LA ERA POSTINDUSTRIAL (*)
(*) El concepto "Postindustrial" fue acuñado por el sociólogo estadounidense Daniel Bell a principios de la década de los setenta).


El período comprendido entre 1973 y 1980 fue de interiorización. La sociedad volvió a percibir algo que hacía tiempo había olvidado: la crisis, pero no una crisis difusa y difícil de entender para los no iniciados, si no una crisis real, concreta, que afectaba al día a día, a familiares, a personas conocidas, una crisis que incidía directamente en los ingresos personales, en la renta disponible -en el dinero para vivir- con la que cada ciudadano podía contar.

Pero la Crisis de 1973 tuvo dos efectos de muy hondo calado que no fueron totalmente percibidos en el momento y que el tiempo fue poniendo de manifiesto. Por un lado, lo económico, entendido en sentido amplio, general, quedó instaurado como algo consubstancial e inseparable de la marcha de la humanidad; es decir, lo económico pasó a ser percibido por la población como algo que afectaba a sus vidas directa y radicalmente y sobre lo que no tenía ninguna influencia.

Por otro, un concepto tan liviano y etéreo -pero a la vez tan necesario- como es el de expectativa, empezó a ser considerado por los altos responsables de las grandes corporaciones y de los diferentes gobiernos como si de un bien escaso se tratase; así, mientras desde principios del siglo XIX se había considerado que las expectativas eran siempre crecientes, que eran, de alguna manera, inagotables, ahora empezó a entenderse que ello podía no ser así y, por consiguiente, había que luchar para obtener -conseguir, capturar- las expectativas de negocio que fuesen apareciendo como si de una guerra se tratase.

En cualquier caso, la génesis de los efectos de la crisis se desarrolló siguiendo un guión perfectamente delimitado. En los paises industrializados las consecuencias del incremento de los precios del petroleo fueron cuatro, dos directas y dos inducidas: un aumento significativo en la inflación ya existente, la aceleración del desorden monetario que ya se estaba arrastrando desde la década anterior, un aumento continuado en el desempleo del factor trabajo, y un decremento en las exportaciones. En los paises subdesarrollados los efectos fueron mucho más dramaticos.

El alza en el precio de la energía -inmediatamente se trasladaron a los precios finales los aumentos en los costes de los productos energéticos en cuya elaboración intervenía el petroleo- y de las materias primas, dio lugar a un aumento de la inflación que la mayoría de unidades de producción no pudieron trasladar enteramente a sus precios ya que los mercados se hallaban en una situación muy inflacionista. La consecuencia fue un descenso en el margen neto de explotación en unos momentos en que un gran número de compañías se encontraban fuertemente endeudadas debido a los procesos de inversión iniciados con anterioridad.

Finalmente, las compañías optaron por incrementar los precios de sus productos acabados debido a que la relación entre deudas y beneficios no hacía más que aumentar -en los Estados Unidos entre 1955 y 1975 de ser 8/1 pasó a ser 15/1- lo que aún aceleró más la inflación, trasladándose ese efecto a las cuentas del Estado en el caso de que las empresas que así obraron fuesen proveedores de éste, lo que sucedió en la mayoría de los paises debido al papel que el consumo publico desempeñaba en la economía.

A la vez, el comercio internacional se fue viendo crecientemente afectado. Por un lado, el incremento de costes de producción que el aumento de los precios de las materias primas y de la energía supusieron -lo que se vio sostenido por una inexistente política de racionalidad en el consumo petrolífero debido a que siempre había sido éste relativamente barato- supuso un encarecimiento de los productos exportables.

Por otro, y al ser los paises industriales importadores netos de petroleo, sus balanzas comerciales fueron acusando déficits en función de su capacidad exportadora; en cualquier caso, el componente de comercio exterior en la generación de crecimiento pasó a ser negativo en gran número de casos o, cuando menos, redujo sustancialmente su aportación neta.

Pero por otro, el impacto monetario que todos estos sucesos tuvieron fue tremendo. Las tensiones continuaban sobre el tandem Dolar - Oro que en 1974 llegó a los 190 dólares la onza, lo que continuó generando tensión al incrementarse la demanda de oro como materia refugio; además, la legalización de la flotabilidad de las monedas acordada en 1976 tampoco llevó la estabilidad ya que continuaron las tensiones especulativas sobre el Marco, el Yen, el Franco Suizo y el Florín Holandés debido a que se fue produciendo un desplazamiento desde las posiciones en dólares hacia estas divisas.

Estados Unidos no hizo nada a favor de la estabilidad, de hecho, el incremento de los precios del petroleo estaba jugando a favor del Dolar.

Desde 1944 Estados Unidos se había esforzado en que Europa, Japón y, en menor medida Latinoamérica y el Sur de Asia financiasen su proceso de crecimiento económico. A lo largo de casi treinta años flujos de dólares sin más respaldo que el haber sido emitidos por el país vencedor de la II Guerra Mundial y que ahora era el guardián militar de occidente, habían ido inundando el mundo.

Al ir imprimiendo ingentes cantidades de unos dólares que cada vez valían menos teniendo en cuenta el volumen de la economía estadounidense en relación a la cantidad total emitida que los acuerdos de 1944 le permitían, Estados Unidos fue ayudando a la reactivación europea y japonesa pero a costa de que todos los tenedores de dólares -particulares, compañías y gobiernos- financiasen sus gastos corrientes y su actividad económica de forma totalmente gratuita; el coste que tal política causó fue la inflación que se fue extendiendo por todo occidente.

Por ello, al tener ahora que entregar más dólares que antes del 16 de Octubre de 1973 por la misma cantidad de petroleo, se estaba produciendo un drenaje momentáneo de dólares tanto de la oferta monetaria interna de Estados Unidos como de la exterior. Eso ayudaba al Dólar pero perjudicaba a las economias mundiales que no habían tenido otro remedio que aceptar tras la guerra una dolarización directa de sus economias -por las inversiones estadounidenses- e indirecta al convertirse el Dólar en la divisa principal de reserva de los estados.

El hecho de que los estados tuvieran que pagar más por el petroleo que sus economias necesitaban fue negativo para éstos: al tener que pagar más se estaban desprendiendo de unas divisas que necesitaban; además, el incremento del precio del petroleo incidía negativamente sobre sus balanzas comerciales, y al desplazarse los dólares hacia los paises productores de petroleo se estaba creando el vaciamiento de aquellos en unas economias que los necesitaban y que dependían de Estados Unidos para obtenerlos.

Era un círculo vicioso que solo beneficiaba a Estados Unidos y a las multinacionales petrolíferas que vieron aumentar exponencialmente sus beneficios. Europa y Japón, en cambio, veían como sus economias que ya habían alcanzado un nivel elevado de desarrollo, no conseguían eliminar la dependencia del Dolar.

La Guerra Fría continuaba, por lo que continuaba el temor a levantamientos obreros por la disminución de nivel de vida que para éstos había supuesto la crisis. Los diferentes gobiernos cubrieron con gasto público gran parte de estas minusvalías, pero como el descenso de actividad supuso una reducción de los ingresos públicos y el consumo público también se veía afectado por la inflación, los estados comenzaron a entrar en una espiral deficitaria generando unos déficits que, al tener que ser financiados, inyectaron más inestabilidad al sistema monetario.

