de Austria en 1711 llevó al pretendiente austríaco a abandonar España para ocupar el trono de Austria como Carlos VI (1711 - 1740).

Todo ello favoreció a la firma de una serie de tratados: Utrecht (1713) y Rastatt y Baden (1714). Por estos tratados, Francia obtuvo el trono de España para un nieto de Luís XIV: Felipe V (1715 - 1746), aunque comprometiéndose a no unir los dos estados bajo un mismo rey; Austria obtuvo las posesiones españolas en Europa -Milán, Nápoles, Sicilia y Paises Bajos españoles-; pero fue Gran Bretaña la que, con una óptica a largo plazo, obtuvo un mayor beneficio de la guerra al conseguir ventajas coloniales en América, así como el puesto de Gibraltar con el que lograba el dominio del Mediterráneo.

Estos hechos llevan a que a lo largo del siglo XVIII se vayan delimitando dos tendencias. A nivel de poder económico y político, el estancamiento de Francia y el ascenso de Gran Bretaña, mientras Prusia va consolidando posiciones. A nivel ideológico, la implantación en la Europa continental del despotismo ilustrado mientras Gran Bretaña va profundizando en su particular sistema parlamentario.

El despotismo ilustrado fue la respuesta de las monarquías continentales al fenómeno de la Ilustración. Temerosas de que las nuevas ideas racionalistas pudieran llegar a discutir sus posiciones absolutas, junto al peligro que representaba el poder que la nobleza había vuelto a acumular, las monarquías tomaron de la Ilustración lo que les convino para perpetuarse, adoptando aquello que no afectaba a su esencia -lo cultural en su más amplia extensión- y conservando los aspectos que más enlazaban con las tradiciones en que se basaba su existencia -caso de su postura ante el papel social de la tierra-. España, Prusia, Suecia, Dinamarca, Rusia y Austria, fueron los estados donde más impacto tuvo esta tendencia cuyo antecedente es la Francia de Luís XIV.

Luís XIV fue el rey que llevó a sus más altas cotas el absolutismo. Su obsesión por formar un estado en el que el concepto "Estado" fuese total, único y sin fisuras, es decir, absoluto, le llevó a implantar una estructura de poder en la que él era el principio y fin del poder mismo; por ello la vida disipada que él practicó -y que toda su corte pronto siguió- es la manifestación sin freno de una voluntad: la voluntad del rey. Pero, a la vez, se dedicó a eliminar cualquier vestigio que pudiese poner en entre dicho ese poder absoluto; en este sentido, la persecución de los Hugonotes y la creación de la Academia Francesa en 1635 a fin de normativizar el idioma francés -que se convirtió en el idioma culto europeo- iba en esta dirección.

El modelo de Luís XIV funcionó mientras las características del Barroco fueron las que dominaron la filosofía europea, pero cuando la Ilustración comenzó a influir sobre todo a nivel político, el absolutismo de Luís XIV se encontró falto de contenido, comenzando en varios estados europeos el tránsito hacia el despotismo ilustrado.

María Teresa de Austria (1740 - 1780), Federico II de Prusia (1740 - 1786), Carlos III de España (1759 - 1788), Catalina II de Rusia (1762 - 1796), Cristian VII de Dinamarca (1766 - 1808), Gustavo III de Suecia (1771 - 1792) y José II de Austria (1780 - 1790) fueron monarcas que plantearon profundas reformas que supusieron un cambio al modo como hasta entonces habían actuado las monarquías reinantes de estos estados, estados todos ellos con un reducido número de pensadores -intelectuales-, con predominio del sector agrario en sus economías y con una débil burguesía; en consecuencia, sus monarcas no encontraron cortapisas a la ejecución de reformas orientadas a perpetuarse en el trono.

Todas las reformas tenían el denominador común de potenciar las estructuras que posibilitan el avance de sus estados desde una perspectiva interna, es decir, no de expansión bélica exterior sino de impulso de las posibilidades propias de los estados. Estas políticas se plantearon según la particular situación de los elementos de poder de cada estado, así, por ejemplo, se eliminó la servidumbre en Austria, pero no en Rusia; se planteó un servicio de sanidad pública en Suecia, pero no en España.

Desde una perspectiva general se proclamó la tolerancia religiosa y se controlaron las actividades de la Iglesia católica, lo que llevó al papa Clemente XIV en 1773, ante las presiones de Francia y España, a la supresión de la Compañía de Jesús en todo el ámbito católico al representar la orden por su vinculación con el papa: un poder exterior en el interior del poder del Estado. También se disminuyeron los privilegios de la nobleza y los de los entes locales y provinciales, a la vez que se tendió hacia el centralismo y la uniformización administrativa de los estados.