Para las antiguas colonias, la mayoría convertidas en paises subdesarrollados, el impacto sobre sus economias de los nuevos precios del petroleo fue, si cabe, más significativo que sobre las economias desarrolladas.

Estos nuevos paises habían accedido a la independencia en una situación totalmente desequilibrada para abordar cualquier proceso de crecimiento serio, situación a la que la evolución de los acontecimientos desde su independencia en nada había ayudado: ni el neocolonialismo en el que fueron cayendo a lo largo de los años sesenta, ni la inflación que desde los paises industriales fueron importando a lo largo de la década.

La Crisis del 73 hizo disparar aún más la inflación en esos estados al no ser la mayoría de ellos productores de petroleo, pero, además, sufrieron un impacto adicional debido a que sobre el monto de su deuda fueron influyendo las inestabilidades monetarias que fueron produciéndose.

La perversidad del sistema internacional se encontraba en el funcionamiento del propio modelo. El modelo keynesiano aún vigente se basaba en un crecimiento continuado con base en el consumo, tanto público como privado, en el pleno empleo de los factores productivos y en un incremento continuado tanto de la recaudación fiscal como de la oferta monetaria de acuerdo con las necesidades del sistema. Pero lo que Keynes no había contemplado era la posibilidad de incrementos desaforados en la oferta monetaria que el sistema no pudiese absorber, en otras palabras, el modelo keynesiano no contemplaba la posibilidad de inflaciones fuera de control.

El capitalismo internacional optó por dos lineas contrapuestas; una visible para el gran público: se fue compensando la inflación a través de incrementos salariales que redundaron en aumentos en los costes de producción; otra mucho menos evidente pero de hondo calado a medio plazo: a fin de frenar la inflación empezaron a incrementarse los tipos de interés.

Un nuevo concepto empezó a aparecer en la literatura económica y en los manuales de gestión: competitividad. Los aumentos de costes producidos por el incremento en los precios de la energía y por las alzas salariales, redundaron en descensos en la competitividad de las unidades productivas; a su vez, los incrementos de los tipos de interés llevaron al encarecimiento de la inversión y a su consecuente descenso, lo que afectó a la productividad de las empresas. La combinación de ambos efectos implicó el descenso de la tasa de beneficios y caídas en el empleo del factor trabajo.

El peligro de desestabilización que la situación generó llevó a los estados a incrementar aún más el gasto público, pero como las recaudaciones impositivas cayeron al descender la actividad -no pudiendo ser aquellas compensadas con aumentos en la presión fiscal por ser ésta ya muy elevada y por el empeoramiento de la situación económica- los estados fueron entrando en una situación de déficit creciente que aún complicó más los circuitos financieros internacionales al hacerse el Estado demandante de capitales para la financiación de su déficit.

En este escenario de restricción del empleo e inflación creciente la demanda interior se redujo, no siendo compensada por un aumento de las exportaciones al ser general esta crítica situación. La tendencia al alza de los tipos de interés, junto a unas expectativas negativas para el consumo llevaron a la mayoría de las unidades productivas a generalizados descensos de la inversión y a practicar continuadas reducciones en sus plantillas, por lo que el desempleo del factor trabajo creció, lo que aún redujo más el consumo pero manteniéndose la inflación al tener ésta unas causas fundamentalmente estructurales.

A nivel cultural, los efectos de la crisis del 73 fueron demoledores al unirse a la situación de ruptura de un crecimiento económico que los poderes públicos consideraban ilimitado, la sensación de desencanto que se generó a partir de Mayo de 1968 pero que ya se venía gestando a lo largo de todos los años sesenta.

La situación generada por la crisis del modelo socioeconómico imperante supuso la manifestación del cansancio de la concepción racionalista, la eclosión de la crítica al espíritu de la ilustración, la crisis de la concepción de que la filosofía buscaba la certeza. Se estaba entrando en la Postmodernidad.

El postmodernismo ha sido mucho más que una tendencia, más que una reacción contra la dependencia de un mundo económico, más que la simple vuelta a un pasado antaño criticado con el ánimo de superar esas críticas. El postmodernismo fue una actitud ante la vida que se encuentra en la reacción estudiantil y obrera de los sesenta y en las tendencias filosóficas de los setenta.

Mayo del 68 fue un intento de revolución postburguesa; tras su fracaso, la sociedad en general y la juventud en particular entraron en un pesimismo despolitizado por la falta de alternativas políticas que fue evolucionando hacia el individualismo a falta de un horizonte que el derrumbe del modelo había causado.

Lo que la nueva situación estaba mostrando era el fracaso del modelo que había anunciado que el paraiso era posible. Un paraiso basado en el pleno empleo, en la aceptación global de esquemas de comportamiento sustentados en la estandarización de patrones sociales -clase media, arte masificado, ideas globalizadas- y económicos -bienes definidos, sistema intervencionista-.

Los fenómenos contraculturales de los sesenta quisieron dar una salida también global: revolucionaria, pacifista o violenta, pero intentaron hacerlo desde una óptica globalista: pretendían romper el sistema manteniendo unos parámetros de común aceptación social. Pero la reacción al método anterior a la luz de la crisis del 73 fue la reivindicación del derecho a la espontaneidad personal como consecuencia de la fragmentación que el fracaso de la reacción de los sesenta supuso.

La Nueva Filosofía de los setenta -Lévy, Debray, Lefort, Glucksmann- denuncia los totalitarismos, pero lo hace a través de la denuncia de la connivencia nacida entre los pensadores y el poder, tanto político como económico.

Se entra en una búsqueda de lo objetivo, de lo que hace que las cosas sean como son pero desde la perspectiva del subjetivismo de la interpretación individual; por eso la sociedad postmoderna elevará el individualismo a la categoría de principio, potenciando el consumismo de lo efímero -diseños, literatura encerrada en si misma-, abandonándose lo ideológico y la visión coyuntural social y política, volviéndose a lo espiritual -religioso o paranormal- ante la falta de un modelo político definido.

Por todo ello, la sociedad postmoderna de los tardíos setenta y de los ochenta es decididamente individualista y personalista, y por ello rechaza todos los parámetros de un modelo fracasado que ellos defendieron o criticaron pero desde una óptica del modelo.

Un modelo que desde finales del siglo XVIII se había sustentado en la industria para desarrollar un crecimiento en el que crecientemente fueron participando más ciudadanos, de tal modo que actividad y modelo estuvieron crecientemente imbricados. Pero la crisis del 73 empezó a poner de manifiesto que muchos de los subsectores de la actividad industrial se habían convertido en caducos, en incapaces de perpetuar el crecimiento económico de los paises que los habían iniciado debido a que la competitividad forzaba su desplazamiento a zonas con más baratos factores productivos, por lo que los antiguos paises industriales debían centrarse en la producción de bienes con creciente valor añadido.

La ruptura del modelo tras la crisis del 73 trajo consigo muchos cambios en el comportamiento social, sobre todo, supuso el inicio de una nueva época en la que "la Industria" perdió su carácter paradigmático de generadora de actividad; en parte porque el Sector Terciario empezó a cobrar creciente protagonismo proporcional,en parte porque la esencia del modelo empezó a cambiar. El resultado ha sido un modelo postindustrial en el que rápidamente se han ido incorporando nuevas estructuras que han reemplazado a otras existentes, tanto en lo político, como en lo económico, en lo cultural y en lo social.

La juventud también acusó profundamente el cambio de modelo. Cuando la crisis estalló, casi todos los baby boomers estaban ya aposentados socialmente o muy próximos a lograrlo, pero otra cosa sucedía con los nacidos a partir de 1960; y esas circunstancias se manifestaron en la identificación juvenil por excelencia.

A principios de los setenta aparecen dos manifestaciones musicales exclusivamente urbanas que recogen la frustración que ya se palpaba en numerosos ambientes. El Rock Urbano, lanzado por autores nacidos a mediados de los años cuarenta, recoge las miserias de la ciudad y las exterioriza. A su vez, la Disco Music, dirigida fundamentalmente a los adolescentes, intenta brindar un escape a una realidad llena de incertidumbre a través del baile y de las luces de las discotecas. De nuevo una película: "Saturday night fiver" (1977), se convierte en el resumen de un modo de vida.

Pero el fenómeno juvenil que recogió la frustración de los jóvenes que vieron como su futuro quedaba condicionado por la crisis fue el Punk. Nacido en Londres a finales de 1975, recoge una mezcla de anarquismo y contestación política que aglutina tanto el conformismo de sus mayores como su propio aburrimiento. Su música era ruidosa, sus letras llenas de furia contra el entorno, su estética feísta, su lema -"No future"- recogía unos sentimientos que les llevaban a proclamar el caos sin más, no planteándose la construcción de una nueva sociedad al no percibir expectativas. Eran, ya, los últimos baby boomers.

Esta sensación de abatimiento ante el futuro no era más que la manifestación de la creciente falta de expectativas. El capitalismo, a partir de 1973 empezó a desarrollar nuevas estrategias manifestadas, sobre todo, en un cambio en la concepción del crecimiento económico y, aunque oficialmente aún era el modelo keynesiano el que se encontraba vigente, la realidad indicaba que algo estaba cambiando en la consideración del sistema.


EL MODELO DE OFERTA: LA FORMACION DEL CAPITALISMO GLOBAL

El modelo económico en vigencia desde la finalización de la II Guerra Mundial había supuesto una serie de cambios en el funcionamiento profundo del sistema capitalista en comparación con la época anterior; así, la participación de los factores productivos en el reparto del valor de la producción, el modo como se realizaba ese reparto y el protagonismo de los entes que participaban en los procesos económicos sufrió una profunda transformación.

El factor trabajo fue adquiriendo una mayor importancia en base al papel que le fue asignado en el proceso de crecimiento debido a su creciente contribución en el consumo; el Estado, por otra parte, también fue adquiriendo una importancia ascendente por la función redistributiva que fue adoptando vía una activa política fiscal sustentada en el aumento del peso de la imposición directa, a la vez que se convertía en protagonista destacado del crecimiento económico a través de la expansión del consumo público.

Todos estos cambios que habían propiciado un aumento substancial en la producción de los paises desarrollados, habían supuesto un ataque a la premisa básica del modelo en vigencia hasta la última contienda mundial, modelo que había servido de base al desarrollo del capitalismo: la ausencia de cualquier tipo de intervencionismo limitador.

En 1947, y ante las implicaciones de los acuerdos de Bretton Woods, es fundada en Suiza la sociedad Mont Pelerin por una serie de defensores a ultranza de esa premisa irrenunciable para el capitalismo, el coordinador de ese grupo fue el economista ultraliberal Friedrich von Hayek. Sus planteamientos traspusieron la mera concepción de la práctica económica, de hecho, su objetivo era la defensa de los valores de la civilización entre los que destacaban la propiedad privada y la competencia de los mercados, en definitiva, la defensa sin paliativos de la libertad de actuación individual.

Esta sociedad continuó desarrollando sus actividades durante los veinticinco años siguientes en un entorno de cierta reserva; sus planteamientos se limitaron al asesoramiento y a las conferencias a políticos del ala conservadora y a hombres de negocios, pero a partir del golpe de estado en Chile contra Salvador Allende y del estallido de la crisis de 1973, sus pronunciamientos se hicieron mucho más públicos.

En 1976, Milton Friedman publica su obra "Teoría de los precios" que supone una revisión radical de lo hasta entonces hecho en economía, inaugurando una nueva época en linea con la general concepción postmoderna.

Las tesis de Friedman representan el regreso a las teorías clásicas. Para este autor los ciclos económicos están determinados, más que por las políticas fiscales, por la oferta monetaria y por el nivel de los tipos de interés. En consecuencia, el Estado debe centrar su intervención en el control de la cantidad de dinero en circulación y en el control de los tipos de interés, nada más; serán los mercados los que, a través de la ley de la oferta y la demanda, y según el nivel de la oferta monetaria, fijarán unos precios que, para favorecer el crecimiento económico, deben ser lo más estables posibles.

Entre 1973 y 1979 se fue conformando el análisis de los críticos al enfoque aún, teóricamente, en vigencia. La reducción de la inflación debía ser absolutamente prioritaria a fin de conseguir el mantenimiento de los márgenes netos al no ser ya posible la traslación de los incrementos habidos en los costes de producción a los precios finales, motivo por el que también debía incidirse en la búsqueda de la reducción de los costes productivos.

Como consecuencia de lo anterior, la accesibilidad a los factores productivos por parte de la producción debía ser favorecida y, en concreto, la del capital; por ello los mercados de capitales debían ser liberalizados al máximo a la vez que era necesario eliminar cualesquiera control de cambio existente y, por extensión, debían ser eliminadas todas las barreras arancelarias aún en vigencia -cuantitativas y cualitativas- a fin de favorecer el tráfico internacional de bienes y servicios.

A la vez, tenían que reducirse las tensiones de cualquier índole que supusiesen el alza de los tipos de interés -fundamentalmente las derivadas de los déficits públicos al alza originados por el incremento de prestaciones sociales ocasionado por el desempleo provocado por la crisis- ya que, tipos de interés elevados, incidían negativamente en la inversión y distorsionaban la evolución de los mercados de valores.

Estos ingredientes conformaban un nuevo modelo económico dentro del capitalismo: el Modelo de Oferta, nacido como reacción capitalista tras la rotura del modelo anterior, implementaba un retorno a fórmulas clásicas -neoliberalismo-, que fundamentaba toda su linea básica de actuación en la política monetaria -monetarismo- y que hacía girar sus argumentaciones esencialmente sobre tres ejes: la consecución continuada de incrementos en la productividad, la reducción del papel del Estado y la rentabilización del capital excedente que la imparable racionalización productiva fuese desplazando.

Para conseguir incrementos continuados de la productividad la producción debía tener acceso rápido y fácil a toda la cantidad de factores productivos que necesitase, por ello el Modelo de Oferta planteó la utilización de la deslocalización hacia otras latitudes geográficas de plantas o de fases productivas, la externalización hacia otras unidades de ciertas fases y de ciertos servicios que no supusiesen incorporación de valor en los procesos productivos matrices, la flexibilización y desregulación de la contratación del factor trabajo a base, entre otras medidas, de quebrar la unidad sindical y de enfrentar el descontento ciudadano a las reivindicaciones obreras y, la substituibilidad de factores productivos por otros de menor coste, lo que vendría acompañado por la supresión, o disminución, de la protección social lo que motivaría a trabajadores que estaban siendo subsidiados a que trabajasen, máxime si en el apartado de subsidios se engloban ayudas como las que percibían madres solteras, hijos de familias con ingresos por debajo del nivel de pobreza y dotaciones sanitarias para colectivos de ancianos pobres.