Pero a la vez, se abordaron planes para la construcción de vías de comunicación y se introdujeron y extendieron nuevos cultivos y se crearon explotaciones mineras así como manufacturas estatales. También fueron implantadas políticas arancelarias a fin de defender la producción interna y se introdujo alguna variante del papel moneda a fin de obtener el dinero metálico de los súbditos.

Junto a lo anterior, se promocionaron las repoblaciones interiores y se favoreció el crecimiento demográfico a base de atraer emigración exterior. En el plano jurídico se decretó la supresión de la tortura.

El absolutismo, a la vez que se estaba defendiendo de los peligros que podía significar la Ilustración, estaba iniciando el camino que llevaba al desarrollo de cada estado a partir de sus propias posibilidades (incluyendo las posesiones coloniales de las que cada estado pudiese disponer); ahí radica la enorme importancia de la Ilustración, y por ello fue adoptada como corriente ideológica por la burguesía. Para las monarquías no significaba, de entrada, renuncia alguna, y solo el tiempo acabaría por demostrarles su error.

La idea que subyacía en el despotismo ilustrado era la de que si mejoraba la situación económica y social de la población a través de las reformas ilustradas que incidían en el aumento de la producción y que favorecían el aumento demográfico, junto a la tendencia al alza y sostenida de los precios que generaban aumentos de beneficios de los productores agrarios y manufactureros, el gobierno por los monarcas -que continuaban siendo déspotas-, sería más sencillo, lo que redundaría en un incremento en la recaudación de impuestos.

Pero Francia se quedó al margen de este proceso que tanto había contribuido a poner en marcha a través de sus pensadores ilustrados.

Francia tenía a favor dos de los elementos necesarios para haberse convertido en una potencia manufacturera a lo largo del siglo XVIII: su población era el triple de la británica y, al contrario que Gran Bretaña, contaba con abundantes fuentes de materias primas; además, sus actividades química y de estampación textil estaban produciendo importantes avances técnicos, mucho mayores que los que estaba desarrollando Gran Bretaña, aunque fue en ésta donde en 1764 se realizó un descubrimiento de incalculables repercusiones. Pero Francia abordó el siglo con tremendos problemas internos.

Este conjunto de problemas era englobable bajo un epígrafe común: un asfixiante e inoperante intervencionismo en la economía. Así, las agrupaciones gremiales seguían desempeñando un control exhaustivo en las actividades manufactureras lo que imposibilitaba su expansión; mientras, en el campo, la nobleza continuaba manteniendo estructuras semifeudales que limitaban los rendimientos. Como consecuencia de ello, la estructura productiva era poco flexible a las variaciones de la demanda. En Gran Bretaña, en estos aspectos, sucedía justamente lo opuesto.

Pero donde, tal vez, se perciban más los problemas de Francia era en la situación de sus finanzas públicas. El reinado de Luís XIV dejó al estado francés arruinado, baste decir que los intereses de su deuda ascendían a la mitad de todos los ingresos públicos. Su sucesor, Luís XV (1715 - 1774), encargó al Ministro de Hacienda, el escocés John Law (1671 - 1729), que saneara la deuda del estado.

La creación por Law del Banco General (1718) que utilizaba papel moneda, junto a las esperadas enormes ganancias que iba a obtener la recién formada Sociedad de Todas las Indias de la explotación de las riquezas de las posesiones francesas de ultramar, iban a ser suficientes elementos para sanear la exorbitante deuda francesa.

Las acciones de la Sociedad llegaron a cotizar a treinta y cuatro veces su valor nominal, pero la especulación que se generó junto a unas ganancias poco claras de la Sociedad, dieron al traste con el esquema de Law. Por contra, Gran Bretaña contaba con unas finanzas públicas equilibradas obtenidas a partir de un sistema fiscal evolucionado.

Es decir, mientras Gran Bretaña ya en el siglo XVIII contaba con un sistema productivo expansivo, estructurado y con base manufacturera, Francia estaba inmersa en un sistema restringido, rígido y con base fundamentalmente agraria.

Luís XV no varió en nada la política absolutista de su predecesor, apartándose de la tendencia que en mayor o menor medida si estaban adoptando otras monarquías de la Europa continental y Gran Bretaña con su particular sistema. Lo que si tuvo muy claro el monarca fue que Francia precisaba consolidar y expandir sus posesiones exteriores, por este motivo, junto con Austria, Rusia y Sajonia, se embarcó en la Guerra de los Siete Años (1756 - 1763) en contra de Prusia y Gran Bretaña.

En esta guerra se dirimieron dos aspectos: la tensión europea entre Austria y Prusia, y la tensión por las posesiones en América entre Francia y Gran Bretaña. Prusia salió extraordinariamente reforzada de la guerra, y Gran Bretaña consolidó sus posesiones americanas a costa de Francia.

Francia tuvo una nueva oportunidad para incrementar su presencia en América en 1775 cuando los colonos de la América británica se revelaron contra la exigencia de la metrópoli de que fuesen estos colonos los que financiasen las tropas allí destacadas a base de nuevos impuestos.

A lo largo del conflicto armado que enfrentó a los colonos americanos y Gran Bretaña (1775 - 1781) Francia apoyó activamente a aquellos, pero se equivocó al apropiarse de territorios sin el menor consentimiento de los colonos. Gran Bretaña, en cambio, actuó muy inteligentemente al proponer a los futuros Estados Unidos de América (04.07.1776), negociaciones bilaterales que cristalizaron en la Paz de París (1763). De resultas de estas conversaciones Francia perdió casi todas sus posesiones en América del Norte, lo que aún ahondó más en su crisis interna.

El reinado de Luís XVI (1774 - 1792) fue una sucesión de crisis financieras del estado y de desmembración social: ante la nobleza y el clero que disfrutaban de enormes privilegios y una burguesía que iba incrementando unas ganancias que ocultaba debido a los elevados impuestos, un conglomerado de obreros manuales, empleados públicos, campesinos, criados, mendigos, tenían que hacer frente a la mayoría de las cargas fiscales. A la vez, la hacienda francesa no había podido remontar el hundimiento financiero en el que entró desde el reinado de Luís XIV.

Es decir, la sociedad francesa estaba polarizada en dos facciones: la nobleza y el clero que apoyaban el estado de cosas existente, y la burguesía y el pueblo llano que, aunque por motivos distintos, lo rechazaban: la primera por el peso que representaba el centralismo estatal existente y por las elevadas cargas fiscales, el segundo por la situación de miseria y opresión en que se encontraba inmerso.

Desde 1785 se habían ido produciendo en Francia una serie de problemas económicos que profundizaban en el estado de crisis. En 1785 hubieron malas cosechas de forraje que ocasionaron la muerte de gran cantidad de ganado bovino y ovino, lo que llevó a escaseces de lana y que desembocó, influido por la creciente competencia británica, en una crisis manufacturera en 1788 que supuso descensos generalizados de salarios. A su vez, en 1789 se produjeron malas cosechas de grano que, unidas a las exportaciones que continuaron realizándose, condujeron a incrementos generalizados de precios en los cereales.

También en 1789 el Estado intenta enderezar sus finanzas. El ministro de hacienda, el banquero suizo Jacques Necker (1732 - 1804) convoca a los Estados Generales a fin de obtener nuevos fondos. Era una apuesta segura debido a que la monarquía tenía asegurada la victoria a sus propuestas en base al sistema proporcional de votos y por el que la suma de clero y nobleza ganaban al Tercer Estado: la burguesía, entre otros.

El 20 de Junio de 1789, el Tercer Estado decidió desgajarse del resto y formar una reunión permanente: la Asamblea Nacional, declarándose única representante de los intereses del pueblo.

Estos hechos tenían un alcance incalculable ya que suponían poner en entre dicho el poder real al crear un ente al margen de la autorización real; además, un grupo de gentes que no encarnaban la tradición representada por la nobleza y el clero se declaraban representantes de alguien -el pueblo- que hasta entonces no había tenido ninguna voz en la política nacional. El hecho de que coincidieran con la grave crisis económica generada desembocó en un motín popular cuyo hecho más significativo fue la toma de la prisión de La Bastilla el 14 de Julio al representar ésta la opresión del sistema gobernante.

Pero lo que se puso en marcha el 20 de Junio ya no se detuvo. Ante el temor que los acontecimientos provocaron en el clero y la nobleza, éstos renunciaron a sus privilegios el 4 y 5 de Agosto lo que supuso, en la práctica, la desaparición de la estructura semifeudal imperante en la sociedad.