La justificación a la reducción del papel del Estado era doble; por un lado, tal reducción significaba la eliminación de trabas que dificultasen la actuación de la iniciativa privada; por otro, al reducirse el papel del Estado, se producía una consecuente reducción en el gasto público, por lo que, o bien se decrementaba el déficit público que a lo largo de los años anteriores se había ido formando, o bien se eliminaba una cierta tendencia al déficit presente en todos los estados seguidores del anterior Modelo de Demanda; en cualquier caso, la reducción del déficit significaba reducciones de los altos tipos de interés necesarios para financiarlo.

La disminución del papel del Estado era contemplada a través de dos tipos de actuaciones: con la puesta en marcha de amplios procesos privatizadores de empresas cuyo propietario era el Estado, procesos que supondrían ingresos que éste debería aplicar en la reducción de la deuda pública, y con la disminución de los ingresos del Estado a través de la reducción de las cargas impositivas sobre los rendimientos del capital, las rentas y los beneficios obtenidos en la producción, es decir, de los impuestos directos, a compensar, en todo caso, con aumentos de los indirectos.

La reducción de los incrementos de precios, buscándose incluso un incremento de precios cero, se convirtió en prioritaria. Para ello los impulsores del nuevo modelo diseñaron tres estrategias: la búsqueda del superávit presupuestario, la manipulación de los tipos de interés a fin de frenar el consumo caso de que éste incidiera negativamente sobre el nivel de precios y la formulación de un índice que combinaba inflación con nivel de empleo, la Nairu.

La Nairu (Non accelerating inflation rate of unemployment) -formulada por Friedman- o tasa de desempleo del factor trabajo que define el dintel de la presión inflacionista, culpabiliza a los salarios, es decir, al coste de la mano de obra (y por extensión al Estado del Bienestar en base a los impuestos necesarios para mantenerlo) de la inflación; pero como -y según el esquema clásico resucitado por el neoliberalismo- el salario debe ser función del nivel de empleo -es decir, de la demanda de trabajo-, la inflación estará íntimamente vinculada con con éste.

Pero, a la vez, el significado de la Nairu puede ser leído en otro sentido; así, la Nairu es el nivel de desempleo con el que la inflación será mínima, y, si no se da inflación, podrá generarse inversión al poder ser reducidos los tipos de interés, y, si existe un alto grado de expectativas, se conseguirá un importante crecimiento en el valor de la producción.

En consecuencia, el significado real de la Nairu es el del nivel de desempleo del factor trabajo más conveniente para la economía, por ello a la Nairu también se le conoce como "tasa natural de desempleo", es decir, en cada economía y en cada momento existe una demanda de trabajo tal que permite unos niveles de inflación y de tipos de interés constantes y con los que el valor de la producción, el Producto Interior Bruto, crecerá.

Esta concepción necesitaba de un soporte político y de otro monetario. A nivel político lo obtendría en 1979. A nivel monetario lo tuvo ya en 1976 cuando los Acuerdos de Jamaica fijaron la desmonetización del oro -lo que en la práctica, equivalía a la adopción de un Patrón Dólar- y la reafirmación de la moneda estadounidense como unidad de financiación internacional y de reserva mundial, y que Europa pretendió contrarrestar con un plan a largo plazo consistente en la creación, en 1979, del Sistema Monetario Europeo.

El inicio de la guerra entre Irán e Irak (1979 - 1988) por una disputa fronteriza entre ambos, con un Irán en el que tras un proceso revolucionario se había instalado un régimen islámico y un Irak ayudado por Estados Unidos por su oposición al islamismo iraní, provoca un nuevo incremento de los precios del petroleo cuando aún seguían plenamente vigentes los efectos del primero.

A esta problemática se añadió la tensión generada por la lucha por el poder desatada en China tras el fallecimiento en 1976 de Mao Zedong entre el maoismo y los renovadores encabezados por Teng Siao Ping y que concluyó con el triunfo definitivo de éstos en 1977, y por la entrada soviética en Afganistán en 1979.

La guerra fría, y a pesar de las tentativas y conversaciones habidas entre la URSS y los Estados Unidos, no remitía; por ello, era comúnmente admitido en occidente que la figura del Estado debía ser reforzada. Pero este reforzamiento debía producirse en el plano militar y en un entorno político; a nivel económico, tanto interno como internacional, debía prevalecer la retirada del Estado de toda actividad intervencionista a fin de que el capitalismo emprendedor pudiera recuperar el protagonismo que el keynesianismo le había detraído en las décadas de los años cincuenta y sesenta.

Es decir, la explicación dada al problema que recorría el mundo no era que éste se derivaba del fracaso del capitalismo, sino de la apropiación por el Estado de la iniciativa privada y la suplantación del mercado por la intervención estatal. La solución debía ser el adelgazamiento del Estado - cuanto más rápido mejor-, el control de la inflación por medio de la manipulación de la oferta monetaria y de los tipos de interés, la reducción de la imposición directa a fin de incentivar a la iniciativa privada, la implantación de medidas que no limitasen la libertad de actuación de la oferta -políticas "Supply Side"-, es decir, la definición de un escenario totalmente en linea con la presente tendencia hacia el individualismo.

Entre 1979 y 1982 se produce la llegada a distintos gobiernos de políticos defensores a ultranza de esta llamada Escuela Neoliberal o Monetarista.

En el Reino Unido, los gobiernos laboristas de Harold Wilson (1974 - 1976) y James Callaghan (1976 - 1979) no consiguieron reactivar la economía; su problema radicó en la imposibilidad de combinar unas medidas que partían de unos esquemas ya inexistentes, con el desencanto de una población que había visto interrumpida su progresión de mejora. El Partido Conservador, que no tenía en principio recetas mágicas, supo vender un mensaje diferente en la figura de Margaret Thatcher como líder, obteniendo una victoria aplastante e inaugurando un larguísimo periodo de gobierno conservador concluido en 1997.

En los Estados Unidos, tras el desprestigio acumulado por el presidente demócrata James Carter (1977 - 1980) debido a los problemas derivados de la crisis del 73 y al impacto que en el orgullo nacional tuvo el apresamiento del personal de la embajada en Tehrán en 1979, es elegido un republicano con un enorme gancho populista obtenido durante su época de actor cinematográfico y de gobernador de California: Ronald Reagan (1980 - 1988), destacado colaborador del Comité de Actividades Antiamericanas del senador MacCarty.

El cambio político en el Reino Unido y en los Estados Unidos fue el espaldarazo que el modelo monetarista necesitaba, modelo que se vio definitivamente asentado tras la elección del cristianodemócrata Helmut Kohl como canciller en la República Federal Alemana en 1982.

El triunfo de estas tendencias políticas que propugnaban lineas de actuación radicalmente opuestas a como hasta entonces se había desarrollado la política económica occidental, vino dado por la mezcla de dos ingredientes: por un lado, la imposibilidad del Modelo de Demanda para resolver los efectos de los incrementos de oferta monetaria habidos en la década de los años sesenta y setenta; por otro, la reacción social que la crisis provocó, unida a la reacción sociocultural de finales de los sesenta y que fue evolucionando hacia la eclosión de un individualismo exacerbado a finales de los setenta; junto a ambos ingredientes, y en gran medida debido a la ausencia de un sólido modelo político, se asiste al ascenso de los integrismos.

La revolución iraní de 1979 asienta en el Medio Oriente a un estado musulmán que únicamente se rige por los principios coránicos y que contempla como un objetivo la extensión de la revolución religiosocultural musulmana. Paralelamente, en Estados Unidos, se va consolidando un grupo de poder que pretende llevar hasta sus últimas consecuencias los principios de la ética calvinista.

Como precursora de esta linea, en 1973 es fundada en Estados Unidos la Heritage Foundation. Esta fundación, de la que son contribuyentes los miembros más derechistas del Partido Republicano - lo que equivale a decir las voces más destacadas del capitalismo estadounidense- y seguidores de una tendencia ultraliberal en lo económico, prepara la llegada del futuro presidente Ronald Reagan en 1980.

En consecuencia, la política económica que fue desarrollándose tanto en los Estados Unidos como en Europa fue entrando en una senda que fue profundizando en el liberalismo y en el monetarismo; incluso en paises con gobiernos en teoría socialistas -Francia desde 1981 y España desde 1982- se adoptaron políticas con notables ingredientes monetaristas.

El decremento del gasto público, la reducción del sector público, la flexibilización y desregulación de los mercados de trabajo, fueron siendo políticas de uso común en los estados occidentales.

Pero, posiblemente, la medida adoptada más radicalmente diferente respecto a las del período anterior fueron las reducciones en los impuestos directos que fueron practicándose y justificándose en los efectos que tal medida produciría en la economía: los decrementos de impuestos darían lugar a aumentos en el ahorro lo que haría incrementar la inversión, creando un aumento en el empleo y consecuentemente en la renta lo que haría incrementar la recaudación fiscal.

Tras ésta, otra razón: las crecientes demandas de capital por parte de los sectores privado -inversiones substitutivas de mano de obra a fin de lograr reducciones de costes- y público -déficits crecientes provocados por un Welfare State con crecientes compromisos ocasionados por el desempleo al alza y por el uso en aumento de las jubilaciones anticipadas y a los que, sin embargo, debía afrontarse con recursos a la baja- desaconsejaban la imposición a los propietarios del capital, propietarios cada vez más difíciles de controlar en unos mercados capitalistas con movilidad en ascenso.

Estas medidas se paralelaron con la aceleración de las políticas de reconversión industrial que aún hicieron incrementar más el desempleo del factor trabajo; así mismo, la búsqueda de reducciones en los costes de fabricación llevaron al traslado de lineas de producción desde los paises desarrollados a zonas subdesarrolladas del Este y Sudeste de Asia y a estados como Taiwan, Singapur y Corea del Sur y a la entonces colonia británica de Hong Kong. Ambas políticas ya fueron iniciadas a mediados de los años setenta.

Los resultados que la aplicación del Modelo de Oferta empezó a mostrar la economía mundial no fueron, de entrada, espectaculares. El gobierno británico precisó en 1982 de una guerra en las Islas Malvinas para lograr la cohesión nacional que la aplicación de sus políticas liberales había previamente destruido; posteriormente, en 1987, el mundo financiero se vio sacudido por el recorte en las cotizaciones bursátiles más acusado desde la crisis de 1929 pero que los dispositivos de seguridad introducidos en los mercados lograron mitigar.

No obstante, hacia 1989, el panorama que la economía internacional mostraba indicaba que los objetivos del modelo se estaban consiguiendo. Claramente se había producido un descenso en la inflación, los déficits públicos mostraban una clara tendencia a la reducción y la facilidad para el tránsito de mercancías, servicios y capitales se había incrementado notablemente, pero, a la vez, se asistía a un retroceso en las coberturas brindadas por el Estado del Bienestar, a un fortísimo incremento de la tasa de desempleo del factor trabajo, al empeoramiento en la distribución de la renta, a un muy fuerte aumento en la especulación financiera y a una profundización en la dependencia de los estados y unidades productivas hacia el capital.

De resultas de lo anterior y contribuyendo a ello, en todo el planeta, tanto a nivel económico como social y político, fue instalándose en la vida diaria un concepto que no era un desconocido en la historia mundial: la globalización.

La globalización, entendida como la eliminación de fronteras y barreras que imposibilitan o dificultan la movilidad de los elementos que conforman la oferta y que utiliza la oferta -desde procesos y factores productivos a ideas y modos de vida-, hace que estos elementos se tornen globales, desprovistos de identidad territorial, ya que la globalización de los años ochenta debía ser entendida como la formación de un marco total para que el capitalismo pudiera cumplir su objetivo fundamental -la maximización continuada del margen neto- sin ningún género de trabas.

Por ello, a lo largo de la década, grandes compañías, sobre todo en Estados Unidos, fueron entrando en un proceso de expansión a base de su fusión con otras compañías y de absorver a otras no necesariamente menores; normalmente el proceso siempre era el mismo: compra de un porcentaje de las acciones de la compañía a absorver a base de créditos a alto interés, adopción de medidas orientadas al aumento de su rentabilidad basadas en un fuerte adelgazamiento de las plantillas, troceamiento de la compañía absorbida y venta de aquellas partes no estratégicas para la nueva política.

El sistema financiero internacional fue desempeñando un muy destacado papel como favorecedor de esta corriente globalizadora: la gran banca internacional se convirtió en administradora de los gigantescos volúmenes del móvil capital y financiadora de estos procesos globales participando activamente en los movimientos especulativos a través de sus bancos de inversión; por su parte, el Fondo Monetario Internacional diseñó un conjunto de medidas orientadas a estabilizar la situación económica de los paises subdesarrollados que, ahogados por la atención de la deuda generada desde mediados de los setenta, acudían a este organismo en busca de ayuda a fin de atraer nuevo capital exterior necesario para continuar con su proceso de crecimiento.

Las consecuencias de todas estas actuaciones no tardó en ponerse de manifiesto: formación de "burbujas" especulativas generadas a partir de la realimentación continuada de procesos de revalorización artificial de las cotizaciones de valores bursátiles y de inmuebles, caso de la burbuja especulativa japonesa; reducción de la inflación en Latinoamérica a costa del aumento de la miseria de la población más desfavorecida; aceleración de la desigualdad entre rentas altas y bajas en todo el mundo, pero con una especial virulencia en occidente atendiendo al pasado reciente del mundo occidental.

Rápidamente fue caracterizándose esta situación por una nueva forma de generación de valor en la que se iba produciendo un cada vez mayor crecimiento económico sin creación de empleo en la que la mayor productividad era obtenida por una reducida cantidad de mano de obra con una muy alta cualificación acompañada de amplísimos colectivos con baja cualificación sumidos en el paro encubierto y en el subempleo y con salarios reales estancados o a la baja que la en retroceso política redistributiva no compensaba.

Entre 1980 y 1990, el 10% más rico de la población del Reino Unido aumentó la diferencia que le separaba de la renta monetaria disponible media en un 9,5%; en los Estados Unidos lo hizo en un 6,4%. Por el contrario, el 10% más pobre empeoró la distancia que le separaba de la media, en un 10,7% en el primero, y en un 8,7% en el segundo.