En 1790, coincidiendo con una serie de buenas cosechas que supusieron el fin de la tensión económica, fue proclamada una nueva constitución que tan solo dejaba al rey funciones representativas. A la vez, en el seno de la Asamblea aparecieron dos tendencias: la partidaria de instaurar una monarquía parlamentaria tipo británica, y la que se decantaba por la república. Los bienes de la Iglesia fueron expropiados y se decretó la independencia de las colonias, anulada posteriormente.

La Asamblea intentó corregir la situación financiera de manera drástica a través de la emisión de una especie de papel moneda -los Asignados- que no tenían ningún respaldo y que pronto perdieron todo su valor.

Las monarquías europeas, tanto las seguidoras de un despotismo ilustrado como la inglesa, miraban con preocupación lo que estaba sucediendo en Francia, fundamentalmente, por si lo que allí había sucedido pudiera trasladarse a sus estados. Pero lo que aceleró su toma de postura fueron los efectos que la derogación de los privilegios de la nobleza tuvo sobre las posesiones de los príncipes alemanes en Francia.

A partir de 1792 y hasta 1815, se suceden siete guerras entre Francia y varios estados europeos -no siempre los mismos- coaligados para acabar con una situación que no beneficiaba sus intereses. Fue precisamente durante la primera cuando se produjo la implantación de la República (22 de Septiembre de 1792) y el ascenso de Napoleón Bonaparte (1769 - 1821) como jefe de estado mayor y posteriormente emperador.

Finalmente, Francia es derrotada de forma definitiva, produciéndose la restauración de la monarquía en la figura de Luís XVIII (1815 - 1824), hermano de Luís XVI (Luís XVII, hijo de Luís XVI falleció de enfermedad tres años después de la ejecución de su padre), retornándose en gran medida al orden previo a 1789, y liquidando la idea napoleónica de la unidad de Europa.

Las Guerras de Coalición influyeron en gran medida en el ascenso de Prusia; la desaparición del poder político militar de Francia significó el ascenso definitivo de Gran Bretaña al primer lugar de las potencias europeas.

La Tercera guerra (1805), supuso la desaparición del Sacro Imperio. De resultas de la derrota austriaca en Austerlitz, los príncipes alemanes abandonaron el Imperio, lo que llevó al Habsburgo austriaco Francisco II (1792 - 18o6) a disolverlo apropiándose de su bandera y de su escudo. Por su parte, los príncipes alemanes formaron la Liga del Rin eligiendo a Napoleón como protector.

Para Prusia, el bloqueo ordenado por Napoleón contra Gran Bretaña en la Cuarta Guerra de Coalición (1806 - 1807), propició el rápido desenvolvimiento manufacturero de la cuenca del Ruhr. Por el bloqueo, Napoleón prohibió todo intercambio entre la Europa continental y Gran Bretaña, decretándose la confiscación de los buques y productos británicos sitos en puertos europeos; la sustitución de unas importaciones que ya no podían realizarse movió a este desarrollo manufacturero.

Gran Bretaña participó en todas las Guerras de Coalición. Su interés era doble. Por un lado contribuía a debilitar el poder de un contrario muy peligroso, no solo en Europa, sino a nivel colonial debido a los intentos expansivos de Francia; pero por otro, se ponía junto a los estados europeos al defender un orden del que en gran medida ella ya no participaba.

La conservación de Canadá que le concedió la Paz de París a Gran Bretaña, la penetración en Australia a partir de su utilización como colonia penitenciaria desde 1788, la expansión en la India durante la Primera Coalición, la obtención de nuevos territorios coloniales de resultas de la invasión de los aliados de Francia así como la obtención de la zona de El Cabo, Ceylán y Malaca que Holanda tuvo que entregarle a cambio de la devolución de Indonesia, y la adquisición de creciente protagonismo en Sudamérica desde la independencia de las colonias de Portugal y España en 1822 y 1824, van dibujando un imperio colonial en expansión que cada vez juega un mayor papel en la economía y en la sociedad británicas.

Pero junto a este creciente imperio, lo que sobre todo contribuyó a la expansión en el siglo XIX del recién formado Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda (1801), fue el ingenio construido en 1764 por James Watt (1736 - 1819) como perfeccionamiento de la que está considerada la primera máquina de vapor de aplicación práctica: la construida en 1712 por Thomas Newcomen (1663 - 1729) a partir de la bomba de vapor construida por éste y por Thomas Savery (1650 - 1715) y patentada en 1698; ingenio que inauguraba una nueva época: la Revolución Industrial.



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2003