En este escenario con creciente movilidad internacional del capital se asiste a un auge en vertical de los mercados de valores, lugares en los que jóvenes baby boomers de los últimos cincuenta se enriquecen rápidamente en un ambiente de creciente actividad financiera en el que aceleradamente se van diseñando instrumentos financieros para obtener rentabilidades al alza, lo que hace entrar al sistema en una creciente espiral especulativa.

Esta ansia expansiva tuvo su modelo social en el Yuppy -Young Urban Professional-, joven usualmente universitario con un curso de especialización financiera, de ascendencia y vida urbana, que fue ocupando puestos de responsabilidad en el mundo de las finanzas y de la dirección de compañías con el único objetivo de incrementar sus rentabilidades al máximo. Eran jóvenes amantes del diseño postmoderno con rentas muy altas y que aceptaron la New Wave como una recuperación civilizada del Rock del pasado.

Pero junto a esta elite, los jóvenes nacidos en la década de los sesenta se iban enfrentando a un creciente desempleo acompañado de una paulatina precarización en las condiciones de trabajo.

Todas estas tendencias quedan fielmente reflejadas en la música. Desde mediados de los setenta comienza a desarrollarse en Europa una linea que utiliza las crecientes posibilidades de la electrónica -Tecno-; a finales de la década, en Estados Unidos, cobran auge las emisoras de radio AOR -Album Oriented Rock- que empiezan a radiar composiciones a la medida de las exigencias de un mercado cada vez menos comprometido y con el único objetivo de captar la mayor cantidad de publicidad posible.

Como el fin era la obtención de beneficios, las emisoras de radio van abandonando sus antiguas especializaciones, a la vez que los grupos musicales van incidiendo en los aspectos promocionales de su música, grupos cada vez menos conocidos que compongan música vendible y que sea sabiamente producida por un empresario en el que el grupo debe confiar.

En este contexto, la imagen pasa a ser fundamental -vestuario, maquillaje- así como la promoción crecientemente cuidada en los elaborados videoclips que son seleccionados y emitidos por las poderosas cadenas de televisión, de modo que, además de la música, pasa a venderse una imagen, por lo que los artistas de los ochenta van entrando en una dinámica caracterizada por vidas profesionales breves aunque fulgurantes en las que lo económico pasa a anteponerse a lo artístico.

Por ello, la mayoría de las composiciones musicales de esta década renuncian a la originalidad: sus autores nacen del Punk pero renunciando a la rebeldía y buscando, en innumerables casos, obtener rápidamente unos elevados ingresos. Esta estrategia dará lugar a una música sin gancho dirigida a un público mayoritariamente a la búsqueda de un diseño.

En consecuencia, no es de extrañar que el origen de esta tendencia se encontrase en el Reino Unido. La música se convierte en un producto del Modelo de Oferta, liberal y sin conciencia social, refinado y sofisticado, efímero; en definitiva, postmoderno. El objetivo pasa a ser realizar un disco o descubrir un artista que supere su público natural y que pueda ser introducido en otros mercados (Crossover).

El consumismo se convierte en el objetivo de la sociedad en su conjunto ayudado por una tecnología que va convirtiendo en accesibles bienes hasta entonces reservados a profesionales, como el ordenador personal y el grabador y reproductor doméstico de video desde mediados de los ochenta, tecnología que aporta crecientes posibilidades a una estética orientada hacia el consumo y consciente de la enorme importancia de la televisión, el medio de comunicación de masas por excelencia, a fin de difundir la crecientemente sofisticada publicidad.

En 1989 sucede un hecho que va a tener una importancia capital para la expansión de este modelo global. Desde 1917 el modelo de economía centralizada había ido extendiéndose por diversas zonas del planeta adaptándose a las peculiaridades de cada pueblo pero conservando invariable una proclama programática: la implantación de la sociedad comunista con la consiguiente implantación del igualitarismo.

Esta proclama arrancaba de la situación de carencias generalizadas en las que la clase obrara se había visto forzada a vivir y de la miseria en la que la sociedad campesina de la Europa oriental y de los territorios coloniales había soportado; pero tras la finalización de la II Guerra Mundial la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores de los paises industrializados había sido general y los nuevos paises nacidos tras los procesos independentistas habían, o bien entrado en una situación neocolonial, o bien retrocedido aún más en su situación económico-social.

Pero la URSS y los paises de economía centralizada, aunque habían llevado a cabo avances fundamentales en los terrenos nutricional, educativo y sanitario, habían nacido con un importante lastre: el tremendo drenaje que de su producción debían realizar para dotar su apartado de defensa forzados por la Guerra Fría, lo que incidía muy negativamente en la valoración que del sistema realizaban sus respectivas ciudadanías y en la evolución misma del sistema, siempre a la defensiva y evitando la entrada de elementos que incrementasen el progresivo descontento de sus poblaciones, poblaciones formadas por un creciente menor número de personas que conocieron las situaciones de opresión prerrevolucionarias.

Tras el fallecimiento de Breshnev en 1982 y del meteórico paso por la jefatura del estado de dos políticos muy interesados en el saneamiento de la burocracia interna, es elegido Mikhail Gorvachov en Marzo de 1985.

Gorvachov puso en marcha una serie de medidas que pivotaban sobre dos ejes: la idea de reforma y la de transparencia informativa; junto a éstas, la búsqueda de un aperturismo hacia occidente y el mantenimiento de la unidad socialista y, ciertamente, en la URSS se dieron importantes avances hacia la normalización de relaciones con su exterior, avances que también alcanzaron a sus socios europeos.

Ya en 1986 principian prácticas de economía privada; a partir de aquí van realizándose tentativas abiertamente reivindicativas desde 1988 en Polonia y Hungría y cuyo punto máximo llega en el Verano de 1989, cuando miles de ciudadanos de Checoslovaquia, Hungría y Polonia ocupan -con la permisividad de los respectivos gobiernos- las embajadas de la República Federal Alemana con el ánimo de emigrar a ésta.

Este paulatino abandono de las ideas socialistas, únicamente mantenidas en Cuba, Vietnam y Corea del Norte, estuvo acompañado de una progresiva derechización del mundo occidental. Además del triunfo electoral del conservadurismo en occidente -reafirmado con la elección de George Bush como presidente de los Estados Unidos (1988 - 1992)- y de la extensión del modelo neoliberal, un tinte conservador fue extendiéndose en todos los ámbitos económicos y culturales.

Este espíritu conservador, que en definitiva significaba un regreso a lo tradicional, también se dio a nivel religioso. En 1978 es elegido como papa Juan Pablo II, inaugurándose una etapa de inmovilismo religioso en la que la continuidad pasa a ser el eje de giro de la Iglesia, marginándose cuestiones sociales que hasta el momento habían ocupado un papel fundamental en su doctrina y traduciéndose en actuaciones que desandaban posturas asumidas años atrás, caso de la persecución desatada contra la Teología de la Liberación a partir de 1984, o de la toma de posturas claramente unilaterales, caso de la admisión por el papa, en 1982, de las tesis estadounidenses justificadoras al incremento armamentista, posturas totalmente en la linea de las tesis defendidas por el Modelo de Oferta.

Pero también en el Islam la cuestión religiosa dio un vuelco. Al golpe de estado de orientación ultrarreligiosa de 1978 en Irán, se unió el asesinato del presidente egipcio Anuar el Sadat por oficiales fundamentalistas en 1981. En el mundo musulmán, una corriente de religiosidad que únicamente aceptaba la tradición coránica como fuente de justicia y gobierno, fue alcanzando a crecientes sectores de población que fueron extendiendo sus demandas religiosas y chocando con gobiernos que pugnaban por acercarse a occidente aunque manteniendo unas estructuras que perpetuaban la miseria de amplísimos colectivos y que mantenían una arbitrariedad casi feudal en lo político.

En los países desarrollados, sus economías fueron prosiguiendo en la adopción del modelo neoliberal y superando los efectos de la crisis habida entre 1979 y 1983; a la vez, se ponían de manifiesto que crecimiento económico y empleo del factor trabajo habían dejado de estar relacionados.

En todas las zonas económicas mundiales se fue produciendo un mucho mayor crecimiento del valor de la producción que del empleo. Asignando el índice 100 al valor de la producción en 1975, en 1990 ésta había pasado a ser de 141 en el Africa Subsahariana, 143 en América Latina, 149 en los paises desarrollados, 198 en el Asia Meridional y 304 en el Asia Oriental. A nivel mundial, y en el mismo período, había pasado de 100 a 156.

Sin embargo, considerando la evolución del empleo, y asignando también el índice 100 a 1975, en 1990 los índices correspondientes a éste eran: 121 en el Africa Subsahariana, 131 en América Latina, 120 en los paises desarrollados, 137 en el Asia Meridional y 183 en el Asia Oriental. A nivel mundial se había pasado de 100 a 128. Es decir, a medida que se iba produciendo un aumento en el Producto Interior Bruto, se iba profundizando en el desempleo del factor trabajo (Jobless Growth).

Este hecho, posiblemente el más característico del Modelo de Oferta y nunca anteriormente dado en la historia de la humanidad, lo único que estaba indicando era que la persona, considerada como parte esencial de la evolución económica había dejado de tener sentido ya que había dejado de ser protagonista en el proceso de generación de valor.

Pero, a la vez, la globalización de las relaciones económicas, sociales y políticas iba reclamando un incremento exponencial de la individualización y de la individualidad. Como en el modelo clásico, la libertad de decisión y de elección de la persona pasa a ser potenciada, pero, a diferencia de la Era Industrial en que lo colectivo era entendido como esencial y necesario, en esta Era Postindustrial la defensa de lo individual es buscada como medio para que la sociedad pierda su conciencia colectiva, lo que dará paso a la pérdida de su capacidad de negociación política en linea con la lógica postmoderna antinacional y anticolectiva.

Globalización, sin embargo, implica politización, aunque politización entendida desde la óptica de sistema único a implantar a nivel mundial. Será solo el capitalismo, entendido ahora desde la óptica de los "hacedores globales de capital" -Global Players-, el sistema que optará a obtener, a través del mercado, el poder político global sobre personas individualizadas aunque imposibilitadas a existir al margen "de los demás" en una sociedad mundial.

Paralelamente, este último capitalismo global desarrolla técnicas y submodelos de conducta a fin de extender sus ideas motoras y sus métodos operativos. A partir de la segunda mitad de la década de los ochenta se asiste al crecimiento exponencial de la industria de la comunicación -televisión, informática, telefonía- crecientemente concentrada y utilizadora de técnica crecientemente más costosa, lo que supone una paulatina pérdida de libertad de información al ser ésta generada por un menor número de agencias, lo que favorece el creciente poder de las compañías estadounidenses al ser Estados Unidos el principal productor mundial de tecnología de la información y al promover estas agencias la expansión de la uniformización de contenidos culturales y temáticos basados en un aséptico modo de vida americano que no duda en utilizar los particularismos zonales para conseguir una más efectiva aceptación.

Este modelo basado en el mercado globalizado, no estaba beneficiando a la pequeña burguesía. La gran burguesía productora -las compañías productivas agigantadas a fin de favorecer los procesos de reducciones de costes y de ejercer presión sobre los gobiernos de la práctica totalidad de los paises ante la necesidad de éstos por conseguir puestos de trabajo para sus posibles votantes- se beneficiaron, pero quien fundamentalmente se benefició con esta nueva concepción fue el capital financiero especulativo.

Desde 1979, y debido a las políticas monetaristas, el valor del comercio de mercancías se incrementó; concretamente, entre 1979 y 1989, el valor del comercio mundial de mercancías creció a una tasa media anual del 7,53%. Pero, y debido al favorecimiento que se imprimió a la movilidad del capital, éste comenzó a circular a fin de cubrir las necesidades que de él se tenían tanto en el mundo desarrollado como en el subdesarrollado en virtud de las nuevas expectativas aportadas por el neoliberalismo, lo que llevó a que, en el mismo período, el valor anual del mercado de divisas creciera a una tasa media anual del 20,93%.

En otras palabras, mientras que en 1979 el mercado mundial de divisas representaba un volumen que equivalía a once veces el de mercancías, en 1989 la equivalencia era de sesenta y tres veces.

En los paises pertenecientes al llamado modelo anglosajón -aquellos en los que con más ahinco se estaban aplicando las medidas neoliberales- Reino Unido y Estados Unidos, principalmente, la concentración de la renta no hacía sino empeorar. En 1989, los Estados Unidos era el país desarrollado con una mayor iniquidad en la distribución de la renta, así, y después de impuestos, mientras el 20% más rico de la población acumulaba el 80% de la riqueza del país -el 1% más rico entre estos ricos acumulaba el 40%-, el 20% más pobre solo ostentaba el 5,7% de la riqueza estadounidense. Ello era el resultado de que el 75% de los ingresos obtenidos durante la década de los ochenta fueron a parar tan solo al 20% de las familias.

Este progresivo empeoramiento en las condiciones de vida de los estratos de población menos favorecidos (lo que comportaba menores posibilidades de acceso a la cultura, a la educación y a la información, elementos crecientemente imprescindibles en un mundo cada vez más tecnificado y competitivo), pudo ser llevado a cabo sin tensiones sociales gracias a cuatro circunstancias.

En 1984 estalló en el Reino Unido la huelga más larga de las llevadas a cabo por los mineros en toda la historia británica. A pesar de los costes que para el país representó el año largo de huelga, de las razones que habían movido a este colectivo a la misma y del coste político para el gobierno, Margaret Thatcher se negó a negociar las mejoras solicitadas por los mineros. En un entorno de creciente individualismo y de acelerado desprestigio de las posiciones sindicales, la opinión pública británica comenzó a ponerse del lado del gobierno conservador. Finalmente, el triunfo de las tesis gubernamentales supuso el principio del fin del sindicalismo como instrumento de defensa de los intereses de los trabajadores en todo el mundo desarrollado, principiando, así mismo, el declive en la afiliación.

Por otra parte, el imparable giro hacia posiciones más conservadoras iniciado a finales de los setenta, se tradujo en cambios en la tendencia de aquellos partidos socialistas en el gobierno hacia posiciones crecientemente centristas -Francia, España-, y en la variación de actitudes de los electorados movidos, básicamente, por el individualismo -Suecia-. Es decir, se fue produciendo una creciente derechización en las posiciones políticas de los ciudadanos de los paises desarrollados.

Además, con las tesis neoliberales que total o parcialmente fueron poniéndose en marcha en Europa y en los Estados Unidos -o en Nueva Zelanda, uno de los estados en los que con más pureza se desarrollaron las tesis monetaristas- los trabajadores fueron viendo que el puesto de trabajo, algo que desde la II Guerra Mundial era considerado casi como en propiedad, había pasado a tener la valoración de prescindible, de tal modo que la reducción de plantillas -"downsizing"- y la reorganización de procesos a fin de posibilitar la eliminación de empleo -"reengeniering"- fueron entrando en la cultura de las direcciones de las compañías, lo que generaba creciente temor en los trabajadores y traduciéndose en adaptabilidad y sumisión, máxime teniendo en cuenta que la demanda total de trabajo era decreciente debido a la decreciente necesidad del capital por el factor trabajo.

Pero lo que más influyó en la aceptación pacífica del modelo neoliberal fue el proceso de desintegración en el que entró el Bloque del Este de Europa a partir de 1989.

El primer período presidencial de Ronald Reagan principió con dos decisiones que tuvieron repercusiones tanto en Europa como en la URSS: el despliegue en Europa de misiles estadounidenses de alcance intermedio -Euromisiles-, y la puesta en marcha de un vasto proyecto para la detección y destrucción de misiles lanzados contra Estados Unidos durante la parte estratosférica de su vuelo -Iniciativa de Defensa Estratégica-.

Ambos proyectos pretendían dos objetivos: la potenciación del sector armamentista estadounidense -lo que equivalía a una política keynesiana fundamentada en un muy especial consumo público y que disparó el déficit de Estados Unidos- y la presión sobre la Unión Soviética a fin de que se sentase a negociar un acuerdo tendente a la disminución de la altísima tensión mundial.

En 1985, y coincidiendo con al entrada de Gorvachof en la jefatura del estado, tiene lugar una cumbre entre los Estados Unidos y la URSS a fin de abordar algún tipo de desarme, reunión que tiene continuidad en la de 1988 en la que se acuerda el desmantelamiento de los misiles instalados a ambos lados de la frontera entre las dos Europas; además, Estados Unidos aprobó el proceso aperturista puesto en marcha por Gorvachov.

En 1989 la situación económica mundial era muy inestable. A ello contribuía la situación de postración económica a la que habían llegado los paises subdesarrollados y que amenazaba con provocar una suspensión de pagos generalizada de su deuda -lo que llevaría a una oleada de quiebras de instituciones bancarias sobre todo estadounidenses- en un entorno de crecimiento desmedido del déficit estadounidense.

Esta situación de inestabilidad mundial derivó aceleradamente hacia otra en la que desapareció el principal elemento impulsor del sistema desde el fin de la II Guerra Mundial: la Guerra Fría, situación que se materializó en el mes de Noviembre con la caída del muro que separaba el sector oriental y occidental de Berlín y que supuso el fin del modelo de economía planificada.

El hundimiento del modelo de economía planificada debe ser contemplado desde un doble aspecto. Por un lado, el modelo en si mismo había llegado a un punto en el que, en base a su territorio, sus recursos y su capital, sus posibilidades de expansión habían concluido, por lo que, para su supervivencia, necesitaba imperiosamente de una evolución expansiva eliminando en lo posible las rigideces más significativas; pero, por otro, esa expansión significaba su propia desaparición al tenerla que llevar a cabo en un entorno capitalista que, al estar también tratando de expandirse, no iba a permitir que el modelo opuesto conservase ninguno de sus rasgos identificativos.

Cuando Gorvachov comenzó con su política de apertura y transparencia, el capitalismo tenía ya muy asumido el Modelo de Oferta, en consecuencia, la pretendida expansión del modelo de planificación central se convirtió en la invasión por el capitalismo de unos estados agotados por los continuados gastos militares y donde la población fue sistemáticamente bombardeada por la propaganda y la publicidad occidental a través del medio televisivo.

En cualquier caso, el motivo principal por el que el modelo de economía planificada desapareció fue por su radicalmente diferente conceptualización de lo monetario en comparación a la que el capitalismo había desarrollado: al continuar aquel vinculando dinero numerario con valor asignado a un plan, no incorporó a su realidad económica el excedente de valor simbólico que la especulación de capitales fue generando. El resultado fue el agotamiento de un modelo diseñado para una realidad mundial que ya no se daba a finales de los años ochenta.

La "Caída del Muro de Berlín", por tanto, puede ser considerada como el principio de un nuevo período de la historia mundial, de una nueva fase caracterizada por tres hechos.

En primer lugar, la transformación de la estructura política y económica de los distintos estados socialistas hacia la adopción del parlamentarismo y del capitalismo, transformaciones que fueron muy aceleradas y en todos los casos desordenadas al no contar estos paises con experiencia previa en economía capitalista, lo que provocó caídas generalizadas en los niveles de vida de sus poblaciones. El hecho más significativo dentro de esta transformación es la reunificación alemana.

En segundo, la tanda de conversaciones celebradas en Malta en Diciembre de 1989 entre el presidente Bush y Mikhail Gorvachov, en las que se da por acabada la Guerra Fría y en las que se perfila el Nuevo Orden Mundial que imperará a partir de ese momento. El hecho que pone definitivamente punto final a esta situación que ha durado más de cincuenta años es la desaparición del Estado Soviético en Diciembre de 1991.

En tercero, y como consecuencia del anterior, Estados Unidos se erigió, ya sin discusión alguna, en la primera potencia económica y militar mundial. La Guerra del Golfo en Enero de 1991, consecuencia de la invasión de Kuwait por parte de Irak, espectacularmente ganada por las fuerzas estadounidenses acompañadas por otros contingentes europeos y convenientemente difundida por las cadenas mundiales de televisión, es su manifestación más significativa.

A partir de aquí se puso en marcha un nuevo proceso que no era más que una adaptación del modelo neoliberal a la nueva situación. Con el sindicalismo altamente desprestigiado y faltos los partidos comunistas europeos del apoyo ideológico de la URSS, el capitalismo entró en una aceleración de la dinámica monetarista imbricando todos los aspectos macroeconómicos y macrosociales de las economias nacionales y profundizando aceleradamente en la globalización de la economía; lo primero influyó en la degradación en el estándar de vida de los trabajadores y lo segundo en la magnificación de la importancia del factor capital.

Rápidamente fue adoptándose un pensamiento único en el que los parámetros bajo los que tiene que analizarse la realidad y, consecuentemente, actuarse, son idénticos en todos las zonas de este planeta crecientemente globalizado e interconectado a través de la red de comunicación Internet, y que debe responder a lo que se considera "politically correct", es decir, idóneo en relación a la constante de evitar cualquier referencia a temas y cuestiones que puedan recordar a tiempos pasados; en esta linea, el término capitalismo dejó de ser politicamente correcto, extendiéndose paulatinamente el de "Economía de Mercado".

Como punto final a la etapa anterior, y como principio de una nueva etapa, Francis Fukuyama publica en 1989 el ensayo "The end of History" en el que plantea que la historia, tal y como la conocemos, ha finalizado; es decir, el conjunto de enfrentamientos, luchas, tensiones entre sistemas y poderes ya no volverá a tener lugar al haberse producido la desaparición del último poder que entorpecía la supremacía de la economía de mercado. En esta situación, la existencia de un único estado poderoso -Estados Unidos- y de un único sistema económico globalmente aceptado -el capitalismo- garantiza la paz mundial y el fin de las tensiones que daban lugar a la aparición de nuevos sistemas, lo que, en definitiva, equivale a certificar el fin de la Historia.



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2003